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Delirio a Dúo

Hay un texto de Borges en que dos reyes disputan una partida de ajedrez; a su alrededor sus respectivas milicias libran una guerra cuya suerte imita la de las piezas sobre el tablero. Menos directa, menos simétrica, “Delirio a dúo”, del teatro de Eugène Ionesco, propone también una pareja polemizando y dos ejércitos que combaten como fondo. Al igual que en La Ilíada, asistimos a una batalla de una guerra que ya ha empezado hace muchos años: ¿el caracol y la tortuga son el mismo animal?, se enfrentan hombre y mujer al comenzar. Son anónimos, atemporales, son arquetipos de los agonistas, de los adversos, los amantes o los enemigos, dos personas o dos ejércitos, tanto da. Hay una ventana por la que quiere penetrar el contexto, la otra realidad, en la forma de fragores o proyectiles, pero poca mella hace en el bunker que es esa habitación: es una turbulencia más en un micromundo turbulento.
Miguelina Lariguet y Marcelo Naón le están poniendo cuerpo, escenario y dirección a esta obra en Viedma; el ritmo que logran, vertiginoso por momentos, personal y cercano en otros, evade virtuosamente los problemas intrínsecos al texto original: la repetición tediosa de una situación intolerable y la corrupción de la irrealidad, estigmas habituales del teatro del absurdo. Así, brillan los monólogos de cada uno, cuando bajan las máscaras y las armaduras y se abre la intimidad; así, no hay aturdimiento en el ruido, permitiendo la elaboración cuidadosa a ellos, y la contemplación de un caos hecho de precisos fragmentos a nosotros. Ojalá todas las obras propuestas por esa generación de dramaturgos nos fueran presentadas de manera tan accesible y placentera.


Tras los aplausos, como un epílogo, salen los dos y dicen que en estos tiempos de conflicto y ceguera de nuestro país el teatro del absurdo es más pertinente que nunca. Amén. Dejo aquí unas fotos que tomé de la obra.