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	<title>Seikilos &#187; literatura</title>
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	<description>Soy una imagen de piedra; Seikilos me puso aquí.</description>
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		<title>Rockaby (Samuel Beckett)</title>
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		<pubDate>Tue, 04 Oct 2011 13:51:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Seikilos</dc:creator>
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		<category><![CDATA[poesía]]></category>
		<category><![CDATA[teatro]]></category>
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		<description><![CDATA[De todos los dramatículos de Beckett, uno en particular está escrito en forma de verso. Rockaby trata de una mujer meciéndose en una silla mientras monologa sobre su vida, siempre junto a una ventana, buscando a alguien más para eludir la soledad, una vida que fue idéntica a la de su madre. El discurso es [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>De todos los dramatículos de Beckett, uno en particular está escrito en forma de verso. <em>Rockaby</em> trata de una mujer meciéndose en una silla mientras monologa sobre su vida, siempre junto a una ventana, buscando a alguien más para eludir la soledad, una vida que fue idéntica a la de su madre. El discurso es monótono y apunta a adormecer a la protagonista sobre su mecedora, hasta que llegue la muerte. La forma de <em>Rockaby</em>, más que en ninguna otra obra de Beckett, modela el sentido: es una canción de cuna al ritmo mecánico de la silla. Sigue una aproximación a traducir el primer cuarto:</p>
<blockquote><table style="text-align: left; width: 90%;" border="0" cellspacing="2" cellpadding="2">
<tbody>
<tr>
<td style="text-align: center;">hasta que al cabo<br />
llegó ese día al cabo<br />
al fin el día ansiado<br />
el día largo<br />
se cerró cuando<br />
hubo afirmado<br />
en solitario<br />
basta ya<br />
<em>basta ya</em><br />
en su vaivén<br />
es toda ojos<br />
explora todo<br />
aquí y allá<br />
por otra<br />
otra como ella<br />
otra mujer como ella<br />
en algo al menos<br />
en su vaivén<br />
es toda ojos<br />
explora todo<br />
aquí y allá<br />
por otra<br />
hasta que al cabo<br />
al fin el día cuando<br />
hubo afirmado<br />
en solitario<br />
basta ya<br />
<em>basta ya</em>
</td>
<td style="text-align: center; vertical-align: middle;"><img style="border: 5px solid black; margin: 5px;" title="Penelope Wilton" src="http://seikilos.com.ar/Pictures/Rockaby.jpg" alt="Penelope Wilton" align="center" /></td>
</tr>
<tr>
<td style="text-align: center; vertical-align: middle;"><img style="border: 5px solid black; margin: 5px;" title="La Madre de Whistler" src="http://seikilos.com.ar/Pictures/WhistlersMother.jpeg" alt="La Madre de Whistler" align="center" /></td>
<td style="text-align: center;">en su vaivén<br />
es toda ojos<br />
explora todo<br />
aquí y allá<br />
por otra<br />
otra alma viva<br />
en su vaivén<br />
como ella toda ojos<br />
explora todo<br />
aquí y allá<br />
por otra<br />
otra como ella<br />
en algo al menos<br />
en su vaivén<br />
hasta que al cabo<br />
al fin el día cuando<br />
hubo afirmado<br />
en solitario<br />
basta ya<br />
en su vaivén<br />
basta ya<br />
<em>basta ya</em></td>
</tr>
</tbody>
</table>
</blockquote>
]]></content:encoded>
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		<title>El monólogo de Lucky</title>
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		<pubDate>Thu, 25 Aug 2011 14:04:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Seikilos</dc:creator>
				<category><![CDATA[beckett]]></category>
		<category><![CDATA[joyce]]></category>
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		<description><![CDATA[Si uno mirara todas las obras de Beckett juntas, uno notaría inmediatamente que parecen estar hechas de muy pocos elementos. Hay temas generales, como la elaboración de la memoria que aparece en obras tan distintas como Krapp’s last tape, Rough for theatre II, Ohio impromptu o Happy days, pero también hay dispositivos muy específicos que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Si uno mirara todas las obras de Beckett juntas, uno notaría inmediatamente que parecen estar hechas de muy pocos elementos. Hay temas generales, como la elaboración de la memoria que aparece en obras tan distintas como <em>Krapp’s last tape</em>, <em>Rough for theatre II</em>, <em>Ohio impromptu</em> o <em>Happy days</em>, pero también hay dispositivos muy específicos que se repiten. En <em>Happy days</em>, por ejemplo, está la idea del personaje encerrado con la cabeza afuera, una idea que Beckett volvería a usar al año siguiente en los adúlteros atrapados en vasijas de <em>Play</em> y que ya había usado con los padres sin piernas de Hamm en tachos de basura de <em>Endgame</em>. En esa misma obra, Hamm de alguna manera conlleva una variación de esa idea: está postrado en una silla, al igual que el hombre de <em>Rough for theatre I</em>, la mujer de <em>Rockaby</em> e implícitamente quien habla en <em>Not I</em>. La ceguera, otra forma de confinación, está también en <em>Endgame</em>, puesto que Hamm es ciego, como es ciego el violinista de <em>Rough for theatre I</em> o Pozzo en la segunda parte de <em>Waiting for Godot</em>. La relación de amo y servidor que tiene Hamm con Clov tiene también correspondencias en <em>Waiting for Godot</em> o incluso en <em>Catastrophe</em>. Creo que ustedes podrían encontrar otros tantos ejemplos más.<br />
Voy a tomar uno de estos temas: una idea que gustaba mucho a Beckett, la idea de la obra construida a partir de las palabras y no de la acción, esa idea que está en muchas obras, donde hay un hablar incesante. <img style="border: 5px solid black; margin: 5px;" title="Dos hombres contemplando la luna (Caspar David Friedrich)" src="http://seikilos.com.ar/Pictures/Godot.jpg" alt="Dos hombres contemplando la luna (Caspar David Friedrich)" align="left" />Ahí las palabras parecen querer cubrir un vacío esencial, como esos pacientes de Oliver Sacks con síndrome de Korsakov que hablan para no desesperar, o que cuya habla continua es una forma de desesperación menor que callar. Aún en las obras donde hay personajes que están callados todo el tiempo uno tiene la sensación de que tienen muchísimo para decir: pienso que si al Protagonista de <em>Catastrophe</em>, o a Croker, el suicida de <em>Rough for theatre II</em>, o a la mujer referida en <em>Not I</em> se les diera tiempo de hablar, elaborarían ese tipo de monólogo constante, desesperado, que tienen los otros personajes de Beckett (en esas obras, esos personajes tácitos son &#034;hablados&#034; por los otros, los que están juzgando o manipulándolos). Una posible confirmación de esta hipótesis está en Lucky, de <em>Waiting for Godot</em>, un personaje de estas características. Lucky no habla nunca, pero cuando puede finalmente hablar, no puede parar; cuando lo silencian, como los pacientes de Sacks, cae como cuerpo muerto. Y lo que dice es en principio incomprensible, especialmente para alguien que está escuchando la obra por primera vez: es un fluir constante de palabras que parece tener muy poca conexión, hay como una liberación y una angustia en el acto de hablar y hablar, que se va viendo cada vez más claro a medida que avanza el desarrollo del discurso, la desesperación del discurso. En ese momento de <em>Waiting for Godot</em> está concentrada en gran parte la esencia de la obra de Beckett.<br />
Es significativo que Beckett, cuando dirigía <em>Waiting for Godot</em>, empezaba los ensayos con ese punto en particular, con el discurso de Lucky, ese texto que sin dudas es deudor del discurso de Molly Bloom, como tanta otra literatura. Beckett dirigía al actor que hacía de Lucky con mucha atención al detalle, a la pronunciación de cada palabra, a la velocidad de las frases, al origen escatológico de cada nombre. Dividía el discurso en tres partes, y alguna tenía subdivisiones en sí misma. Sin necesidad de entrar a discutir el significado del discurso, por ahora sólo nos basta que para Beckett ese cúmulo de frases aparentemente azarosas tenía un orden interno muy definido, de tal manera que, cuando hacía o cotejaba traducciones, cada palabra tenía su lugar específico y exacto en esa trama. Se trata de un procedimiento muy querido para Beckett: la utilización de la repetición y la variación de elementos verbales para producir un determinado efecto. En el parlamento de Lucky este procedimiento está muy compactado: repite, por ejemplo, fragmentos como &#034;for reasons unknown&#034;, &#034;I resume&#034; o &#034;in spite of&#034; cerca de diez veces, y esas obstinaciones ayudan a coagular ese sentimiento de desesperación que destila Lucky, estructuran rítmicamente los &#034;temas&#034;. En otros casos (el fragmento que comienza con &#034;the air the earth&#034;, por ejemplo), el ritmo viene impuesto desde la métrica. Y aquí es importante volver a decir que quien ve <em>Godot</em> en el teatro no puede saber de qué habla Lucky, no importa si luego los académicos desarrollaron teorías metafísicas: Beckett genera un caos aparente pero con un orden secreto, y la idea del orden viene dado menos en esconder una coherencia temática, como quieren esos académicos, que en la forma, en estos patrones sonoros y esos ritmos que le impone al discurso. Ahora, si uno dilata el mismo mecanismo que en el parlamento de Lucky dura unos pocos minutos en una obra de, digamos, una hora y media, el efecto es todavía más sutil, todavía más persuasivo. Cualquier obra de Beckett lo tiene: esas frases que los personajes repiten de tanto en tanto, que pasan de un personaje a otro, que son revisadas en distintos contextos, que persisten durante toda la extensión de la obra. El oído no puede registrar a primera escucha todas esas repeticiones y combinaciones, en especial en obras largas como <em>Endgame</em> o <em>Happy days</em>, porque están muy dispersas, pero se produce un juego inconfundible de resonancias y ecos, a la manera de una composición en la música clásica. Al igual que con el discurso de Lucky, es difícil que un espectador casual sepa de qué trata concretamente <em>Endgame</em>, <em>Happy days</em> o <em>Waiting for Godot</em> al finalizar la obra, y ahora podemos pensar que no es un problema de cuan rápido fluye el discurso, puesto que las obras largas son como el discurso de Lucky pero ralentizado. Sin embargo ese espectador no queda indiferente, como no queda indiferente a la fuerza que transmiten esos pocos minutos de Lucky hablando sin parar. Y si el discurso de Lucky es un modelo a pequeña escala de una obra cualquiera de Beckett, la obra entera de Beckett, como decíamos al principio, es un modelo a gran escala de ese mismo dispositivo, esas ideas que se reutilizan y se recombinan de una obra a otra, también como patrones rítmicos, como ecos.<br />
Pareciera que la obra de Beckett tuviera un inicio y un final muy diferentes. El primer texto que publicó fue un elogio al <em>Finnegans Wake</em>, probablemente el libro más complejo que dio la literatura, y las últimas obras fueron trabajos lacónicos, limpios, con pocas y muy elegidas palabras. <img style="border: 5px solid black; margin: 5px;" title="Alan Stanford y Barry McGovern en Endgame (1999)" src="http://seikilos.com.ar/Pictures/Endgame.jpg" alt="Alan Stanford y Barry McGovern en Endgame (1999)" align="right" />Sin embargo, algo hay que no cambió entre ese inicio con libros muy joyceanos y ese final tan pulido, tan callado. Podemos volver un momento más al discurso de Lucky: no sólo hay ahí una labor dedicada con las repeticiones de frases, sino también una busca consciente de una sonoridad en particular; la prueba es que ese discurso hay que escucharlo, no leerlo. Beckett lo entendía así: revisando la traducción al alemán, corrigió &#034;anthropopopometrischen Akakakakademie&#034; con &#034;Akakakakademie der Anthropopopometrie&#034; porque el ritmo no era el adecuado; trabajó arduamente con el actor alemán que iba a decir esas palabras, pronunciando cada sílaba con él, para que sonara exactamente como él quería. Le confió que la repetición de &#034;qua&#034; es porque Lucky no logra decir &#034;quaversalis&#034;; le pidió enfáticamente que se demorara en la consonante final de &#034;Mensch&#034;. Le importaba que el nombre Peterman fuera una insistencia de esa tierra &#034;abode of stones&#034;. Así Beckett parecía pensar en cada palabra que ponía en sus obras. Una vez, traduciendo &#034;A Piece of Monologue&#034; al francés cortó un párrafo porque no lograba encontrar una palabra que sonara como suena &#034;birth&#034; en inglés. Otra vez le recitó a su biógrafo cierto párrafo de <em>Krapp’s last tape</em>, para luego agregar que “si se sacara una sola sílaba de esas líneas, se destruiría el sonido del agua chapoteando al costado del bote”. Hay obras que son notorias por su sonido: basta con escuchar <em>A piece of monologue</em> o <em>Rockaby</em>, que además está escrita en versos como si fuera un poema, no una obra de teatro. Ahí, en esas obras, se puede apreciar a un nivel más microscópico, aún más que el discurso de Lucky, el mismo mecanismo de repeticiones y patrones y ecos, esta vez ya al nivel de las sílabas que componen las palabras.<br />
Harold Bloom había hecho una lectura muy estimulante sobre <em>Endgame</em>: le parecía que Hamm podía ser Joyce y Clov, Beckett. Cuando ese joven Beckett pretendió escaparse de Joyce hacia el francés y hacia el empobrecimiento verbal, en realidad, veladamente, reforzó su inscripción en la línea joyceana. <em>Finnegans Wake</em> es un trabajo de variaciones de unos pocos símbolos que encuentran su encarnación en la familia de Earwicker y que están repetidos en mil historias, y este trabajo de variaciones es esencialmente un trabajo sobre la forma, que llega hasta los componentes mismos de las palabras. En una dirección aparentemente opuesta, la obra de Beckett sigue el mismo principio estético. Clov, al final de <em>Endgame</em>, quiere irse, dejar el refugio, pero uno nunca lo ve partir: se queda en el umbral, mirando fijamente a Hamm.</p>
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		<title>Ohio Impromptu (Samuel Beckett)</title>
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		<pubDate>Sat, 25 Jun 2011 19:02:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Seikilos</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Queda poco por contar. En un último intento por lograr algún alivio, se mudó del lugar donde habían vivido juntos tanto tiempo a una habitación solitaria, al otro lado. Desde su solitaria ventana podía ver la correntada bajando de la Isla de los Cisnes. El alivio, esperaba, vendría como una correntada desde lo desconocido. Una [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Queda poco por contar.<br />
En un último intento por lograr algún alivio, se mudó del lugar donde habían vivido juntos tanto tiempo a una habitación solitaria, al otro lado. Desde su solitaria ventana podía ver la correntada bajando de la Isla de los Cisnes. <img style="border: 5px solid black; margin: 5px;" title="Ohio Impromptu" src="http://seikilos.com.ar/Pictures/OhioImpromptu.jpg" alt="Ohio Impromptu" align="right" />El alivio, esperaba, vendría como una correntada desde lo desconocido. Una habitación desconocida. Una escena desconocida. Salir hacia donde nada fue compartido. Volver hacia donde nada fue compartido. De esto alguna vez esperó a medias que le llegara algo de alivio. Día tras día se lo podía ver caminando lentamente por el islote. Hora tras hora. En su largo impermeable negro, sin importar el clima y con un gran sombrero de otra época. Al final siempre se detenía a contemplar la correntada que volvía: cómo, en alegres remolinos, sus dos brazos fluían y confluían unidos. Luego daba la vuelta y volvía sobre sus lentos pasos. En sus sueños le habían advertido contra este cambio. Visto el rostro amado y escuchado las palabras silenciosas. &#034;Quédate donde estuvimos solos tanto tiempo juntos, mi sombra te dará consuelo&#034;. ¿No podía acaso volver ahora? Reconocer su error y volver donde alguna vez estuvieron solos tanto tiempo juntos. Solos juntos, tanto compartido. No. Lo que había hecho solo no podía deshacerse. Nada de lo que había hecho alguna vez solo podría alguna vez deshacerse. Por él solo. En este extremo fue presa de su viejo terror nocturno. Después de tanto tiempo, un lapso, como si nunca hubiera ocurrido. Ahora, con fuerza redoblada, los síntomas aterradores (descriptos largamente en la página cuarenta, párrafo cuatro). Otra vez las noches blancas, como cuando su corazón era joven. Sin sueño, sin batallar al sueño hasta el amanecer.<br />
Queda poco por contar.<br />
Una noche, sentado con la cabeza entre las manos, temblando hasta los pies, apareció un hombre ante él y dijo: &#034;he sido enviado por&#8230; (y aquí pronunció el nombre amado) para darte consuelo&#034;. Luego, sacando un gastado libro del bolsillo de su largo impermeable, se sentó y leyó hasta el amanecer. Luego desapareció sin una palabra. Algo después apareció nuevamente a la misma hora, con el mismo libro, y esta vez sin preámbulos se sentó y lo leyó todo de nuevo, toda la noche. Luego despareció sin una palabra. Así, de tanto en tanto, sin anuncio, volvía a aparecer para leer la triste historia toda de nuevo, durante toda la noche. Y luego desparecía sin una palabra.<br />
Sin nunca cambiar una palabra, terminaron siendo uno solo. Hasta que la noche llegó al fin cuando, habiendo cerrado el libro y estando el amanecer cercano, en vez de desaparecer se sentó sin una palabra. Finalmente dijo: &#034;tengo orden de&#8230; (y aquí pronunció el nombre amado) de ya no volver aquí&#034;. &#034;Vi el rostro amado y escuché las palabras silenciosas&#034;. &#034;No hay necesidad de acudir a él nuevamente, incluso si pudieras&#034;.<br />
Así la triste historia fue contada una última vez, y se sentaron como si se hubieran convertido en piedra. Por la solitaria ventana, el amanecer no arrojaba luz. Desde la calle no llegaba ningún sonido de despertares. ¿O era que, sumidos quién sabe en qué pensamientos, no prestaban atención? A la luz del día. A sonidos de despertares. Qué pensamientos, quién sabe. Pensamientos no, no pensamientos. Abismos de consciencia. Sumidos y quién sabe qué abismos de consciencia. De inconsciencia. Donde no puede llegar ninguna luz. Ningún sonido. Sentados como si se hubieran convertido en piedra. La triste historia contada una vez más.<br />
Ya no queda nada por contar.</p>
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		<title>Las Malas Juntas</title>
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		<pubDate>Mon, 30 May 2011 17:48:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Seikilos</dc:creator>
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		<category><![CDATA[noticias]]></category>
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		<description><![CDATA[Hay un entusiasmo mucho mayor en el mundo de los que gustamos de la literatura: con las posibilidades de internet, la gente se conecta mucho más, se habla más de literatura que antes, se abren posibilidades que antes eran muy complicadas. Ahora uno puede leer muchas cosas, uno no está limitado a la poca información [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hay un entusiasmo mucho mayor en el mundo de los que gustamos de la literatura: con las posibilidades de internet, la gente se conecta mucho más, se habla más de literatura que antes, se abren posibilidades que antes eran muy complicadas. <img style="border: 5px solid black; margin: 5px;" title="Las Malas Juntas" src="http://seikilos.com.ar/Pictures/malasjuntas.png" alt="Las Malas Juntas" align="left" />Ahora uno puede leer muchas cosas, uno no está limitado a la poca información de la que disponíamos en prensa local o la poquísima importada. Es difícil hoy imaginarse cómo era antes, pero hoy uno no sólo puede encontrar mucho más material, sino que uno puede entrar en contacto real, sin tantas formalidades, con las propias personas que lo han creado. Las amistades se propician, las colaboraciones suelen ser frecuentes. Un ejemplo: en el norte de este continente sur (salvo que ahora no hay geografía) unos escritores venezolanos se arrimaron a un escritor costarricense y fundaron &#034;una especie de revista&#034;, <a href="http://lasmalasjuntas.com/">Las Malas Juntas</a> (&#034;La mala yunta&#034;, diríamos aquí, pero otra vez, no hay geografía). Proyectos así nos permiten leer a escritores latinoamericanos que no forman parte de ningún boom comercial, y lo mejor es que ahora no sólo uno puede conocerlos: también puede seguirlos, verlos interactuar en un mismo medio que entrelaza poesía, ensayo, narrativa, y de buenos quilates. La cortesía amistosa de uno de ellos, <a href="http://www.gustavosolorzanoalfaro.com/">Gustavo Solórzano-Alfaro</a>, produjo una invitación a este compañero de blogósfera, y contribuí con nuevas <a href="http://lasmalasjuntas.com/2011/05/27/una-posible-ilusion-para-leer-a-robert-frost/">traducciones de poemas de Robert Frost</a>, unidas a una pequeña reflexión sobre la traducción actual de poesía.<br />
Espero el proyecto fructifique en el tiempo: como digo siempre, ya no hay nada -excepto la indolencia o la pereza- que nos impida acceder a estas publicaciones de calidad que han sido motivadas por el simple talento, hechas por gente creíble y palpable, cuyas opiniones y producciones suelen superar en interés y en profundidad a muchos &#034;consagrados&#034;. Tal es el poder de este medio, un poder que debemos celebrar.</p>
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		<title>Macartismo</title>
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		<pubDate>Sun, 01 May 2011 20:53:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Seikilos</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Tenía razón Héctor cuando decía que Cormac McCarthy era ya parte del canon. Leyéndolo encuentro la prosa en inglés más eufónica desde Joyce. Imposible no compararlo con Faulkner: pese a las obvias semejanzas, McCarthy tiene un manejo de la lengua sin dudas más rico y más delicado, pero Faulkner creo que lo supera en profundidad [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Tenía razón <a href="http://hector1564.blogspot.com/">Héctor</a> cuando decía que Cormac McCarthy era ya parte del canon. Leyéndolo encuentro la prosa en inglés más eufónica desde Joyce. Imposible no compararlo con Faulkner: pese a las obvias semejanzas, McCarthy tiene un manejo de la lengua sin dudas más rico y más delicado, pero Faulkner creo que lo supera en profundidad psicológica y en las historias. Dejo un fragmento de <em>Blood Meridian</em>, primero en su inglés, sonoro e intraducible, y luego en un desesperado intento de traducción.</p>
<blockquote><p><img style="border: 5px solid black; margin: 5px;" title="La baticueva en San Antonio" src="http://seikilos.com.ar/Pictures/SanAntonio.jpg" alt="La baticueva en San Antonio" align="right" /><em>Already it is twilight down in the Laredito. Bats fly forth from their roostings in courthouse and tower and circle the quarter. The air is full of the smell of burning charcoal. Children and dogs squat by the mud stoops and gamecocks flap and settle in the branches of the fruit trees. They go afoot, these comrades, down along the bare adobe wall. Band music carries dimly from the square. They pass a watercart in the street and they pass a hole in the wall where by the light of a small forgefire an old man beats out shapes of metal. They pass in a doorway a young girl whose beauty becomes the flowers about.<br />
They arrive at last before a wooden door. It is hinged into a larger door or gate and all must step over the foot-high sill where a thousand boots have scuffed away the wood, where fools in their hundreds have tripped or fallen or tottered drunkenly into the street. They pass along a ramada in a courtyard by an old grape arbor where small fowl nod in the dusk among the gnarled and barren vines and they enter a cantina where the lamps are lit and they cross stooping under a low beam to a bar and belly up one two three</em>.<br />
<code><br /></code>Ya cae el sol en el Laredito. Los murciélagos van volando desde sus nidos en el tribunal o en la torre y rondan el barrio. El aire está cargado de olor a carbón. Chicos y perros se tiran junto a las entradas de adobe y los gallos de riña aletean y se posan en las ramas de los árboles frutales. Van a pie, los camaradas, a lo largo de las desnudas paredes de barro. La música de un grupo llega apenas desde la plaza. Pasan junto al carro de un aguatero y pasan junto a un agujero en la pared donde a la luz de una pequeña fragua un viejo golpea formas de metal. Pasan junto una chica en un zaguán cuya belleza condice las flores del lugar.<br />
Llegan al fin ante una puerta de madera. Está empotrada dentro de una puerta más grande o un portal y todos deben pasar por sobre el alto umbral donde miles de botas han desgastado la madera, donde idiotas por centenares se han tropezado o se han caído o se han tambaleado ebrios a la calle. Pasan junto a una ramada en el patio junto a un viejo parral donde las aves de corral cabecean en la sombra entre las vides nudosas y estériles y entran a una cantina donde las lámparas están encendidas y cruzan agachados bajo una viga baja hacia una barra directos uno dos tres.</p></blockquote>
<p>McCarthy probablemente sea el anverso de los escritores actuales que me han decepcionado en el texto anterior.</p>
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		<title>Los 40 de Anagrama</title>
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		<pubDate>Mon, 25 Apr 2011 14:27:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Seikilos</dc:creator>
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		<category><![CDATA[opinión]]></category>

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		<description><![CDATA[Esta es la colección de 40 libros de Anagrama que vino con el diario Página/12: una buena oportunidad para leer autores que de otra manera nunca compraría. Son libros breves, de manera que las reseñas también lo serán. Paul Auster: La habitación cerrada. Ya se sabe lo que pienso de Paul Auster: un mito contemporáneo, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Esta es la colección de 40 libros de Anagrama que vino con el diario Página/12: una buena oportunidad para leer autores que de otra manera nunca compraría. Son libros breves, de manera que las reseñas también lo serán.</p>
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<li><strong>Paul Auster: La habitación cerrada. </strong>Ya se sabe <a href="http://seikilos.com.ar/seikilos/2009/12/invisible-paul-auster/comment-page-1/#comment-5412">lo que pienso de Paul Auster</a>: un mito contemporáneo, una consecuencia de la época.</li>
<li><strong>Ian McEwan: Primer amor, último ritos. </strong>Al principio, es como <em>Amarcord </em>contado por un mal escritor estadounidense (sólo que el escritor es británico: la magia igualadora de las malas traducciones). Luego Fellini desaparece.</li>
<li><strong>Kenzaburo Oé: La presa. </strong>Muy entretenido, muy bien contado. Perfecto el tono que encontró para el niño-narrador.</li>
<li><strong>Jean Baudrillard: La izquierda divina. </strong>Una crónica lúcida de una época política que se ha ido desvaneciendo.</li>
<li><strong>Ricardo Piglia: Prisión perpetua. </strong>Ya estaba <a href="http://seikilos.com.ar/seikilos/2007/10/prision-perpetua-ricardo-piglia/">la crítica aquí en Seikilos</a>.</li>
<li><strong>Pedro Lemebel: Loco afán. </strong>Leí la contratapa y no quise abrir el libro. No preví que me esperaba una emboscada de más libros por el estilo en la colección.</li>
<li><strong>Hans Magnus Enzensberger: El perdedor radical. </strong>El tema, por más actualidad que tenga, no me sedujo. Uno desconfía de la literatura de actualidad: como el de Baudrillard, como el diario de hoy, son textos que enseguida se quedan atados a su tiempo.</li>
<li><strong>Colette: Dúo. </strong>&#034;Un manzano silvestre, de pétalos blancos forrados de vivo carmín, había triunfado del árbol de Judea un tanto enclenque, y las jeringuillas, para escapar de la sombra mortal de las aucubas barnizadas, tendían a través de las largas hojas exigentes, manchadas como serpientes, sus frágiles ramos, sus estrellas de un blanco de mantequilla&#034;. Casi no hay sustantivo sin al menos un modificador. La traducción tampoco ayuda.</li>
<li><strong>Michel Foucault: Nietzsche, Marx, Freud. </strong>Interesante por momentos, ilegible por otros. Requiere cierto contexto de antemano.</li>
<li><strong>Sam Shepard: El gran sueño del paraiso. </strong>Clásica e intrascendente literatura estadounidense. Para dejar pasar.</li>
<li><strong>Hanif Kureishi: Mi hermosa lavandería. </strong>Demasiado costumbrismo me ahuyentó: una decepción.</li>
<li><strong>Amélie Nothomb: Cosmética del enemigo. </strong>Un relato que, en 2001, fue contado un millón de veces, en literatura y en cine. Demasiado previsible, mal escrito.</li>
<li><strong>Pedro Almodóvar: Patty Diphusa. </strong>No esperaba gran cosa, el prólogo restó expectativas, pero al final me sacó más de una sonrisa. Para leer en una sala de espera.</li>
<li><strong>Tomas Bernhard: Sí. </strong>Brillante, a la altura del resto de la obra de Bernhard.</li>
<li><strong>César Aira: Varamo. </strong>Divertido, un Aira más.</li>
<li><strong>Sigmund Freud: Escritos sobre la cocaína. </strong>Una curiosidad histórica.</li>
<li><strong>Charles Bukowski: La máquina de follar. </strong>Uno de los puntos de partida de la atroz confusión entre cultura urbana y poética urbana.</li>
<li><strong>Alan Pauls: Historia del llanto. </strong>Palabras, oraciones largas, lánguidos párrafos. Pura literatura, y no queda otra cosa.</li>
<li><strong>Pierre Bourdieu: La dominación masculina y otros ensayos. </strong>Muy interesante, como todo Bourdieu.</li>
<li><strong>Groucho Marx: Las cartas de Groucho. </strong>Leídas en inglés, unas pocas cartas tienen gracia. En español ibérico: insufrible.</li>
<li><strong>Mario Bellatin: Damas chinas. </strong>Un libro sólido, excepto el final que se disparó para cualquier lado. El tono frío de Bellatin fue la solución perfecta para esta historia.</li>
<li><strong>Alejandro Zambra: Bonsái. </strong>Para ser la primera novela del autor, está bastante bien: es mejor que cualquiera de su aplaudidísima y compatriota Isabel Allende.</li>
<li><strong>Alessandro Baricco: Los bárbaros. </strong>Quejas  de viejo, Google, análisis superficial, la prosa descuidada de Baricco, en fin.</li>
<li><strong>Raymond Carver: Catedral.</strong> No es la edición de <em>Catedral</em> de Anagrama original, sino una selección de cuentos de <em>Catedral</em> y de <em>Puedes hacer el favor de callarte, por favor?</em> No voy a repetir mi admiración por Carver, sólo agregar que la selección de cuentos es buena.</li>
<li><strong>Martin Amis: Visitando a Mrs. Nabokov y otras excursiones.</strong> Se trata de una serie de artículos de vida social, que quedan muy bien en <em>Playboy</em> pero que poco tienen que ver con la literatura que me interesa. Hay artículos que oscilan entre la obviedad y la idiotez, como el de los Rolling Stones.</li>
<li><strong>Antonio Tabucchi: Los tres últimos días de Fernando Pessoa.</strong> Para un lector que ha frecuentado al poeta portugués, la imaginación de la agonía de Pessoa mediada por la visita de sus heterónimos sólo puede verse como un gesto complaciente. Diez años anterior, <em>O Ano da Morte de Ricardo Reis</em> de Saramago es harto superior. Los otros cuentos no están mal.</li>
<li><strong>Roald Dahl: Relatos de lo inesperado.</strong> Una pequeña selección de un libro grande, de un gran libro.</li>
<li><strong>Djuna Barnes: Humo.</strong> Es como <em>Dubliners</em>, pero sin consecuente novela mayor que sirva de disculpa.</li>
<li><strong>Roberto Bolaño: La universidad desconocida.</strong> Poesía de Bolaño: no esperaba gran cosa. Sin embargo, &#034;soy una cama que se sueña piano&#034;&#8230; algunas cosas están muy bien, sorprendentemente.</li>
<li><strong>Witold Gombrowicz: Autobiografía sucinta. Correspondencia.</strong> Habría que agregar al título &#034;entrevistas&#034;. Por momentos es divertido escuchar a Gombrowicz, por momentos es desesperante: una mezcla de sarcasmo, petulancia, cándida desorientación y agudez.</li>
<li><strong>Copi: Virgina Woolf ataca de nuevo.</strong> Copi es otro mito, un pequeño mito argentino; en este caso, un mito hablado en español ibérico. Copi está en perfecta consonancia con cierta literatura que estuvo (y sigue estando) tan de moda: entre el costumbrismo de alguna minoría social, el surrealismo y la pretensión de que hay algo profundo que se está diciendo entrelíneas escritas sin cuidado formal.</li>
<li><strong>W. G. Sebald: Sobre la historia natural de la destrucción.</strong> Probablemente el libro más alto de la colección. Con un estilo bellísimo e implacable, Sebald ensaya por qué la literatura alemana enmudeció la derrota de la Segunda Guerra Mundial. Es la historia de la destrucción de Alemania, la historia de la negación y el olvido obligatorio, de un punto de la historia cuando una catástrofe sobrepasa lo que una persona puede narrar. Un libro extraordinario.</li>
<li><strong>Oliver Sacks: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.</strong> Una selección de &#034;cuentos&#034; de un par de libros de Oliver Sacks. En realidad se trata de patologías neurológicas con historia, un poco como se escribía en la época de Freud. &#034;Una cuestión de identidad&#034; (y también su excluido compañero &#034;The lost mariner&#034;) llega a alturas líricas al combinar el síndrome de Korsakov con la tragedia de la condición humana; el texto más largo, el que trata del autismo, es revelador y conmovedor a la vez.</li>
<li><strong>Julian Barnes: La mesa limón y otros cuentos.</strong> Pese al título, no hay ningún cuento &#034;La mesa limón&#034;. Es más de esta línea de cuentos urbanos que cuentan poco y lo cuentan mal. Mucha mala y aplaudida literatura salió de esta fructífera veta. Como corresponde al tono coloquial, en seguida aparecen las <em>pililas</em> y las <em>pollas</em>, los <em>tíos</em> que son <em>pelmas</em>, <em>cabronazos</em>, <em>pollos</em>, <em>capullos</em> y así.</li>
<li><strong>Jane Bowles: Placeres sencillos.</strong> Empezó bien, pero después los cuentos se hicieron incrementalmente aburridos.</li>
<li><strong>Michel Houellebecq: El mundo como supermercado.</strong> En parte, sigue la tradición intelectual francesa: muchas ideas rebuscadas, algunas muy buenas ideas. Es menos categórico que otros de su casta, incluidos contemporáneos como Bernard-Henri Lévy. El libro es heterogéneo formalmente (ensayo, entrevista, prosa, cuentos, diálogo poético), pero extrañamente homogéneo en contenido.</li>
<li><strong>Ryszard Kapuściński: La guerra del fútbol y otros reportajes.</strong> Los periodistas suelen hacer sus crónicas con descripciones generales, buscando ser poéticas, a vuelo de pájaro. Kapuściński cuenta sus relatos como si los problemas de estado en el tercer mundo fueran problemas de barrio, rencillas entre amigos, y quizás tenga mucha razón. La cercanía humana que logra es iluminadora, un libro excelente.</li>
<li><strong>Tom Wolfe: Las décadas púrpura.</strong> El error de concordancia del título es un buen resumen de las deficiencias del peor libro de la serie: el peor traducido, el peor escrito, con el tema menos interesante posible.</li>
<li><strong>Vladimir Nabokov: Una belleza rusa.</strong> Nobokov tiene una forma interesante y original de narrar, que ha sido sin dudas modelo de muchos escritores festejados por demás y de menor valía. Todas las historias tratan, de una manera u otra, de la soledad del individuo: un escritor, un vecino excéntrico, un rey.</li>
<li><strong>V. I. Lenin: Testamento político.</strong> Otro documento histórico, sin mayor afán literario.</li>
</ol>
<p><img style="border: 5px solid black; margin: 5px;" title="Los 40 de Anagrama" src="http://seikilos.com.ar/Pictures/IMG_8589.JPG" alt="Los 40 de Anagrama" align="left" />Una o dos observaciones globales. Por un lado, la lista final de títulos cambió. En algunos casos se cambió de libro: originalmente Jorge Herralde había puesto &#034;Crítica y ficción&#034; de Piglia; se había hablado también de un libro de Chomsky, &#034;El gobierno en el futuro&#034;, que nunca se materializó. En otros casos, se cambió de título: de Tabucchi se prometía &#034;El ángel negro&#034;; de Bukowski, &#034;Escritos de un viejo indecente&#034;; de Bourdieu, &#034;Sobre la televisión&#034;. En todos los casos, se publicó un libro del mismo autor, con otro título, que incluía el texto mencionado; en todos los casos se trató de compilaciones. Así los títulos muchas veces seducen con una obra conocida, y dentro es una selección de dos o tres textos de ese libro famoso, mezclado con otros dos o tres de algún otro libro menos famoso.<br />
El afán inicial de encontrar nuevos autores arriesgando poco arrojó magros resultados. Muchos autores de fama me resultaron insípidos o directamente repulsivos, y creo que la inauguración de la colección con Auster fue en verdad un mal augurio. Decididamente, el grueso de las publicaciones que dominan el mercado &#034;serio&#034; actual no es para mí: cáscara sin vuelo, texto sin literatura.<br />
Por otro lado, está el tema ya conocido de las traducciones de Anagrama. Una vez discutí con Jesús Zulaika, uno de los traductores que usa la editorial para Carver, sobre el castellano que se elige para traducir en casi todos los libros de Anagrama: marcada, inescapablemente ibérico. Esto duele especialmente en los libros que requieren cierto tono de todos los días, que en esta colección son más que los que yo hubiera esperado, y más que lo que una colección para un país de Sudamérica merecía. Según Zulaika, esto es una decisión política consciente de la editorial, lo cual le quita decididamente belleza a muchos de estos libros. Y advierto que no es un problema de los traductores españoles: el libro de Bernhard y el de Sebald, traducidos por un español, el gran Miguel Sáenz, son perfectos; fuera de Anagrama, los buenos traductores ibéricos abundan, como Angel Crespo o Ramón Buenaventura. El problema es más bien una cuestión de idiosincrasia.<br />
En fin, poco he rescatado de esta colección: autores que ya admiraba o despreciaba, textos menores, desilusiones, una gran melancolía respecto del panorama de la literatura que está y que sigue.</p>
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		<title>Macbeth en el cine</title>
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		<pubDate>Tue, 12 Apr 2011 14:47:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Seikilos</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La más corta y la más intensa obra de Shakespeare siempre ha atraído a los directores de cine y de teatro. IMDb lista más de cincuenta adaptaciones con el título de &#034;Macbeth&#034;. La universalidad de las tragedias del bardo históricamente fue una tentación para la extrapolación: Kurosawa llevó Macbeth a la Edad Media japonesa, Geoffrey [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La más corta y la más intensa obra de Shakespeare siempre ha atraído a los directores de cine y de teatro. IMDb lista más de cincuenta adaptaciones con el título de &#034;Macbeth&#034;. La universalidad de las tragedias del bardo históricamente fue una tentación para la extrapolación: Kurosawa llevó <em>Macbeth</em> a la Edad Media japonesa, Geoffrey Wright a los narcos australianos, Leonardo Henríquez a un clan de bandidos venezolanos, Mark Brozel a un restaurant de clase alta, Rupert Goold a Rusia, Ionesco a la Guerra Fría, Welles a Haití. En casi todos los casos, la intención fue mantener el texto original (hasta el inglés isabelino), y funcionó perfectamente en cualquier escenario. Sin embargo, hay un aspecto que ha sufrido transformaciones más radicales: <a href="http://seikilos.com.ar/seikilos/2010/08/tres-hadas/">las tres brujas</a> fueron siempre saturadas en las producciones macbethianas. <img style="border: 5px solid black; margin: 5px;" title="Las Brujas en Orson Welles" src="http://seikilos.com.ar/Pictures/BrujasWelles.jpg" alt="Las Brujas en Orson Welles" align="left" />Es curioso que algunos académicos hayan conjeturado que gran parte de los parlamentos y canciones de las brujas fueron agregados posteriores a Shakespeare; incluso el famoso epíteto &#034;weird&#034; (fatal) para las hermanas es una &#034;corrección&#034; a la luz de Holinshed, mientras que el original decía &#034;weyward&#034; (errante). Es como si la figura de las brujas ya hubiera sido subrayada, potenciada desde el punto de partida, en el mismo texto que hoy leemos. En las muchas adaptaciones de la tragedia, el cine claramente ha puesto por un lado la trama de ambición y culpa que se adapta a prácticamente cualquier escenario sin cambios, y por otro a las brujas, a quienes se les ha reservado tratamientos cada vez más estrafalarios. Reviso un puñado de versiones de diferentes épocas.<br />
Mil nueve cuarenta y ocho. El <em>Macbeth</em> de Orson Welles, en su tiempo visto como subversivo, es quizás el más ortodoxo. Se trata de una película casi tribal, y si bien algunos críticos han leído allí un <em>Macbeth</em> desde una perspectiva nazi, creo más bien que es un <em>Macbeth</em> a la medida de Welles: egomaníaco, pura fuerza y voluntad, un circo de un solo hombre. El protagónico de Welles eclipsa a todos los demás actores, que se hacen indiscernibles, Lady Macbeth incluida. Es sin dudas una de las peores versiones: el pésimo acento escocés, las limitaciones de presupuesto (que se notan especialmente en la escenografía), la fotografía oscura, todo se complota contra la película. Sin embargo, quedan las brujas: cuando Welles hizo su versión en teatro decidió, en parte para justificar su reparto con mayoría de actores negros, trabajar con la idea del vudú. <img style="border: 5px solid black; margin: 5px;" title="La Bruja de Trono de Sangre" src="http://seikilos.com.ar/Pictures/BrujaKurosawa.jpg" alt="La Bruja de Trono de Sangre" align="right" />Un residuo de esta idea se coló en el film, y las brujas arman un muñeco de Macbeth, que terminan decapitando. Las tres llevan báculos como druidas, y son descriptas en la película como &#034;agentes del caos&#034; pero, a diferencia de la lectura canónica donde comunican con trampa un destino irrevocable, la lectura de Welles apunta a una manipulación directa.<br />
Mil nueve cincuenta y siete. Kurosawa, casi diez años después, decidió algo extraordinario: llevar la idea de <em>Macbeth</em> al Japón feudal de los samurai. Esta versión es literariamente la más infiel a Shakespeare, pero la mejor adaptación al medio, la más inspirada. Quizás la liberación que da la renuncia a la contemplación extática de un texto sagrado obró en su favor; lo cierto es que funciona muy bien, como funciona muy bien el original de Shakespeare. Fuera de los cambios culturales obligados por la transposición, se destaca la manera en que Kurosawa decidió recrear a las brujas. En vez de tres viejas hay un espíritu del bosque, con una rueca: una sutil pero inconfundible referencia a las Parcas occidentales que hilan el destino de los hombres. A diferencia de las brujas primordiales de Welles, el espíritu del bosque es etéreo, andrógino, rodeado de una niebla sobrenatural. El efecto que logra Kurosawa es mucho más persuasivo que el de Welles: pura atmósfera, en tono con el folklore de fantasmas de Japón.<br />
Mil nueve setenta y uno. Si la versión de Welles era oscura y de pocos elementos, la película que dirige Polanski se desarrolla a la clara luz del día, en lujosos colores (comparar, por ejemplo, con el gris Lear de Brook, del mismo año). Se trata probablemente de la más fiel representación en la lengua del cine del texto original de Shakespeare: Polanski usa la voz en off para los pensamientos de los protagonistas, los primeros planos, se deleita en la fotografía, en fin, hace uso extensivo de todos los recursos del cine y apunta al lenguaje naturalista del medio. A diferencia de la versión de Welles, ya no parece una puesta teatral filmada por un virtuoso del cine: hablamos ya de una obra recreada. Pese a todo esto, es un <em>Macbeth</em> literal, y la única libertad de Polanski, fuera de un mayor protagonismo de Ross, estuvo en la representación de las brujas. Son escenas excepcionalmente provocativas, llenas de horror, de sangre, de pormenores repulsivos, en las que algunos críticos vieron paralelos con los crímenes de Manson. La invención más notable del director está en el acto cuatro, contado en la forma de visiones: desde el caldero a Macbeth le habla su otro yo, o Fleance en una cascada de ocho espejos y reyes. Si Welles quería transmitir lo sobrenatural desde la magia vudú, aquí la representación pasa por la imaginería visual.<br />
<img style="border: 5px solid black; margin: 5px;" title="Las tres brujas en Greenaway" src="http://seikilos.com.ar/Pictures/Drowning.png" alt="Las tres brujas en Greenaway" align="left" />Mil nueve ochenta y dos. El <em>Macbeth</em> más pobre, nuevamente diez años después, es el del extraordinario Béla Tarr. El director de &#034;Satántangó&#034; se apegó al texto de Shakespeare (en húngaro), una cámara siguiendo a unos pocos actores mientras caminan, sin efectos de ningún tipo. Los personajes parecen estar todos en el mismo nivel de grisura; el único lugar donde Tarr se desvía del canon es en las brujas, que están representadas por tres hombres, sin transmitir ninguna convicción.<br />
Mil nueve ochenta y ocho. Pasemos brevemente a una película que no se llama Macbeth ni pretende su trama, pero que ha sido sin dudas influenciada por la obra escocesa. En <em>Drowning by numbers</em>, Greenaway pone a tres brujas llamadas Cissie Colpitts, que seducen a Madgett (el parecido con &#034;Macbeth&#034; tal vez no sea casual) con promesas para que las ayude con sus crímenes, quien finalmente muere en manos de ellas. Si en <em>Macbeth</em> <a href="http://seikilos.com.ar/seikilos/2010/09/el-crimen-imborrable/">el agua no puede lavar los crímenes de las manos de sus perpetradores</a>, en Greenaway todas las muertes de las brujas se llevan a cabo por medio del agua.<br />
Década del dos mil. Leonardo Henríquez en Venezuela (&#034;Sangrador&#034;, 2000) y Geoffrey Wright en Australia (&#034;Macbeth&#034;, 2005) pusieron la pelea por poder de Macbeth en el bajo mundo: gángsters, bandidos. Si Henríquez, en la impunidad de su castellano, se tomó grandes libertades con Shakespeare, Wright decidió dejar el texto original, lo cual es una especie de anticlímax: con acento australiano, el inglés de yambos y vocabulario barroco nada tiene que ver con la ambientación (&#034;hubiera sido una cobardía no hacerlo así&#034;, arguyó su director). Con todos sus defectos, el texto reescrito de Henríquez suena más natural, pero en inglés Shakespeare es demasiado respetado para cambiarle una sola coma. Ambas tramas, la australiana y la venezolana, se amoldan sin resistencia al cambio, y las invenciones mayores una vez más tienen que ver con las brujas. En vez de las tres viejas feas de la voluntad de Shakespeare, se trata de tres adolescentes, con el cuerpo tatuado de animales. En el <em>Macbeth</em> de Polanski, para el acto cuatro una bruja va a buscar a Macbeth y lo lleva a un sótano lleno de brujas viejas y desnudas, que arrojan cosas pútridas a un caldero para que Macbeth beba y encuentre en él sus revelaciones. Geoffrey Wright, en un guiño a Polanski, también hace que una bruja busque a Macbeth y lo lleve al sótano, pero allí se encuentra no con viejas, sino con las tres bellas jóvenes, igual de desnudas, cocinando para Macbeth y finalmente incitándolo a una orgía, donde cada bruja que tiene sexo con Macbeth le comunica algo nuevo. Henriquez también las desnuda para la segunda serie de revelaciones, pero las hace conversar largamente con Hécate, ausente en prácticamente todas las otras versiones, quien las reprende por sus acciones sobre el bello Max (Macbeth). El final, como en otras adaptaciones, las hace reaparecer.<br />
Diciembre de dos mil diez. <img style="border: 5px solid black; margin: 5px;" title="Las Brujas en Geoffrey Wright" src="http://seikilos.com.ar/Pictures/Brujas2005.jpg" alt="Las Brujas en Geoffrey Wright" align="right" />Finalmente la BBC transmitió una nueva versión de <em>Macbeth</em>, llevada la época de la Segunda Guerra Mundial, quizás en cuarteles rusos. Se trata de una versión que ya se representaba en teatro, y así se siente en la pantalla: nuevamente no es la lengua del cine o la televisión, sino la de una puesta adaptada, y aunque no carezca de debilidades, hay que mencionar la enorme actuación de Patrick Stewart poniéndole voz al mejor Macbeth que he visto. El director Rupert Goold agregó escenarios de metal, en fríos azules y oxidados naranjas, colores desaturados que aparecen tenuemente en fondos negros, que aluden a un búnker militar. Nuevamente la historia de ambición y crimen no tiene problemas en adaptarse y es en las brujas donde recae la diferencia: Goold las encarnó en tres enfermeras o tres sirvientas, perfectamente siniestras, que no sólo profetizan, sino que determinan otros momentos, como por ejemplo la preparación de la mesa donde aparecerá el fantasma de Banquo. Las revelaciones del cuarto acto se realizan a través de muertos en una morgue.<br />
A diferencia de otras obras de Shakespeare, <em>Macbeth</em> se sostiene en todas las épocas, en todas las adaptaciones: &#034;recuerdo haber asistido hace muchos años a una representación de <em>Macbeth</em>; la traducción era no menos deleznable que los actores y que el pintarrajeado escenario, pero salí a la calle deshecho de pasión trágica. Shakespeare se había abierto camino&#034;, escribía Borges, y eso no sucede con otras obras. Los cambios de escenario de las otras grandes tragedias (<em>Hamlet</em> ó <em>King Lear</em>, pongamos) no han arrojado resultados convincentes, Hamlet sigue en su antigua Dinamarca, a <em>Lear</em> le han querido cambiar el sórdido final y sólo Kurosawa lo pudo llevar a otro lado con cierta decencia. Las intrigas de Macbeth, en cambio, llegan perfectamente claras, sin alteraciones, al cine actual: no tiene importancia el contexto político de King James I, el mismo patrón se puede aplicar a cualquier otro escenario, el texto calza perfectamente cualquier complot, cualquier relación de disputa de poder. Lo que obliga a cambios más drásticos son los componentes sobrenaturales, porque lo sobrenatural ha cambiado con los tiempos. El rey James, obsesionado con las brujas, pocos años antes de que Shakespeare escribiera <em>Macbeth</em> había promulgado una ley en contra de la brujería y escrito <em>Daemonologie</em>, un tratado sobre el tema. <img style="border: 5px solid black; margin: 5px;" title="Las Brujas en Rupert Goold" src="http://seikilos.com.ar/Pictures/Brujas2010.jpg" alt="Las Brujas en Rupert Goold" align="left" />Si bien las brujas ya estaban en Holinshed, las preocupaciones de James muestran qué tan reales eran para la época de Shakespeare. Orson Welles, consciente de que en 1936 las brujas ya no tenían el mismo prestigio, se apoyó en que la superstición haitiana era algo que estaba vigente en la cultura afroamericana; para 1948 todavía conservaba la idea del muñeco vudú. Kurosawa apeló al sentido de lo sobrenatural de los japoneses, las pálidas apariciones del folklore que aún hoy siguen poblando el cine de terror y que finalmente contagiaron a occidente. Es que <em>Macbeth</em> es, en esencia, mitad fábula política y mitad fábula de terror sobrenatural. Las versiones de <em>Macbeth</em> de alguna manera siguen <a href="http://seikilos.com.ar/seikilos/2009/02/historia-del-cine-de-terror-1/">las convenciones históricas del cine de terror</a>. Polanski, ya sin las trabas del Código Hays y con la carnicería de Manson sobre su esposa todavía fresca en su recuerdo, recreó ese terror de las brujas desde la repulsión: las brujas entierran un brazo de un hombre recién cortado o arrojan al caldero vísceras y sangre que luego hacen beber a Macbeth. Nada de esto está lejos de <a href="http://seikilos.com.ar/seikilos/2009/04/historia-del-cine-de-terror-4/">las películas de terror que se filmaron en esa época</a>. Por otro lado, toda la fantasmagoría de las visiones de Macbeth en el acto 4 parece obedecer a este acto de beber, igual que en la versión de Wright, y que curiosamente no está en el original de Shakespeare. Lo que en Polanski se da a entender, en la película australiana se dice explícitamente: las revelaciones en medio de un acto alucinatorio son consecuencia de una droga psicoactiva, un tema que desde luego generaba mucha más curiosidad en la época del <em>Macbeth</em> de Polanski. Pienso por ejemplo en las <em>Enseñanzas de Don Juan</em>, de Carlos Castaneda, inmensamente popular para ese momento, un libro que mezclaba la ingestión de la mescalina del peyote con las revelaciones sobrenaturales. En el caso de Wright, varias décadas después de la psicodelia, la droga está asociada a la cultura elegida para la transposición de <em>Macbeth</em>, una cultura que también justifica la elección de vestir a las brujas de colegialas: &#034;si uno quisiera llevar a un gángster a la perdición, hay que usar una mujer muy joven, núbil; tenía todo el sentido para nosotros. Si se agregan algunas drogas, un poco de alcohol, las adolescentes haciendo lo suyo y, <em>presto</em>, el gángster va muy rápidamente a la perdición&#034;. Incontables películas de terror contemporáneas al film de Wright se basan en la idea de colegialas-vampiro, colegialas-zombies, o simplemente colegialas tentadoras que llevan a los hombres malvados a un destino funesto, como <em>Hard Candy</em> (del mismo año). La versión de Rupert Goold también toma prestado lo sobrenatural de las representaciones actuales de las películas de terror. La última parte de <a href="http://seikilos.com.ar/seikilos/2009/05/historia-del-cine-de-terror-7/">la década del 2000</a> abundó en puestas grises, colores tenues, caños oxidados, nylon y azulejos, una puesta clínica para películas como la saga de <em>Saw</em> o los videoclips de Marilyn Manson: Goold incluso filma a las &#034;brujas&#034; con cortes y aceleraciones para dar la sensación de movimientos no naturales, en la vena de la Sadako de <em>Ringu</em> o de los grotescos seres de <em>The Beautiful People</em>. Hay detalles inspirados: donde el texto de Shakespeare dice que las brujas parecen entender a Macbeth, &#034;por el modo de poner el dedo calloso sobre los labios magros&#034;, Goold muestra la imagen típica de la enfermera pidiendo silencio, pero una de ellas tiene una mano cortada en su mano y utiliza el dedo ajeno; en la otra tiene una sierra.<br />
A diferencia del texto de Pierre Menard, el texto de <em>Macbeth</em> enunciado en contextos anacrónicos no dice nada nuevo ni cambia el drama de Shakespeare: la historia abunda en repeticiones políticas. Lo que sí cambia es nuestra percepción del horror del destino irrevocable, las supersticiones, las fuentes de la magia: cada recreación arroja luz sobre su época.</p>
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		<title>Tres de Robert Frost</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Feb 2011 18:02:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Seikilos</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En Robert Frost la estrofa es tan esencial a sus poemas como su contenido. Ver que casi toda traducción prescinde de métrica y rima me llevó al juego de recrear algunos poemas negociando la forma y el fondo: del bosque al árbol. En mi retiro al bosque en que mi canto era en hojas tragado [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En Robert Frost la estrofa es tan esencial a sus poemas como su contenido. Ver que casi toda traducción prescinde de métrica y rima me llevó al juego de recrear algunos poemas negociando la forma y el fondo: del bosque al árbol.</p>
<blockquote>
<p style="text-align: center;">En mi retiro al bosque en que mi canto<br />
era en hojas tragado y se perdía,<br />
te vi en los lindes caminar un día,<br />
(en mi sueño) mirando en torno tanto</p>
<p style="text-align: center;">que entrar deseabas, mas te daba espanto,<br />
como al pensar “no tengo la osadía<br />
de ir lejos con sus pasos como guía;<br />
que él me busque y deshaga este quebranto&#034;</p>
<p style="text-align: center;">Lejos, no; estaba cerca yo y vi todo,<br />
tras ramas que bajaban hasta allí;<br />
no llamarte dolió de un dulce modo,</p>
<p style="text-align: center;">no decirte que aún sufro lo que vi.<br />
Mas no es verdad que vivo así apartado:<br />
despierta el bosque, estás aquí a mi lado.</p>
</blockquote>
<p style="text-align: right;"><em>A Dream Pang</em>, en &#034;A Boy’s Will&#034;, 1913</p>
<blockquote>
<p style="text-align: center;">
Pese al bosque, las charcas al perfecto<br />
cielo entero reflejan sin defecto;<br />
al igual que sus flores, tienen frío,<br />
y al igual que sus flores, ya se irán,<br />
pero no hacia un arroyo o a un gran río:<br />
sus aguas a la oscura fronda van.<br />
El brote de árbol, bajo su corteza,<br />
eclipsar quiere a la naturaleza.<br />
Que el árbol piense y no use su vigor,<br />
que no borre ni beba ni se lleve<br />
la flor como agua, el agua como flor,<br />
que al disolverse ayer dejó la nieve.</p>
</blockquote>
<p style="text-align: right;"><em>Spring pools</em>, en &#034;West-Running Brook&#034;, 1928</p>
<blockquote>
<p style="text-align: center;">En los árboles yo pienso.<br />
¿Por qué hemos de tolerar<br />
para siempre el malestar<br />
de su ruido tan intenso<br />
tan cercano a nuestro hogar?<br />
Lo sufrimos día a día,<br />
perdemos concentración,<br />
nuestro ritmo y la alegría,<br />
y quedamos escuchando.<br />
Quien quiere huir de una vez<br />
prefiere hablar a la acción,<br />
y no es que habla menos cuando<br />
ya algo sabe en su vejez:<br />
que irse de aquí nunca quiso.<br />
Mis pies propenden al piso,<br />
la cabeza balanceo<br />
como árboles que yo veo<br />
desde la puerta o ventana.<br />
Voy a irme a algún lugar<br />
tomar la audaz decisión,<br />
cuando alto bramen mañana<br />
para causar aprensión,<br />
bajo el cielo encapotado.<br />
Tal vez seré más callado,<br />
pero ya no voy a estar.</p>
</blockquote>
<p style="text-align: right;"><em>The sound of the trees</em>, en &#034;Mountain Interval&#034;, 1916</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Away with words (Christopher Doyle)</title>
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		<pubDate>Tue, 18 Jan 2011 02:02:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Seikilos</dc:creator>
				<category><![CDATA[borges]]></category>
		<category><![CDATA[cine]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[oriental]]></category>
		<category><![CDATA[traducción]]></category>

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		<description><![CDATA[Solomon Veniaminovich Shereshevsky nació en 1886 en Rusia. Su padre era dueño de una librería; su madre era culta y educada. Solomon tenía muchos hermanos y un talento musical innato, que de niño aplicó al violín y que poco tiempo después fue frustrado por una enfermedad del oído. Privado de su vocación, se convirtió en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Solomon Veniaminovich Shereshevsky nació en 1886 en Rusia. Su padre era dueño de una librería; su madre era culta y educada. Solomon tenía muchos hermanos y un talento musical innato, que de niño aplicó al violín y que poco tiempo después fue frustrado por una enfermedad del oído. Privado de su vocación, se convirtió en un joven tímido y sin un plan concreto; eventualmente comenzó a trabajar como periodista en un diario local. Una mañana el editor les dio instrucciones a todos sus empleados, Solomon incluido: dónde tenían que ir, qué se suponía que debían encontrar en cada lugar. La lista de direcciones era larga, y el editor observó que Solomon no tomaba notas; luego de reconvenirlo, escuchó cómo Solomon inmediatamente repetía con precisión cada una de las instrucciones. Pronto quedó claro que la memoria de Shereshevsky no conocía límites. Aquejado de sinestesia, Solomon percibía, con cada palabra, una profusión de estímulos: visuales, auditivos, táctiles, olfativos, gustativos, potenciados por su gran imaginación. Cada percepción obraba en él de esta manera una marca indeleble. Podía recuperar, después de décadas, cualquier recuerdo de cualquier momento de su vida. De hecho, el problema de Shereshevsky no era recordar, sino olvidar: intentaba de muchas maneras borrar los recuerdos y nunca podía. Comenzó infructuosamente por imaginar una gran sábana blanca que cubría las palabras; luego, con la idea de hacer desaparecer sus recuerdos, los anotaba en un papel y los tiraba, y como esto no funcionaba, comenzó a quemarlos. Un día descubrió que en el papel quemado podía todavía leerse la escritura: para su frustración, ni siquiera el fuego podía destruir lo que una vez había visto u oído. La realidad misma se le hacía intolerable, una sobrecarga de estímulos debido a la sinestesia:</p>
<blockquote><p><em>Una vez fui a comprar helado. Le pregunté a la vendedora qué gustos tenía. &#034;Helado de fruta&#034;, me dijo. Pero lo dijo en un tono tal que de su boca cayeron montones de carbones encendidos, de rocas volcánicas negras, y no fui ya capaz de comprar ningún helado después de que me respondiera de esa manera.</em></p></blockquote>
<p>Le costaba mucho reconocer las caras, porque veía más detalles que la mayoría de la gente y le parecían siempre diferentes. Eludía el contacto con la gente; pasaba mucho tiempo ensimismado, tratando de procesar el exceso de estímulos que le provocaban unos pocos minutos de atención. Murió manejando un taxi, en 1958.</p>
<p>Diez años después, el famoso psiquiatra Alexander Luria publicó &#034;Un libro pequeño acerca de una memoria vasta&#034;, el trabajo de investigación que realizó con Shereshevsky en el curso de treinta años. Es difícil no comparar las circunstancias reales de Shereshevsky con las que Borges inventó para su <em>Funes, el Memorioso</em> (publicado más de veinticinco años antes del libro de Luria). Como Solomon, a Funes &#034;su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez&#034;. Ireneo Funes había ideado un sistema de numeración original, porque los nombres de los números no le resultaban &#034;lógicos&#034;:</p>
<blockquote><p><em>En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) &#034;Máximo Pérez&#034;; en lugar de siete mil catorce, &#034;El Ferrocarril&#034;; otros números eran &#034;Luis Melián Lafinur&#034;, &#034;Olimar&#034;, &#034;azufre&#034;, &#034;los bastos&#034;, &#034;la ballena&#034;, &#034;el gas&#034;, &#034;la caldera&#034;, &#034;Napoleón&#034;, &#034;Agustín de Vedia&#034;. En lugar de quinientos, decía &#034;nueve&#034;. Cada palabra tenía un signo particular, una especie de marca; las últimas eran muy complicadas&#8230;</em></p></blockquote>
<p>Solomon Shereshevsky decía:</p>
<blockquote><p><em>Para mí, el dos, el cuatro, el seis, el cinco, no son sólo números. Tienen formas. El uno es un número puntiagudo, que no tiene nada que ver con la forma en que es escrito. Es así porque de alguna manera es firme y está completo. El dos es más chato, rectangular, de color blanquecino, a veces casi gris. El tres es un segmento puntiagudo que rota. El cuatro también es cuadrado y aburrido. El ocho tiene una calidad inocente, es azul lechoso como la cal (&#8230;) El uno es un hombre flaco y orgulloso; el dos, una mujer alegre; el tres, una persona melancólica.</em></p></blockquote>
<p>Agrego ahora el monólogo de Asano que abre <em>Away with words</em> (&#034;San tiao ren&#034;, 1999):</p>
<blockquote><p><em>Trece es una alfombra, uno es un fósforo. Tres es una naranja, treinta y uno es una escoba. &#034;Veintisiete policías&#034; suena a &#034;cajas en el camino&#034;. Si mi madre me dice que me vaya a caminar, lo que veo es un neumático rodando hacia la playa. ¿Por qué siempre uso las palabras equivocadas? ¿Hay palabras que sean más adecuadas? El lenguaje es algo extraño, que me deja muy confundido. Muchas veces no puedo entender lo que me están diciendo. Quisiera esconderme en algún lugar en el que me sienta cómodo.</em></p></blockquote>
<p><em>Away with words</em> es la primera película de Christopher Doyle, que basó en parte en el cuento de Borges y en el libro de Luria. La vida de Christopher Doyle, como la de Solomon Shereshevsky, es involuntariamente borgiana: podría ser una de esas heterogéneas biografías que el argentino inventó para Stephen Albert, para Joseph Cartaphilus, para Ulf Sigurdarson, para Herbert Quain. Doyle nació en Australia, fue labriego, marinero, excavó oleoductos en India, arreó vacas en Israel, fue doctor de medicina china en Tailandia, trabajó con grupos de danza y teatro <em>avant garde</em> en Taipéi, estudió cine en París, historia del arte en Estados Unidos y literatura china en Hong Kong. Borracho, mujeriego, universitario, autodidacta, director de cine, fotógrafo, habla con fluidez el cantonés, el mandarín, el francés y un inglés que de chico modeló en D. H. Lawrence y que de grande contaminó de vocales igualadas y anómalas consonantes hasta hacerlo casi inidentificable. Hoy es uno de los directores de fotografía más personales y extraordinarios de la historia del cine. Cuando tuvo la oportunidad, también él quiso dirigir una película y, como es sabido, las primeras obras de un artista siempre son muy personales. Para <em>Away with words</em>, Doyle hizo nacer a Shereshevsky en Okinawa y le dio otro nombre y otro destino: Asano y la ruidosa ciudad de Hong Kong. Tampoco puede olvidar, y también lo abruman la gente, las palabras que dicen y lo que se dispara a partir de ellas.<br />
Solamente con fines estéticos, voy a poner al libro de Luria, de 1968, como un centro del que emanan el cuento de Borges (1942) y la película de Doyle (1999). ¿Cómo habrá intuido Borges a ese hombre que no olvidaba? Con su intensa vida intelectual, con el vértigo de sus muchas lecturas, Borges imaginó ese don como una carga: de su Funes el Memorioso, &#034;el único hombre lúcido de la tierra&#034;, dijo &#034;lo indiscutible es que es un monstruo&#034;. Su memoria perfecta era su maldición, Funes era &#034;normalmente infeliz&#034;, puesto que el olvido es necesario, diariamente, para la cordura. Borges sintió el olvido como un borramiento, una operación higiénica, y la muerte como la forma definitiva del olvido. Doyle, que recibió el mismo símbolo, tradujo la falta de olvido como una metáfora de la sobreexcitación urbana. Una vez Doyle dijo, en una entrevista:</p>
<blockquote><p>La nao <em>es la palabra en mandarín para &#034;ruido&#034;, y significa enardecimiento. Por eso los restaurantes chinos son tan ruidosos y el karaoke es tan popular en Asia. La gente necesita </em>la nao<em>, que significa lo excitante y lo ruidoso.</em></p></blockquote>
<p>Pienso ahora en esa vida de Christopher Doyle que escribí, esas muchas vidas que vivió, esa marea de excitaciones, de ruidos y de borracheras y de mujeres y países y lenguas y ciudades y ocupaciones y artistas, y <em>Away with words</em> parece un reflejo, una correspondencia de esa vida exuberante. Cuando uno escucha hablar a Doyle, uno escucha esa existencia populosa, una corriente incesante en un inglés fluido pero hablado como un extranjero, lleno de giros, <em>slang</em>, juegos de palabras, acentos perpetrados quién sabe cómo. &#034;Away with words&#034; es uno de esos juegos de palabras. Podría significar &#034;basta de palabras&#034;, y también &#034;a way with words&#034;, es decir, la habilidad de utilizar con arte el lenguaje o, más literalmente, &#034;un camino con palabras&#034;. Christopher Doyle habrá sentido también esa invasión de palabras, en su vida nómada de país en país, de cultura en cultura, habrá vivido la complejidad de las lenguas y sus aprendizajes (&#034;el lenguaje es algo extraño&#034;). Sin embargo, su trabajo, el de director de fotografía, consiste en callarse, en expresar con imágenes las palabras, en decir mucho sin usar una sola palabra, en el &#034;basta de palabras&#034;. En <em>Away with words</em> los tres protagonistas vienen de culturas diferentes: el hombre que no olvida y busca la paz de su infancia, Asano, habla japonés; el hombre que todo lo olvida en su frenesí nocturno constante, Kevin, habla inglés; la mujer que puede arreglar las roturas de estos dos hombres, Susie, habla mandarín. Se comunican entre ellos utilizando palabras en distintas lenguas, gestos, objetos: fotos, música, un vaso de cerveza. Los tres están en Hong Kong, una ciudad que Doyle define usando sustantivos como &#034;energía&#034;, &#034;ruido&#034;, pero también &#034;el mar&#034;. El mar es el refugio de Asano, cuando ya las palabras y las imágenes lo agobian; también para Doyle es su retiro, él que ha crecido &#034;junto al mar&#034; en su Australia nativa.</p>
<p>Ahora vuelvo de nuevo a Borges y a Funes, su hombre que no olvida, su versión de Shereshevsky, de quien desde luego no pudo saber. Es curioso que Borges lo asocie con el insomnio, dice que <em>Funes</em> es una larga metáfora del insomnio. El sueño, para Borges, es el olvido del ser, y el insomnio por lo tanto corresponde a la incapacidad del olvido, a la memoria perfecta de Funes. Muchas veces Borges se deleita pensando en que el verbo &#034;recordar&#034;, para la gente que vive en el campo como Funes, se utiliza como sinónimo de &#034;despertar&#034;. Sin embargo, en otro plano, la memoria, para Borges, es la llave a la literatura: en un extremo, ciertas literaturas requieren de cierta capacidad monstruosa de memoria. En 1941, antes de publicar por primera vez &#034;Funes, el Memorioso&#034;, Borges escribe en <em>Sur</em> que sólo siendo Funes se puede acometer &#034;la consecutiva y recta lectura&#034; de James Joyce. Es significativo que Borges pensara esa hipotética omnipotencia de lector de Joyce a través de Funes, el símbolo del insomnio: un reflejo de cómo Joyce había descripto su lector ideal como &#034;suffering from an ideal insomnia&#034;, sólo un par de años antes. En la película de Doyle, esa figura del insomnio no está asociada a la memoria, ya que es Kevin, no Asano, el hombre que vela cuando todos duermen, el que vive en perpetua acción nocturna. Es justamente el anverso de Asano: Kevin es el hombre que todo lo olvida, que no sabe qué ha vivido, con quién ha estado, dónde ha estado. Asano, el Shereshevsky de Doyle, en cambio, es un hombre que siempre parece estar dormitando y que cuando despierta (cuando recuerda) se encuentra con una realidad que quiere evitar, la invasión de la memoria, la enorme cantidad de cosas que ha visto y vivido y ya no puede olvidar y cuyas imágenes se multiplican en su cabeza con nombres y asociaciones nuevas (Asano es el único personaje de la película que sueña). Vive así paralizado en la modorra del sillón, como Funes, &#034;increíblemente haragán: ha pasado casi toda la vida en un catre&#034;.<br />
Sin embargo, esas dos traducciones del símbolo del hombre que no olvida, a dos realidades muy diferentes, por hombres muy diferentes, tienen un punto de contacto. Ambos, Borges y Doyle, han sentido el peso del recuerdo, y el olvido como una liberación para sus agobiados personajes, que son proyecciones de sus creadores. Doyle, con su vida múltiple, con su vida cargada de &#034;la nao&#034;, y Borges con su vida estática y los infinitos libros que leyó, la memoria como el ingente universo del lector. Para terminar, entonces, en esa intersección, voy a copiar ahora un fragmento de un poema de Borges que se llama &#034;Insomnio&#034; (de 1936, anterior a todo lo otro), que pudo haber sida escrito por Doyle:</p>
<blockquote>
<p style="text-align: center;"><em>De fierro,<br />
de encorvados tirantes de enorme fierro tiene que ser la noche,<br />
para que no la revienten y la desfonden<br />
las muchas cosas que mis abarrotados ojos han visto,<br />
las duras cosas que insoportablemente la pueblan.</em></p>
<p style="text-align: center;"><em>Mi cuerpo ha fatigado los niveles, las temperaturas, las luces:<br />
en vagones de largo ferrocarril,<br />
en un banquete de hombres que se aborrecen,<br />
en el filo mellado de los suburbios,<br />
en una quinta calurosa de estatuas húmedas,<br />
en la noche repleta donde abundan el caballo y el hombre.</em></p>
</blockquote>
<table class="gallerytable"><tr class="galleryrow"><td class="gallerycell"><a rel="lightbox[fotos/awaywithwords]" href="http://seikilos.com.ar/seikilos/fotos/awaywithwords/vlcsnap-2011-01-17-23h51m18s228.png" class="gallerylink"><img src="http://seikilos.com.ar/seikilos/fotos/awaywithwords/thumbs/vlcsnap-2011-01-17-23h51m18s228.png" class="" alt="Away with words (Christopher Doyle)"/></a></td><td class="gallerycell"><a rel="lightbox[fotos/awaywithwords]" href="http://seikilos.com.ar/seikilos/fotos/awaywithwords/vlcsnap-2011-01-17-23h51m41s188.png" class="gallerylink"><img src="http://seikilos.com.ar/seikilos/fotos/awaywithwords/thumbs/vlcsnap-2011-01-17-23h51m41s188.png" class="" alt="Away with words (Christopher Doyle)"/></a></td><td class="gallerycell"><a rel="lightbox[fotos/awaywithwords]" href="http://seikilos.com.ar/seikilos/fotos/awaywithwords/vlcsnap-2011-01-17-23h51m50s83.png" class="gallerylink"><img src="http://seikilos.com.ar/seikilos/fotos/awaywithwords/thumbs/vlcsnap-2011-01-17-23h51m50s83.png" class="" alt="Away with words (Christopher Doyle)"/></a></td><td class="gallerycell"><a rel="lightbox[fotos/awaywithwords]" href="http://seikilos.com.ar/seikilos/fotos/awaywithwords/vlcsnap-2011-01-17-23h53m22s214.png" class="gallerylink"><img src="http://seikilos.com.ar/seikilos/fotos/awaywithwords/thumbs/vlcsnap-2011-01-17-23h53m22s214.png" class="" alt="Away with words (Christopher Doyle)"/></a></td><td class="gallerycell"><a rel="lightbox[fotos/awaywithwords]" href="http://seikilos.com.ar/seikilos/fotos/awaywithwords/vlcsnap-2011-01-17-23h54m28s107.png" class="gallerylink"><img src="http://seikilos.com.ar/seikilos/fotos/awaywithwords/thumbs/vlcsnap-2011-01-17-23h54m28s107.png" class="" alt="Away with words (Christopher Doyle)"/></a></td></tr><tr class="galleryrow"><td class="gallerycell"><a rel="lightbox[fotos/awaywithwords]" 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words (Christopher Doyle)"/></a></td><td class="gallerycell"><a rel="lightbox[fotos/awaywithwords]" href="http://seikilos.com.ar/seikilos/fotos/awaywithwords/vlcsnap-2011-01-18-00h00m56s144.png" class="gallerylink"><img src="http://seikilos.com.ar/seikilos/fotos/awaywithwords/thumbs/vlcsnap-2011-01-18-00h00m56s144.png" class="" alt="Away with words (Christopher Doyle)"/></a></td><td class="gallerycell"><a rel="lightbox[fotos/awaywithwords]" href="http://seikilos.com.ar/seikilos/fotos/awaywithwords/vlcsnap-2011-01-18-00h01m30s245.png" class="gallerylink"><img src="http://seikilos.com.ar/seikilos/fotos/awaywithwords/thumbs/vlcsnap-2011-01-18-00h01m30s245.png" class="" alt="Away with words (Christopher Doyle)"/></a></td><td class="gallerycell"><a rel="lightbox[fotos/awaywithwords]" href="http://seikilos.com.ar/seikilos/fotos/awaywithwords/vlcsnap-2011-01-18-00h03m02s127.png" class="gallerylink"><img 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rel="lightbox[fotos/awaywithwords]" href="http://seikilos.com.ar/seikilos/fotos/awaywithwords/vlcsnap-2011-01-18-00h16m06s42.png" class="gallerylink"><img src="http://seikilos.com.ar/seikilos/fotos/awaywithwords/thumbs/vlcsnap-2011-01-18-00h16m06s42.png" class="" alt="Away with words (Christopher Doyle)"/></a></td></tr></tr></table>
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		<title>Edward Lear (César Aira)</title>
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		<pubDate>Fri, 14 Jan 2011 15:46:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Seikilos</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>César Aira, famoso por sus novelas cortas, escribió también algunos libros de ensayo. Aira dice no sentirse muy cómodo en el género, básicamente porque no tiene libertad: &#034;cuando uno escribe uno tiene que sostener esas cosas, mientras que con la novela puedo disparar cualquier disparate&#034;. Entre los ensayos de Aira hay un excéntrico <em>Diccionario de autores latinoamericanos</em>, y profundizaciones sobre escritores como Edward Lear, Alejandra Pizarnik y Copi; los dos últimos han recibido una gran cantidad de atención, en estos tiempos en que se desconfía de la literatura formal; el libro sobre Lear pasó completamente desapercibido. <img style="border: 5px solid black; margin: 5px;" title="César Aira / Edward Lear" src="http://seikilos.com.ar/Pictures/Aira_Lear.jpg" alt="César Aira / Edward Lear" align="right" />Esto se debe en parte a que Lear no es un escritor conocido en las pampas castellanas, y en parte porque el libro de Aira no es bueno.<br />
<em>Edward Lear</em> tiene dos partes: una interesante, de pocas páginas, y una completamente intrascendente, el grueso del libro. La parte interesante es una especie de manual de <a href="http://seikilos.com.ar/seikilos/2011/01/sobre-la-traduccion-de-limericks/">traducción de <em>limericks</em></a>, poemas del sinsentido de cinco líneas construidos alrededor de un esquema fijo de métrica y rima; la parte escrita para el olvido abarca el análisis de, creo recordar, cincuenta <a href="http://seikilos.com.ar/seikilos/2010/11/limericks-edward-lear/"><em>limericks</em> de Lear</a>.<br />
César Aira ha trabajado como traductor, mayormente de novelas sin importancia literaria. En <em>Edward Lear</em> examina la posibilidad de traducir los poemas de Lear, tan pegados a la lengua inglesa; dice que la forma de los poemas es tan importante como el fondo y que es improbable que una traducción sea fiel a ambas cosas. Luego copia los <em>limericks</em> en inglés, uno por uno, los traduce en prosa llana y los analiza. La traducción que hace en algunos casos tiene errores; el análisis que hace no arroja prácticamente ninguna luz sobre los poemas ni sobre Edward Lear. El jugo está, entonces, en ese &#034;manual de traducción&#034;, digamos, donde pone la lupa en la forma del <em>limerick</em>, y describe su procedimiento de composición, que Aira lee en términos de una improvisación. El primer verso de un <em>limerick</em> de Lear presenta a un hombre o a una mujer de una cierta localidad: una ciudad, un país; Aira entiende esto como un reflejo de la aparición constante en la Inglaterra imperialista de nombres exóticos de ciudades remotas y culturas diferentes. El segundo verso, que debe rimar con el primero, es una improvisación de alguna circunstancia: por ejemplo &#034;there was a Young Lady of Norway / who casually sat on a doorway&#034; (había una muchacha de Noruega que se sentó casuamente en el umbral de una puerta). Los dos versos que siguen desarrollarán algo de esta historia breve, pero como también riman entre sí, Aira sugiere que el cuarto verso es en realidad una consecuencia del tercero (&#034;when the door squeezed her flat / she exclaimed, &#039;What of that?&#039;&#034;, es decir, cuando la aplastó la puerta, exclamó ¿y qué con eso?). El último verso, rimado con el primero nuevamente, usualmente cierra la historia con alguna opinión sobre el individuo (&#034;this courageous Young Lady of Norway&#034;). La lectura de Aira, entonces, es que Lear procedía por improvisaciones sugeridas a partir de la imposición de una rima, y la historia, el sinsentido, era consecuencia directa de la forma del <em>limerick</em>. Lear, para Aira, no tenía idea de qué iba a suceder, y lo que sucedía surgía a partir de las palabras mismas, el fondo era dictado en el momento por la forma. Naturalmente, si cada poema es una improvisación brevísima condicionada por la rima, cuyo sentido en general es azaroso, ¿cuál es el motivo de examinar su resultado, largamente como lo ha hecho Aira?<br />
La respuesta, quizás, es que necesitaba volumen para poder justificar la publicación de una serie de apuntes dispersos que tenía sobre Lear, que adivino serían en realidad notas de una hipotética traducción, y el estudio de este proceso de improvisación. No es difícil intuir que, <em>mutatis mutandis</em>, es el mismo proceso que utiliza Aira en sus novelas. No hace mucho escribí, <a href="http://seikilos.com.ar/seikilos/2010/04/la-confesion-cesar-aira/">sobre La <em>Confesión</em></a>, que Aira se imponía un comienzo arbitrario y sus novelas en general se desarrollaban como un desafío a sostener esa primera imposición. Aira mismo lo confirma en muchas de sus entrevistas: &#034;es cierto que uno se inventa dificultades, con ánimo de juego y de curiosidad&#034;, dice en una; habla de &#034;cambios de idea, arrepentimientos, asimetrías, y unos recorridos sinuosos que creo que se adaptan más a mi imaginación&#034; en otra; &#034;en general pienso una idea de base, a partir de la cual pueda improvisar&#034;, aún dice en otra. En <em>Cumpleaños</em>, una de sus novelas semiautobiográficas, escribe que va &#034;avanzando, dándole sentido a lo que no lo tenía a fuerza de avanzar&#034;; alguna vez dijo que su lema es un verso de Baudelaire: &#034;ir hacia delante y siempre en busca de lo nuevo&#034;. Aira, como Lear (como Aira lee a Lear), pone un punto de partida, y luego intenta sostenerlo a como sea: el resultado de las novelas de Aira es una improvisación sobre esa primera circunstancia, que puede ser un título (&#034;La costurera y el viento&#034;), una anécdota (&#034;El bautismo&#034;) o simplemente una primera escena con elementos inverosímiles (&#034;La confesión&#034;). Una vez determinado el curso de la novela, Aira agrega algún condimiento, el equivalente del tercer verso de Lear, y lo que sigue es una nueva reacción. En una entrevista reciente, hablando de su última novela (&#034;El error&#034;), cuenta que él, Aira, usa el error &#034;para tratar de justificarlo con lo que venga por delante&#034;. Ese es el <em>modus operandi</em> que ve en Edward Lear: escribió el libro para describir ese procedimiento o para mostrar su afinidad con él. La incapacidad de poder aprehender los libros de Aira desde la crítica obedece a la naturaleza misma de la improvisación; Aira mismo se encuentra, paradójicamente, con esa imposibilidad al ensayar el análisis de los <em>limericks</em> de Lear. Su libro &#034;Edward Lear&#034;, de alguna manera, es &#034;Aira leyendo a Aira&#034;.</p>
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