El siguiente documento compara el borrador original de “Beginners” con la versión final del cuento, con el nuevo título de “What we talk about when we talk about love” (“De qué hablamos cuando hablamos de amor”), editada por Gordon Lish, y publicada en una colección del mismo nombre por Alfred A. Knopf. Los agregados al borrador de Carver aparecen en negrita; el tachado indica las supresiones; las marcas de párrafo (¶) indican un punto y aparte insertado durante el proceso de edición.

Mi amigo Mel Herb McGinnis, cardiólogo, estaba hablando. Mel McGinnis es cardiólogo, y a veces eso le da el derecho a hacerlo.  Los cuatro estábamos sentados en torno a su mesa en la cocina tomando ginebra. Era sábado a la tarde. El sol inundaba la cocina desde la gran ventana tras la pileta. Eramos Mel Herb y yo y su segunda mujer, Teresa -Terri, le decíamos- y mi mujer, Laura. Vivíamos en Albuquerque, en ese entoncesPero pero todos éramos de otra parte. Habia un balde de hielo en la mesa. La ginebra y el agua tónica iban y venían, y así llegamos en la conversación al tema del amor. Mel Herb pensaba que el amor real no era otra cosa que amor espiritual. Dijo que cuando era joven había pasado cinco años en un seminario antes de renunciar para seguir la carrera de medicina. Había dejado la iglesia al mismo tiempo, pero dijo que todavía recordaba aquellos años en el seminario como los más importantes de su vida.

Terri dijo que el hombre con el que vivía antes de vivir con Mel Herb la amaba tanto que hubiera intentado matarla. Herb se rió cuando dijo esto. Mudó de expresión. Terri lo miró. Entonces Terri elladijo, “una noche me dio una paliza, la última noche que vivimos juntos. Me arrastró de los tobillos por todo el living.  Decía todo el tiempo, mientras que decía, “Te amo, ¿te das cuenta? Te amo, puta”. No paraba de arrastrarme por todo el living. Mi ,mi cabeza seguía golpeando con todo”. Terri nos miró a los que estábamos en la mesa y luego miró sus manos en el vaso. “¿Qué se hace con un amor así”, dijo.  Era una mujer de huesos finos, de cara linda, ojos oscuros y cabello castaño cayendo por su espalda. Le gustaban los collares de turquesas, y los aros largos. Era quince años más joven que Herb, había tenido períodos de anorexia, y a fin de los años sesenta, antes de comenzar enfermería, había sido marginal, una “persona de la calle”, como decía ella. Herb a veces la llamaba, afectuosamente, su hippie.

“Dios mío, no seas tonta. Eso no es amor, y lo sabés”, dijo Mel Herb. “No sé cómo se llama, yo diría locura, pero estoy seguro que no se llama mierda seguro que no es amor”.

“Podés decir lo que quieras, pero sé que lo era me amaba”, dijo Terri. “Sé que sí. Puede sonar absurdo, pero no deja de ser verdad. No todos somos iguales, Mel Herb. Es cierto, puede que a veces actuara como un loco. De acuerdo. Pero me amaba. A su manera, tal vez, pero me amaba. Ahí había había amor, Mel Herb. No me digas que no me niegues eso.

Mel Herb suspiró. Tomó su vaso y se volvió hacia Laura y yo. “El hombre él amenazó con matarme, también a , dijo Mel. Terminó su bebida y buscó la ginebra. “Terri es una romántica. Terri es de la escuela de las que piden que las pateen como prueba de amor. Terri, vida, no me mires así”. Mel él acarició la su mejilla de Terri con sus dedos por sobre la mesa. Le sonrió.

“Ahora quiere arreglarla”, dijo Terri. “Después de habérselas agarrado conmigo”. Ella no sonreía.

“¿Arreglar qué?”, dijo Mel Herb. “¿Qué es lo que hay que arreglar? Sé cómo fueron las cosas. Punto y punto.”

“¿Cómo se llama, entonces?”, dijo Terri. “¿Cómo llegamos a este tema, en todo caso?”, dijo Terri. Levantó el vaso y bebió de él. “Mel Herb siempre piensa en el amor”, dijo ella. “¿No es verdad, querido?”. Ahora sonreía, y yo pensé que la cosa quedaba ahí.

“Yo no llamaría amor al comportamiento de Ed Carl. Es , es todo lo que digo, vida”, dijo Mel Herb. “¿Y ustedes qué piensan?”, nos preguntó Mel él a Laura y a mí. “¿Eso les parece amor a ustedes?”

Yo me encogí de hombros. “A mí no me preguntes“, dije, “Ni siquiera conozco al tipo. Sólo oí su nombre al pasar. Carl. No sabría. Habría que conocer todos los detalles. No le saco la ficha, ¿qué se puede decir? Hay muchas formas de comportarse y de mostrar afecto. Esa forma no es la mía. Pero creo que lo que estás diciendo, Herb, ¿es que el amor es un concepto absoluto?”

Mel dijo, “el tipo de amor del que hablo lo es”, dijo Herb, “el tipo de amor del que hablo no puede llevar al asesinato”.

Laura, mi dulce y gran Laura, dijo pausadamente, “No sé nada sobre Ed Carl, ni nada de la situación. ¿Pero quién Quién puede juzgar la situación de otro?. Pero, Terri, yo no sabía nada de esa violencia”.

Acaricié el dorso de la mano de Laura. Me sonrió rápidamente, y luego se volvió a mirar a Terri. Le tomé la mano. La mano estaba tibia al tacto, las uñas cuidadas, una manicura perfecta. Rodeé su ancha muñeca con los dedos, como un brazalete, y la abracé.

“Cuando me fui, se tomó un veneno para ratas”, dijo Terri. Se apretó los brazos con las manos. “Lo llevaron al hospital de Santa Fe. Vivía ahí en ese momento, a unos quince kilómetros. Le salvaron la vida. Pero las encías le quedaron muy mal. donde vivíamos en ese momento y le salvaron la vida, y sus encías le quedaron separadas. Digo, se separaban de los dientes. Después los dientes se le salían afuera como colmillos. Dios mío”, dijo Terri. Esperó un minuto, aflojó los brazos y agarró el vaso.

“¡Hasta dónde llega la gente!”, dijo Laura. “Me da pena por él y ni siquiera me cae bien. ¿Dónde está ahora?”

“Está fuera de combate ahora“, dijo Mel Herb. “Está muerto”.  Mel me pasó el plato con limas. Tomé una rodaja de lima, la exprimí sobre mi bebida, e hice girar los cubitos de hielo con el dedo.

“Es peor que eso”, dijo Terri. “Se disparó en la boca. Pero , pero hasta eso hizo mal. Pobre Ed Carl”, dijo. Terri sacudió la cabeza.

“Nada de pobre Ed Carl”, dijo Mel Herb. “Era peligroso”,  Mel Herb tenía cuarenta y cinco años. Era alto y esbelto, de cabello suave y enrulado gris y ondulado. Su cara y sus brazos estaban bronceados de jugar al tenis. Cuando estaba sobrio, sus gestos, todos sus movimientos, eran precisos, muy y cuidados.

“Sin embargo me amaba, Mel. Herb, Concedeme concedeme eso”, dijo Terri. “Es todo lo que pido. El no me amaba de la misma manera que vos, no estoy diciendo eso. Pero él me amaba. Podés concederme al menos eso, ¿sí? No es mucho pedir”.

“¿Cómo que ‘hasta eso hizo mal’?, dije pregunté.  Laura se inclinó hacia adelante con su vaso. Apoyó los codos en la mesa y sostuvo el vaso con las dos manos. Paseó la mirada de Mel Herb a Terri y esperó con una expresión asombrada, como si fuera extraordinario que tales cosas les pasaran a los amigos gente conocida. Herb terminó su trago.  ¿Cómo pudo haberlo hecho mal si se mató?”, dije de nuevo.

“Te voy a contar qué pasó”, Mel Herb dijo. “Usó el revólver calibre veintidós que había comprado para amenazarnos a Terri y a mí. Hablo en serio, el tipo siempre nos amenazaba con usarlo. Deberías haber visto cómo vivíamos en aquella época. Como fugitivos. Incluso me compré un arma yo mismo, y yo que pensaba que yo era un pacifista. ¿Pueden creerlo? ¿Un tipo como yo? Pero lo hice. Compré una pistola para defenderme, y la llevaba en la guantera. A veces tenía que salir del departamento a mitad de la noche, ya saben, para ir al hospital, ¿vieron? Terri y yo todavía no estábamos casados en ese entonces, y mi primera mujer tenía la casa y los chicos, el perro, todo, y Terri y yo vivíamos en este el departamento. A veces, como decía, me llamaban a mitad de la noche y tenía que ir al hospital a las dos o tres de la mañana. Estaba oscuro en el estacionamiento y sudaba un montón antes de siquiera llegar al auto. Nunca sabía si iba a aparecer disparando, escondido en un arbusto o atrás de un auto. Digo, el tipo estaba loco. Era capaz de ponerme una bomba en el auto, cualquier cosa. Tenía la costumbre de llamarme al teléfono de a la guardia a toda hora y decir que necesitaba hablar con el doctor, y cuando yo contestaba, decía “hijo de puta, tus días están contados”.  Cosas así. Era terrorífico, les digo”.

“Aún así me da pena”, dijo Terri. Vació su vaso de un trago y observó a Herb. Herb le devolvió la mirada.

“Parece una pesadilla”, dijo Laura. “¿Pero qué sucedió exactamente después de que se disparó?” ¶Laura es secretaria jurídica. Nos conocimos en un entorno profesional. , con mucha gente alrededor, pero hablamos y le pedí que cenáramos juntos. Antes de que nos diéramos cuenta, ya estábamos saliendo. Ella tenía treinta y cinco, tres años más joven que yo. Además de estar enamorados, nos gustábamos y disfrutábamos de la compañía del otro. Da gusto estar con ella.

“¿Qué pasó?”, volvió a preguntar Laura.

Mel Herb esperó un minuto y giró el vaso en sus manos. Luego dijo, “se pegó un tiro en la boca en su habitación. Alguien escuchó el disparo y le avisó al administrador. Entraron con una llave maestra, vieron lo que pasó, y llamaron a una ambulancia. Yo estaba ahí cuando lo trajeron, en la sala de emergencias. Estaba con otro paciente. Todavía estaba vivo, pero su estado era irreversible nadie podía hacer nada por él.  El hombre aún así, sobrevivió tres días.  Su no es broma: su cabeza se hinchó hasta el doble del tamaño de una cabeza normal. Nunca vi algo así, y espero no verlo nunca más de nuevo. Terri quería entrar y sentarse con él cuando se enteró. Terminamos peleando. No me parecía que ella tenía que querría verlo así. No me parecía que ella tenía que verlo, y todavía sigo pensando así”.

“¿Quién ganó la pelea?”, dijo Laura.

“Estuve en la habitación con él cuando murió”, dijo Terri. “Nunca salió de ese estado. Pero recuperó la conciencia, y ya no había esperanza para él, pero me senté con él. No tenía a nadie más”.

“Era peligroso”, dijo Mel Herb. “Si eso es amor para vos, allá vos”.

“Era amor”, dijo Terri. “Estoy de acuerdo que era anormal para los ojos de la mayoría de la gente. Pero , pero él estaba dispuesto a morir por ese amor. De hecho lo hizo”.

“De ninguna manera es amor para mí”, dijo Mel Herb. “Digo, nadie sabe por qué lo hizo. Vos no sabés por qué murió. He visto muchos suicidas, y para mí nadie cercano a ellos supo nunca por qué lo hicieron, con seguridad. Y cuando declaran ser la causa, bueno, mejor no digo nada”. ¶ Mel puso sus manos detrás del cuello y tiró la silla para atrás inclinó la silla sobre sus patas traseras. “Ese tipo de amor no me interesa“, dijo. Si eso es amor para vos, allá vos”.

Un minuto después, Terri dijo, “Teníamos miedo. Mel Herb incluso hizo un testamento y le escribió a su hermano en California, que había sido Boina Verde. Mel él le dijo a quién buscar si algo le pasara misteriosamente. ¡O no tan misteriosamente!” Ella sacudió la cabeza y se rió. Ella ¶ Terri bebió de su vaso. Dijo, continuó, “Pero Mel tiene razón –vivíamos sí que vivíamos un poco como fugitivos.  Teníamos teníamos miedo de él, si dudas. Mel tenía miedo, ¿no, querido? Incluso llamé una vez a la policía, pero no nos ayudaron. Dijeron que no podían hacerle nada a él, no podían arrestarlo o hacer nada a menos que hasta que realmente Ed hiciera le hiciera algo a Herb.  ¿No es para reírse?”, dijo Terri.  Se sirvió lo que quedaba de ginebra en su vaso y agitó sacudió la botella. Mel Herb se levantó de la mesa y fue al aparador. Sacó otra botella de ginebra.

“Bueno, Nick y yo sabemos qué es el amor estamos enamorados”, dijo Laura. “Para nosotros, al menos, ¿no, Nick?”, dijo Laura. Golpeó mi rodilla con la suya. “Decí algo vos ahora, dale”, dijo ella Laura, y me miró con su una gran sonrisa. “Nos llevamos muy bien, me parece. Nos gusta hacer cosas juntos, y ninguno le ha pegado al otro hasta ahora, gracias a Dios. Toco madera. Diría que somos bastante felices, supongo que deberíamos estar agradecidos”.

Como respuesta, tomé su la mano de Laura y la llevé a mis labios con un floreo. Armé una gran escena a partir del beso en su mano. Todos estaban complacidos. ¶ “Tenemos suerte”, dije.

“Vamos”, dijo Terri. “Paren con eso. Me enferman. ! Todavía están de luna de miel, por el amor de Dios, por eso hacen esas cosas. Todavía están infatuados y se desviven por el otro. Esperen y ya van a ver. ¿Cuánto hace que están juntos? ¿Cuándo fue? ¿Hace un año? Más que un año”.

“Vamos para año y medio”, dijo Laura, todavía sonrojada y sonriendo.

Bueno, bueno todavía están de luna de miel”, dijo Terri de nuevo. “Esperen un poco”.  Tomó su copa y miró a Laura.  “Sólo estoy bromenado”, dijo ella Terri.

Mel Herb había abierto abrió la ginebra y dio dado la vuelta alrededor de la mesa con la botella. ¶ “Terri, por Dios, no deberías hablar así, aunque no sea en serio, aunque estés bromeando. Trae mala suerte. Vengan”, dijo. “Brindemos. Quiero proponer un brindis. Un brindis por el amor. Por el amor de verdad“. Mel Herb dijo. ¶ Chocamos los vasos.

“Por el amor”, dijimos.

Afuera, en el patio, uno de los perros empezó a ladrar. Las hojas del árbol de álamo que se inclinaban sobre la ventana golpeaban las ventanas, sacudidas por la brisa. La luz de la tarde era como una presencia en aquella habitación, una luz amplia, quieta y generosa. Hubo un sentimiento de quietud y generosidad alrededor de la mesa, de amistad y comodidad. Podríamos haber estado en cualquier otro lado, en algún lugar encantado. Levantamos los vasos otra vez y sonreímos entre nosotros como chicos que han pactado hacer algo prohibido por una vez.

“Yo les voy a decir qué es el amor de verdad”, dijo Mel finalmente, rompiendo el hechizo. “Digo, les voy a dar un buen ejemplo.  Así de él podrán sacar sus propias conclusiones”. Se sirvió un poco más de más ginebra en el vaso. Agregó un hielo y una rodajita porción de lima. Esperamos y nos tomamos los tragos. Laura y yo tocamos rodilla con rodilla otra vez. Puse una mano sobre su muslo tibio y la dejé ahí.

“¿Qué es lo que sabemos realmente del amor?”, dijo Mel Herb. “Realmente creo en lo que voy a decir, si me disculpan que lo diga. Pero me parece que somos apenas principiantes en las filas de el amor. Decimos que nos amamos y sin duda lo hacemos. Nos amamos y lo hacemos con ímpetu, todos. Yo amo a Terri y Terri me ama, y ustedes dos se aman también. Saben de qué tipo de amor estoy hablando ahora. Amor físico sexual, ese impulso que nos arrastra a alguien especial, a la vez que amor por el ser que es la otra persona, su esencia, como sea atracción por la otra persona, el compañero o compañera, y también el simple amor cotidiano, el amor por el ser que es la otra persona, el amor que da estar con el otro, las pequeñas cosas que hacen al amor de todos los días. El amor carnal, entonces, y bueno, podemos decir el amor sentimental, el cuidado del día a día de la otra persona del otro. Pero a veces me es muy difícil tener en cuenta el hecho de que tuve que haber amado a mi ex esposa también. Pero lo hice, sé que lo hice. Así que asumo supongo antes que me digan nada, que soy soy como Terri en ese sentido. Como Terry y Ed Carl”. Reflexionó por un minuto y siguió. “Hubo un tiempo en que pero en un punto creía que amaba a mi ex esposa más que la vida misma, y tuvimos hijos. Pero ahora la odio.  Realmente. ¿Cómo se explica entiende esto? ¿Qué pasó con ese amor? ¿Se borró ese amor del gran pizarrón, como si nunca hubiera estado ahí, como si nunca hubiera sucedido? Me gustaría saber qué le pasó. Ojalá alguien me lo explicara. Y luego está Ed Carl. Bien, volvamos a Ed Carl. El amó a Terri tanto que intenta matarla y termina matándose a él mismo”. Mel dejó de hablar y tomó un trago de su vaso sacudió la cabeza. “Ustedes han estado dieciocho meses juntos y se aman. Se les nota. Ustedes, es claro, Brillan. Pero ambos han amado amaron antes a otros también, antes de conocerse. Ambos estuvieron casados antes, igual que nosotros. Y probablemente amaron a otros antes de eso también, incluso. Terri y yo hemos estado juntos por cinco años, hemos estado casados por cuatro. Y lo terrible, lo terrible es, pero lo bueno, también, lo que nos salva, podrían decir, es que si algo le sucediera a uno de nosotros -y perdónenme por decirlo- pero si algo le sucediera a uno de nosotros mañana, creo que el otro, la otra persona el compañero, estaría triste de luto por un tiempo, entienden, pero luego el que sobreviviera saldría y volvería a amar, encontraría pronto a otro. Todo y todo esto, todo este amor del que hablamos -Dios, ¿cómo puede saberse esto?- sería sólo un recuerdo. Tal vez ni siquiera un recuerdo. ¿Estoy Tal vez así debería ser. Pero, ¿estoyequivocado? ¿Estoy muy lejos de la realidad? Porque quiero que me corrijan Yo sé que eso lo que nos pasaría, a mí y a Terri, con todo al amor que nos tenemos. Con cualquiera de nosotros, para el caso. Hasta ahí me estiro. Todos lo hemos comprobado, de alguna manera. Me cuesta entenderlo. Corríjanme si me equivoco. Quiero saber. Digo, yo no sé nada, y soy el primero en admitirlo”.

Mel Herb, por el amor de Dios”, dijo Terri. “Es deprimente. Podríamos terminar todos deprimidos. Aún si creés que es verdad”, dijo, “no deja de ser deprimente”. Se acercó a él y le tomó el antebrazo cerca de la muñeca. “¿Estás emborrachándote, Herb? ¿Querido? , Estás estás borracho?”

“Vida, sólo estoy hablando, está bien”, dijo Mel Herb. “¿Está bien? No necesito estar borracho para decir lo que pienso cómo pienso, ¿o sí? No estoy borracho. Digo, estamos Estamos todos charlando, ¿no?”, dijo Mel Herb. Luego cambió la entonación. “Pero si me quiero emborrachar, lo voy a hacer, carajo. Puedo hacer lo que quiera hoy”. La miró fijamente.

Dulce, querido, no te estoy criticando”, dijo Terri ella. ¶ Tomó su vaso.

“No estoy de guardia hoy”, dijo Mel Herb. “Dejame recordártelo. No estoy de guardia Puedo decir todo lo que quiera hoy. Estoy cansado, nada más”.

Mel Herb, te queremos”, dijo Laura.

Mel Herb miró a Laura. La miró fue como si no pudiera ubicarla, por un minuto como si no fuera la mujer que era. Ella siguió mirándolo, manteniendo la sonrisa. Las mejillas estaban sonrojadas y el sol le daba en los ojos, de forma que le costaba verlo. Las facciones de él se relajaron. “También yo te quiero, Laura”, dijo Mel. “Y a vos, Nick, también te quiero. ¿Sabés algo?”, dijo Mel. Ustedes les voy a decir que ustedes son nuestros amigos”, dijo Mel Herb. ¶ Levantó el vaso.

Mel dijo, “Iba a contarles algo. Digo, iba a Bueno, ¿en qué estaba? Ah, sí, quería contarles algo que pasó cierto tiempo atrás. Quería demostrarles algo. Miren, esto y voy a demostrarlo si logro contarles esto tal como pasó. Esto pasó hace un par de meses, pero sigue pasando todavía hoy, y se podría decir, bah. Pero debería darnos vergüenza hablar de amor como si supiéramos del tema”.

Dale, Herb, dale”, dijo Terri. “Estás demasiado borracho. No hables así. No hables como borracho si no estás borracho”.

“Callate por una vez en tu vida, un momento, ¿puede ser?”, dijo Mel Herb con mucha calma. “¿Me hacés el favor por un momento? Como decía, había una “Déjenme contarles. Lo vengo teniendo en la cabeza. Callate por un minuto, nada más. Algo te conté cuando pasó por primera vez. Esa pareja de viejos que volcaron el auto tuvieron un accidente en la autopista. Un chico los chocó y los dejó hechos mierda destruidos y nadie les daba sin mucha esperanza de que salieran vivos. Dejame contarles esto, Terri. Ahora callate por un minuto, ¿sí?”

Terri nos miró y después se volvió a Mel Herb. Parecía ansiosa, o tal vez ésa sea una palabra demasiado fuerte es la única palabra posible.  Mel Herb nos estaba pasando pasó la botella.

“Sorprendeme, Herb”, dijo Terr. “Sorprendeme más allá de toda razón”.

“Quizás lo haga”, dijo Herb. “Quizás. A mí me sorprenden las cosas constantemente. Todo en mi vida me sorprende. La miró por un minuto. Luego empezó a hablar.

“Esa noche estaba de guardia“, dijo Mel. “Era en Mayo o tal vez haya sido Junio. Terri y yo recién nos habíamos sentado a cenar, cuando llamó el hospital. Había pasado esto de un accidente en la autopista. Un borracho, un adolescente, había chocado chocó la camioneta de su papi contra la casa rodante con la pareja de viejos dentro. Tendrían setenta y pico, los dos. El chico -dieciocho, diecinueve años, por ahí– ya había muerto cuando lo trajeron. Tenía el volante hundido en el esternón, y tuvo que haber muerto instantáneamente. Pero la pareja de viejos, todavía estaban vivos, ¿entienden? Bueno, pero apenas. Pero tenían de todo. Múltiples fracturas y contusiones, heridas internas, hemorragia, contusiones, laceraciones, lo que se les ocurra, y los dos tenían conmoción cerebral. Estaban en muy mal estado, créanme. Y, por supuesto, la edad les jugaba en contra. Yo diría que ella estaba Ella estaba incluso un poco peor que él. Tenía el bazo reventado yademás del resto. Ambas rótulas estaban fracturadas. Pero tenían puestos los cinturones de seguridad y, sabe Dios, eso fue la única cosa que lo que los había salvado hasta ese entonces“.

“A los presentes, esto es una campaña publicitaria para el Concejo Nacional de Seguridad”, dijo Terri. “Les habla el vocero, Melvin R. Herb McGinnis. Escuchen con atención”, dijo Terri y rió. Luego bajó la voz. “Mel”, dijo, “Herb, a veces te pasás de la raya. Pero igual te amo, querido“, dijo.

Todos nos reímos. Herb también. “Vida, te amo”, dijo Mel. “Pero, ¿sabés una cosa?”.  Se inclinó por sobre la mesa. Terri fue a su encuentro. Y se besaron. “Terri tiene razón, vean”, dijo Mel Herbcuando se acomodó de nuevo. “Pónganse los cinturones de seguridad. Ajústense a la vida. Escuchen lo que el Doctor Herb les dice. Pero hablando seriamente, estaban bastante mal jodidos, los viejos. Para cuando yo pude bajar, el médico residente y las enfermeras ya estaban trabajando con ellos. El chico ya había muerto, como dije. Estaba en un rincón, tirado en una camilla. Alguien ya le había avisado al pariente más cercano, y la gente de la funeraria ya estaba en camino. Miré a los viejos y le pedí a la enfermera de emergencias que hiciera bajar a un neurólogo y a un traumatólogo y a un par de cirujanos inmediatamente¶Tomó de su vaso. “Voy a tratar de hacerla corta”, dijo. “Así que los llevamos a los dos arriba al quirófano y nos cagamos trabajando con ellos toda la noche”. Intentaré no extenderme demasiado. Los otros colegas aparecieron, me llevé a la pareja a la sala de operaciones y trabajamos con ellos toda la noche. Debían tener Teníanuna reserva de energía increíble, esos dos viejos, no . No es muy frecuente verlo. De manera que hicimos Hicimos todo lo posible, y llegando la mañana le dábamos un cincuenta porciento de posibilidades, tal vez menos, tal vez treinta porciento, para ella para la mujer. Y ahí están, Anna Gates se llamaba, y era una mujer bien puesta. Pero así y todo, todavía vivos en la mañana siguiente. Así que, bueno, y los movimos a terapia intensiva, donde la pelearon por dos semanas, mejorando de a poco en todos los frentes. Así que los trasladamos a una habitación para ellos solos. donde podíamos controlarles hasta el ritmo de la respiración y vigilarlos veinticuatro horas por día. Estuvieron en terapia intensiva por casi dos semanas, ella un poco más, antes que su condición fuera suficientemente buena como para transferirlos a una habitación para ellos solos.

Mel Herb dejó de hablar. “Vamos”, dijo, “tomémonos esta puta ginebra berreta . Tomémosla toda. Después nos vamos a cenar, ¿sí? Terri y yo conocemos un lugar nuevo. Vamos para allá, ese lugar nuevo que conocemos. Pero no hasta que terminemos esta horrible ginebra rebajada. Nos vamos cuando terminemos esta ginebra”.

Terri dijo, “En realidad nunca comimos ahí todavía. Pero se ve bien. Desde afuera, ¿no?”

“Me gusta la comida”, dijo Mel. “Si pudiera empezar todo de nuevo, sería chef, ¿saben? ¿No, Terri?”, dijo Mel. Se llama “La Biblioteca”, dijo Terri. “Ustedes nunca fueron, ¿no?”, dijo, y Laura y yo negamos con la cabeza.  “Es un lugar que tiene lo suyo. Dicen que es parte de una nueva cadena, pero no es como una cadena, si entienden a qué me refiero. Tienen incluso repisas con libros de verdad. Se puede rebuscar entre los libros luego de la cena y tomar uno y devolverlo la próxima vez que uno va a cena. Y la comida, increíble. Y Herb está leyendo Ivanhoe! Se lo trajo la última vez que fuimos la semana pasada. Le hicieron firmar una ficha, como en una biblioteca de verdad”.

“Me gusta Ivanhoe“, dijo Herb. “Ivanhoe está buenísimo. Si pudiera empezar de nuevo, estudiaría literatura. Hoy por hoy tengo una crisis de identidad. ¿No, Terri?”, dijo Mel. Se rió. Movió con el dedo Hizo girar el hielo en su vaso. ¶ “Hace años que vengo teniendo una crisis de identidad. Terri lo sabe. Terri les puede contar. Pero yo digo, si pudiera volver otra vez en alguna otra vida, en otra época y todo, ¿saben qué? Me gustaría volver como un caballero medieval. Se estaba bien seguro con toda esa armadura. Estaba muy bien ser un caballero hasta la invención de la pólvora y los mosquetones y las pistolas calibre veintidós”.

“A Mel Herb le gustaría montar un caballo blanco y llevar una lanza en ristre”, dijo Terri y rió.

“Llevar la liga la chalina de una mujer encima a todos lados”, dijo Laura.

“O la mujer y listo”, dijo Mel dije yo.

“Debería darte vergüenza”, dijo Laura. “Exacto”, dijo Herb. “Ahí vamos. Cada cosa en su lugar, ¿eh, Nick?”, dijo. “También uno podría llevar sus pañuelos perfumados encima a todos lados que uno cabalgue. ¿Había pañuelos perfumados en aquella época? No importa. Algún nomeolvides. Un talismán, ustedes entienden. Se necesitaba algún talismán para llevar encima en aquellos días. Como sea, no importa, era mejor en aquellos días ser un caballero andante que un siervo”, dijo Herb.

“Siempre es mejor”, dijo Laura.

Terri dijo, “Supongamos que volvés como un siervo de la gleba. Los siervos no la pasaban bien en aquellos días”, dijo Terri.

“Los siervos nunca la han pasado pasaron bien”, dijo Mel Herb. “Pero supongo que incluso los caballeros fueron vesallos de alguien. ¿No era así en aquellos días? Pero igual todos somos vesallos de alguien. ¿No es así? ¿Terri? Pero lo que a mí me gustaba de los caballeros medievales, además de sus damas, era que tenían esa armadura, y no los podían lastimar tan fácil. No había autos en aquellos días, ¿entienden? hombre. No había adolescentes borrachos que te hicieran mierda te pisaran”.

“Vasallos”, dijo Terri dije yo.

“¿Cómo?”, dijo Mel Herb.

“Vasallos”, dijo Terri dije yo. “Se dice vasallos vasallos, doctor, no vesallos vesallos“.

“Vasallos, vesallos”, dijo Mel Herb. “¿Qué puta diferencia hay? Me Vasallos, vesallos, vesanías, bazos, vasos deferentes. Como sea, me entendieron igual. Está bien, Ustedes son más cultos en esos temas que yo”, dijo Mel Herb. “Yo no soy culto. Sé mi oficio. Soy cirujano de cardiología, sí, pero en realidad soy sólo un mecánico. Lo único que hago es ir y meter mano en la mierda y arreglar cosas que andan mal en el cuerpo. No soy más que un mecánico. Carajo”, dijo Mel.

“La falsa modestia de ninguna manera no te queda bien, Herb“, dijo Terri Laura, y Herb se rió con ella.

“Es sólo un humilde matasanos doctor, gente”, dije yo. “Pero a veces se ahogaban con tanta armadura, Mel Herb. Incluso les daban ataques al corazón si hacía mucho calor, y estaban cansados y rendidos. Leí en alguna parte que se caían de sus caballos y no podían levantarse porque estaban demasiados cansados para pararse con toda esa armadura puesta. A veces los mismos caballos los pisaban”.

“Qué terrible”, dijo Mel Herb. “Qué imagen terrible, Nicky. Creo que se quedaban tirados ahí entonces, y esparaban hasta que alguno alguien, el enemigo, viniera y los convirtiera en shish kebabkabob”.

“Algún otro vesallo vasallo”, dijo Terri.

“Eso, algún otro vasallo”, dijo Mel Herb. “Ahí tienen. Algún otro vasallo hubiera venido y hubiera lanceado al bastardo a su colega caballero en el nombre del amor. O la mierda por la que se pelearan en esa época”. ¶ “Las mismas por las que peleamos en esta época, supongo”, dijo Mel Herb.

“Política”, dijo Laura. “Nada ha cambiado”.  Las mejillas de Laura seguían muy encendidas. Sus ojos brillaban. Se llevó el vaso a los labios.

Mel Herb se sirvió otro trago. Miró la etiqueta de cerca como si estudiara una larga hilera de números las figuritas de los guardias de la ginebra Beefeater. Luego dejó lentamente la botella sobre la mesa y se estiró para agarrar el agua tónica.

“¿Y qué pasó con la aquella pareja de viejos, Herb?”, dijo Laura. “No terminaste de contar esa historia”.  A Laura le estaba costando encender su cigarrillo. Los fósforos se le apagaban.  El sol La luz dentro de la habitación era distinto ahora, cambiante, más tenue se debilitaba. Pero las Las hojas de afuera de la ventan seguían brillando, y me quedé mirando el diseño borroso que hacían en los cristales el cristal y en la mesita de fórmica que había debajo. No eran los mismos diseños, por supuesto No había otro sonido que el de Laura prendiendo sus fósforos.

“¿Y la pareja de viejos?”, dije yo. luego de un minuto. “Lo último que dijiste es que habían salido recién de terapia intensiva”.

“Más viejos pero más sabios”, dijo Terri.

Mel Herb la miró.

“Herb, no me mires así”, dijo Terri. “Seguí con la historia, vida. Sólo bromeaba. ¿Qué pasó después? Queremos saber”.

“Terri, a veces”, dijo Mel Herb.

“Por favor, Mel Herb”, dijo Terri ella. “No Querido, no seas siempre tan serio, dulce. Por favor, seguí con la historia. Estaba haciendo un chiste, por el amor de Dios. ¿No te bancás un chiste?”

¿Cuál es el chiste? No da para hacer chistes”, dijo Mel Herb. ¶ Tomó su vaso y la miró fijamente a su mujer.

¿Qué pasó después, Herb?”, dijo Laura. “En serio queremos saber”.

Mel le clavó la Herb fijó su mirada a en Laura. Dijo, Entonces se relajó y rió. “Laura, si no tuviera a Terri y si no la amara tanto, y si Nick no fuera mi mejor amigo, me enamoraría de vos. Te conquistaría, querida“, dijo.

“Herb, sos una mierda”, dijo Terri. “Seguí con la historia”, dijo Terri. “Si yo no estuviera enamorada de vos, no estaría acá para empezar, podés estar bien seguro. Querido, ¿qué cosas decís?  Terminá de contar la historia. Después vamos a ese lugar nuevo, ¿sí? la biblioteca, ¿sí?”

“Bueno”, dijo Mel Herb. ¿Dónde estaba? ¿Dónde estoy? Esa es una pregunta mejor. Tal vez debería preguntar, dijo. Miró la mesa y recomenzó. Esperó un minuto, y luego empezó a hablar.

“Cuando finalmente salieron del pantano, pudimos sacarlos de terapian intensiva, una vez que vimos que podían sobrevivir. Pasé a verlos cada día, a veces dos veces por día si pasaba por otros pacientes. Estaban metidos en yeso y vendas, de pies a cabeza, los dos. Ustedes lo habrán visto en las películas, aunque no hayan visto ninguno de verdad. Se veían así, como esos malos actoresen las películas después de algún gran desastre. Agujeritos para los ojos y la nariz y la boca. Así era en la realidad. Las cabezas vendadas, agujeros para los ojos y un lugar para las bocas y la nariz. Y ella tenía que tener las piernas en alto. Bueno, al marido Anna Gates tenía que tener las piernas levantadas también. Estaba peor que él, ya les dije. Los dos tenían vías intravenosas y glucosa por un tiempo. Bueno, Henry Gates le duró más la depresión. Incluso después de saber que su mujer la pelearía y se recuperaría, seguía muy deprimido. No sólo por el accidente en sí mismo, pese a que por supuesto a él lo afectó como suelen suceder en esos casos. Quiero decir, el accidente fue una cosa, pero no fue todo. Yo me acercaba al agujero de la boca, y él decía que no, que no era exactamente el accidente, sino que era porque no podía verla a través de los agujeros de sus ojos. Decía que eso era lo que lo ponía tan mal. ¿Se dan cuenta? Lo que les digo es que el corazón del tipo estaba quebrado porque no podía girar su cabeza y ver a su mujer, carajo”.

Mel nos miró y sacudió su cabeza por lo que iba a decir.

“Quiero decir, lo que estaba matando al puto viejo es que no podía mirar a esa mujer de mierda”

Todos miramos a Mel.

“¿Se dan cuenta de lo que digo?”

Ahí está uno en un momento, todo perfecto, y pum, de repente aparece mirando el abismo. Uno vuelve. Es como un milagro. Pero ha dejado sus marcas en uno. Pasa así. Un día yo estaba sentado en una silla al lado de su cama y me contó, hablando pausadamente, hablando a través del agujero de su boca de forma que a veces tenía que poner mi oído al lado de su cara para oírlo, contándome cómo vió él todo el asunto, qué sintió, cuando el auto de ese chico cruzó la línea central hacia su carril y no paraba. Dijo que él sabía que todo se terminaba para ellos, de que era lo último que iban a ver en esta tierra. Eso fue todo. Pero dijo que nada le pasó por la mente, su vida no pasó volando frente a sus ojos, nada por el estilo. Dijo solamente que se sentía mal porque sabía que no iba a volver a ver a su Anna, porque tuvieron una buena vida juntos. Ese fue su único remordimiento. Miró fijamente hacia adelante, aferrado al volante y mirando el auto del chico que se les venía encima. Y no había nada que pudiera decir, excepto ‘¡Anna, agarrate, Anna!'”.

“Me da escalofríos”, dijo Laura. “Brrrr”, dijo, sacudiendo la cabeza.

Herb asintió. Siguió hablando, entusiasmado ahora. “Me senté un rato todos los días al lado de su cama. El estaba tirado ahí con sus vendas mirando por la ventana que había al pie de la cama. La ventana era demasiado alta para que pudiera ver otra cosa que la punta de los árboles. Es todo lo que veía por horas sin parar. No podía girar su cabeza sin ayuda, y sólo se le permitía hacer eso dos veces por día. Cada mañana, durante algunos minutos, y cada noche, se le permitía girar la cabeza. Pero durante nuestras visitas tenía que mirar a la ventana cuando hablábamos. Yo hablaba un poco, le hacía algunas preguntas, pero mayormente escuchaba. Estaba muy deprimido. Para él, lo más deprimente, luego de asegurarse que su mujer iba a estar bien, que se estaba recuperando para la satisfacción de todos, lo más deprimente para él era el hecho de que no podían estar físicamente juntos. Que no la podía ver y estar con ella todos los días. Me contó que se habían casado en 1927 y que desde entonces sólo estuvieron separados en dos ocasiones. Aún cuando sus hijos nacieron, nacieron en la granja de ellos y Henry y la mujer aún así se veían diariamente y hablaban y estaban juntos por ahí. Pero dijo que sólo estuvieron separados en dos ocasiones: una cuando la madre de ella murió en 1940 y Anna tuvo que tomarse un tren a Saint Lewis para arreglar algunas cosas. La segunda en 1952, cuando su hermana murió en Los Angeles, y tuvo que irse para allá para reclamar el cuerpo. Le cuento que tenían una granjita a unos ciento veinte kilómetros en las afueras de Bend, Oregon, y ahí pasaron la mayor parte de sus vidas. Vendieron la granja y se mudaron a la ciudad de Bend hace muy pocos años. Cuando sucedió el accidente, iban camino desde Denver, donde habían ido a ver a la hermana de él. Iban a visitar a un hijo y algunos de sus nietos en El Paso. Pero en toda su vida de casados sólo estuvieron separados sólo en dos ocasiones. Imagínense. Pero, Dios, él sufría de soledad por ella. Les digo que la extrañaba a morir. Nunca supe qué significaba esa expresión, extrañar a morir, hasta que lo vi en este hombre. La extrañaba de una manera muy fuerte. Anhelaba su compañía, ese pobre hombre. Por supuesto, se sintió mejor, se iluminó, cuando le di mi reporte diario de la evolución de Anna -que ella estaba sanando, que iba a estar bien, que sólo era una cuestión de tiempo. El ya no tenía vendas ni yeso ahora, pero seguía sufriendo de una soledad radical. Le dije que en cuando fuera posible, tal vez en una semana, lo iba a poner en una silla de ruedas y lo iba a llevar a visitar, por el pasillo, a ver a su mujer. Mientras tanto, lo iba a ver y charlábamos. Me contó un poco de su vida en la granja a fines de los años veinte, y principios de los treinta”. Nos miró y sacudió su cabeza por lo que iba a decir, o tal vez por lo imposible de todo. “Me contó que en el invierno no había nada excepto nieve, y acaso por meses no salían de la granja, la ruta se cerraba. Además, tenía que alimentar el ganado todos los días en esos meses de invierno. Se la pasaban juntos sin hacer otra cosa, los dos, él y su mujer. Los chicos todavía no habían llegado. Llegarían después. Pero mes que iba, mes que venía, estaban siempre juntos, los dos, la misma rutina, siempre lo mismo, sin nadie con quien hablar o a quién visitar durante esos meses de invierno. Pero se tenían uno al otro. Eso es todo lo que tenían, el uno tenía al otro. ‘¿Qué hacían para divertirse?’, le pregunté. Hablaba en serio. Quería saber. No concebía cómo la gente podía vivir así. No creo que nadie pueda vivir así hoy por hoy. ¿Qué piensan ustedes? A mí me parece imposible. ¿Saben qué me dijo? ¿Quieren saber qué me respondió? Se quedó ahí acostado, considerando la pregunta. Se tomó su tiempo. Luego dijo, ‘Ibamos a bailar todas las noches’. ¿Qué?’, dije yo, “perdón, Henry’, dije, y me incliné más cerca, pensando que no había escuchado bien. ‘Ibamos a bailar todas las noches’, volvió a decir. Me quedé pensando qué quiso decir. No sabía de qué hablaba, pero esperé que siguiera hablando. Volvió a pensar en aquella época, y en un rato dijo ‘Teníamos una vitrola y algunos discos, doctor. Los poníamos en la vitrola todas las noches y escuchábamos los discos y bailábamos ahí en el living. Hacíamos eso todas las noches. A veces nevaba afuera y la temperatura iba bajo cero. La temperatura baja mucho allá en Enero o Febrero. Pero escuchábamos los discos y bailábamos en medias en el living hasta que se acababan los discos. Y después avivábamos el fuego y apagábamos las luces, todas excepto una, y nos íbamos a la cama. Algunas noches nevaba, y estaba tan silencioso afuera que se podía oír la nieve caer. Es verdad, Doc’, decía, ’se podía. A veces se podía oír la nieve caer. Si uno se quedaba silencioso y la mente estaba clara y uno estaba en paz con uno mismo y eso, se podía tirar en la oscuridad y oír la nieve. Inténtelo alguna vez’, dijo. ‘A veces nieva aquí, de tanto en tanto, ¿no? Inténtelo alguna vez. Como sea, íbamos a bailar todas las noches. y después nos metíamos en la cama bajo una pila de frazadas y dormíamos calentitos hasta la mañana siguiente. Al levantarse, se podía ver el aliento’, dijo”.

“Cuando estuvo suficientemente bien para moverse en una silla de ruedas, sus vendas hacía rato que ya no estaban para ese entonces, una enfermera y yo lo llevamos por el corredor hasta donde estaba su mujer. Se había afeitado esa mañana y se había puesto perfume. Estaba con su bata puesta, con el camisolín del hospital, todavía estaba en recuperación, entienden, pero se mantenía erguido en su silla de ruedas. Aún así, estaba nervioso como un gato, se podía percibir. A medida que nos acercamos a la habitación de ella, su color se encendió y tenía una expresión de anticipación en la cara, una expresión que ni podría empezar a describir. Yo lo llevaba con la silla de ruedas, y la enfermera caminaba a mi lado. Ella sabía algo de lo que pasaba, pescaba cosas. Ya saben cómo son las enfermeras, ven todo, aunque no les quede mucho al tiempo, pero ésta en cuestión estaba bien afilada esa mañana. La puerta estaba abierta, y yo empujé a Henry a la habitación. La señora Gates, Anna, seguía inmobilizada, pero podía mover la cabeza y el brazo izquierdo. Tenía los ojos cerrados, pero se abrieron de repente cuando entramos a la habitación. Todavía tenía vendas, pero sólo desde el área pélvica hacia abajo. Puse a Henry del lado izquierdo de su cama y dije, “vino alguien a acompañarte, Anna. Visitas, querida”. Pero no pude decir mucho más que eso. Me sonrió un poco y su cara se enciendió. Sacó la mano por debajo de la sábana. Esta azulada y parecía amoratada. Henry le tomó la mano en las suyas. La sostuvo y la besó. Entonces dijo, ‘Hola, Anna. ¿Cómo está mi chiquita? ¿Te acordás de mí?’ A ella le empezaron a correr lágrimas por los ojos. Asintió. ‘Te extrañé’, dijo. Se quedó asintiendo. La enfermera y yo los dejamos solos. Se largó a llorar ni bien salimos, y esa enfermera es de carne dura. Toda una experiencia, les digo. Pero después de eso, lo llevaban todas las mañanas y todas las tardes. Arreglamos todo para que pudieran almorzar y cenar juntos en su habitación. En los ratos libres se sentaban, se tomaban las manos y hablaban. Nunca se le acababan los temas de conversación”.

“Nunca me contaste esto antes, Herb”, dijo Terri. “Dijiste alguna cosita la primera vez que pasó. Nunca me contaste nada de esto, mierda. Ahora me contás esto para hacerme llorar. Herb, espero que esta historia tenga un final feliz. ¿Termina bien, no? No nos estás poniendo una trampa, ¿no? Si es así, no quiero oír ni una palabra más. No hay necesidad de seguir contando nada, podés terminar acá y listo, eh?”

Qué les pasó después, Herb?, dijo Laura. “Terminá con la historia, por el amor de Dios. Hay más? Igual pienso como Terri, no quiero que nada les pase. Es una buena historia”.

“Están bien todavía?”, pregunté. Estaba metido en la historia yo también, pero ya estaba borracho. Era difícil concentrarse. La luz parecía chorrear fuera de la habitación, volver por la ventana por donde había entrado al principio. Sin embargo nadie se movía para levantarse de la mesa o para prender la luz eléctrica.

“Sí, están muy bien”, dijo Herb. “Se los dio de alta un poco después, hace un par de semanas, en efecto. Después de un tiempo, Henry pudo moverse en muletas, y después con un bastón, y al rato ya estaba caminando por todos lados. Pero ya sus almas están recuperadas, sus almas están bien, él mejoró día tras día una vez que pudo ver a su mujer nuevamente. Cuando pudimos moverla a ella, vinieron su hijo de El Paso y su mujer para llevárselos con ellos. A ella le quedaba un tiempo de convalecencia, pero ya estaba evolucionando muy bien. Hace un par de días me llegó una tarjeta postal de Henry. Supongo que esa es una de las razones por la cual todavía los tengo dando vueltas en la cabeza. Eso, y lo que hablábamos del amor antes.

Tal vez ya estábamos un poco borrachos para ese entonces. Sé que me costaba concentrarme. La luz chorreaba fuera de la habitación, y volvía por la ventana por donde había entrado. Sin embargo, nadie se movió para levantare o para prender la luz de arriba.

“Escuchen”, dijo Mel siguió Herb, “terminamos con esta puta ginebra. Quedó suficiente como para un trago más para todos.   Vamos a comer. Vamos a ese lugar nuevo La Biblioteca.  Qué dicen? No sé, había que ver todo eso. Se desenvolvía día a día. Algunas de esas charlas que tuve con él… no me voy a olvidar de esos momentos. Pero hablar ahora del tema me deprimió. Dios, me agarró la depresión de repente”.

Se deprimió. No te deprimas, Herb”, dijo Terri. “Mel Herb, ¿por qué no te tomás alguna pastilla, querido?”. Se volvió a Laura y a mí y nos dijo “Herb toma esas pastillas que te cambain el humor, a veces. No es un secreto, ¿no, Herb?”

Herb negó con la cabeza. “Tomé todo lo que hay para tomar, en un momento u otro. No es ningún secreto”.

Todos necesitamos una pastilla de cuando en cuando. Mi ex mujer las tomaba”, dije.

“Le sirvieron?”, dijo Laura.

“No, aún así vivía deprimida. Lloraba todo el tiempo”.

“Algunos ya nacen con esa necesidad deprimidos, me parece”, dijo Terri. “Algunos nacen infelices. Y sin suerte, también. He conocido gente que no tenía suerte absolutamente en nada. Otra gente -no vos, vida, no estoy hablando de vos, por supuesto- otra gente buscan no ser felices y se quedan con eso. Ella estaba usando su dedo para frotar frotando algo en la mesa con su dedo. Entonces dejó de frotar.

“Me parece que quiero llamar a mis hijos antes de ir a comer”, dijo Mel Herb. “¿A alguien le molesta? No tardo. Me pego una ducha rápida para refrescarme, después llamo a mis chicos, y nos vamos a comer”, dijo.

Terri dijo, “¿y si Marjorie contesta el teléfono? Tal vez tengas que hablar con Marjorie, Herb, si contesta el teléfono. Es la ex-mujer de Herb. Ustedes ya nos escucharon hablar del tema de Marjorie. Vida, sabés que lo mejor es no hablar con Marjorie. Lo mejor es no hablar con ella esta tarde, Herb. Te vas a sentir peor”.

“No, no quiero hablar con Marjorie”, dijo Mel Herb. “Pero quiero hablar con mis hijos. Los extraño mucho, vida. Extraño a Steve. Estuve despierto anoche recoerdando cosas de cuando él era chico. Quiero hablar con él. Quiero hablar con Kathy también. Los extraño, así que voy a tener que correr el riesgo de que su madre atienda el teléfono. Esa puta”.

“No hay día que Mel Herb no anhela que ella se vuelva a casar . O , o se muera“, dijo Terri. “Para empezar”, dijo Terri, “nos está llevando a la bancarrota. Mel Para seguir, tiene la custodia de los dos chicos. Logramos tener los chicos acá por un mes durante el verano. Herb dice que ella no se casa de nuevo sólo para joderlo a él. Tiene un novio que vive con ella y los chicos ellos también, así que Mel y Herb está manteniendo también al novio a él también”.

“Es alérgica a las abejas”, dijo Mel Herb. “Si no ruego porque se vuelva a casa, ruego para que salga de paseo por el campo y la pique a muerte un enjambre de putas abejas”.

Debería darte vergüenza, Herb, es horrible eso”, dijo Laura y rió hasta que le lloraron los ojos.

“Horriblemente divertido”, dijo Terri. Todos nos reímos. No parábamos de reír.

“Bzzzzzz”, dijo Mel Herb, poniendo los dedos como abejas y haciéndolos zumbar en la garganta y el collar de Terri. Después dejó caer las manos en jarra, y se tiró para atrás, de repente serio de nuevo.

“Es una podrida puta, es verdad”, dijo Herb. “Es depravada“, dijo Mel. “A veces, cuando me emborracho, como ahora, pienso que me gustaría voy a ir allá vestido como un apicultor. Ya ya saben, con ese sombrero que es como un casco con la placa de vidrio sobre la cara, los gruesos guantes grandes, y el traje acolchado? Voy a golpear Golpearía la puerta y soltar liberaría una colmena de abejas en la casa. Pero antes Antes me aseguraría que los chicos estuvieran fuera de la casa, por supuesto. ¶ Con alguna dificultad, se cruzó de piernas. Entonces puso ambos pies en el psio y se inclinó hacia adelante, con los codos sobre la mesa, el mentón entre sus manos. ¶ “Quizás no llame a los chicos ahora, después de todo. Quizás tengas razón, Terri. Quizás no es una buena idea. Quizás lo mejor es que tome una ducha rápida y me cambie la camisa, y después salgamos a comer y listo. ¿Qué les parece a ustedes?”

“Por mí está bien”, dije. “Comer o no comer. O quedarnos tomando. Podría salir directo hacia el ocaso”.

“¿Y eso qué quiere decir, vida?”, dijo Laura, girando hacia mí.

“Exactamente lo que dije“, dije, cariño, nada más”. “Quiereo decir que podría seguir y seguir. Es todo lo que quise quiere decir”. Tal vez sea ese ocaso”. La ventana tenía un tono rojizo a medida que caía el sol.

“A mí me gustaría comer algo”, dijo Laura. “Creo que nunca tuve tanta hambre en toda mi vida. Hay algo para picotear Recién me doy cuenta que estoy hambrienta. Hay algo para entretener el estómago?”

“Pongo algo de queso y galletas”, dijo Terri, pero se quedó sentada ahí. ¶Pero Terri se quedó sentada ahí. No se levantó a buscar nada.

Mel hizo caer su vaso. Terminó derramándose por la mesa.

“Se acabó la ginebra”, dijo Mel.

Terri dijo: “y ahora?”

Podía escuchar el latir de mi corazón. Podía escuchar el corazón de los otros. Podía escuchar el ruido humano que hacíamos nosotros ahí sentados, sin movernos, ni siquiera cuando la cocina quedó a oscuras.

Herb terminó su trago. Después se levantó lentamente de la mesa y dijo: “disculpen, me voy a duchar”. Dejó la cocina y caminó lentamente hasta el baño. Cerró la puerta tras él.

“Me preocupa Herb”, dijo Terri. Sacudió su cabeza. “A veces me preocupo más que otras, pero últimamente estoy muy preocupada”. Miró su vaso. No se movió para buscar el queso y las galletas. Decidí pararme y buscar en la heladera. Cuando Laura dice que está hambrienta, sé que necesita comer. “Servite vos mismo lo que puedas encontrar, Nick. Traete lo que se vea bien. Hay queso, y un salamín, creo. Hay galletas en el aparador sobre la cocina. Me olvidé. Piquemos algo. No tengo hambre yo en particular, pero ustedes deben estar famélicos. Perdí el apetito. ¿Qué estaba diciendo?”. Cerró los ojos y los volvió a abrir. “No creo haberles contado esto, tal vez sí, no recuerdo, pero Herb tenía mucha tendencia al suicidio después de que su primer matrimonio fracasara y que su mujer se mudara a Denver con sus hijos. Estuvo haciendo terapia por mucho tiempo, meses. A veces dice que debería retomar”. Tomó la botella vacía y la puso cabeza abajo sobre su vaso. Yo cortaba el salamín sobre la mesada tan cuidadosamente como podía. “Una botella menos”, dijo Terri. Luego dijo: “últimamente ha vuelto hablar de suicidarse. Especialmente cuando bebe. A veces creo que es demasiado vulnerable. No tiene defensas. No tiene defensas contra nada. Bueno”, dijo, “se acabó la ginebra. Hora de la huida. Hora de evitar más pérdidas, como decía mi viejo. Hora de comer, supongo, aunque yo perdí el apetito. Pero ustedes deben estar famélicos, me agrada verlos comer algo. Para aguantar hasta que lleguemos al restaurant. Podemos seguir tomando algo en el restaurant, si quieren. Esperen a ver lo que es ese lugar, es algo muy diferente. Además de la bolsa con las sobras, se pueden llevar algún libro. Mejor me preparo para salir yo también. Me lavo la cara y me pinto los labios y listo. Salgo así como estoy. Si no les gusta, lo lamento. Quiero que sepan esto, y listo. Pero no quiero que suene mal. Espero y ruego que ustedes se sigan amando por otros cinco, o tres años más, como lo hacen hoy. O cuatro años más, digo. Ese es el punto de inflexión, cuatro años. Es todo lo que puedo decir al respecto”. Se tomó los delgados brazos y empezó a frotarlos. Cerró los ojos.

Yo me levanté de la mesa y me paré detrás de la silla de Laura. Me incliné sobre ella y crucé los brazos alrededor de sus pechos y la abracé. Incliné la cara para que quede al lado de la de ella. Laura apretó mis brazos. Apretó más fuerte y no me soltaba.

Terri abrió los ojos. Nos observó. Luego levantó su vaso. “Brindo por ustedes”, dijo. “Por todos nosotros”. Tomó la última gota, y el hielo tintineó contra sus dientes. “Por Carl también”, dijo y volvió a poner el vaso sobre la mesa. “Pobre Carl. Herb pensaba que era un idiota, pero Herb realmente le tenía miedo. Carl no era un idiota. Me amaba, y yo lo amaba a él. Eso es todo. A veces todavía pienso en él. Es la verdad, y no me da vergüenza decirlo. A veces pienso en él, se me aparece en la cabeza de vez en cuando. Les digo algo, y odio que todo parezca una novela rosa, no es sólo ustedes, pero así es como fue. Yo estaba embarazada de él. Fue la primera vez que trató de suicidarse, cuando tomó el veneno para ratas. No sabía que yo estaba embarazada. Se puso peor. Decidí abortar. Tampoco se lo dije, naturalmente. No estoy diciendo nada que Herb no sepa. Herb sabe todo esto. Ultimo acto: Herb mismo me hizo el aborto. El mundo es un pañuelo, ¿eh? Pero creía que Carl estaba loco por ese entonces. No quería un hijo de él. Entonces va y se mata. Pero después de eso, luego de que él ya no estuvo por un tiempo y no estaba Carl para hablar y escuchar sus cosas y ayudarlo cuando tenía miedo, me sentí muy mal. Me daba mucha pena su hijo, que no quise tener. Amo a Carl, y no hay ninguna duda al respecto en mi cabeza. Lo sigo amando. Pero Dios, también amo a Herb. Ustedes se dan cuenta, ¿no? Ni se los tengo que decir. ¿No es demasiado?”. Puso la cara entre sus manos y empezó a llorar. De a poco se inclinó hacia adelante y apoyó la cabeza sobre la mesa.

Laura dejó de comer inmediatamente. Se levantó y dijo: “Terri, Terri, querida”, y empezó a frotar el cuello y los hombros de Terri. “Terri”, murmuró.

Yo estaba comiendo una rodaja de salamín. La cocina ya estaba muy oscura. Terminé de masticar lo que tenía en la boca, tragué, y caminé hasta la ventana. Miré el patio. Miré el álamo y los dos perros negros que dormían entre las sillas del jardín. Miré más allá de la piscina, hacia corralito con su portón abierto y el establo vacío para los caballos, y más lejos. Había campo, un pastizal, y un alambrado y más campo, y la autopista que unía Albuquerque con El Paso. Los autos pasaban hacia un lado y otro de la ruta. El sol se escondía tras las montañas, y las montañas se habían vuelto oscuras, llenas de sombra. Quedaba un poco de luz, sin embargo, y parecía suavizar todo lo que veía. El cielo estaba gris cerca de los picos de las montañas, grises como en un día oscuro de invierno. Pero había una franja de cielo azul justo sobre el gris, el azul que se ve en las postales tropicales, el azul del Mediterráneo. El agua en la superficie de la piscina ondeaba y la misma brisa hacía temblar las hojas del álamo. Uno de los perros levantó la cabeza como si lo hubieran llamado, escuchó un momento con las orejas paradas, y luego volvió a descansar la cabeza entre las patas.

Me daba la sensación de que algo iba a pasar, algo en lo lento de las sombras y la luz, algo que podía arrastrarme. Y yo no quería. Miré el viento moviéndose en ondas por el pasto. Podía ver el pasto en el campo, doblado por el viento, y vuelto a su posición original. El otro campo estaba inclinado hacia la ruta, y el viento se movía cuesta arriba sobre él, ola tras ola. Me quedé ahí y esperé y observé el pasto doblarse en el viento. Podía escuchar el latido de mi corazón. En alguna parte de la casa corría el agua de la ducha. Terri seguía llorando. Lentamente, haciendo un esfuerzo, la miré. Estaba con la cabeza apoyada en la mesa, la cara hacia la cocina. Los ojos estaban abiertos, pero de vez en cuando lagrimeaba. Laura se había sentado a abrazarla por los hombros. Seguía murmurando, con los labios sobre el pelo de Terri:

“Claro, claro”, dijo Terri. “Ya lo sé”.

“Terri, cariño”, le dijo Laura tiernamente, “todo va a mejorar, ya vas a ver. Va a mejorar”.

Laura levantó los ojos hacia mí. Su mirada era penetrante, y se me heló el corazón. Me miró a los ojos por una eternidad, y después asintió. Eso fue todo, el único gesto que hizo, pero fue suficiente. Es como si me hubiera dicho “no te preocupes, vamos a pasar esto, todo va a estar bien entre nosotros, ya vas a ver. Relajate. Al menos así yo interpreté esa mirada, aunque pude haberme equivocado.

La agua de la ducha dejó de correr. En un minuto, escuché un silbar al abrir Herb la puerta del baño. Seguí mirando a las mujeres en la mesa. Terri seguía llorando y Laura la peinaba. Me volví a la ventana. La parte azul del cielo ya había cedido y se oscurecía como el resto. Pero habían aparecido algunas estrellas, reconocí a Venus y más allá y hacia uno de los lados, no tan brillante pero sin dudas ahí en el horizonte, a Marte. El viento se había levantado más. Miré su efecto sobre los campos. Pensé absurdamente que no estaba bien que los McGinnis ya no tuvieran caballos. Quería imaginarme a los caballos corriendo por esos campos en la oscuridad cercana, o aunque sea estando ahí quietos con sus cabezas mirando en direcciones opuestas al lado del alambrado. Miré la ventana y esperé. Yo sabía que tenía que quedarme quieto un rato más, seguir mirando allá afuera, siempre que quedara algo para ver.


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