Blanco y negro
Escribir una pieza para piano es un poco como componer una fotografía en blanco y negro. Las estridencias se atenúan, y uno se limita a trabajar con unos pocos elementos: un sólo registro, un sólo timbre. Hay un aire más íntimo, más cercano, en ese tipo de fotografía, en ese tipo de composiciones.
En una composición así uno debe ser cuidadoso porque todo queda expuesto, y quien escucha o mira siempre presta más atención.
Cuando uno ha terminado el trabajo, lo que tiene frente a sí es como una fotografía en blanco y negro de la música: el papel claro y las notas oscuras, en gran contraste. Uno puede tomar el pentagrama e interpretarlo como una fotografía: las notas arracimadas o dispersas sugieren lecturas pictóricas, las neumas redondeadas se oponen en su forma a las largas líneas horizontales, que se cruzan con las plicas aquí y allá, con una irregularidad misteriosa y persistente.
La música en ejecución también parece una fotografía en blanco y negro: cada tecla del piano, blanca o negra, es como una luz que un dedo libera o esconde, una nota que ilumina u oscurece una zona determinada de la figura completa. Quien ejecuta una pieza en el piano está jugando un ajedrez de piezas blancas y negras, dispuestas alternadamente, que se mueven para formar diseños siempre distintos, un juego de ataques y defensas, tensiones y distensiones.
Y sin embargo, componer hoy una pieza para piano es como tomar hoy una fotografía en blanco y negro: es un ejercicio algo anacrónico, no sin pretensiones, que quiere recuperar y confundirse con lo sublime de otras obras de antaño. Como los fantasmas, son remisiones monocromas, delgadas y sin sustancia, a cuerpos que en otro tiempo estaban vivos y vibraban.
Por eso cuando compuse esta pieza, que llamé Viaje desde Nápoles, sentí la ilusión esencial que da el componer así: aún en blanco y negro, aún con el solo piano, uno debe estar siempre alerta a la irrupción de colores saturados, timbres digitales y ritmos mecánicos, que antes no aturdían y hoy están empujando para pasar. Y al espectador no se le escapará esta lucha: reconstruirá las tonalidades implícitas, detectará los colores pintados con grises, continuará en su imaginación las notas desvanecidas para poner en evidencia finalmente el engaño.
Con un texto tan brillante como prólogo corres el peligro de errar en lo mismo en que yerran los artistas modernos, a saber: en crear un envoltorio para la obra más brillante que su contenido.
Pero bueno, después de escuchar el audio, puedo asegurar que finalmente has esquivado esa posibilidad.
Y por cierto, bien visto también lo de rellenar la partitura, ¿a ti no te pasa -aunque a otro nivel, porque con ellas las fuerzas- con las canciones pop? Es más, pienso que si las escucho con mayor frecuencia es precisamente porque las relleno.
En mi caso el relleno de las canciones pop suele ser de índole emocional. ¿Qué sucedía a mi alrededor cuando sonaba la canción X? Es muy difícil a esta altura que una canción pop de pasados mis veinticinco años me diga algo, a menos que tenga una cierta sofisticación como, digamos, las de Radiohead. Las canciones anteriores tienen esa carga, sin embargo, para mí: momentos especiales que sobredeterminan el significado y las notas; me pasa también con algunos libros que hoy considero menores. Es que el pop tiene un encanto cultural que se impregna mucho más que la música culta. Hay algo del presente fugaz que se juega en esos juegos, algo que queda pegoteado a una estación en especial de nuestras vidas. Y uno sin saberlo rellena, a mí me pasa con eso. Por otro lado está el otro encanto, el encanto del intérprete que, como decía Bartók, en la música popular lo es casi todo y en la culta, casi nada. Es algo que no está en la partitura y que hace fracasar los covers con tanta facilidad, a diferencia de las incontables interpretaciones de jazz y de música culta europea: la interpretación es la sustancia mayor del pop, y no las cadencias que siempre son pocas y las mismas.
Con todo, claro que se rellena, se fuerza la partitura: se ha hecho hasta el cansancio, sin ir más lejos, con los Beatles, en ámbitos académicos y en considerables libros. Creo que es una forma de justificar las otras razones que no todos están dispuestos a admitir: ¿por qué me gustan los Beatles si yo soy devoto de Messiaen? (risas)
Bueno, dicho todo esto, la canción que puse aquí es para mi fuero interno una canción pop, excepto que no tiene encanto porque no tiene intérprete: toca el piano un reloj que hoy se llama computadora u ordenador, con idéntico tempo, con idéntica fuerza cada tecla
Pensaba algo similar a lo que señalaba Héctor, pero creo que has salvado el tema (la prosa y la canción) porque esa "explicación" no es pretenciosa. En lo absoluto. En el arte conceptual, te ponen una caja de cartón y la explicación del curador es que representa el universo y elabora una disquisición filosófica a su alrrededor. Creo que lo que nos exponés es solo una manera bastante íntima (nada pretenciosa, insisto) de compartir una pieza musical igulamente íntima, que debo decir que me ha gustado mucho.
Saludos
Sí, detesto esas explicaciones del arte contemporáneo. Me alegro que la canción les haya gustado a los dos.
Jeje, a mi también me gustan los Beatles y Messiaen, y Bartók. Como sabemos, la música va más allá de los géneros. Encuentro muy interesante lo que apuntas sobre esa pulsión que hay en el intérprete de música popular. Creo que por eso sigo escuchando música popular precisamente, porque en los intérpretes hay algo que no se encuentra en la música docta, o muy rara vez se encuentra, aunque hay casos citables, las nocturas de Chopin interpretadas por Claudio Arrau son algo más que las nocturnas de Chopin.
El interprete de música popular alberga algo (si las composiciones son suyas especialmente), ese “presente fugaz” que citas y que yo lo suelo llarlo "el momento", tienen el momento, que nos toca de lleno en el alma; algo que guarda, creo, una relación directa con nuestro interior más profundo y más sensible. 'Nos toca la fibra"; la música docta tiene otras formas de acercarse a nosotros y otras virtudes, no se si mejores o peores, en muchos aspectos mejores y en otros peores imagino, pero la música popular, artistas en el pop como radiohead, en la canción popular francesa como Bárbara (Monique Serf), en Brasil Elis Regina o en Cuba la voz de Omara portuondo por citar unos cuantos ejemplos solamente, consigue llegarnos de una manera tan "pura", trasladar de una forma tan directa el concepto de "la herida", el "pellizco" que lo llaman los flamencos, una comunicación pura y en abstracto de la pasión, de la voluntad misma de vivir quizá, en toda su expresión, que nos conmueve desgarradamente, por eso sigo buscando en la música popular, la hubiera abandonado hace tiempo de no ser así.
Me ha gustado el texto de esta entrada y he disfrutado leyandolo.
Yo también detesto esas explicaciones académicas y pesadas del arte contemporáneo; estaría bien que muchos entendieran que el arte sólo se trata de sentir. Sin sentir no hay nada que hacer. Así pasan por el aro, en museos de arte contemporáneo de todo el mundo, infinidad de obras que yo personalmente puedo considerarlas muchas cosas, pero no obras de arte.
Por cierto, descargué tu pieza y me ha gustado.
Saludos
Sí, completamente de acuerdo con tus impresiones sobre la música de intérprete. Hay algo de eso que se pierde en la ejecución formal, y que está rescatado a medias en músicas semicultas como el tango.
Gracias por pasar, una vez más.