Seikilos

Soy una imagen de piedra; Seikilos me puso aquí.

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Undr (Jorge Luis Borges)

Hay una historia que se cuenta desde el inicio de la literatura: la historia de un hombre que necesita encontrar una verdad y deja su casa para buscarla. Durante muchos años este hombre recorre el mundo y va juntando partes de esa verdad, y cuando finalmente la completa, vuelve, ya anciano, para morir con ella. Esta historia en el canon occidental se inicia con la Odisea, y muchos autores la han reescrito desde diferentes lugares.
Kafka y HomeroStevenson, un hombre de viajes y un escritor de viajes, la cuenta varias veces. En una, que Borges tradujo impecablemente, un rey con dos hijos se encuentra con otro rey con una hija; los dos muchachos enamorados piden la mano de la doncella de la sonrisa pudorosa, pero el rey pide a cambio de su hija la piedra de toque: una piedra que muestra la verdad de las cosas. El hermano mayor sale al mundo a buscarla, mientras que su padre favorece al menor dándole la piedra de toque que guardaba en su casa: un espejo. Así se casa con la doncella, mientras el mayor encuentra muchas piedras de la verdad durante su viaje y no decide cuál pueda ser la buscada. Al cabo de muchos años, una que le dio un viejo le parece algo mejor que las otras, y cuando finalmente vuelve al hogar, encuentra a su hermano casado y con hijos. La piedra de toque que encontró le muestra la verdad: el hermano menor no era sino un hombre reducido por muchos miedos y la mujer sonreía "como suena un reloj y no sabía por qué".
Hay un cuento de Nathaniel Hawthorne que, de una manera muy diferente, también cuenta esta historia. En este cuento el protagonista, Wakefield, decide sorprender a su mujer y un día no vuelve a su casa y secretamente se muda a la vuelta. Esta broma, sin que pueda evitarlo Wakefield, se prolonga durante muchos años, en los que, al igual que al Ulises de Homero, su mujer lo da por muerto. Un día, ya viejo, vuelve, y el cuento termina en ese punto. Borges lo reseña y lo ve como uno de los precursores de Kafka, pero agrega: "si Kafka hubiera escrito esta historia, Wakefield no hubiera conseguido, jamás, volver a su casa". Kafka, de hecho, escribió también esta historia, pero como se trata de Kafka, la escribió de una manera también muy distinta, más kafkiana que lo que imaginó Borges. El texto es muy conocido: un campesino busca la Ley, y en la puerta que lleva a ella hay un guardia que no lo deja pasar. El guardia le advierte que él no es el único guardia, y se hace a un lado para que vea que hay otras puertas con otros guardias; en la tercera ya hay uno que el primer guardia mismo teme. El campesino se sienta a esperar, y un día, ya viejo, cuando está a punto de morir, el guardia le dice que la puerta estaba destinada sólo a él. En esta historia, todo parece invertido: el hombre sale a buscar la verdad, la ley, pero ante el primer obstáculo se detiene. Su vida no es la busca de la verdad en un viaje de aventuras, sino quedarse sentado ante la puerta que conduce a ella. Como Borges imaginaba, el hombre nunca vuelve a su hogar: muere sin obtener la verdad, paralizado y viejo.
Llego, entonces, a la historia contada por Borges. Está en el Libro de arena, un libro que quizás es su libro más kafkiano, donde está también El Congreso y el cuento que le da título, dos cuentos sin dudas tejidos con los hilos del escritor de Praga, pero tratados a la manera de Borges. El cuento que me interesa ahora se llama Undr, y trata de un poeta que busca una verdad en la forma de un poema que consta de una sola palabra. En el reino de Gunnlaug casi la escucha, pero lo atrapan y salva su vida con la ayuda de un poema y un colega poeta: desde ese momento recorre el mundo aventuroso, y encuentra palabras que no son la palabra que busca, y finalmente, ya viejo, vuelve al reino y aprende que no hay una sola palabra, que la palabra es forjada por cada artista según lo que ha aprendido en su vida. Este cuento se podría leer desde el de Stevenson o desde el de Kafka, porque son, en esencia, la misma historia.
Borges y StevensonVuelvo, por ejemplo, a la fábula de Stevenson. Un personaje del cuento de Borges se llama Gunnlaug y otro Orm; hay una saga islandesa famosa que lleva esos nombres por título, poesía escálica como la drápa que compone el personaje de Undr para salvar su vida. Esa saga tiene contactos con la fábula de Stevenson: Gunnlaugr Ormstunga y Hrafn Önundarson son dos poetas que pelean por el amor de Helga. Gunnlaugr se fue de su casa para conocer el mundo, encontró a Helga y prometió desposarla al cabo de sus aventuras, pero en su vagar tardó demasiado tiempo y Hrafn terminó casándose con ella. En el cuento de Borges no hay princesa, pero sí hay dos poetas, como en la saga. Como en el cuento de Stevenson, uno, el poeta local, conoce la palabra y se queda donde nació, y otro sale a buscar la palabra por el mundo y vuelve para que al final, ambos viejos, puedan mostrarse mutuamente lo que tienen. Ambos tienen su verdad, su piedra de toque: ambos la han construido a partir de sus propias vivencias, y cada uno puede ver al otro de manera diversa a través de esas verdades. En el cuento de Stevenson, el hermano menor le muestra su piedra de toque, el espejo, y el mayor se mira en él: "se asombró, porque era un anciano y era blanco el cabello de su cabeza". En el cuento de Borges, este reflejo lo ve el poeta vagabundo al ver al otro poeta después de tantos años: "tanto había envejecido su cara que no pude dejar de pensar que yo mismo era viejo". El aventurero de "La piedra de toque" encuentra muchas piedras parciales durante su vagar (incluso el espejo); el viaje termina una noche a la orilla del mar. Allí un hombre taciturno "sentado con una vela encendida, porque no tenía fuego" le permite pasar la noche, ofreciéndole "agua para beber, porque no tenía pan", y el héroe le muestra todas sus piedras, todo lo que ha encontrado en sus viajes; el hombre le da una última piedra. En Undr, este hombre está en el principio y en el final. El poeta-héroe entra a un reino a buscar la palabra, y es recibido con piedras. Un herrero de pocas palabras, Orm, le da albergue por una noche, allí lo capturan y lo salva otro poeta como él, que no le dice la palabra que busca. Así se inicia su larga aventura, que termina una madrugada a la orilla de un río; vuelve a buscar al poeta que lo ha salvado, entra por la noche a su casa, y hablan junto a la vela encendida. El héroe le cuenta todo lo que ha visto, tal como en el cuento de Stevenson el héroe muestra toda las piedras que ha encontrado; cuando termina, el otro le da su piedra de toque, le revela la palabra, y termina el cuento.
Ahora, vuelvo al de Kafka. Kafka también propone la busca de una verdad que, al igual que la piedra de toque y la palabra de Undr, al principio parece general y al final se revela personal. El hombre sale a buscarla y se encuentra con un primer obstáculo: un guardián ante la puerta de una sala, que lleva a otra puerta con otro guardián y otra sala, y asi. Kafka no dice cuántas salas sucesivas hay, pero el guardián se hace a un lado, como descorriendo un telón, para mostrar tres. El cuento de Borges se inicia de una forma convencional: Borges dice haber encontrado una historia de Adán de Bremen en un manuscrito publicado por Lappenberg. Así, Borges traduce un manuscrito de Adán de Bremen, quien cuenta que se encontró con Ulf Sigurdarson, quien le narra a su vez su aventura en busca de la palabra: tres salas consecutivas. Ulf comienza su busca y es inmediatamente apresado, y lo conducen a la Ley, es decir, al rey Gunnlaug. Para ello, atraviesan tres plazas consecutivas; en cada una se le señala un poste rematado por una figura distinta cada vez que es la palabra que él busca pero que no sabe pronunciar. A diferencia de Kafka, Borges le permite a su héroe entrar pese a la adversa recepción, pero lo hace fracasar, es un falso comienzo. Es como si Borges respondiera a esa advertencia del guardián de Kafka: "si tanto te atrae, intenta pasar pese a mi prohibición". El héroe pasa, pero aún no está preparado para la revelación, aún tiene mucho para vivir antes de encontrar lo que busca. En el cuento de Kafka, la vida se pìerde en una larga disquisición: como en el de Borges, el hombre cuenta todo, la verdad sólo puede ser indagada al final a partir de lo vivido. En palabras de Kafka, "cercana ya su muerte, reúne mentalmente todas las experiencias que ha recogido durante todo este tiempo" y formula su última pregunta: al igual que en Undr, la revelación llega de noche. Como es esperable, Kafka le niega el acceso a la verdad que busca revelándole otra, atroz: ésta es la puerta a tu verdad, y no podrás entrar jamás. Esto se lo comunica el guardián, acercándose al oído moribundo. La revelación de Undr también se da en esos términos: "está bien -dijo el otro y tuve que acercarme para oírlo-. Me has entendido".
Esta historia, esta figura literaria, es, naturalmente, la historia del hombre que busca su identidad, y que sólo la encuentra al cabo de su vida: allí, frente a la muerte, sabe quién es, porque quién es es la suma de lo que ha sido. Esta idea aparece en Borges muchas veces; por ejemplo, en 1943 la esboza barrocamente en el Poema Conjetural:

A esta ruinosa tarde me llevaba
el laberinto múltiple de pasos
que mis días tejieron desde un día
de la niñez. Al fin he descubierto
la recóndita clave de mis años,
la suerte de Francisco de Laprida,
la letra que faltaba, la perfecta
forma que supo Dios desde el principio.
En el espejo de esta noche alcanzo
mi insospechado rostro eterno. El círculo
se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.

Algunos años después la limpia en una nota al pie en El espejo de los enigmas:

Los pasos que da un hombre, desde el día de su nacimiento hasta el de su muerte, dibujan en el tiempo una inconcebible figura.

En el epílogo de El Hacedor se cierra la idea definitiva:

Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara.

Sobre el final de su vida, en Los Conjurados (1985), su último libro, Borges todavía la está repitiendo:

Ante la cal de una pared que nada
nos veda imaginar como infinita
un hombre se ha sentado y premedita
trazar con rigurosa pincelada
en la blanca pared el mundo entero:
puertas, balanzas, tártaros, jacintos,
ángeles, bibliotecas, laberintos,
anclas, Uxmal, el infinito, el cero.
Puebla de formas la pared. La suerte,
que de curiosos dones no es avara,
le permite dar fin a su porfía.
En el preciso instante de la muerte
descubre que esa vasta algarabía
de líneas es la imagen de su cara.

Cada escritor escribe la parábola de manera diversa. Stevenson piensa que la identidad se construye agotando las posibilidades del ser, viajando, conociendo cómo son los otros hombres: quien se queda en su casa, queda empobrecido. Kafka cree en la contemplación, en que el hombre debe buscar en su interior su sentido, y que la divinidad por siempre vedará al hombre conocer su verdadera cara. Borges, como los otros hicieron con sus historias, en Undr quiso simbolizar la vida como él la entiende: una busca de una expresión literaria que lo justifique, un poema que de alguna manera lo cifre en el momento de su muerte. En su poesía, harto más expuesto, habló de un tapiz, de una pintura, de un mapa, del dibujo de los pasos: sólo en Undr accedió a utilizar una de las formas de la literatura.

13 comentarios

  • Alejandro dice:

    Y acaso leemos y escribimos y soñamos intentando "hacer trampa", es decir, intentando ver el camino que no caminamos, la figura que no trazamos. El arte y algunas experiencias nos brindan ciertas conmociones que pueden tener que ver con eso. "La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético." Así culmina Borges el ensayo "La muralla y los libros". Este maravilloso párrafo me vino a la mente después de leer tu maravilloso ensayo. Saludos.

  • ericz dice:

    Hay otro concepto que también Borges muestra más de una vez y en el fondo es la misma idea pero pasada tal vez por el tamiz protestante.
    "Un hombre se confunde, gradualmente, con la forma de su destino; un hombre es, a la larga, sus circunstancias."

    Así expresado es más optimista (imposible ser más pesimista que Kafka), porque la verdadera cara del hombre se ha dibujado con la suma de sus actos, pero no ha gastado la vida buscando ese dibujo (o esa palabra) sino que ha optado por trabajar, por guerrear, por amar, por ser feliz quizás. En el final también la revelación lo ilumina.

    Leandro, gracias por escribir.

  • Héctor M dice:

    ¡Bien vistas las analogías! Y añadir que a priori la filosofía kafkiana, tal vez por su aura fatalista, parece la más profunda pero viendo su materialización yo prefiero de entre todas la de Borges que da la sensación de que de veras hay ahí una revelación.

    Hablo del cuento, claro, pero podríamos extender el juicio a las obras de ambas y es que con Kafka -y perdóneseme la digresión- tengo la sensación de que se le escapa siempre de entre las manos el final, que lo suyo son las ideas originales (esto no admite duda), pero a partír de ahí es… es… es complicado juzgarle.

    Como dije en cierta ocasión, podríamos decir que un texto poético envolviendo una belleza es como un vestido, tiene que haber lugar para la imaginación, no se puede violentamente mostrar todo, pero hay un momento en que si se cierra demasiado entonces la imaginación queda sustituida por la pura invención y así como una mujer vestida de monja sólo puede excitar a una inventiva mente morbosa, no sé si me gusta Kafka por su real valía o gracias a un morbo que me imagina completamente lo que hay debajo del texto. Alguna vez lo oí decir más castamente: No sé si Kafka es un genio o un fraude. Esto sobretodo en sus microrrelatos. Para mi es un caso único en la Literatura. Cuidado, insisto, en que la puesta en escena es siempre soberbia: un hombre convertido en cucaracha, un hombre procesado no se saber por qué pero aceptándolo, etc.

    Y ya que estamos otro micro kafkiano en donde sí hay viaje (o casi) y que ejemplifica lo difícil que es juzgarle. Se titula La Partida:

    Ordené sacar mi caballo del establo. El criado no me comprendió. Fui yo mismo al establo, ensillé el caballo y monté. A lo lejos oí el sonido de una trompeta, le pregunté lo que aquello significada. Él no sabía nada, no había oído nada. En el portón me detuvo para preguntarme:
    -¿Hacia dónde cabalga el señor?
    -No lo sé -respondí-. Sólo quiero irme de aquí, solamente irme de aquí. Partir siempre, salir de aquí, sólo así puedo alcanzar mi meta.
    -¿Conoce, pues, su meta? -preguntó él.
    -Sí -contesté yo-. Lo he dicho ya. Salir de aquí, ésa es mi meta.

  • Seikilos dice:

    Es difícil la discusión sobre Kafka; creo que algo de la frase de Borges que puso Alejandro se juega en esto. Me es difícil ver todo arte en términos de vestimenta: me hace pensar en la diferenciación entre fondo y forma. No todo arte admite esa diferenciación: creo que la música es un caso en que el fondo es la forma, el vestido es lo único que hay. El caso de Kafka, en mi humilde opinión, es similar: llevar al extremo esa "inminencia de la revelación" de la que hablaba Borges: hay ciertas cosas (no sé de un sustantivo mejor) que sólo pueden bordearse, nunca revelarse en realidad. La expresión cabal de esas sensaciones quizás sólo admitan ese ropaje atroz, que también está en las pesadillas. Borges, que parte de ideas intelectuales, sí reviste, sí adorna. El cuento Undr es un caso perfecto: él habrá pensado en la idea de la busca de un poema que constara de una sola palabra, y luego creó un aventurero-poeta-monje-héroe que lo buscara. Escribió largas descripciones de las cosas que fue Ulf Sigurdarson antes de encontrar su palabra, aunque fueran indiferentes para su fábula. Escribió el encuentro con Adán de Bremen, y describió cuidadosamente las circunstancias sensoriales de ese encuentro. Le dio ropa de saga nórdica, con sus herreros, sus reyes, sus odas y sus espadas. Metió todo eso en un manuscrito, lo perdió para que quedara fuera de la obra canónica de Adán de Bremen; lo recuperó, lo tradujo. Todo esto es pura literatura, no hay nada detrás, es ropaje, aliño, ornato, filigrana. El cuento, cabalmente, entra en un párrafo; claro es que la decoración es de primerísima calidad castellana, pero son cosas diferentes. El Proceso, El Castillo, estaban inacabados cuando murió Kafka, y creo que no fueron terminados por la naturaleza misma de esos libros. El Proceso no cabe en "un hombre fue acusado de algo y lo matan sin saber de qué", y la trama no es mucho más que eso. No cabe siquiera en un cuento que es la síntesis perfecta de esa novela, "Un golpe a la puerta del cortijo". No parece que Kafka haya dijo "voy a escribir cómo el hombre no tiene poder ni conocimiento en esta realidad", no dijo, como Sartre, "voy a llevar al lector a la náusea existencial", y procedió a escribir. Cualquier cuento de Kafka exuda su característico y original aroma, no importa si habla de un hombre que quiere visitar a un vecino, de la construcción de la muralla china o de un mensaje de un emperador a un súbdito, de un hombre que tiene dos pelotas rebotando a su lado y no puede librarse de ellas, de un ser fantástico que recorre secretamente una casa o de la enumeración de las características de once hijos. Por eso creo que no hay manera de separar la literatura de Kafka a ver qué hay debajo (aunque se haya intentando hasta el hartazgo), cuál es el núcleo de lo kafkiano: uno en general se queda con fantasmas inasibles, indignos de la impresión que deja la lectura, como bien vos decís.
    En fin, gracias a los tres por comentar.

  • Gustavo dice:

    Si mal no recuerdo, en "Los testamentos traicionados" Kundera resume parte del problema cuando sugiere que don Quijote regresa trescientos años después convertido en agrimensor (el personaje de "El castillo", de un tal Kafka que quizá conozcás). Es evidente que ese Quijote fue primero, entre otros, Odiseo, y así también lo escribiría Borges, como has dicho. Ese hombre que es uno, "el que siempre está solo". Es el mismo que leyó manuscritos en la antiguedad y que se contempla en el espejo milenios después.

    Del argumento de Hawthorne, que me parece genial, creo hallar eco también en historias más recientes, como las de Auster. En "Ciudad de cristal" y en "Fantasmas", a partir de un hecho o desición de rutina, los perosnajes dejan su mundo habitual y se ven de pronto inmersos en una especie de universo paralelo, del cual no pueden regresar. (Paréntesis: eso me ha sugerido una premisa para un cuento, que a lo mejor algún día escriba, aunque a veces las premisas sean lo único genial).

    Pero en fin, volviendo a Borges, otros relatos donde se habal de esa palabra única (el universo, que lo contiene, que lo crea) son "Parábola del palacio" y "El espejo y la daga", y otros más. Pero claro, especialmente en sus poemas es donde esta idea se repite. El arte es esa repetición: una búsqueda en círculos.

    Excelente artículo.

    Saludos

  • Seikilos dice:

    No sabía de ese texto de Kundera (no soy muy amigo de él, jeje). Concuerdo en que Borges tuvo unas pocas ideas y las ha repetido de diversas (y no tan diversas) maneras a lo largo de su literatura. Esta idea, que se confunde un poco con la del viaje iniciático y la del nostos, es parte ineludible de nuestra naturaleza.
    Gracias por pasar, y espero algún día leer ese cuento.

  • Jasón dice:

    Te felicito por el texto. No había leído "Ante la ley" de esa manera.
    Con respecto a lo que refiere Gustavo, me parece (siempre me pareció) curioso que Kafka no hace mención a nada literario en toda su obra salvo tres excepciones; dos de ellas son el Quijote y Odiseo, que no dejan de ser también sus personajes embarcados en viajes absurdos, Josef K. en viaje hacia una verdad que está antes que él mismo (como el destino en Kafka; nada más claro y que viene a cuento de tu texto que "El pueblo más cercano" o aquella consideración: "Hay un pájaro en busca de su jaula"), y K. en viaje absurdo a un reconocimiento que no está o que está negado antes de que él llegue a la aldea.

  • Seikilos dice:

    Es verdad que Kafka no tiene (casi) referencias hacia la literatura, por eso creo que Kafka es un hombre que mira hacia adentro, tiene una literatura que es casi autosuficiente, sin remisiones, algo que es muy raro en el siglo XX. Muchos textos de Kafka retoman el viaje al absurdo, empezando, claro está, por Amerika, que también termina con una alegoría de la muerte, aunque ha de ser el único texto importante de Kafka que tiene un final feliz. Ese texto que trajiste a cuento, "El pueblo más cercano", es otro excelente ejemplo: no puede pretenderse que la vida sea un viaje a la verdad porque la vida es demasiado corta, nunca alcanza, no se podría llegar ni siquiera al pueblo más cercano, es decir, no se podría pasar del primer guardián. "El mensaje imperial" es la imagen especular: la verdad nunca puede llegar al individuo (que está pasivo anhelándola) porque hay mil obstáculos desde la salida: es la verdad la que inicia el viaje inconcluso esta vez.
    Siempre es estimulante hablar de Kafka, muchas gracias por tu comentario.

  • chica dice:

    No sé si el tamiz de la intelectualidad estimulará ó adormecerá las sensaciones físicas que aparecen al leer determinadas obras. Y leerlos a ustedes me trajo el recuerdo cuando, en la adolescencia, nos preguntábamos si estudiar música no sería una amenaza para una supuesta creatividad vírgen, si estudiar cine no te iría a amputar esa sensiblidad espontánea de apreciar una película, etc. Hasta que uno descubre distintos modos de creatividad y de apreciación: uno llorará de emoción por la muerte del personaje, y el otro por un exquisito montaje (o por ambos). Y eso me pasa al leer (desde mi lugar de lectora-compulsiva e ignota de cualquier cosa): puedo deleitarme hasta la piel de gallina con la narrativa de un Puig aunque no me importen ni me interpelen sus personaje ni sus historias; puedo sentirme tan ahogada en El Proceso que ni me doy cuenta cómo está escrito y sólo quiero terminarlo para escapar de esa claustrofobia; y así con cada autor diferente. Pero en definitiva, siempre soy yo, sola, con la obra.

    Leyéndolos, veo en ustedes todo ese universo que me pierdo, ese disfrutar de otra cosa y discurrir en la literatura pero desde otra dimensión, y por la literatura en sí misma. Y eso es lo que me interpela de este blog: el "análisis" que ustedes hacen de las obras, es para mí una obra en sí misma.

    Y no sólo me dieron ganas de escribirles para contarles lo que disfruto al leerlos. Lo que despertó esta necesidad de comentar aquí, y la duda con la que arranqué este comentario es haber notado que en sus "análisis" ninguno ha hablado de su propia búsqueda de la verdad… ¿Acaso está amputada la posibilidad de manifestarla?. No encontré siquiera un adjetivo que me indique por cuál búsqueda, de las descritas, se sentían más identificados. ¿Por la que busca en el espejo, detrás de la puerta, contemplativa y hacia adentro?

    Pero me queda una sensación que, por lo pretenciosa, casi no me atrevo a afirmar… así que lo haré con una pregunta: ¿Ustedes, en estos "análisis", no se sienten en esa búsqueda pesonal? ¿No están buscando su verdad detrás de la superficie de Kafka, en las coincidencias encontradas entre él y Borges, en la comparación de las distintas obras?

    No pude leerlos de otra manera: como la expresión perfecta de esa búsqueda. Borges buscando el poema de una palabra, ustedes buscando en Borges… Yo, buscando en ustedes.

    Un placer

  • Seikilos dice:

    Bueno, hay muchas cosas para decir sobre tu texto, chica. En principio advierto que en general desconfío de las academias, especialmente respecto a las artes. No porque deliberadamente apunten a truncar una creatividad latente, sino porque se centran en ese otro polo que enunciaste: la apreciación, a través de la adoración estática del canon. En el caso de la academia literaria, esa adoración está en la forma de la lectura canónica, de la lectura de una obra no directamente, sino a través de otras lecturas, de lecturas de otros, canonizadas. Qué y cómo ya está decidido. En el caso de la academia de música, es a través de la ejecución (y en menor medida, el análisis pasivo de las técnicas de composición) de los compositores canonizados, que son inmodificables. El resultado sobre la producción de obras propias es indirecto: suele evidenciarse en una especie de parálisis admirativa ante la grandeza indiscutida de los que están en el bronce. Creo que los blogs son un antídoto perfecto ante esto: sin la presión de tener que comparecer con la defensa de los supuestos valores propios frente a una editorial o una discográfica, con la impunidad que da el anonimato y la poca pretensión del medio, mucha gente puede animarse y salir al ruedo con lo que tiene, y así otra gente puede encontrar producciones no canónicas. Quien tiene algo para decir ya no compite con Beethoven o con Borges, es un medio igualador, en cierto sentido. Y sobre esto engancho a tus otras preguntas, que están anunciadas en plural, y que naturalmente sólo puedo responder por mí. Esa idea del anonimato que da el blog en mi caso es un anonimato de índole un poco más personal, porque mi nombre y apellido están aquí, junto a mi imagen y mi localidad geográfica. Podría alegar entonces, por un lado, que mi anonimato es el pudor: decir explícitamente qué fibras ha tocado una obra, cómo uno ha navegado o naufragado emocionalmente en esos mares es (además de poco interesante para los otros) revelar algo más profundo que el nombre propio. Pero por otro lado esto es una ilusión, porque igual uno entrega mucho sólo mostrando lo que elige y lo que deja de lado, lo que subraya y lo que borra, lo que elogia y lo que desprecia. No es lo mismo leer, digamos, El Proceso desde el dilema moral de una acusación falsa e ignominiosa, desde la perspectiva de una lógica opresiva del sistema hacia el individuo, desde la idea de una autoridad inefable e inescrutable, o desde una muerte en la que el protagonista no ha podido descifrar quién es en verdad. Son lecturas distintas, que hablan mucho de quién lee: como en un test de Rorschach, las obras de los otros son de alguna manera manchas con formas sugerentes. Al hacer lecturas críticas, lo que hago, lo quiera o no, es poner en evidencia dónde toca el universo de un creador con mi universo, y creo que esto es lo que quisiste expresar en tu "sensación pretenciosa". Escribí muchas veces que lo que el autor cree decir no es lo que el lector lee, nunca. No hay manera de decir "el escritor quiso decir esto". No puedo afirmar que Borges pensó en Ante la ley o en La piedra de toque cuando escribió Undr; ni siquiera puedo saber si pensó conscientemente en esa idea que se repite por toda su obra, la idea del destino personal como la suma de la experiencia. Pero sé qué cosas me dispara a mí, en qué pienso yo (hoy) al leer Undr. No es casual que haya elegido esas tres buscas de verdad, la de Stevenson, la de Kafka y la de Borges, cuando podría haber elegido tantas otras. Creo responder tu pregunta, entonces, si te digo que me parece que todos, lo queramos o no, estamos buscando verdades en cada imagen de esta fantasmagoría. Escribir algunos pormenores de esa busca no hace la diferencia.

  • chica dice:

    Gracias, Seikilos. Clarísimo (y lindísimo) como siempre.

    Siempre pensé igual sobre La Academia, pero en este caso anárquico de blogs e impunidad, vos (ustedes) ante mí sos/son La Academia. Y en cierto modo quise transmitirte que, por ello, no dejaba de tener esa especie de aura de obra de arte algo que yo hubiera prejuzgado como "frío": un análisis, un estudio, un ensayo, una crítica.

    Fibras íntimas: comprendo perfectamente. Y creo que por lo mismo que decís del pudor uso siempre algún pseudónimo aunque más no sea para decir un chiste. Y ahora que lo pienso, siempre usé pseudónimos que me han puesto otras personas… hasta darme un pseudónimo propio me da pudor (!). Pero me hace sentir resguardada para cuando llegue el momento de decir algo.

    Lo que decís al final… es eso mismo lo que quise decir entre tanto texto sucio: que tus críticas, el modo en que las hacés, lo que seleccionás y lo que no, es lo que de este lado se siente como la búsqueda de tu verdad… y tu búsqueda, como obra de arte posada sobre cierta retórica académica.

    Tus pormenores no sólo serían interesantes (¿o hay que interesarse sólo por los pormenores de los de Bronce?) sino que además creo que sí están ahí… camuflados pero están. Porque ahora que lo pienso, tus emociones que navegan o naufragan, y todo eso que te guardás porque no sos tan impune aquí, nunca pueden estar separados de la búsqueda de tu verdad.

    ¡Odio que suene tan esquemático algo tan subjetivo (¿emotivo?) como lo que quiero expresar!… tu sabiduría (o sensibilidad) sabrá absolverme.

  • Seikilos dice:

    Bueno, gracias por tus palabras, aunque exageradas por la cortesía. Creo comprender lo que decís, pero aún así quisiera repetir una diferencia importante para mí: la academia es el lugar desde donde se dicta cómo y qué leer, mientras que los blogs quieren mostrar lecturas alternativas, no compulsivas, y ni siquiera cerradas, ya que dan pie a, bueno, conversaciones como éstas. No hay estructura jerárquica en este medio, no hay autoridades, es siempre mano a mano. Es una diferencia importante. Entiendo, sin embargo, que el lenguaje ciertamente es formal y duro, pero eso es un defecto para mí, de ninguna manera una virtud cultivada.

  • la nena dice:

    pzz la verdad no aiie loqq buescaba
    perro0 esta suabe

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