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Sleuth (Juego Macabro)

Acostumbrados a la imaginación del traductor (o de la tradición de traducción) local, supongo que ya nadie cree que “sleuth” se traduce por “juego macabro”. La palabra en inglés está más cerca de los detectives y las pistas, y es quizás en esa vena como hay que ver un poco este nuevo film. Pero primero lo primero: se dice ubicuamente que “Sleuth” es una nueva versión de la película homónima de 1972 (la traducción vernácula fue en ese momento, a no reírse, “juego mortal”), mas el hecho es que ambas están basadas en la misma obra de teatro. Branagh, el director, se reiría de la acusación de remake, esa mala palabra en el cine que se pretende serio; para Branagh, quien ha dirigido y actuado incesantes versiones de las obras de Shakespeare, ¿qué puede significar? Claro que para la crítica es cómodo: en la original el dúo era Michael Caine y Lawrence Olivier; ahora Caine es promovido al papel de Olivier, y Jude Law al de Caine (por segunda vez, antes fue Alfie). Pero es mejor salir de este lugar cómodo: Jude Law quería el papel, trabajó dos años y medio adaptando la obra teatral con el recientemente Nobel Harold Pinter; con el sello de Pinter sedujo a Caine para el papel del cornudo, y luego el cuarteto se completó con el aspirante a Olivier Kenneth Branagh. Pinter no había visto la puesta original ni la película de 1972; trabajó a partir de la dramaturgia de Anthony Shaffer y convirtió lo que era casi una comedia en casi una tragedia. Ambas obras comienzan igual, pero cerca de la mitad toman caminos completamente distintos; Pinter reescribió el guión completo, no dejando una sola frase del original. Ignoro si el aggionamento escénico le corresponde a él o a Branagh (quien había ya adelantado algunos siglos a su Hamlet), pero en esta versión todo es metal y automatización y cámaras de vigilancia. Branagh, como siempre, exagera su papel, pero el resultado no está nada mal. La obra remite constantemente al teatro: Pinter es, después de todo, hombre de teatro, como Branagh: Caine había actuado hace mil años en las tablas de Pinter, y Law saltó a la fama con el Michael de Los Padres Terribles; Branagh se está llevando a Law a Londres para que haga Hamlet. Pero no se trata sólo del trasfondo escénico de estos cuatro británicos: dos actores sosteniendo toda una obra, el cambio constante de registro, la actuación desaforada, la batería de frases ingeniosas, todo remite a la lengua del teatro. Hay tres actos; en el primero, Caine encarna a un escritor rico, quien escribe un detallado guión para jugar con y humillar a Jude Law, el actor involuntario de su teatro. En el segundo acto… alto ahí. Creo que quien no vio la película (y desea verla) debería dejar de leer; me es imposible comentarla sin delatar su trama esencial. En el segundo acto, decía, los papeles se invierten, y es el histrionismo de Law, actor también en la película, quien devuelve el golpe. Estos dos actos son simétricos, entonces: cada uno explota su profesión, para poder cinchar con la inteligencia del otro, con la excusa de una mujer. Aquí es donde comienzan mis dudas. El primer acto, brillante, termina con Caine disparando y tumbando a Law, quien es dado presumiblemente por muerto. No hay sangre. El segundo acto comienza con un detective de acento septentrional, en quien casi inmediatamente descubrimos a Jude Law. Me salgo de la película, preguntándome mil cosas: ¿es Jude Law encarnando a otro personaje, o es el personaje de Jude Law, en tanto actor, actuando a otro para engañar a Caine? ¿Si yo lo reconozco, por qué Caine no? (para ser honesto, Caine duda, y Pinter le hace preguntar si lo conoce de alguna parte). Traigo ese título en inglés de nuevo: Branagh o Pinter nos dan varias pistas físicas de que se trata del mismo personaje anterior, disfrazado. Además, digo de nuevo, Jude Law tuvo una muerte sin sangre, y acaso fue todo un sueño o un nuevo nivel de actuación. Está bien; poco a poco vuelvo, algo incómodo por el corte (¿de dónde sacó los recursos para su sofisticado disfraz este actor pobre?), pero disfruto de la nueva representación: el teatro dentro del teatro. La trama se explica, la venganza se saborea. El tercer acto, que se propone el clímax y el desempate y la superación de las pantomimas precedentes, llena de irrealidad toda la obra, con un soborno inverosímil que es contestado con una afrenta de índole homosexual igualmente inverosímil. Luces en el cine, y sí, la película se sostiene con la actuación de dos buenos actores, con una dirección bastante interesante, buena fotografía, bello cruce de cine y teatro, pero el nombre importante del que todos esperábamos el gran golpe, apenas fue tibio. Caine y Pinter están en su ocaso, con más o menos gloria; Branagh se mantiene constante; Jude Law sigue haciendo promesas.