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Caín (José Saramago)

Varios autores han reescrito la historia de Caín y Abel de una manera u otra: Byron, Steinbeck, Unamuno, Borges, incluso Alá dejó su versión en el Corán. Algunos han trasladado la fábula a otros contextos; otros la han simplemente recontado. Saramago va más allá, y ha inventado otra historia con un puñado de personajes y hechos comunes. “Caín”, más que una reversión bíblica, es lo que hoy la gente llama precuela, o en castellano, un antecedente de aquel “Evangelio según Jesucristo”, donde Dios era un ser egoísta, caprichoso y perverso, que, junto con el Diablo, utilizaba a un reticente Jesús como herramienta del imperialismo celestial, con consecuencias funestas para los hombres. En Caín está el mismo Dios, que esta vez hizo aparecer un poco irresponsablemente a Adán y a Eva, para luego castigarlos por las faltas de su creador. Este “pecado original” de Dios es repetido luego con Caín y en otros episodios de los primeros libros de la Biblia: siempre es Dios quien actúa sin escrúpulos en perjuicio de sus creaciones. Caín se convierte en una especie de viajero del tiempo, interviniendo en las grandes historias y haciendo juicios de valor sobre Dios, discutiendo con Él o con los ángeles lo inmoral de Sus acciones. Saramago presenta a Caín como el antagonista de Dios: sin decirlo, de alguna forma es Samael, el dual: el ángel que disfrutaba de los placeres de Lilith, el que impidió el sacrificio de Abraham, uno de los detectives que Dios contrata para saber qué está pasando en Sodoma. El que es capaz de acciones buenas y malas, el seductor, el que en el final se convierte en un terrorista que puede desafiar el más grande terrorista, Dios.
Quien disfrute la prosa y las ideas de Saramago seguramente disfrutará este libro, divertido como los mejores del portugués. La traducción de Pilar, su mujer, es impecable. A Saramago se le ve, sin embargo, un poco la hilacha. El libro puede ser tomado desde dos lugares: desde la literatura o desde la provocación. Como obra estrictamente literaria, las circunstancias de Caín son un poco forzadas, y su final deja al lector queriendo saber qué pasó después, ahora que la cosa se puso interesante. El libro es uno al principio, y otro al final: el del final es harto más estimulante. Su originalidad y sus intenciones vindicativas, sin embargo, son opacadas de alguna manera por El evangelio, pese a ser más jugado a medida que la historia avanza. Es que en el otro punto de vista, mirado como un panfleto, era de prever que el libro escandalizaría a los cristianos (y de paso a los judíos). También que iba a deleitar a los ateos con ese acto algo demagógico de darles la razón con estilo. La contratapa reza (sic) “¿qué diablo de Dios es éste que para enaltecer a Abel desprecia a Caín?”, y es un muy buen resumen del libro, que Saramago entiende como una lectura literal de la Biblia, sin exégesis simbólicas. Las facciones reaccionarias naturalmente no aceptarán esta quita; las otras siempre la han abrazado, de manera que no presenta ninguna novedad. Neutralizado este componente de efectismo, queda el libro, y el libro, con su ironía y su sentido del humor, no está mal.
Postdata del 18 de Junio: Murió José Saramago.