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El crimen imborrable

The fingerprints were everywhere, everywhere! (…) Prints wielded the paper knife, pulled out drawers, touched the table top, touched, touched, touched everything everywhere.
He polished the floor wildly, wildly. He rolled the body over and cried on it while he washed it, and got up and walked over and polished the fruit at the bottom of the bowl. Then he put a chair under the chandelier and got up and polished each little hanging fire of it, shaking it like a crystal tambourine until it tilted bellwise in the air. Then he leaped off the chair and gripped the doorknobs and got up on other chairs and swabbed the walls higher and higher and ran to the kitchen and got a broom and wiped the webs down from the ceiling and polished the bottom fruit of the bowl and washed the body and doorknobs and silverware and found the hall banister and followed the banister upstairs.
Three o’clock! Everywhere, with a fierce, mechanical intensity, clocks ticked! There were twelve rooms downstairs and eight above. He figured the yards and yards of space and time needed. One hundred chairs, six sofas, twenty-seven tables, six radios. And under and on top and behind. He yanked furniture out away from walls and, sobbing, wiped them clean of years-old dust, and staggered and followed the banister up, up the stairs, handling, erasing, rubbing, polishing, because if he left one little print it would reproduce and make a million more! – and the job would have to be done all over again and now it was four o’clock!
Las huellas digitales estaban en todas partes, ¡en todas partes! Blandían el cortapapeles, abrían los cajones, tocaban la superficie de la mesa, tocaban, tocaban, tocaban todo en todas partes. Acton limpió el piso con furia, con furia. Rodó y lloró sobre el piso mientras lo lavaba, y se levantó y limpió la fruta en el fondo de la frutera. Después colocó una silla bajo la araña de luces y se subió y limpió cada cairel, sacudiéndolo como si fuera una pandereta de cristal, hasta hacerlo sonar como una campana. Luego saltó de la silla y limpió los pomos de las puertas y se subió a otras sillas y fregó las paredes cada vez más alto y corrió a la cocina y tomó una escoba y sacó las telas de araña del cielo raso y limpió la fruta en el fondo de la frutera y lavó el cuerpo y los pomos y la platería y encontró la baranda y subió escaleras arriba.
¡Las tres! ¡En todas partes, con una intensidad fiera y mecánica sonaban los relojes! Había doce habitaciones abajo y ocho arriba. Imaginó los metros y metros de espacio y tiempo que necesitaba. Cien sillas, seis sillones, veintisiete mesas, seis radios. Y debajo y por encima y por detrás. Separó los muebles de las paredes, y lloriqueando, les sacó el polvo de muchos años, y se tambaleó y siguió la baranda escaleras arriba, aferrándose, borrando, frotando, limpiando, porque si dejaba una sola huellita se reproduciría en un millón de huellas más, y habría que volver a hacer todo el trabajo de nuevo, ¡y ya eran las cuatro!

Ray Bradbury, The fruit at the bottom of the bowl, 1953

But, ere long, I felt myself getting pale and wished them gone. My head ached, and I fancied a ringing in my ears; but still they sat, and still chatted. The ringing became more distinct : I talked more freely to get rid of the feeling: but it continued and gained definitiveness — until, at length, I found that the noise was NOT within my ears.
No doubt I now grew VERY pale; but I talked more fluently, and with a heightened voice. Yet the sound increased — and what could I do? It was A LOW, DULL, QUICK SOUND — MUCH SUCH A SOUND AS A WATCH MAKES WHEN ENVELOPED IN COTTON. I gasped for breath, and yet the officers heard it not. I talked more quickly, more vehemently but the noise steadily increased. I arose and argued about trifles, in a high key and with violent gesticulations; but the noise steadily increased. Why WOULD they not be gone? I paced the floor to and fro with heavy strides, as if excited to fury by the observations of the men, but the noise steadily increased. O God! what COULD I do? I foamed — I raved — I swore! I swung the chair upon which I had been sitting, and grated it upon the boards, but the noise arose over all and continually increased. It grew louder — louder — louder!
Pero rápidamente me sentí empalidecer y quise que se fueran. Me dolía la cabeza, y creí escuchar un zumbido en los oídos, pero seguían sentados, y seguían charlando. El zumbido se hizo cada vez más claro; yo seguí hablando para poder librarme de esa sensación, pero se hacía cada vez más definitivo, hasta que, al final, me di cuenta de que el ruido no estaba dentro de mis oídos.
Sin dudas ahora estaba muy pálido, pero seguí hablando con más soltura y en voz más alta; aún así el sonido aumentaba, ¿qué podía hacer? Era un sonido apagado, presuroso, como el que hace un reloj envuelto en algodón. Me empecé a quedar sin aire y, sin embargo, los policías no lo percibían. Hablé más rápidamente, con más vehemencia, pero el sonido seguía creciendo, incesante. Me levanté y discutí sobre cualquier cosa, con voz chillona y gestos violentos, pero el sonido seguía creciendo, incesante. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de esos hombres me enojaran, pero el sonido seguía creciendo, incesante. ¡Dios! ¿Qué podía hacer? ¡Saqué espuma por la boca, deliré, maldije! Mecí la silla sobre la que había estado sentado, la restregué contra la madera del piso, pero el sonido se imponía sobre todo y seguía creciendo continuamente. Se hacía más alto… más alto, ¡más alto!

Edgar Allan Poe, The tell-tale heart, 1843

Sólo un mortal; vedlo allí. Sus ojos desencajados están fijos con una mirada estúpida en la sangre que tiñe sus manos, en balde, saliendo de su inmovilidad y embargado de un frenesí terrible, corre a lavárselas en las orillas del Jawkior; bajo las cristalinas ondas, las manchas desaparecen; mas apenas retira sus manos, la sangre, humeante y roja, vuelve a teñirlas. Y torna a las ondas, y torna a aparecer la mancha.

Gustavo Adolfo Bécquer, El caudillo de las manos rojas, 1858

Ayant remarqué que la clef du cabinet étoit tachée de sang, elle l’essuya deux ou trois fois; mais le sang ne s’en alloit point, elle eut beau la laver et même la frotter avec du grès, il y demeuroit toujours du sang, car la clef étoit Fée; il n’y avoit pas moyen de la nétoyer tout-à-fait: quand on ôtoit le sang d’un côté, il revenoit de l’autre. Habiendo visto que la llave del gabinete estaba manchada de sangre, ella la limpió dos o tres veces, pero la sangre no se iba; por mucho que la lavara y aún la frotara con arena, siempre la sangre quedaba, porque la llave era mágica, y no había manera de limpiarla del todo: cuando le sacaba la mancha de un lado, reaparecía en el otro.

Charles Perrault, La Barbe bleue, 1697

Will all great Neptune’s ocean wash this blood
Clean from my hand? No; this my hand will rather
The multitudinous seas incarnadine,
Making the green one red.
¿Podrá lavar la sangre de mis manos
el océano vasto de Neptuno?
No, antes bien teñirán de rojo el verde
y multitudinario mar.

William Shakespeare, Macbeth, 1623

Quis Tanais, aut quis Nilus, aut quis Persica
Violentus unda Tigris, aut Rhenus ferox,
Tagusve Ibera turbidus gaza fluens,
Abluere dextram poterit? Arctoum licet
Maeotis in me gelida transfundat mare,
Et tota Tethys per meas currat manus,
Haerebit altum facinus
¿Qué Tanais o qué Nilo o qué violento
Tigris con olas persas o qué Rin
feroz, o Tajo turbio, que de Iberia
se lleva las riquezas, mi derecha
podrá lavar? Aunque la helada Meotis
el Ártico me echara encima y toda
Tetís corriera por mis manos, mi
crimen me seguirá manchando.

Lucio Anneo Séneca, Hercules furens, 54 DC

Suscipit, o Gelli, quantum non ultima Tethys
nec genitor Nympharum abluit Oceanus
Lo que hace, Gelio, ni Tetís ni Océano,
el padre de las Ninfas, lavarían.

Cayo Valerio Catulo, Carmina, circa 60 AC

οἶμαι γὰρ οὔτ᾽ ἂν Ἴστρον οὔτε Φᾶσιν ἂν
νίψαι καθαρμῷ τήνδε τὴν στέγην
Ni el Istro, creo, ni tampoco el Fasis
podrán lavar lo impuro de esta casa.

Sófocles, Οἰδίπους Τύραννος, 429 AC

πόροι τε πάντες ἐκ μιᾶς ὁδοῦ
προβαίνοντες τὸν χερομυσῆ
φόνον καθαίροντες ἴθυσαν μάταν.
Aunque todos los ríos confluyeran
para lavar la sangre de la mano
manchada, aún así sería inútil.

Esquilo, Χοηφόροι, 458 AC