Los 40 de Anagrama
Esta es la colección de 40 libros de Anagrama que vino con el diario Página/12: una buena oportunidad para leer autores que de otra manera nunca compraría. Son libros breves, de manera que las reseñas también lo serán.
- Paul Auster: La habitación cerrada. Ya se sabe lo que pienso de Paul Auster: un mito contemporáneo, una consecuencia de la época.
- Ian McEwan: Primer amor, último ritos. Al principio, es como Amarcord contado por un mal escritor estadounidense (sólo que el escritor es británico: la magia igualadora de las malas traducciones). Luego Fellini desaparece.
- Kenzaburo Oé: La presa. Muy entretenido, muy bien contado. Perfecto el tono que encontró para el niño-narrador.
- Jean Baudrillard: La izquierda divina. Una crónica lúcida de una época política que se ha ido desvaneciendo.
- Ricardo Piglia: Prisión perpetua. Ya estaba la crítica aquí en Seikilos.
- Pedro Lemebel: Loco afán. Leí la contratapa y no quise abrir el libro. No preví que me esperaba una emboscada de más libros por el estilo en la colección.
- Hans Magnus Enzensberger: El perdedor radical. El tema, por más actualidad que tenga, no me sedujo. Uno desconfía de la literatura de actualidad: como el de Baudrillard, como el diario de hoy, son textos que enseguida se quedan atados a su tiempo.
- Colette: Dúo. "Un manzano silvestre, de pétalos blancos forrados de vivo carmín, había triunfado del árbol de Judea un tanto enclenque, y las jeringuillas, para escapar de la sombra mortal de las aucubas barnizadas, tendían a través de las largas hojas exigentes, manchadas como serpientes, sus frágiles ramos, sus estrellas de un blanco de mantequilla". Casi no hay sustantivo sin al menos un modificador. La traducción tampoco ayuda.
- Michel Foucault: Nietzsche, Marx, Freud. Interesante por momentos, ilegible por otros. Requiere cierto contexto de antemano.
- Sam Shepard: El gran sueño del paraiso. Clásica e intrascendente literatura estadounidense. Para dejar pasar.
- Hanif Kureishi: Mi hermosa lavandería. Demasiado costumbrismo me ahuyentó: una decepción.
- Amélie Nothomb: Cosmética del enemigo. Un relato que, en 2001, fue contado un millón de veces, en literatura y en cine. Demasiado previsible, mal escrito.
- Pedro Almodóvar: Patty Diphusa. No esperaba gran cosa, el prólogo restó expectativas, pero al final me sacó más de una sonrisa. Para leer en una sala de espera.
- Tomas Bernhard: Sí. Brillante, a la altura del resto de la obra de Bernhard.
- César Aira: Varamo. Divertido, un Aira más.
- Sigmund Freud: Escritos sobre la cocaína. Una curiosidad histórica.
- Charles Bukowski: La máquina de follar. Uno de los puntos de partida de la atroz confusión entre cultura urbana y poética urbana.
- Alan Pauls: Historia del llanto. Palabras, oraciones largas, lánguidos párrafos. Pura literatura, y no queda otra cosa.
- Pierre Bourdieu: La dominación masculina y otros ensayos. Muy interesante, como todo Bourdieu.
- Groucho Marx: Las cartas de Groucho. Leídas en inglés, unas pocas cartas tienen gracia. En español ibérico: insufrible.
- Mario Bellatin: Damas chinas. Un libro sólido, excepto el final que se disparó para cualquier lado. El tono frío de Bellatin fue la solución perfecta para esta historia.
- Alejandro Zambra: Bonsái. Para ser la primera novela del autor, está bastante bien: es mejor que cualquiera de su aplaudidísima y compatriota Isabel Allende.
- Alessandro Baricco: Los bárbaros. Quejas de viejo, Google, análisis superficial, la prosa descuidada de Baricco, en fin.
- Raymond Carver: Catedral. No es la edición de Catedral de Anagrama original, sino una selección de cuentos de Catedral y de Puedes hacer el favor de callarte, por favor? No voy a repetir mi admiración por Carver, sólo agregar que la selección de cuentos es buena.
- Martin Amis: Visitando a Mrs. Nabokov y otras excursiones. Se trata de una serie de artículos de vida social, que quedan muy bien en Playboy pero que poco tienen que ver con la literatura que me interesa. Hay artículos que oscilan entre la obviedad y la idiotez, como el de los Rolling Stones.
- Antonio Tabucchi: Los tres últimos días de Fernando Pessoa. Para un lector que ha frecuentado al poeta portugués, la imaginación de la agonía de Pessoa mediada por la visita de sus heterónimos sólo puede verse como un gesto complaciente. Diez años anterior, O Ano da Morte de Ricardo Reis de Saramago es harto superior. Los otros cuentos no están mal.
- Roald Dahl: Relatos de lo inesperado. Una pequeña selección de un libro grande, de un gran libro.
- Djuna Barnes: Humo. Es como Dubliners, pero sin consecuente novela mayor que sirva de disculpa.
- Roberto Bolaño: La universidad desconocida. Poesía de Bolaño: no esperaba gran cosa. Sin embargo, "soy una cama que se sueña piano"… algunas cosas están muy bien, sorprendentemente.
- Witold Gombrowicz: Autobiografía sucinta. Correspondencia. Habría que agregar al título "entrevistas". Por momentos es divertido escuchar a Gombrowicz, por momentos es desesperante: una mezcla de sarcasmo, petulancia, cándida desorientación y agudez.
- Copi: Virgina Woolf ataca de nuevo. Copi es otro mito, un pequeño mito argentino; en este caso, un mito hablado en español ibérico. Copi está en perfecta consonancia con cierta literatura que estuvo (y sigue estando) tan de moda: entre el costumbrismo de alguna minoría social, el surrealismo y la pretensión de que hay algo profundo que se está diciendo entrelíneas escritas sin cuidado formal.
- W. G. Sebald: Sobre la historia natural de la destrucción. Probablemente el libro más alto de la colección. Con un estilo bellísimo e implacable, Sebald ensaya por qué la literatura alemana enmudeció la derrota de la Segunda Guerra Mundial. Es la historia de la destrucción de Alemania, la historia de la negación y el olvido obligatorio, de un punto de la historia cuando una catástrofe sobrepasa lo que una persona puede narrar. Un libro extraordinario.
- Oliver Sacks: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Una selección de "cuentos" de un par de libros de Oliver Sacks. En realidad se trata de patologías neurológicas con historia, un poco como se escribía en la época de Freud. "Una cuestión de identidad" (y también su excluido compañero "The lost mariner") llega a alturas líricas al combinar el síndrome de Korsakov con la tragedia de la condición humana; el texto más largo, el que trata del autismo, es revelador y conmovedor a la vez.
- Julian Barnes: La mesa limón y otros cuentos. Pese al título, no hay ningún cuento "La mesa limón". Es más de esta línea de cuentos urbanos que cuentan poco y lo cuentan mal. Mucha mala y aplaudida literatura salió de esta fructífera veta. Como corresponde al tono coloquial, en seguida aparecen las pililas y las pollas, los tíos que son pelmas, cabronazos, pollos, capullos y así.
- Jane Bowles: Placeres sencillos. Empezó bien, pero después los cuentos se hicieron incrementalmente aburridos.
- Michel Houellebecq: El mundo como supermercado. En parte, sigue la tradición intelectual francesa: muchas ideas rebuscadas, algunas muy buenas ideas. Es menos categórico que otros de su casta, incluidos contemporáneos como Bernard-Henri Lévy. El libro es heterogéneo formalmente (ensayo, entrevista, prosa, cuentos, diálogo poético), pero extrañamente homogéneo en contenido.
- Ryszard Kapuściński: La guerra del fútbol y otros reportajes. Los periodistas suelen hacer sus crónicas con descripciones generales, buscando ser poéticas, a vuelo de pájaro. Kapuściński cuenta sus relatos como si los problemas de estado en el tercer mundo fueran problemas de barrio, rencillas entre amigos, y quizás tenga mucha razón. La cercanía humana que logra es iluminadora, un libro excelente.
- Tom Wolfe: Las décadas púrpura. El error de concordancia del título es un buen resumen de las deficiencias del peor libro de la serie: el peor traducido, el peor escrito, con el tema menos interesante posible.
- Vladimir Nabokov: Una belleza rusa. Nobokov tiene una forma interesante y original de narrar, que ha sido sin dudas modelo de muchos escritores festejados por demás y de menor valía. Todas las historias tratan, de una manera u otra, de la soledad del individuo: un escritor, un vecino excéntrico, un rey.
- V. I. Lenin: Testamento político. Otro documento histórico, sin mayor afán literario.
Una o dos observaciones globales. Por un lado, la lista final de títulos cambió. En algunos casos se cambió de libro: originalmente Jorge Herralde había puesto "Crítica y ficción" de Piglia; se había hablado también de un libro de Chomsky, "El gobierno en el futuro", que nunca se materializó. En otros casos, se cambió de título: de Tabucchi se prometía "El ángel negro"; de Bukowski, "Escritos de un viejo indecente"; de Bourdieu, "Sobre la televisión". En todos los casos, se publicó un libro del mismo autor, con otro título, que incluía el texto mencionado; en todos los casos se trató de compilaciones. Así los títulos muchas veces seducen con una obra conocida, y dentro es una selección de dos o tres textos de ese libro famoso, mezclado con otros dos o tres de algún otro libro menos famoso.
El afán inicial de encontrar nuevos autores arriesgando poco arrojó magros resultados. Muchos autores de fama me resultaron insípidos o directamente repulsivos, y creo que la inauguración de la colección con Auster fue en verdad un mal augurio. Decididamente, el grueso de las publicaciones que dominan el mercado "serio" actual no es para mí: cáscara sin vuelo, texto sin literatura.
Por otro lado, está el tema ya conocido de las traducciones de Anagrama. Una vez discutí con Jesús Zulaika, uno de los traductores que usa la editorial para Carver, sobre el castellano que se elige para traducir en casi todos los libros de Anagrama: marcada, inescapablemente ibérico. Esto duele especialmente en los libros que requieren cierto tono de todos los días, que en esta colección son más que los que yo hubiera esperado, y más que lo que una colección para un país de Sudamérica merecía. Según Zulaika, esto es una decisión política consciente de la editorial, lo cual le quita decididamente belleza a muchos de estos libros. Y advierto que no es un problema de los traductores españoles: el libro de Bernhard y el de Sebald, traducidos por un español, el gran Miguel Sáenz, son perfectos; fuera de Anagrama, los buenos traductores ibéricos abundan, como Angel Crespo o Ramón Buenaventura. El problema es más bien una cuestión de idiosincrasia.
En fin, poco he rescatado de esta colección: autores que ya admiraba o despreciaba, textos menores, desilusiones, una gran melancolía respecto del panorama de la literatura que está y que sigue.
Es curioso que algunos académicos hayan conjeturado que gran parte de los parlamentos y canciones de las brujas fueron agregados posteriores a Shakespeare; incluso el famoso epíteto "weird" (fatal) para las hermanas es una "corrección" a la luz de Holinshed, mientras que el original decía "weyward" (errante). Es como si la figura de las brujas ya hubiera sido subrayada, potenciada desde el punto de partida, en el mismo texto que hoy leemos. En las muchas adaptaciones de la tragedia, el cine claramente ha puesto por un lado la trama de ambición y culpa que se adapta a prácticamente cualquier escenario sin cambios, y por otro a las brujas, a quienes se les ha reservado tratamientos cada vez más estrafalarios. Reviso un puñado de versiones de diferentes épocas.
Un residuo de esta idea se coló en el film, y las brujas arman un muñeco de Macbeth, que terminan decapitando. Las tres llevan báculos como druidas, y son descriptas en la película como "agentes del caos" pero, a diferencia de la lectura canónica donde comunican con trampa un destino irrevocable, la lectura de Welles apunta a una manipulación directa.
Mil nueve ochenta y dos. El Macbeth más pobre, nuevamente diez años después, es el del extraordinario Béla Tarr. El director de "Satántangó" se apegó al texto de Shakespeare (en húngaro), una cámara siguiendo a unos pocos actores mientras caminan, sin efectos de ningún tipo. Los personajes parecen estar todos en el mismo nivel de grisura; el único lugar donde Tarr se desvía del canon es en las brujas, que están representadas por tres hombres, sin transmitir ninguna convicción.
Finalmente la BBC transmitió una nueva versión de Macbeth, llevada la época de la Segunda Guerra Mundial, quizás en cuarteles rusos. Se trata de una versión que ya se representaba en teatro, y así se siente en la pantalla: nuevamente no es la lengua del cine o la televisión, sino la de una puesta adaptada, y aunque no carezca de debilidades, hay que mencionar la enorme actuación de Patrick Stewart poniéndole voz al mejor Macbeth que he visto. El director Rupert Goold agregó escenarios de metal, en fríos azules y oxidados naranjas, colores desaturados que aparecen tenuemente en fondos negros, que aluden a un búnker militar. Nuevamente la historia de ambición y crimen no tiene problemas en adaptarse y es en las brujas donde recae la diferencia: Goold las encarnó en tres enfermeras o tres sirvientas, perfectamente siniestras, que no sólo profetizan, sino que determinan otros momentos, como por ejemplo la preparación de la mesa donde aparecerá el fantasma de Banquo. Las revelaciones del cuarto acto se realizan a través de muertos en una morgue.
Si bien las brujas ya estaban en Holinshed, las preocupaciones de James muestran qué tan reales eran para la época de Shakespeare. Orson Welles, consciente de que en 1936 las brujas ya no tenían el mismo prestigio, se apoyó en que la superstición haitiana era algo que estaba vigente en la cultura afroamericana; para 1948 todavía conservaba la idea del muñeco vudú. Kurosawa apeló al sentido de lo sobrenatural de los japoneses, las pálidas apariciones del folklore que aún hoy siguen poblando el cine de terror y que finalmente contagiaron a occidente. Es que Macbeth es, en esencia, mitad fábula política y mitad fábula de terror sobrenatural. Las versiones de Macbeth de alguna manera siguen
Desde luego, el mayor cambio que ha experimentado la fotografía desde 1972 fue la llegada de la tecnología digital: la posibilidad de poder sacar miles de fotografías y ver inmediatamente el resultado (y sin gastar un solo centavo); la posibilidad de compartir este resultado con millones de personas. Pareciera que lo que antes a un fotógrafo le llevaba años de prueba, revelado, error y vuelta a empezar, a un fotógrafo de hoy le lleva unos pocos días. Sin embargo, hay algo que se ha perdido en esta aceleración. El fotógrafo de rollo tenía que pensar cuidadosamente cada toma, puesto que cada exposición conllevaba un trabajo de revelado, un tiempo de espera por el resultado. Aquel fotógrafo iba a tomarse su tiempo, estudiar su tema largamente antes de tomar esas pocas fotografías que iban a ser, con toda seguridad, definitivas. El fotógrafo digital, confiado en sus amplias tarjetas de memoria y en la facilidad del Photoshop, dispara su cámara incesantemente. Esta frase abunda en los foros y en los libros de fotografía digital: "el buen fotógrafo es aquel que exhibe, de las miles de fotografías que tomó, sólo las pocas que considera realmente buenas". Tal es el paradigma actual: puesto que una fotografía es una rebanada de espacio-tiempo, una cámara digital es un instrumento que permite tomar muchas rebanadas y elegir la mejor estudiándolas en un escritorio. Una vez encontrada la candidata, los errores de la toma serán corregidos con un programa de computadora: el fotógrafo digital está más relajado, no es tan cuidadoso, porque puede arreglarlo todo a posteriori: perspectiva, inclinación, colores, exposición, incluso eliminar objetos no deseados, corregir las proporciones y los detalles anatómicos desagradables de las personas. La tecnología digital ha exacerbado lo que la fotografía siempre fue: no una copia de algo que el fotógrafo ha visto en un momento dado, sino la representación de una realidad ideal. Por esta idea banal, los fotógrafos se consideran secretamente artistas: creadores de imágenes.
En esa carta misma es claro que lo que Van Gogh mira no es un trozo de suelo, sino una serie de tonos acentuados por la luz y el agua. El pintor tiene toda la libertad para elegir cómo utilizar su pincel y transmitir esta imaginación; el fotógrafo digital, si tuviese esa intención, no tendría otra alternativa que buscar la mejor toma posible y alterarla, hasta un punto, en el post proceso con algún software. Esta limitación hace que los fotógrafos digitales estén siempre ansiosos por tener en rigor algo para hacer: buscan reglas, técnicas, campos donde exista la posibilidad real de acción, la posibilidad de ejercer efectivamente la intervención. De otra manera, ese espectro de arte al que aspiran los fotógrafos digitales se hace cada vez más restringido: la opresión de un botón en la cámara, la opresión de otros (pocos) botones en el software de edición. La creación en la fotografía es, en el mejor de los casos, una relectura de una obra conocida. En los foros de fotografía, consiguientemente, se aplaude la aplicación de técnicas (digamos, el HDR o la regla de los tercios). Es curioso que, en general, los fotógrafos de la era digital no parecen ser atraídos por la historia del arte, por los artistas que forjaron muchas de esas rejillas técnicas que tan afanosamente buscan, no se interesan en la pintura o en la escultura, y suelen ver la fotografía en términos tecnológicos. Un artista, en el canon de la fotografía digital, es un técnico competente que logra ver mejores siluetas en el perfil de las piedras de siempre.
Esto se debe en parte a que Lear no es un escritor conocido en las pampas castellanas, y en parte porque el libro de Aira no es bueno.
Por otro lado, es claro que no toda película puede calificarse así; en cualquiera de esos dramas de Bergman de los años setenta, si bien hay un sentido general, una trama con un fin determinado, también hay una busca deliberada de una resonancia que implique al espectador de manera personal. Pero hagamos de cuenta que es posible, al menos por un rato. Recordemos que Bergman también dirigió Persona, una película claramente del segundo tipo, que ha sido leída de muchas maneras diferentes, ninguna definitiva: como película de terror, como una sesión de psicoanálisis, como una exploración del tema de la identidad o del doble. El sentido general, ya no el sentido particular, está dejado manifiestamente al espectador. Esto hace que quien esté mirando una película de esta segunda categoría esté intentando, durante el largo del film, construir significados en la medida que recibe nueva información; si el creador original de la película ha tenido éxito, al finalizar los créditos el espectador se quedará pensando, reflexionando sobre lo que ha visto, y quizás podrá cerrar algo para sí, quizás podrá terminar la construcción de una manera satisfactoria, que no será la "verdadera", naturalmente, porque la verdadera no es conocida, quizás ni siquiera para quien la creó. Hay buenos ejemplos de este tipo en Tarkovsky, en Resnais, en Lynch, donde hay un enigma en la trama, hay problemas para resolver, hay algo que falta, y ese algo nunca nos es dado.
El resto de la trama muestra que la idea de la desaparición dentro de un cuarto cerrado es completamente irrelevante. Esta irrelevancia, en una película donde nada es casual, lo vuelve significativo. Se trata de un guiño al género policial donde, lo hemos visto, se juega la inteligencia del detective, que siempre es mayor a la del lector. Aquí la figura del detective será invertida, porque será el menos inteligente, el que menos sabe, el que menos puede resolver.
Pero el problema no es convertir al espectador en detective: el problema es que la esencia de la película es su solución y no sus circunstancias, y la solución además ya viene dada, ya está cerrada.