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Aira y Piglia (Tomás Abraham)

En general, los libros parecen esperarme pacientemente hasta que yo pueda encontrarlos. A veces, les lleva muchos siglos; a veces, como en el caso de "Fricciones", de Tomás Abraham, sólo unos pocos años: hasta que yo leyera cerca de una decena de libros de Piglia y otros tantos de Aira para poder hacerse visible y abrirse a mí. Pero ni siquiera el libro entero se abrió: sólo uno de sus tres ensayos, "Aira y Piglia". El título alude a dos referentes de una generación literaria argentina, y Abraham los pone a competir en un texto porque quiere ver a Aira ganador de esa disputa. Otros han tratado ya de enfrentarlos, desde las entrevistas, por ejemplo. Aira directamente no reconoce a Piglia como su par:

Piglia es diez años mayor que yo y pertenece a otra generación, otra atmósfera, otro mundo. Piglia es un escritor serio, un intelectual muy apreciado como profesor… en fin.

Piglia, no menos irónico, ve a Aira como un escritor de libros malos: dice que Aira publica a su nombre libros de poca calidad que otros escritores le mandan. Esta polaridad, que alguien habrá puesto en escena bastante antes de Abraham, habla en realidad de las peleas en el canon literario argentino, y de dos formas muy diferentes de entender la literatura. Dos formas que ambos dicen derivar de los mismos maestros: Borges, Arlt, Gombrowicz.
Aira y PigliaComo adelanté, Abraham prefiere a Aira. Rechaza sus novelas más festejadas, pero repite el lugar común de Aira como un niño que juega a la vez que escribe magistralmente, el único lugar donde puede colocarse un crítico respecto a Aira. Ensaya la miniteoría de las miniteorías de Aira, explora su posible trasfondo filosófico con unas pocas páginas de Deleuze, enumera sus "técnicas" recurrentes, y pese al tiempo y el esfuerzo que le toma hacer todo esto, nada logra convencer a este lector, ya devoto de Aira, claro, de que Aira no es más que lo que se lee a simple lectura. Consciente de que lo poco que puede hacer no alcanza para declarar ganador a Aira, Abraham dedica otro tanto de esfuerzo para disminuir la figura de Piglia. Lo escribe como un hombre sin vida, un pícaro que se aprovechó de un momento político sensible de la Argentina, un empleado de la literatura, un mitómano, un estafador, un snob, un idiota. Dice que las cosas que Piglia escribió en los años ochenta ya habían sido escritas y mejor en los años sesenta; hace de su mejor novela, "Respiración Artificial" (irritante, "tramposa y oportunista"), una mala copia de Sabato, a quien Abraham simula admirar, para hacer de Piglia un heredero de un padre que ningún escritor querría tener hoy día. Habla de un proceso judicial casi secreto porque todavía Nielsen no había ganado otro mucho más bochornoso para Piglia: Abraham abre una foja que encontró casualmente en su dentista para encontrar que una mujer que Piglia había mencionado en una página de una novela le hace juicio por difamación. Lo muestra a Piglia desesperado, pretendiendo enseñarle a un juez cómo funciona la literatura. No dice que el juicio lo ganó Piglia por esas razones literarias, por supuesto, pero se regodea en una ficción o una anécdota en la que el afrentado escritor, por intermedio de una amiga en común, le pide a Aira su consejo, y Aira lo humilla con una broma digna de un libro de Aira, antes de salir corriendo al gimnasio.
Ahora, de literatura, Abraham prácticamente no habla. Desliza alguna línea a través de las palabras de Aira: ya está todo escrito, la literatura nueva sólo puede relajarse y ser escrita de cualquier modo, ya tanto da; si es divertida, mejor. Es natural que se trata de un punto de vista para leer a Aira y no a Piglia. La seriedad de Piglia le parece una estrategia calculada para la tribuna literaria; la desatenta bibliografía de Aira, pura honestidad intelectual. En esta línea da a entender que Aira funciona como una especie de vanguardia que refresca la literatura nacional. Gonzalo Garcés había dicho en una entrevista que el canon de un momento dado muestra en su centro a los escritores que representan de manera más obvia los lugares comunes de esa época, y que un canon así "calumnia" a un Piglia. Creo que no es necesario agregar que, para Garcés, el canon de esta época, como en los sesenta por Cortázar, hoy está liderado por Aira. Por eso retomo lo que dije al principio: lo que le interesa a Abraham es esta pugna, y mostrar a su campeón.
Queda escribir lo evidente. Dos escritores como Piglia y Aira no son agonizables, como, pese al esfuerzo de los críticos, Borges y Cortázar no lo son. No todavía, no a esta distancia. Son escritores muy distintos, como Abraham da cuenta: si Aira entrega asiduamente sus novelas, Piglia escribe y corrige, y se toma su tiempo para publicar. Aira está en contra de la corrección, porque la corrección apunta a generar un libro "que el lector ya conozca", dice Aira, y "una gota del elemento «lector» puede echarlo todo a perder". El elemento «lector», como ayer en su admirado Joyce, como hoy en Umberto Eco, es el que abunda en Piglia: Piglia escribe para un lector determinado, uno que esté dispuesto a leer como lee él. Aira, por otro lado, publica despreocupado de que sus libros encuentren a un lector que lea como escribe él. Pero también es claro que dos escritores como Piglia y Aira no son mutuamente excluyentes; ambos han encontrado, sin ir más lejos, a este lector agradecido.

6 comentarios

  • ericz dice:

    El ego, el canon, la historia, las ganas de sobrevivir. Son divertidas esas guerras.

    ¿Piglia escribió algo más después de Plata Quemada? Pense que el bochorno lo había apagado.

  • Seikilos dice:

    Piglia publicó crítica ("El último lector", "Diccionario de la novela de Macedonio Fernández", "Formas breves"), pero poco de ficción, al menos ficción pura, porque Formas Breves es medio una mezcla. No se hizo mucho cargo de lo de Plata Quemada; recibió otros juicios que ganó (por difundir hechos que ya eran públicos), pero creo que lo del concurso dañó más al sistema editorial que a él. Las pocas cosas que dijo sobre el tema en su momento me dieron vergüenza ajena, pero la literatura sigue: está por salir una novela relacionada con las Malvinas, Blanco Nocturno, creo en Septiembre.

  • Alejandro dice:

    Hace poco terminé de leer "Respiración Artificial". Uno se siente incómodo al querer juzgar el libro. Se pregunta: ¿Es lícito juzgar una novela por sus "ideas"? Claro que esto Piglia lo sabe. Escribe una no-novela. Una novela utópica, en el sentido de una novela que no tiene lugar, no se produce. Ahora veo mejor porque Piglia nombra tanto a Macedonio y su "Museo de la novela eterna". En R.A también asistimos a un mero intento de narrar. En este caso, se termina teorizando sobre la novela a escribir. R.A. puede definirse como crítica literaria “situada”. Situada en un mundo ficcional, claro. Como un libro de crítica literaria que no esconde su contexto; de hecho, inventa un contexto (que oculta otro contexto, claro, el que suponemos real).
    Quizá Piglia quiere que se diga de él, como de Borges, que sus novelas deben ser leídas como ensayos y sus ensayos como novelas (en Borges los cuentos reemplazan a las novelas, se entiende).
    De Aira sólo leí "Como me hice monja". Me pareció entretendio, algo delirante, nada más. El problema, por decirlo así, es que tiene muchas obras. Quizá ese es también su escudo. Uno siempre puede pensar que no leyó lo mejor. Me huele a estafa, pero tampoco mi apreciación es muy seria que digamos y repite prolijamente lugares comunes que circulan por ahí. Entre tantos autores y novelas, se hace penosamente necesario no sólo el cannon que te dice a quien leer y a quien no, sino que obras hay que leer de cada uno. Se hace necesario, quiero decir, para empezar, para tener una guía.
    Lo de Abraham (por lo que vos decís y por parte del texto que pude leer por Internet) es mediocre. No sólo, como bien haces notar, no habla de literatura sino de la imagen pública de los escritores, lo que en todo caso es un punto de partida que elige tomar y podría justificarse. Pero también escribe puros dislates, como cuando cita un párrado de R.A. en el que Piglia (el narrador, aunque para Abraham es lo mismo) cuenta que, siendo joven, quería acumular experiencias y ser un escritor canchero. Escribe el filósofo: “Sin embargo, los porteños sentimos que estas definiciones no dan en el blanco, falta el cuerpo, el cuerpo del canchero. El ser canchero es un atributo ontológico. Se es o no se es, pero difícilmente se lo consiga, ni en París. ¿Cuál es el modo de aparición del escritor canchero?” Constatación que no viene al caso, aunque le concedamos validez y coherencia interna, e ignora la naturaleza irónica de ese fragmento del texto de Piglia.
    En fin, me excedí un poco y no fui el mejor ejemplo de coherencia y oportunismo. Gracias por el estoicismo, saludos!

  • Seikilos dice:

    Como dije en algún otro comentario aquí, Respiración Artificial, igual a vos, a mí me parece que es un libro sobre literatura. Como en Ciudad Ausente, el modelo de Piglia es Joyce, en este caso, el Ulysses. Hay en ese libro una escena donde Stephen desgrana frente a un amigo una teoría extravagante sobre Hamlet, extravagante a priori, pero con una justificación interesante; creo que Piglia quiso de alguna manera reproducir ese episodio, con Renzi y la teoría sobre Borges y Arlt. No entendí muy bien, de todas maneras, si te gustó.
    Respecto a Aira, es un poco inasible. Hay quien piensa que es el único digno sucesor de Borges, hay quien piensa que es el gran escritor que maneja o debería manejar el rebaño de la literatura actual argentina. Si bien esas lecturas pueden ser muy estimulantes desde la teoría (y alarmantes en la práctica), Aira no ha justificado un lugar así, no todavía. Es indiscutible, igual que el caso de Piglia, que sabe escribir muy bien: esto salva, en ambos casos, los libros débiles. El fondo, pese a los esfuerzos de los críticos, en Aira está vacío: es la práctica de la escritura automática, pero ejercida con buen oficio y buena imaginación (los escritores que lo siguen carecen de una o de ambas virtudes). Pero uno no deja de sucumbir al encanto y a la risa, algo que no es frecuente en el ámbito literario, y vuelve a comprar un nuevo libro de Aira. La sensación de estafa es obligada si uno se lo toma demasiado en serio.
    El libro de Abraham, cuando se trata de Piglia, bordea una serie de argumentos ad hominem; cuando se trata de Aira, lo idealiza. Es interesante que, cuando abre el ensayo, dice:

    …cuando aparece un nombre en un escrito polémico, o en una batalla intelectual, se supone que deben existir motivos personales que explican esa intromisión en el escenario de buenas costumbres literarias.

    y que de Piglia y Aira

    No me interesan ni sus éxitos ni sus fracasos. Ni sus generosidades ni sus mezquindades.

    Luego repite rítmicamente por todo el ensayo que él no conoce ni a Aira ni a Piglia personalmente, que prácticamente nunca habló con ninguno de los dos. Pero es difícil creer que Abraham no tiene "motivos personales" en su cruzada contra Piglia, y que no le interesan sus fracasos y sus mezquindades, porque es de lo único que habla en su ensayo. Y cuando uno repite una advertencia de ese tenor, se vuelve inmediatamente sospechoso.

  • Alejandro dice:

    Me gustó Respiración Artificial. Me gusta la literatura y la teoría literaria, y en general – sacando a Joyce y algún otro – estoy familiarizado con el canon que maneja Piglia. También me gusta el Piglia crítico, por lo que hubiera sido dificil para mí no disfrutar la novela.
    Lo que quise decir es que a veces uno siente que la novela esta "de más", que sobra ese contexto ficcional. Después uno se da cuenta de que no. La ficción sirve para inventar hechos, que sirven para que los personajes inventen hipótesis algo disparatadas, y la crítica – como forma de autobiorafía, según la ve Piglia – para crear a los personajes, para que entendamos a los personajes que hacen la novela, que son la novela. Personajes y discurso se hacen el uno al otro, y hacen la trama, que es discursiva. Aquí el escritor no es su experiencia, es lo que leyó. En todo caso, es su experiencia de lectura. Lo mismo pasa con los personajes de R.A, que en acto o en potencia son escritores.
    En el párrafo sobre el escritor "canchero" que tiene que acumular experiencias, citado por Abraham y al que me referí antes, creo leer una suerte de disculpa irónica del narrador por sus procedimientos novelísticos (o por usar procedimientos no novelísticos en su novela). Creo que hay que tener, en efecto, muchos "motivos personales" contra Piglia para ignorar por completo esta lectura. Abraham lee con el gesto audusto del rencoroso.
    En cuanto a la “otra” lectura de R.A., que la postula – si no me equivoco – como una denuncia velada al proceso militar, una especie de versión más sofisticada de "Alicia en el pais…" de Seru Giran, la verdad es que me declaro incompetente.

  • Seikilos dice:

    Sí, creo que estamos completamente de acuerdo.

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