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A short history of nearly everything (Bill Bryson)

Con la misma pasión que de adolescente adoraba los libros de divulgación científica (Paul Davies, Stephen Jay Gould, Martin Gardner y otros), hoy los evito. En aquella época tenía a la ciencia por la fuente del conocimiento, creía en aquellas historias fantásticas donde los científicos van descubriendo nuestro extraño universo, lleno de secretos y belleza, a pura inteligencia e intuición. Por descuido caí en este libro de Bill Bryson, leí las primeras páginas y pronto estaba leyendo el resto, ese recorrido afable por los grandes problemas del conocimiento: qué es el universo, cómo empezó, cómo funciona, de qué está hecha la materia, qué es la vida, cuáles son los mecanismos de nuestro planeta, a gran escala y a pequeña escala, quiénes fuimos, quiénes somos. Sin embargo, en vez de presentar a los científicos como una cadena de cerebros privilegiados que funcionan dentro de una especie de logia antigua del conocimiento, los muestra en toda su humanidad: a veces aferrados a dogmas ciegos, con grandes egos sobrevalorados o con graves deficiencias sociales, imponiendo ideas falsas o robadas, incapaces de hacer escuchar ideas innovadoras a otros científicos que no quieren escucharlas, en fin, individuos, muchas veces aislados en tiempo y espacio. En este contexto, los hallazgos son verdaderos triunfos o milagros, como los llama frecuentemente Bryson: en vez de ser aquellos infalibles detectives de los otros libros, sus científicos hacen descubrimientos en buena parte por error, por azar, por patologías obsesivas; las teorías no son bellas y abarcadoras, sino más bien tenues conjeturas, llenas de agujeros, muchas veces disparadas por un acierto casual. Un ejemplo: Darwin salió de viaje con un hombre que buscaba confirmación empírica de que la creación bíblica debía interpretarse literalmente; había elegido a Darwin como compañero en parte por la forma de su nariz. Darwin, que en ese entonces era poco más que un adolescente, encontró muchos especímenes que, veinte años de trabajo duro más tarde, lo llevaron a una teoría que, en paralelo, Alfred Wallace, sin saber del aún inédito El origen de las especies, dedujo en apenas un instante de inspiración y casi la publicó antes que Darwin. Los agujeros que tenía Darwin bien podrían haber sido completados por la teoría genética de Mendel; ambos autores se habían leído mutuamente, pero no reconocieron nada útil en el trabajo del otro. Otro ejemplo similar:

Si uno hubiese sido un apostador a principios de los años 50, hubiera puesto su dinero casi con certeza en que Linus Pauling de Caltech, el notable químico estadounidense, iba a descifrar la estructura del ADN. Pauling no tenía rivales para determinar la arquitectura de las moléculas y era pionero en el campo de la cristalografía por rayos X, una técnica que sería crucial para entrever el corazón del ADN. En una carrera distinguida por demás, ganaría dos premios Nobel (de química en 1954 y de la paz en 1962), pero con el ADN estaba convencido de que la estructura era una triple hélice, no doble, y nunca pudo encaminarse. En cambio, la victoria cayó sobre un cuarteto improbable de científicos de Inglaterra que no trabajaban en equipo, muchas veces estaban peleados entre sí, y eran en gran parte principiantes en esa disciplina.

La comunidad científica, que en los libros de fábulas (quiero decir, de divulgación) es una meritocracia, en Bryson es una institución tan conservadora y atada a credos como la iglesia. La teoría de la evolución, por ejemplo, no ganó reconocimiento científico completo hasta muchas décadas después de la muerte de Darwin. Otro ejemplo está en la sección que habla de tectónica de placas: al principio, cuando se comenzaron a encontrar los mismos fósiles en lugares apartados entre sí por océanos, estos misterios se explicaban con no menos misteriosos puentes entre continentes; en 1912 Alfred Wegener articuló la teoría del movimiento de placas, y cincuenta años después todavía no estaba del todo aceptada por la comunidad, en parte por prejuicio (Wegener no era geólogo; Wegener era alemán) y en parte por obstinación. Cuando eventualmente se asimiló y se convirtió en dogma, pasó a ser tan incuestionable como antes la teoría absurda de los puentes:

El perfil de Gondwana, alguna vez un poderoso continente que conectaba a Australia, Africa, la Antártida y Sudamérica, fue basado en gran parte en la distribución de un género de un arbusto antiguo llamado Glossopteris, que se encontró en todos los lugares adecuados. Sin embargo, tiempo después se descubrió también Glossopteris en partes del mundo que no tenían conexión con Gondwana. Esta problemática discrepancia fue (y sigue siendo) mayormente ignorada. De la misma manera, un reptil triásico llamado Lystrosaurushas ha sido encontrado desde la Antártida hasta Asia, respaldando la idea de una conexión anterior entre estos continentes, pero nunca ha aparecido en Sudamérica o Australia, que se consideraban partes del mismo continente en la misma época.

Recuerdo cuando me regalaron un volumen que sólo desde el título me fascinaba: La enciclopedia de la ignorancia, en el que se invitaba a científicos de distintos campos a mostrar qué no se sabía aún. Contra mis expectativas, el libro resultó aburrido y demasiado técnico, estaba lejos de ser una enciclopedia y lo ignorado no parecía tan importante o que no se estuviera a punto de descubrir de todas maneras. El libro de Bryson, en cambio, es ese necesariamente bosquejado compendio que yo imaginaba, un repaso a vuelo de pájaro de aquellas cosas importantísimas (realmente todas las que importan) sobre las que no se sabe nada o casi nada:

Vivimos en un universo cuya edad no podemos calcular con certeza, poblado de estrellas cuyas distancias tampoco conocemos, lleno de materia que no podemos identificar, que opera según leyes físicas cuyas propiedades en verdad no entendemos.

Bryson presenta con elocuencia la escala de nuestra ignorancia: la inconcebible extensión del universo y nuestra incapacidad de percibir aún los objetos más cercanos, como Plutón; el mundo irracional subatómico y los métodos groseros que tenemos para inferir casi nada de él; cuán superficial (literalmente) es nuestro conocimiento de la composición de la Tierra; teniendo en cuenta la inmensa variedad de especies que se han perdido (99.99% del total), cuán insignificantes son los fósiles que tenemos y cuán insignificante es por lo tanto nuestro conocimiento de la historia de la vida en nuestro planeta, incluida la nuestra; lo poco que se sabe incluso de las formas de vida actuales:

Somos asombrosa, suntuosa, radiantemente ignorantes de la vida submarina. Aún las criaturas más sustanciales del océano son muchas veces notoriamente poco conocidas para nosotros, incluyendo la más poderosa de todas, la gran ballena azul, una criatura de proporciones tan monstruosas que (para citar a David Attenborough), su lengua pesa como un elefante, su corazón tiene el tamaño de un automóvil, y algunos de sus vasos sanguíneos son tan espaciosos que uno podría nadar en ellos. Es la bestia más gigantesca que la Tierra haya producido, más grande incluso que los dinosaurios más tremendos. Y aún así la vida de las ballenas azules sigue siendo mayormente un misterio para nosotros. La mayor parte del tiempo no tenemos idea de dónde están: dónde van a procrear, por ejemplo, o qué rutas siguen para llegar ahí. Lo poco que sabemos de ellas viene casi completamente de escuchar sus canciones a escondidas, pero incluso esas canciones son un misterio. Las ballenas azules a veces dejan de cantar abruptamente una canción, y luego la retoman en el mismo punto seis meses después. A veces salen con una canción nueva, que ningún miembro ha escuchado antes, pero que todos ya saben de antemano. No se entiende ni remotamente cómo lo hacen. Y se trata de animales que deben salir rutinariamente a la superficie a tomar aire.

Otro tema que no se suele tocar en los libros de divulgación científica es la ética. Bryson da un ejemplo de la influencia del capitalismo sobre el desarrollo científico, con el plomo y los clorofluorocarburos de Thomas Midgley: cómo los estudios a favor fueron fomentados y los adversos fueron borrados, el desastre sanitario y ecológico irreversible que nos legó, por no hablar de la desidia de la investigación de medicamentos y el poder inmenso de esa industria sobre los hombres de ciencia. Una buena parte del libro está dedicada a rescatar aquellos científicos (o muchas veces sólo hombres de pasión sin título) que descubrieron cosas importantísimas pero que fueron ignorados, despreciados y no reconocidos aún al día de hoy sino como una nota al pie en la historia de la ciencia, y a denunciar la miseria de aquellos otros que forjaron pruebas, tomaron crédito por trabajo ajeno (Hugo de Vries, Richard Owen), vendieron teorías falsas por su valor estético (Stephen Gould), o simplemente impidieron a otros avanzar (Erik Jarvik, Alfred Mirsky).

Mientras lo leía, intenté comprobar en qué medida el libro era confiable, y también cuánto había cambiado nuestro conocimiento desde su publicación (hace diez años). Encontré que algunos relatos fueron contados de una determinada manera en busca de un buen efecto narrativo, enfatizando una cosa y omitiendo otra; cotejar los números o el estado actual de ciertas disciplinas no fue tan fácil. En el capítulo dedicado al desconocimiento sobre la inmensa mayoría de las especies vivas, hay una frase que bien vale por el libro: ni siquiera sabemos lo que sabemos. Ignoro por lo tanto el valor de verdad del libro, pero cuando lo cerré y me quedé con esa profunda sensación de irrealidad e incertidumbre que da el contemplar nuestra existencia, decidí que era un buen libro, el signo inverso al de los otros libros, los tranquilizadores, los que quieren arrojar luz y orden. Bryson logra una obra ambigua que puede ser leída a la vez como una celebración y como una negación de la ciencia como fuente de conocimiento: qué puede saber una especie que apenas vivió sobre la Tierra donde mora en comparación con el largo trecho que ha recorrido la vida desde su creación, que a su vez no es sino un punto en el largo tiempo del universo, un punto en el amplio espacio del universo. En ese vértigo, un individuo, un libro, un cuerpo de conocimiento, es necesariamente insignificante.