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Batea Mahuida

Continuando con la serie de fotos de este viaje al sur de Argentina, las siguientes corresponden a Villa Pehuenia. De alguna manera, no son otra cosa que insinuaciones, dibujos esquemáticos y rápidos que un dispositivo óptico copia de una fracción de la realidad, pero la realidad excede a la fotografía. Recuerdo los viajes por Europa, la sensación muy fuerte de la historia, la idea de que todo suelo que yo pisara había sido ya pisado antes por muchedumbres de griegos, de latinos, de germanos, de otomanos, de árabes. En ese suelo se podía oír un rumor fantasmal en miles de lenguas: ejércitos, reyes, hombres y mujeres; las nueve Troyas propiciadas por Schliemann, treinta siglos, una ciudad sobre otra, eran una buena metáfora para mí en ese entonces. Pero aquí, en un mundo vasto de poca gente, de pobre genealogía, debajo de esta tierra no hay nada humano. Debajo de esta tierra hay gigantes muertos, huesos escondidos de dinosarios; encima de esta tierra hay gigantes vivos, montañas enormes, árboles altos y milenarios. Camino así, entonces, casi anómalo por sobre estas tierras de los mapuche, subo las faldas doradas del Batea Mahuida, vestidas de pehuenes. Veo desde el hombro de este gigante un pueblo cercano como una mancha blanca, pero una persona sería inapreciable. Esos otros titanes canosos que veo alrededor no pueden verme a mí. Con mis ojos veo los ojos terribles de esta criatura, uno en este volcán, el cráter donde habita una laguna, y otro enceguecedor en el cielo. Es claro para mí que soy imperceptible ante esos ojos; éste es mi verdadero tamaño, así de corto el lapso de mi vida, así de minúsculo el tamaño de mi sombra.