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Piazzolla, el mal entendido (Diego Fischerman / Abel Gilbert)

En una nueva biografía de Piazzolla, Diego Fischerman y Abel Gilbert tratan de entender mejor a Piazzolla, de entender ese mal que fue Piazzolla para muchos, de poner en escena las cosas que Piazzolla entendió mal. El resultado es mixto, de manera que me desdoblo para hablar del libro.
Por un lado, me gustó el libro. Piazzolla, como todos, fue un hombre inventado, y la imagen que tenemos de él se debe en gran medida a la proyección de Piazzolla, a la creación de su propio mito, y también a los fantasmas de aquellos que quedaron desplazados y que exageraron su agonía. Ese mito podría ser esquematizado así: Piazzolla tocaba en orquestas de música simple y popular, y pronto su talento hizo que se fuera a buscar metas más altas. En Francia estudió dedicadamente con la maestra de los compositores más grandes de la música culta, y volvió a Buenos Aires para hacer una revolución, que fue resistida por los conservadores y vituperada por el público. Finalmente el tiempo le dio la razón, y lo canonizó entre los grandes de la música culta del siglo XX. El libro hace un gran trabajo de puesta en contexto: el tango con el que empezó Piazzolla no era “música simple”, Nadia Boulanger estaba en decadencia y su tutoría con Piazzolla fue más que breve, la resistencia a Piazzolla fue exagerada, tenía un cierto público cautivo, la admiración de la mayoría de los tangueros, y su canonización no fue sino una inclusión de lo “étnico culto” que tanto gustó a finales globalizados del siglo, pero de ninguna manera una igualación a los grandes compositores. “Piazzolla, el mal entendido” lo pone en su lugar, trata de desbaratar las construcciones (que fueron mayormente divulgadas por el mismo músico), y rescatar el valor y la audacia de las creaciones musicales por sí mismas. Es importante que exista un libro así, fuera de la postración o la destrucción esperables de biografías de personas discutibles. Hay mucha información histórica, tanto en términos de vanguardias musicales como de política. El último capítulo, el de la evaluación final, es quizás el mejor, donde se ahonda en los conceptos de música culta, música popular, interpretación, versión y obra escrita.
Ahora paso a ser el otro, el que escribe la crítica adversa. El énfasis está puesto sobre la música, desde un punto de vista técnico: hay largos párrafos describiendo detalles de implementación en una lengua inaccesible para el que no sabe música. Alguien pensará que está bien que un libro sobre un músico se centre en su música, pero esto desplaza al Piazzolla humano, lo convierte en una máquina de escribir partituras y, en sus tiempos libres, de propagar su figura mitológica. El libro quiere ser, a fin de cuentas, una biografía, y los “detalles” de las parejas de Piazzolla, sus hijos, sus mudanzas, sus angustias, adquieren apenas una mención pasajera cuando el hecho tiene algún interés musical directo. No se puede disociar al ser humano y sus circunstancias del creador, como si fueran cosas distintas. Un ejemplo: en el capítulo que refiere la creación de “Adiós Nonino”, escrito ante la muerte del padre, se menciona con sorna que Piazzolla o sus allegados difundieron el mito de que, ante el dolor de la muerte paterna, el compositor se encerró en una habitación pidiendo que no lo molestaran y escribió de un tirón la que fue su pieza más famosa. Luego descarta la anécdota porque todo eso fue inventado, y pasa rápidamente a una detallada disección del tema en tecnicismos. Con esta operación convierte a Piazzolla en un intelectual y un estratega, escribiendo notas calculadas sobre el pentagrama para hacer llorar (esto lo dice explícitamente más adelante); mitos a un lado, Piazzolla tenía una gran intuición, era un músico apasionado y emocional, y poco de esto está reflejado en el retrato que deja el libro. A los autores parece interesarles más las diferencias de las canciones entre un tema grabado en un disco u otro, o las minucias de los contratos de grabación o de las giras.
Otro problema que tiene “Piazzolla, el mal entendido” es su redacción. Fischerman/Gilbert se deleitan en una velada burla a la rebuscada lírica de Horacio Ferrer, pero escriben cosas como

…géneros que todavía eran analizados por instrumentos téoricos anteriores -como si un veterinario intentara asistir el parto de un mamífero con equipamiento obstetricio diseñado para dinosaurios-.

O estas líneas, que abren un capítulo:

La entomología tanguera orillaba el cuerpo del discurso. Esa inclinación era suficiente para verificar el estado de pureza.

Semejante prosa resulta un obstáculo para un libro que está ya obstaculizado por el exceso de datos circunstanciales inútiles y la ambición de querer atiborrar cada oración con toda referencia posible. No hay respiración en esas apretadas líneas.
Dichas ambas apreciaciones, creo que vale la pena leer el libro. El tiempo dirá cuál de las dos lecturas habrá prevalecido.