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“Los verbos irregulares” (Rafael Spregelburd)

Spregelburd es ese tipo de personas que me generan grandes contradicciones. Como Salvador Dalí, es elocuente, brillante en la construcción verbal de su quehacer artístico durante un díalogo, pero ese brillo se me opaca inmediatamente cuando paso a la obra. He leído incontables entrevistas, transcripciones de conversaciones, ensayos escritos por su mano, y en todos uno advierte la coherencia, la cultura, la inteligencia de Rafael Spregelburd. Uno no puede menos que estar de acuerdo con la clara exposición de su método, con su forma de pensar el teatro y sus convenciones, con su idea de los símbolos desgastados por los acuerdos tácitos, las automatizaciones que sufre el espectador. “Yo estoy harto de la sensatez”, dice, explícita e implícitamente este hombre sensato cada vez que habla afablemente al interlocutor. Pero uno va a la obra y se encuentra con, bueno, con un signo de pregunta. Y advierto de antemano que yo nunca vi una representación de una obra de Spregelburd, simplemente he leído. El autor se defiende contra esta forma de acceso: dice y repite que sus obras son ilegibles, que alguien lo convenció para que publique libros de su dramaturgia, pero que para él son obras de teatro, es decir, su expresión cabal está sobre el escenario y a través de actores. Pienso, recuerdo a Daniel Barenboim, que decía que la música realmente existe cuando se ejecuta: esos breves momentos en que el concierto de hombres mueve el aire para que escuchemos la obra. Todo lo otro, las partituras, incluso las grabaciones de una ejecución, son fantasmas de la música, no son la música. Quizás Barenboim pensaba en la subjetividad colectiva, aunada o guiada por la subjetividad del director, el momento precioso y puntual donde se da esa conexión entre música y músicos, músicos e instrumentos, orquesta y público; si es así, eso no puede reproducirse, o la reproducción de eso es falsear su origen y su razón (y sin embargo la música va más allá de esto). Sobre esta misma idea podría calcarse la de Rafael Spregelburd: pareciera que sus actores, con nombre y apellido, son tan necesarios a la obra como la obra en sí, que Spregelburd director no es contingente, que una puesta de una obra es la obra, no su texto, ni siquiera la posibilidad de que vuelva a representarse. Incluso en este sistema está el espectador: el contexto de llegada determina también el significado, Spregelburd ve dos puestas de la misma obra (digamos en Catalunya y en Argentina), como dos obras distintas. Voy a volver hacia el final a esta manera de entender su teatro, su creación y su ejecución como partes indisolubles.
Pero primero paso por esta idea de leer “Los verbos irregulares”, este aspecto parcial y bastardo de Spregelburd que es la dimensión del libro. La antinomia que denuncié al principio, entre el Spregelburd teorista de su obra, el Spregelburd dialéctico por un lado, y el libro como obra de Spregelburd, el Spregelburd escritor por otro, está de alguna forma sincerada en el libro mismo, está blanqueada, con o sin intención: una buena cantidad de páginas se las lleva el impecable prólogo, y un discurso cuidadoso en la forma de epílogo, donde detalla cómo construyó cada obra, el origen, las ideas, los conceptos que llevaron a la conclusión de las cuatro piezas presentadas en el libro: “Acasusso”, “Lúcido”, “Bloqueo”, “Buenos Aires”. Tanta explicación responde justamente a llenar el agujero que aparece al posicionarse uno como lector de cada una de estas piezas. Uno, después de todo, se coloca en ese lugar habitualmente, uno lee mucho más teatro que lo que va al teatro. ¿Cuánto más deleitable es Shakespeare cuando uno tiene el tiempo de masticar cada una de esas frases de genio que cuando uno está apurado por el ritmo de los actores? No es, sin embargo, el caso de Spregelburd. No hay nada en el texto que uno pueda degustar, no hay bellas frases, no hay bellas ideas. Hay un todo que desafía convenciones, tal como quiere el autor; en las cuatro obras hay cruces de dos o más realidades caprichosas, casi siempre incompatibles, cuya conexión produce risa o desconcierto, pero son puras reacciones, cómo decirlas, nerviosas. Spregelburd dice identificar esta incomodidad con las teorías de Žižek, lo inefable lacaniano, y tal vez a través de actores que le pongan cuerpo y realidad a estas proposiciones antojadizas eso sea más cierto. Por lo pronto en ese fragmento que es el papel, rara vez uno obtiene otra emoción que una sonrisa por una situación graciosa. Mucho efectismo, la cosa se lee ágilmente, pero uno no se queda con ninguna sensación especial. Vuelvo a otras generaciones de teatro, vuelvo a Pinter, vuelvo a Beckett, a Ionesco, y pese a que las propuestas son mucho más arbitrarias, queda un fondo de extrañamiento, algo que coagula dentro de uno, algo que viene dado en la forma y que no está en nada asible, pero indudablemente está, fuerte y con uno cuando el telón baja. Nada de esto es cierto en “Los verbos irregulares”. Hay chispas, aquí y allá, pero nunca nada que dure más allá de una línea o dos de diálogo, nada que se vaya espesando: mi sensación es que uno flota en la obra pero no avanza hacia ninguna parte, vive en cada línea, sin construcción acumulativa. Se dice que Spregelburd es tan obsesivo del lenguaje que incluso cuando dos personajes hablan al mismo tiempo acomoda las sílabas para que suenen de una determinada manera cuando colisionan, una forma exacta que él busca. Nada de esto se percibe en el texto; si bien hay una cierta captación idiomática del argentino, tampoco hay virtud en la prosodia, no hay delicadeza en la elección de las palabras, no hay nada que denuncie lo que es claro cuando Spregelburd habla: que le interesa el lenguaje y sus formas. Por todas estas cosas, las notas minuciosas que aparecen al final del libro se sienten como una especie de disculpa y de promesa.
Ahora vuelvo a esa frase que pronunció más de una vez, a la idea de que en la hoja impresa, la obra es ilegible. Esto no es verdad en el sentido de que la lectura es fácil, clara y ágil; es verdad en el sentido de que la lectura de la obra, la que él quiere dirigir, no funciona en letras de molde. Sigo con mi metáfora de la música: Olivier Messiaen, siempre tratando de que la notación de su obra sirva para comunicar todas las impresiones necesarias para ejecutarla de la forma más precisa posible, escribió en sus partituras un color exacto que se le aparecía al escuchar ciertos pasajes. Una vez, para describir un acorde, contaba de unas “piedras violeta azulado, manchas de cuadraditos grises, azul cobalto, azul de Prusia profundo, toques de un poco de violeta púrpura, dorado, rojo, rubí, y estrellas de negro, blanco y malva. El violeta azulado es dominante”. A Messiaen no le bastaba transcribir, mezclar el gorjeo de un pájaro como parte de una melodía en una sección instrumental; agregaba “tordo jocoso garrulado” junto a las notas en cuestión, para que uno pudiera saber de qué pájaro en particular se trataba. Estos desvelos no están en Spregelburd; en “Los verbos irregulares” sólo deja el texto despojado, junto con una profusa elaboración teórica que alude claramente a que hay más, a que el libro es insuficiente, incompleto. Deja de esta manera al lector sin guía para que se pueda suplir la dirección y los actores originales, sin ayuda posible para poder reconstruir todo lo que falta. Spregelburd no es un dramaturgo en el sentido de “autor de obras dramáticas”: la obra para él se escribe sobre los actores, y las ejecuta en persona a través de sus actores para el público. Spregelburd es autor e intérprete a la vez, sus obras viven en esta dualidad necesaria una existencia efímera, dependiente por completo de la presencia de su creador, vale decir, muertas en mis manos de lector.