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La Individualidad (Mervin Willett Gonin)

Ignoro la veracidad de este relato, que encontré en el manifesto de Banksy. Según reza allí, se trata de un extracto del diario del teniente Mervin Willett Gonin, quien estuvo entre los primeros soldados británicos que liberaron Bergen-Belsen en la Segunda Guerra Mundial. Lo traduzco por su valor, aunque éste sea sólo literario.

No puedo dar una adecuada descripción del Campo de Horror en el que mis hombres y yo tuvimos que pasar el siguiente mes de nuestras vidas. Apenas si era un yermo desierto, pelado como un corral de gallinas. Los cadáveres estaban en todos lados, algunos en pilas enormes, a veces de a uno, o en parejas, ahí donde habían caído. Llevó cierto tiempo acostumbrarse a ver hombres, mujeres y niños colapsar a medida que uno caminaba entre ellos, y contenerse de ir en su ayuda. Uno tenía que acostumbrarse pronto a la idea de que el individuo no contaba. Uno sabía que quinientos se morían por día, y quinientos agonizarían por semanas antes que nada de lo que hiciéramos tuviera el mínimo efecto. No era, sin embargo, nada fácil ver a un niño atragantado de difteria cuando sabíamos que una traqueotomía y cuidados médicos podrían salvarlo; uno veía mujeres ahogadas en su propio vómito porque estaban demasiado débiles, y hombres comiendo gusanos aferrados ávidamente a media rebanada de pan, sólo porque tuvieron que comer gusanos para sobrevivir y ya apenas podían notar la diferencia. Pilas de cadáveres, desnudos y obscenos, con una mujer demasiado débil para mantenerse parada por sí sola apoyada en ellos mientras cocinaba la comida que le dimos en una fogata; hombres y mujeres acuclillados por todas partes en el descampado, evacuando debido a la disentería que erosionaba sus intestinos; una mujer parada, desnuda por completa, lavándose en una especie de sopa en un tanque en el que flotaban los restos de un niño. Fue poco después de que vino la Cruz Roja británica, pese a que puede que no haya conexión, cuando llegó una gran cantidad de lápiz labial. No era en absoluto lo que nosotros queríamos: gritábamos por cientos y miles de otras cosas y no sé quién pudo haber pedido lápiz labial. Me encantaría poder descubrir quién lo hizo, porque fue la acción de un genio, pura lucidez sin adulterar. Creo que nada hizo más por esos internos que el pintalabios. Las mujeres se veían acostadas en la cama sin sábanas ni camisón, pero con labios en rojo escarlata, uno las veía dando vueltas por ahí con nada excepto una manta sobre sus hombros, pero con labios en rojo escarlata. Ví una mujer muerta en la mesa post mortem, aferrando con su mano un lápiz de labio. Al fin alguien había hecho algo para hacerlos individuos de nuevo, ahora eran alguien, ya no meramente un número tatuado en el brazo. Al fin podían interesarse genuinamente en su aspecto. Ese pintalabios empezó a devolverles su humanidad.