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Traducción al absurdo

(Dispara nuevamente este digresivo texto la llegada de Ratatouille a los cines, doblada en Argentina para el público argentino por voces de la talla de Carnaghi o Mundstock, en contraposición a Shrek, con sustitución de audio descaradamente mexicana, es decir, deliciosa seguramente para ese país de Norteamérica, pero demasiadas veces incomprensible para todo el resto del mundo hispanoparlante).

Nada nuevo puedo agregar a un tema que ya se ha discutido hasta el hartazgo. Hablo del problema de trasladar de una lengua a otra, con cierta fidelidad, un aforismo o un verso, un poema o una canción, un cuento o una novela, una película o una serie de televisión. Mi credo hoy es una traducción personalizada, ya no diría a un país, sino a una región; ya no diría a una región, sino a una persona o a un grupo reducido de personas. Naturalmente, me dirán algunos, se trata de una idealización; como se trataba desapercibida e indudablemente de una idealización mi fantasía juvenil de leer sólo originales (con esa idea en mente quise aprender el difícil griego clásico o el búlgaro, por ejemplo). Me dirán algunos: debemos resignarnos a la fe en el traductor de turno, y también a su potencial coincidencia estética o cultural con nosotros.
Pero tal vez no. Los tiempos cambian, e internet propone mucho en este sentido. Hay gente, como el gran Zaidenwerg, que traduce libremente para esa bruma que es la gente que lee en internet: traduce poemas, canciones, y lo hace sin estar ligado por tradición a ese tirano, el español neutro, es decir, el castellano que hablan en México. Desde esa bruma agradecemos quienes, como yo, compartimos su contexto lingüístico (no necesariamente ligado a un contexto geográfico); en esa bruma, mi utopía se acerca: Zaidenwerg traduce para este grupo reducido, para nosotros.
Otros benefactores de internet se aplican al subtitulado público de películas y series de televisión, fustigados por una curiosa e ingente combinación de filantropía y piratería. Estos traductores no tienen miedo de escribir groserías locales, no están atados a la obligación de una única diseminación panamericana, no evitan el voseo si son argentinos, ni la jerga que les sea cara, en caso de traducir una lengua especializada, como puede ser la policial o la médica. Actúan por gusto y no por impulsos comerciales, no tienen pruritos morales o políticos, descreen de convenciones y etiquetas. Afortunadamente, ya no dependemos de la decisión arbitraria o neutralizadora de una sola compañía distribuidora. Me arrimo todavía más a mi utopía.

Internet trae, también, el problema inverso. Es de Perogrullo decir que la gran red es un depósito inmenso de datos (no discutiré su grado de confianza); también se sabe que la mayor parte de ese repositorio está escrito en inglés. Basta cotejar la Wikipedia en inglés con la Wikipedia en español: casi dos millones de artículos contra doscientos cincuenta mil en nuestra lengua. Y ni hablar si se compara un artículo existente contra otro: usualmente la versión en inglés es varias veces más extensa. Los que no dominan el inglés (y son muchos más que lo que a primera vista aparece) se ven obligados a desestimar esa porción sustancial de la torta, o a recurrir a la traducción automática que ofrece un Google, digamos. Creo que ya nadie ignora la ineptitud de este último método, pero en aras del humor, termino con su reductio ad absurdum, que algunos llaman babelización. Existe un sitio donde se introduce una frase cualquiera en inglés, que se lleva y se trae por traductores automáticos en un puñado de lenguas; cada traducción importa una nueva distorsión, como si fuera una especie de teléfono descompuesto. Intento algunas frases de público conocimiento:

A tale told by an idiot, full of sound and fury, signifying nothing: (“un relato contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada”). Casi todos conocen las palabras famosas de Macbeth, que dieron título a un libro de Faulkner y a una metáfora de internet; después de pasear esa frase por la torre de Babel, nos queda en español “informan a historia y la disturban y el título disturbado integrado, persona débil, no visualiza, no”.

Mama, just killed a man: la línea inicial de la inolvidable melodía de la Rapsodia Bohemia de Queen, que en castellano es “Mamá, acabo de matar a un hombre”, se babeliza por “del personal, exactamente el arsenal, el que destruye”.

Otras veces queda una frase plurilingüe. Probemos con la frase inaugural del Ulysses de Joyce:

Stately, plump Buck Mulligan came from the stairhead, bearing a bowl of lather on which a mirror and a razor lay crossed.

Busco al azar una traducción humana en internet:

Majestuoso, el orondo Buck Mulligan llegó por el hueco de la escalera, portando un cuenco lleno de espuma sobre el que un espejo y una navaja de afeitar se cruzaban.

La babelización, que pierde casi todos los elementos originales, parece que pasa del Ulysses al Finnegans Wake:

La elasticidad del honor, de la estructura ã instalada, de beleibte más tarde la prueba de eso, la verificación de Mulligan de resistir y la rasatura de stairhead, el fin que está por llegar de ella, el espejo de la esfera de la burbuja, posición de scherblockes pone.

Quizás alguno esté pensando que el original era complicado. Babelizo una frase muy simple, no creo que haya frase más simple: “Hello, I love you” (inútil traducir lo que ya todos conocen). El resultado no puede ser más desconcertante: “hoy, esto interesa el amor para las minas”.

Las palmas arriba

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  • Saúl: Uno de los leitmotiv en Radiohead es ese desequilibrio del q…
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“The Eraser” (nuevo disco de Thom Yorke)

Uno siempre se pregunta, ante una banda que actúa cohesivamente como tal, cuál es el componente de cada miembro. imageUno se vio tentado a pensar que Freddie Mercury era Queen, e invariablemente fue desasnado cuando escuchó “Mr. Bad Guy”, su primer disco solista. Uno se vio tentado a pensar que Roger Waters era Pink Floyd, pero la carrera de Waters no se parece a la carrera de Pink Floyd, y lo que quedó de Pink Floyd se parece sospechosamente a David Gilmour. Mi más viva curiosidad acerca de cuál era el componente Yorke en Radiohead fue lo que más me indujo a escuchar el sorpresivo disco, que saldrá el diez de Julio próximo.
Lo primero que salta al oído es la austeridad (que alguno equivocará usando la palabra minimalismo): parecería que Yorke se las arregla con una caja de ritmos, su voz y algunos pads. Salvando distancias geográficas y temporales, este disco me trajo a la memoria el Clics Modernos de Charly García, donde cada tema está basado en un patrón rítmico (en esa época un drum machine 808, para The Eraser una laptop de última generación) y unas pocas capas instrumentales arriba. Sin embargo, aquí Yorke trabaja casi exclusivamente la base con sonidos que pulsan. Me apuro a agregar que estos sonidos representan notas, pero estas notas funcionan como guías armónicas unas veces, y como texturas otras, que se complementan con delgados colchones de acordes, frecuentemente disonantes, que poco agregan a la intuición tonal de lo que sucede. El experimento es harto interesante, porque la función armónica la cumple en su mayor parte la voz, que es por definición monotonal, y en este caso aún privada de coros: a diferencia de los últimos discos de Radiohead, esta vez está en primer plano y despojada de efectos; la guitarra prácticamente está ausente, y las canciones son notoriamente homogéneas.
La canción que llama inmediatamente la atención es Atoms for Peace, por el trabajo melódico de Yorke, en total dominio de su voz. Yo resaltaría “Cymbal Rush” (conocida ya por los fans de Radiohead) y “And It Rained All Night”, aunque es difícil resaltar canciones en el parejo “The Eraser”. Líricamente el cantante de Radiohead es tan ambiguo como siempre, y el componente político no está ausente: el título “Atoms for Peace” es una referencia a cierto discurso de Eisenhower, mientras que “Harrowdown Hill” es el lugar donde se suicidó David Kelly, el del escándalo de las bombas de destrucción masiva en Inglaterra. Rescato una letra, sin embargo, casi joyceana en su intraducible prosodia, que es metáfora de la naturaleza rítmica de este disco preciosista e íntimo que es “The Eraser”:

And it rained all night and washed the filfth away
Down New York airconditioned drains
The click click clack of the heavy black trains
A million engines in neutralThe tick tock tick of a ticking timebomb
Fifty feet of concrete underground
One little leak becomes a lake
Says the tiny voice in my earpiece
So I give in to the rhythm
The click click clack
I’m too wasted to fight back
Tick tack goes the pendulum on the old grandfather clockI can see you
But I can never reach you

And it rained all night and then all day
The drops were the size of your hands and face
The worms come out to see what’s up
We pull the cars up from the river

It’s relentless
Invisible
Indefatigable
Indisputable
Undeniable

So how come it looks so beautiful?
How come the moon falls from the sky?

I can see you
But I can never reach you

I can see you
But I can never reach you

Y llovió toda la noche y se llevó toda la suciedad
por los desagües ambientados de New York.
El clic-clic-clac de los negros y pesados trenes
un millón de motores en neutro.El tic-toc-tic del tic-tac de una bomba de tiempo,
quince metros de concreto subterráneo
una pequeña filtración se vuelve un lago
(dice la vocecita en mi auricular)
así que me rindo al ritmo
el clic-clic-clac
estoy demasiado consumido para combatirlo
tic-tac dice el péndulo del viejo reloj del abuelo.Te veo,
pero nunca puedo alcanzarte.

Y llovió toda la noche, y después todo el día,
las gotas tenían el tamaño de tus manos, de tu cara,
los gusanos salieron para ver qué pasaba
sacamos los autos hundidos en el río.

Es incansable
invisible
infatigable
inapelable
innegable

¿Cómo puede ser que sea tan hermosa?
¿Cómo puede ser que la luna se caiga del cielo?

Te veo,
pero nunca puedo alcanzarte.

Tercer Libro: El Libro del Idiota (The Pillow Book)

Esta, una triste jaula de un libro lleno de palabras
pero con poco significado,
suena a hueco cuando se le da un golpecito para probar.

Si bien vacante, vacío, y con los ojos de sorpresa en una página,
habla tonterías y sinsentidos en voz alta en la que sigue,
sus pulmones son ruidosos cuando calla.

No dice nada cuando resopla y jadea para hacer el mayor ruido posible.
Tal vez debería existir paciencia para conmoverse
con este idiota congénito,
babeante, que se chupa el dedo,
que digiere sus pensamientos
rascándose la cabeza y el vientre,
buscándose pulgas entre las páginas de sus piernas.
Pero tal condolencia y paciencia es en balde aquí.

O tal vez debería existir cautela,
y secreta admiración para el libro-idiota
que se le permite decir la verdad usando el humor.
Un tonto puede perforar con utilidad la pedantería,
pero esa admiración es en balde aquí.

Este libro ni tiene la virtud de la ironía
ni merece la piedad reservada para los que están en verdad desquiciados.
Entre el estridente ruido y el vacuo silencio no hay nada sustancial.

¿Cómo leer un libro así?
Tal vez no se lea o no se pueda.
A lo mejor sólo pueda ser reusado, reescrito.
Tal vez deberíamos darle la espalda.
Podríamos encontrar espacio entre su gran pliegue de flatulenta arrogancia
para otro libro.
Deberíamos devolverlo e intentarlo nuevamente,
para que se deseche y se pierda
en algun perdido estante inferior.
Guardado como papel de desperdicios en la letrina.

Séptimo Libro: El Libro de la Juventud (The Pillow Book)

Cuando Dios aprobó la creación de su criaura,
inspiró vida en el modelo de barro pintado firmando su nombre.

¿Dónde está un libro antes de nacer? ¿Un libro crece como un árbol?
¿Quiénes son los padres de un libro?
Un libro, ¿necesita un padre y una madre?
¿Un libro puede nacer dentro de otro libro?
¿Y dónde está el libro que es padre de todos los libros?
¿Qué edad debe tener un libro para poder dar a luz a otro?
¿Los libros jóvenes lloran y gritan cuando no se los lee o no se los alimenta?
¿Dejan caer palabras con incontinente abandono?
¿Se meten en la boca cada frase que encuentran al azar?
Este libro ha pasado el primer rubor de juventud;
es un libro que está en su pubertad.
Es dubitativo, y según el ventajoso punto de vista de un lector maduro,
es a la vez un triste y entretenido recuerdo del pasado
que no siempre es suficientemente atractivo como para ser vuelto a ver.
La cubierta ya cruje como se endurece la madera
de un joven árbol.
Sus páginas son flexibles y tienen un poco de gusto a sal.

 

“Las casas de Kafka” (Dino Buzzati)

“Le habían encargado a K la tarea de mostrarle algunos monumentos históricos a un buen cliente italiano del banco, que visitaba la ciudad por primera vez.

Con el tiempo, Dino Buzzati tiende a desdibujarse, al menos fuera de Italia: es como si retrocediera, junto a su propia generación. Treinta y cinco años han transcurrido desde su muerte; además de un magnífico escritor, era periodista, dramaturgo, músico y pintor. Su expresión más acabada se encuentra para mí en los cuentos, además de esa bella novela, su mejor obra, llamada Il deserto dei Tartari, con homónima película. Tal vez debido a ese mismo libro, se lo ha comparado hasta el hartazgo con Kafka; esa asimilación maliciosa lo llevó hasta Praga, como corresponsal del Corriere della Sera, como un Hamlet que busca el fantasma de su padre. A continuación traduzco el diario de ese viaje, llamado “Las casas de Kafka”, publicado el miércoles 31 de Marzo de 1965.

Praga, Marzo. Paseando por Praga, me sobreviene la curiosidad de ver los lugares de Franz Kafka. Desde que he empezado a escribir, Kafka se convirtió en mi cruz. No hay cuento mío, novela, comedia, donde alguien no divise semejanza, derivación, imitación o directamente plagio descarado a expensas del escritor bohemio. Algunos críticos denunciaban analogías culpables con Kafka incluso cuando expedía un telegrama o cuando hacía mi declaración de ganancias. Todo esto, a lo largo de los años, determinó en mí, respecto a Franz Kafka, no un complejo de inferioridad, sino un complejo de fastidio. Ya no quise leer más cosas de él, ni biografías, ni ensayos que trataran de él. Pero aquí en Praga hubiera sido una vileza de mi parte no buscar su sombra: exactamente la atracción -dirían los queridos amigos- que induce al criminal a volver al lugar del delito.
Sin dudas hubiera preferido hacer este peregrinaje de incógnito, pero necesitaba de una guía. ¿Quién podía ser?
En Tatranska Lomnica, en los Altos Tatra, había conocido una noche al señor Emil Kacirek, una persona muy culta, políglota, de inteligencia singularmente sutil, que trabajaba en Praga en un ente publicitario internacional. Además del checo, el francés, el alemán, el español, el inglés, el ruso, el polaco, el húngaro, el esloveno y el hindi, conocía muy bien también el italiano y había leído un libro mío. También él en una época escribía, entre otras cosas colaborando con una revista como crítico literario; después dejó de hacerlo deliberadamente, y citaba el ejemplo de Rimbaud.
Como sabía quién era yo, me abrazó y con afectuosa insistencia me obligó a jurar que, si pasaba por Praga, se lo haría saber. A cualquier precio habría dejado el trabajo para hacerme ver la ciudad. En ese momento no le hice preguntas precisas, pero era claro que si existía alguien que debía conocer vida, muerte y milagros de Kafka, ése era Emil Kacirek. Y, seguramente, no estaría al tanto de la disputa entre Kafka y yo.
Bien. Ya estaba avanzada la noche al llegar a Praga. A la mañana siguiente llamé por teléfono al número que el señor Kacirek me había dado. “Por favor, espere un momento”, respondió una mujer. Se escuchaban voces confusas, puertas que se cerraban, ruidos de máquinas de escribir. Entonces una voz distinta, también de mujer: “¿el señor Kacirek? Espere que voy a llamarlo”. Unos pasos que se alejaban. El chasquear de un conmutador que probablemente derivaba una línea. Finalmente habló un hombre: “el señor Kacirek vendrá sólo hacia las diez”.
Reintenté a las diez y diez. Una vez más una voz de mujer: “por favor, espere un momento”. Una pausa, pasos que se alejaban, el chasquear de un conmutador, el silencio. Parecía que la comunicación se interrumpía sin que del otro lado hubieran colgado el tubo (después me explicaron que los praguenses se tuvieron que habituar a estos misteriosos eclipses telefónicos). Probé dos veces más con el mismo resultado; entonces tomé un taxi y me hice llevar hasta la dirección escrita en la tarjeta de visita. Correspondía a la Cámara de Comercio. Entré en una sala donde a la izquierda una vitrina de madera y vidrio contenía dos ancianas telefonistas. “Por favor, el señor Kacirek”. “Un momento, por favor”, dijo la más vieja y, luego de marcar un número de interno, borboteó algunas palabras en checo. Luego, de repente a mí: “el señor Kacirek lo espera en la sala del Hotel Palace”.
Y después dicen que soy yo quien imita a Kafka. Así es la vida, digo yo. Ni al teléfono, ni en la Cámara de Comercio, dije quién era yo. Y había hablado en alemán, a duras penas si se quiere, pero alemán al fin. ¿Cómo habrá hecho, entonces, para saber, el señor Kacirek, que yo había llegado a Praga y que lo estaba buscando? ¿Pertenecía tal vez a una tenebrosa organización que controlaba minuto por minuto los desplazamientos de todos los extranjeros presentes en Checoslovaquia? ¿O era simplemente un mago? El episodio, en cualquier caso, venía por buen camino. De seguir como hasta ahora, el señor Kacirek como mínimo me iba a conseguir una reunión privada con el legendario Golem. En cuanto a Kafka, habría bastado una alusión fugaz de mi parte, sin comprometerme, para que el señor Kacirek, espontáneamente, me sepultase bajo una avalancha de informaciones nunca oídas.
El mensaje que me dieron era exacto. El señor Kacirek me esperaba en la entrada del Hotel Palace, pero con expresión desolada. Desafortunadamente, como único conocedor de la lengua hindi en toda Praga, lo habían encargado oficialmente de acompañar a Marienbad a un grupo de importantes turistas que venían de India. Y debía partir inmediatamente. “Qué pena, qué pena”, decía. “Estoy más disgustado que lo que usted puede imaginarse… y pensar que había preparado especialmente para usted un pequeño itinerario, ¿sabe? Los lugares, los centros de reunión, las casas donde vivió Kafka… para usted, querido Buzzati, hubiera sido interesante, ¿verdad?”.
No respondí. Lo saludé agradecido. Hice que el taxi me lleve a la Embajada de Italia, en Mala Strana. Allí seguramente me podrían dar indicaciones útiles. En efecto, el amable canciller, en diez minutos me contactó con el profesor Domenico Caccamo, director del instituto italiano de cultura, la autoridad más calificada.
El profesor Caccamo, especialista en historia polaca, bohemia y húngara, era un joven muy cordial y lleno de vida. Parecía feliz de hacerme de guía. Justo tenía algunas horas libres, con su automóvil me podía llevar a ver las cosas más bellas.
Compañía más placentera no habría podido esperar. Pero hubiera preferido, tal vez, una persona menos informada en literatura italiana. Con él, por aquel complejo de fastidio que mencioné antes, no cambié palabra sobre Kafka. ¿Tendría que haber sido él quien se ahorque primero por hablar de sogas, en su casa?
Sin embargo, cuando estábamos llegando a la plaza de la Ciudad Vieja, Caccamo frenó su auto frente a la iglesia de San Nicolás. “No sé si le pueda interesar”, dijo indicando un digno edificio de color gris. “En aquella casa, en el primer piso, nació Kafka”. No sonreía. En la voz, ni una sombra de ironía. Me callé. La casa, de gusto barroco, tenía tres pisos, coronado de un sofisticado tejado. Está en la esquina de la calle Kaprova y la calle Maislova, y lleva el número cinco. Hacía frío pero era un día de sol.
La inolvidable excursión por aquí y allá, en una de las ciudades más fantásticas de la tierra, duró casi cuatro horas. Pero de tanto en tanto el profesor Caccamo decía “a propósito…”, y frenaba el auto, bajaba el vidrio y estiraba la mano: “en aquella casa, por si le interesa, dicen que habría vivido Kafka…”
De la misma forma que al lado de la iglesia de Tyn, en la calle Tynska, donde surge una vieja y grácil barraca que lleva el número siete, así también al lado del Municipio, donde surge un antiguo palacio con trazas de graffiti de tema mitológico: “en aquella casa dicen que había vivido Kafka”. Así también en la Bilkestrasse, así también en la Langengasse, así también en la increíble calle del Oro o de los Alquimistas, detrás de la catedral, hecha de habitaciones de juguete de dos o tres metros, salidas del sueño de un niño, así también en la calle que baja de la cuesta de Strachov y en un número de otras calles, callejones y callejas, que no llegué a memorizar. “Dicen que…”. Y no sonreía. “Por si le interesa”. Y sin sombra de ironía en su voz.
En un momento pregunté: “¿pero tenía el don de la ubicuidad, este Kafka? ¿Es posible que en cuarenta años de vida haya vivido en tantas casas?”. Caccano respondió: “el hecho es que Kafka aquí fue descubierto hace apenas dos años. Antes nadie sabía que había existido. Después fue una manía. Hoy los lugares, verdaderos o falsos, en los que vivió Kafka, son cientos. Igual que en Italia septentrional, los lechos en los que ha dormido Napoleón”.
¿Bromeaba? ¿Me estaba tomando el pelo elegantemente? ¿Ironizaba sobre la literatura kafkiana que me acompañaba? ¿Hablaba en serio o se estaba divirtiendo con fantasías en todo lo que decía? A la mañana siguiente, antes de partir, fui a buscar una guía profesional y con diploma, del lugar, que no pudiera saber nada de mí. Viene la señora Jirina Klenkova, alrededor de treinta años, grácil, esposa de un abogado, que hablaba un italiano cerrado pero exacto: muy preparada. “¿Qué desearía ver?”. “Kafka”, dije exasperado, con ella podía hablar sin ataduras en el corazón. “Todo lo que esté relacionado con Kafka”.
Y la señora Jirina Klenkova, con precisión maravillosa, me llevó a ver dónde había nacido Kafka, dónde había estudiado Kafka, dónde había pasado la adolescencia Kafka, dónde solía pasearse Kafka, dónde había trabajado Kafka como empleado de una compañía de seguros, dónde se retiraba Kafka a escribir o a meditar, dónde Kafka esto, dónde Kafka aquello, no sé qué otros casos, y todo correspondía justamente a las indicaciones de Caccamo, quien evidentemente sabía mucho y había fingido burlarse, pero no se había burlado.
Sólo que al final la señora Jirina Klenkova me propuso lo mismo que el profesor Caccamo podría haber tenido la idea de proponerme pero que tal vez no lo había hecho explícitamente para no incomodarme. “¿Quiere que vayamos a ver la tumba?”. Su última casa.
El portón del cementerio judío de Praga Staschnitz estaba abierto, a las once de la mañana. Había un alto muro rodeándolo, un frío discreto, el silencio, ni un alma viva. Los sepulcros estaban dispuestos en estelas verticales, en incontables filas, hasta que se perdía a la vista. “Por aquí”, dijo la señora Klenkova caminando hacia la derecha a lo largo del camino que se encontraba entre el muro perimetral y el primer alineamiento de muertos. La nieve, seca, crujía debajo de nuestros pies. Leía nombres y nombres de gente que ya no existe: Kornfeld, Pollak, Stein, Rosenberg, Loewit, Strauss, Freud, Weiss, Goldsmith, Loewy, Rosenbaum y así. Ni un alma viva. Los gorriones famosos gorjeaban aquí y allá. Era un día, no lo olvidemos, de pálido sol.
La tumba de Kafka es distinta a las otras. No es una tabla de granito sino una estela de sección hexagonal, terminada en punta. Es piedra gris, manchada como el travertino. Hacía frío. En lo alto se lee: “Dr. Franz Kafka, 1883-1924″. Debajo, el padre: “Hermann Kafka, 1854-1931″. Más abajo todavía, la madre: “Julie Kafka, 1856-1934″.
Delante a la estela hay un pequeño espacio cuadrado, cerrado con una cuerda. En este espacio, un florero de vidrio roto, enterrado oblicuamente, tres viejas flores aparentemente artificiales, y algunas ramas de abeto aplastadas por la nieve que ya no estaba. Silencio grande. Y soledad. En el borde, muchas piedritas. “Es el homenaje de los judíos a sus muertos”, explicó la señora Klenkova. “Piedras de dos en dos. El recuerdo del antiguo desierto. Moisés. Los muertos enterrados en la arena y, sobre la pila de arena, alguna piedra. Para indicar que debajo había un muerto”.
Detrás de la tumba una fila de altas piedras negras le daba la espalda. Fui a ver. “Vilem Kafka, oficial, 1862-1932″. “Julie Kafkova, 1860-1938″. “Rudolf Herz, Eduard Herz”. “Karolina Margoliusova – Salomoun Margolius”.
“Perdón, señor”, pidió la señora Klenkova. “¿Usted está haciendo un estudio sobre Kafka? Ningún turista italiano nunca me ha pedido noticias sobre Kafka. Usted es el primero. ¿Está estudiando a Kafka?”. “No”, respondí. Y le expliqué el problema.
La gentil señora Klenkova movió la cabeza, para indicar que comprendía. Sonrió con la melancolía debida. “Entiendo”, dijo. Luego, con la derecha, hizo un gesto a Kafka que dormía ahí abajo. Apenas sonrió: “pero no tiene la culpa, ¿verdad?”.
Un gordo cuervo se posó en en la punta de la estela de Yehuda Goldstern, 1896-1941. Y con el pico comenzó a lavarse las plumas lentamente.