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Una parada en el bosque en una tarde nevada (Robert Frost)

Ayer volví a recordar ese gran poema de Robert Frost que parece hablar proféticamente de nuestra vida apresurada que no nos permite detenernos a ver realmente, a escuchar de verdad lo que hay a nuestro alrededor:

Whose woods these are I think I know.
His house is in the village though;
He will not see me stopping here
To watch his woods fill up with snow.
My little horse must think it queer
To stop without a farmhouse near
Between the woods and frozen lake
The darkest evening of the year.
He gives his harness bells a shake
To ask if there is some mistake.
The only other sounds the sweep
Of easy wind and downy flake.
The woods are lovely, dark and deep.
But I have promises to keep,
And miles to go before I sleep,
And miles to go before I sleep.
Creo saber de quién es este bosque
el dueño vive en el pueblo, sin embargo;
no va a enterarse de que me detuve acá
a mirar su bosque lleno de nieve.
Mi caballito debe creer que es raro
parar sin que haya una granja cerca,
entre el bosque y el lago congelado,
la noche más oscura del año;
hace sonar el arnés al sacudirse
para preguntar si hubo algún error.
El otro único sonido que hay es el barrer
del viento suave y los copos como plumas.
El bosque es encantador, oscuro y profundo,
pero yo tengo promesas que cumplir,
y kilómetros por recorrer antes de dormir,
y kilómetros por recorrer antes de dormir.

Hace unos días atrás salió en el Washington Post la descripción de un experimento: uno de los violinistas más famosos de Estados Unidos, Joshua Bell, se puso a tocar en la estación de un subterráneo de Washington. La idea era saber si la gente iba a reconocer su genio y juntarse una multitud alrededor de él a escucharlo: si el hombre realmente es bueno en lo que hace, su don debería ser identificado naturalmente. La triste verdad es que Bell pasó inadvertido para las masas, pese a haber elegido un repertorio notablemente popular. El violinista, acostumbrado a ser aplaudido de pie en los grandes auditorios, sintió una gran confusión ante la indiferencia general; en poco tiempo, comenzó a agradecer cuando alguien le dejaba un billete en vez de una moneda. Al principio se plantea la pregunta: si nadie aplaude al artista, ¿el artista es realmente bueno? Luego se teoriza sobre la idea de que el arte necesita un contexto (en el Teatro Colón, digamos, todos saben de antemano que es grande, aquí en el subte tiene que ser necesariamente nadie); luego la conclusión obvia es que la gente simplemente ignora lo que hay alrededor porque está demasiado apurada corriendo de aquí para allá para prestar atención a un violinista callejero. Algunos de los transeúntes escuchaban a Bell en sus casas o incluso en auditorios, pero en el trajín fueron incapaces de reconocerlo. Decidieron que la música era encantadora, pero que había muchos kilómetros todavía por recorrer antes de dormir.