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Final de partida (Alfredo Alcón)

Alfredo Alcón es el actor argentino clásico por antonomasia, basta con cotejar su carrera: mucho Shakespeare, pero también Sófocles, Ibsen, Arthur Miller, Tennessee Williams, Bergman, Arlt, Hernández y, por supuesto, Beckett. Ya había hecho un Endgame en 1990, y este año volvió a repetir la experiencia, en la silla del director además de la silla de Hamm. El fruto me resultó contradictorio.
Furriel como ClovEs que está Alcón, un actor de talla, de voz espléndida, que logra imprimirle realidad y emoción a Hamm, cuando en general Hamm es representado como esos personajes beckettianos hechos de palabras, de convenciones, de esas arbitrariedades que definieron el teatro de Beckett y el teatro que siguió a Beckett hasta hoy. Me produjo en principio mucho agrado, entonces, ver a Hamm hecho de sangre, humano, en contraposición al Clov de Joaquín Furriel, mecánico e impasible. Salvo que Hamm no es así, salvo que Clov no es así. Hamm es cínico, sádico, agresivo y frío como una arma blanca. El Hamm de Alcón parece un viejo con sus manías, pero querible. Uno ve una representación canónica de Endgame, y lo que siente es odio por ese viejo malvado, y uno ve reflejado ese odio en Clov, que carga hasta que explota. El Clov de Furrier, cuando explota, explota inesperadamente, inexplicablemente, porque Hamm fue inofensivo, porque Clov fue un muñeco vacío, rayano en la estupidez. El monólogo de Clov, siempre ocasión de lucimiento y emoción, en este caso pasa como un estólido comentario más, como una muestra más de esa oquedad. Y son curiosos los momentos en que las palabras de Hamm traicionan la interpretación de Alcón, como cuando declara su indiferencia (o su complacencia) por la muerte de su madre: esa contradicción produce un ligero sobresalto, una incomodidad que sólo después uno la va comprendiendo. Es que uno está hechizado por el talento verbal de Alcón, forjado, como nombré al principio, en fuertes personajes trágicos, donde el actor está en su elemento: Lear, Hamlet, Richard III, Prospero. La consecuencia paradójica es que esa transformación “humanizante” que operó Alcón priva de emoción a la obra, porque la obra deja de funcionar.
Alcón como HammY esto es una responsabilidad menos del Alcón actor que del Alcón director, que no ha sabido imprimir una lectura satisfactoria a la obra, que no ha sabido reconocer que ese martillo no funciona con ese clavo: no hay conexión, no existe la sufiente tensión entre los dos personajes como para que engrane la máquina beckettiana. Las repeticiones discursivas de la obra, por otro lado, tan queridas a Beckett, que construyen hacia atrás y quizás hacia adelante esa vida tediosa sin otras novedades que una rata o un piojo, se pierden en esos dos registros: en la riqueza actoral de Alcón y en la indiferencia de Furriel. De esa manera no hay ecos, cuando las repeticiones no son repeticiones sino fragmentos discretos, demasiado diferenciados como para reconocer su identidad. Así, bajo la dirección de Alcón, la obra sufre de agujeros, de empantanamientos, que Beckett sorteaba a través de la estructura discursiva, del lenguaje. Y no es un problema de la traducción, o de la imposibilidad de la traducción: Endgame no depende de su lengua. Una nota lateral al respecto: es natural que, para buscar ese acercamiento emotivo que necesitaba Alcón, la traducción haya optado por el voseo rioplatense. Sin embargo, la transformación no es completa: en el imperativo y en el presente abundó el “vos”, pero en el futuro mandó el indicativo tradicional (“irás”) en contraposición al uso nostro (“vas a ir”), junto a la preferencia de “aquí” por “acá” y otros formalismos que produjeron una lengua mixta, no del todo aclimatada.
Alcón, a sus ochenta y tres años, habrá elegido Endgame como una forma de asimilación de la muerte cercana. Endgame en inglés es ese momento del ajedrez cuando quedan pocas piezas, es la inminencia del fin. Eso explicaría a ese Hamm querible, a ese Clov dispensable. Tal vez fue una interpretación que no podía funcionar, o tal vez sólo una revisión a medio camino, tibia. Estamos hablando de una obra de 1957, y Beckett ya no está vivo para decir, como ha dicho, “cualquier producción de Final de partida que ignore mis instrucciones es completamente inaceptable para mí”. Beckett ha cambiado tanto el teatro (me atrevería a decir que esto es especialmente cierto para los dramaturgos argentinos) que el teatro de Beckett se ha vuelto más conservador que el de Shakespeare, que ha sido transformado hasta ser irreconocible, ha sido trasladado a cualquier contexto, incluso los más improbables, con mayor o menor suerte. Es tiempo de nuevas relecturas de Beckett, es tiempo de más atrevimientos, es tiempo de olvidar lo que dijo Beckett y reescribirlo. Cuánto más obligatorio es esto desde aquí, desde la periferia, cuando se cumplen hoy cincuenta y seis años del estreno original de Endgame.