Quizás sirva como magra compensación por la pérdida que significó la muerte de Prince: Radiohead sacó un nuevo disco, un disco harto mejor que su mediocre antecesor, incluso mejor que In Rainbows. Cuando salió, In Rainbows fue aplaudido cautamente, aunque con el tiempo (especialmente con la publicación del disco que lo sucedió) la crítica lo empezó a ver con otros ojos; yo había escrito aquí en aquel momento sobre las expectativas de la gente, esa idea de relacionar un disco con otro en algún tipo de evolución, de causalidad, y que siempre se fracasaba pensando en estos términos respecto a Radiohead. Si es que sirve para algo, este blog documenta mis cambios de opinión: quizás sea cierto que hubo una busca, consciente o no, un camino de prueba y error, que tiene sentido cabal finalmente en este disco. “A moon shaped pool” permite hacer una lectura retrospectiva de las cosas que han intentado, incluso permite leer los discos solistas, y entender todo eso como un proceso necesario para llegar a este objeto, que a diferencia de la mayoría de los discos anteriores, se siente perfecto. No perfecto en el sentido de que no puede haber nada mejor, sino que, en su intención, se percibe acabado, homogéneo, “redondo” diríamos nosotros, que cierra en sí mismo como un trabajo que no admite otra forma que esa, y en esa forma no le falta ni le sobra nada.
Podría tomar como punto de análisis “True love waits”, porque es una canción que ya conocíamos desde hace más de veinte años, y por ello permite ver la coagulación de la poética que Radiohead ha ido depurando a lo largo de los años. Nunca fue grabada en estudio de manera suficientemente satisfactoria como para merecer un lugar en un disco; en I might be wrong la pusieron cruda, en vivo, acústica, con su delicada melodía, el patetismo de su letra, y con la simple combinación rasgueada de sus acordes. En A moon shaped pool, en cambio, hay más espacio, cedido por el acompañamiento en piano eléctrico (o un instrumento similar), que hace arpegios con tres notas, y la armonía se completa con las notas de la melodía. El acompañamiento es simple en el sentido de que tiene pocos componentes, pero no es trivial, no es, digamos, el arpegio de “Fade out”. Está construido, como otros de Radiohead, sobre figuras rítmicas cuyo diseño visual es ostensible en la partitura pero que desorientan un poco al oído y lo llevan flotando en una corriente extraña e hipnótica:

Es decir, las notas casi siempre eluden los pulsos fuertes del 4/4, y pese a que suena asimétrico al oído, es perfectamente simétrico compás a compás. Comparar, por ejemplo, con Pyramid Song:

Es el mismo dispositivo, esta vez no arpegiado sino con golpes de acordes llenos, pero es la misma idea del corrimiento, del uso del puntillo para desplazar las notas y así evitar la marca de las cuatro negras; el oído acepta estas síncopas y el acompañamiento de “True love waits” suena sólido. Pero la instrumentación no se agota en eso: a medida que avanza, hay otro piano acústico de fondo, que va haciendo floreos, no siempre con la lógica de la armonía, que agrega color al principio de manera casi imperceptible, al final casi imprescindible. Si el arpegio da la sensación de un reloj muy preciso que funcionara con saltos, los arreglos de fondo aportan imprevisibilidad y, como están a un volumen mucho menor, la sensación de distancia, de anhelo. Hay un bajo, sintetizado o comprimido, que va creciendo, y hace a una atmósfera más bien opresiva. La letra:

Ahogaré mis convicciones
para tener tus bebés
Me vestiré como tu sobrina
y lavaré tus hinchados pies.

Pero no te vayas
No te vayas.

Ya no vivo,
sólo mato el tiempo
Tus manos diminutas,
tu sonrisa de gatito loco.

Pero no te vayas
No te vayas.

Y el amor de verdad espera
en áticos embrujados
Y el amor de verdad vive
en chupetines y en papas fritas.

Pero no te vayas
No te vayas.

y la manera de cantar son pura emoción. Creo que ahí, en ese tema, está cifrado todo el disco: las ocultas sofisticaciones, los muy pocos elementos que hacen a la canción, la combinación de timbres, de tecnología con instrumentos acústicos, y la emotividad, algo que no estuvo tan presente desde Kid A en adelante. Es claro que se llegó a este punto desde las indagaciones post-OK Computer, desde las programaciones rítmicas de Yorke en sus discos solistas, desde el disco que grabó Greenwood con Penderecki, desde el trabajo sonoro anterior con Nigel Godrich. Elegí “True love waits”, pero podría haber mirado de cerca cualquier otro tema: la misma paleta (con el agregado del extraordinario y sensible trabajo de Greenwood con las cuerdas) se extiende al disco, que en conjunto es homogéneo, coherente, inexorable. Que los temas estén ordenados alfabéticamente produce todavía más esa impresión de obra orgánica, como opuesto a una obra sucesiva.


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