Seikilos Sitio

Más relatos de Peter Greenaway

Agrego tres relatos cortos más, de otros films de Greenaway.

El perro del fotógrafo

Entre otros materiales, un naturalista le sacó una foto a un perro muerto en una playa. El cadáver llevaba ya una semana y estaba cubierto de moscas. El naturalista volvió a su casa, sacó el rollo de su cámara y lo envió a un reputado laboratorio. La película fue revelada, impresa y devuelta por correo postal al naturalista, quien abrió el pequeño paquete en su estudio. Comparando las impresiones con los negativos, el naturalista sostuvo en un momento una de las fotos con los dientes. Era el negativo del perro muerto en la playa. Esa noche el naturalista murió de una infección.
Su cuerpo, cubierto de moscas, fue encontrado por la policía una semana después y fotografiado.

El sírfido veloz

Un entomólogo entusiasta untó una esponja con una mezcla de malta y miel como carnada, la  puso en un palo largo, y la sostuvo fuera de la ventanilla de un tren rápido. El entomólogo esperaba probar, conociendo la velocidad del tren, que cierta especie de sírfido, al perseguir la carnada, podría mantener una velocidad de setenta y dos kilómetros por hora por una distancia de cinco kilómetros. Tuvo un éxito moderado y publicó sus hallazgos.
La mayor parte de los colegas del entomólogo disputaron su pretensión y quisieron hacer la prueba. Equipados con carnadas y horarios ferroviarios, se embarcaron ellos mismos en viajes de trenes rápidos para recoger más evidencia. Pronto se vieron harapos empapados en jarabe, tiras de malla cubiertas con chocolate, trozos de mazapán embebido de coñac y flores de imitación bañadas de melaza tirados a lo largo de las vías del tren, por no mencionar los bastones, mangos de paraguas, astas pegajosas y cañas de pescar. Muchos de estos aparatos habían sido quebrados por pegar con un poste de teléfono o con el tren que venía en sentido contrario. Un zoólogo fue decapitado en la entrada de un túnel. La carnada tentadora ofrecida en tal abundancia impulsó, por selección natural, la aparición de una especie de sírfido que podía libar glucosa a una velocidad crucero de ochenta y ocho kilómetros por hora por una distancia de catorce kilómetros, y que recordaba que pasaban más trenes los sábados.

Juegos de cartas por el espejo

Un hombre jugaba juegos de cartas que implicaran exclusivamente las cartas negras: el rey, la reina y la sota. Pero jugaba en secreto, por si su impresionable mujer alguna vez se hiciera adicta a su hábito. Sin embargo, ella observaba sus actividades una y otra vez con un sistema de espejos que unía reflejo con reflejo, desde la cocina al living, a través del baño y el salón y la sala de espera. Cada espejo duplicaba el reflejo anterior, invirtiéndolo.
Cuando empezó a experimentar jugando ella también, al principio no estaba segura acerca de qué era real y qué era un reflejo, pero gradualmente se hizo adepta a un juego de zurdos que su marido pudo haber conocido como “El triunfo del Diablo”, pero que ella bautizó “Los ángeles de Dios”. Nunca perdió. Le enseñó a jugar a su hija, y después a su hermana. Luego creó una versión para jugar con un compañero, y después con dos parejas, de a cuatro. Les mostró el juego a sus vecinos. Ganó mucho dinero.
Al darse cuenta que su buena fortuna había venido a través de una imagen reflejada, invirtió una buena parte del dinero que había ganado en más superficies reflectoras, esperando descubrir nuevas cosas que le fueran útiles. Compró y colgó muchos más espejos en la casa matrimonial, reflejando los dormitorios, los cuchitriles, las habitaciones de la servidumbre, el living y el salón. Pero, esta vez, a través de los reflejos, descubrió otro de los secretos adictivos de su marido: el adulterio con la sirvienta disléxica Georgina. Sin embargo, la cadena repetida de imágenes invertidas seguía siendo confusa para ella. No podía clarificar quién seducía a quién, y en qué sentido, y en qué orden.
Al final decidió que prefería no sentirse agraviada. Se había enriquecido mucho gracias a su marido, y podía conseguirse cualquier amante que quisiera: el rey, la reina o la sota.