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Infinito punto rojo

En noviembre la agencia EFE propagó una noticia donde se dice que “el arabista René R. Khawam dedicó 20 años de su vida a devolver a Las mil y unas noches  a su estado original”, en relación a su flamante edición en España por Gregorio Cantera (el diario El País prefiere duplicar esa cantidad de años, sin embargo). Leí esa oración varias veces, especialmente la parte que dice “su estado original”. Todos sabemos que cualquier revisión importante de un clásico, cualquier nueva traducción, está hecha en contra de sus precursoras: cuando Lawrence de Arabia traslada la Odisea en 1932, se complace en visitar en su prólogo las veintinueve previas; la versión de Ulysses languidecida por García Tortosa se propone corregir las libertades de la versión de Valverde, que a su vez no tolera los argentinismos de la versión de Salas Subirat. En el caso de Las Mil y una Noches, esta reyerta se polemiza a lo largo de tres siglos en Occidente a nivel internacional, y disputan entre sí sin distinción traducciones al francés, al inglés, al alemán, al español, al portugués (los pueblos semitas no parecen prestarle mayor atención). Borges ya en 1935, al revisar las más importantes, no dejaba de notar que las historias de Aladino, Alí Babá y otras habían sido paridas en la primera traducción occidental, la de Galland en 1704; en Siete Noches abiertamente se admiraba de la identidad entre Simbad y Ulises. La edición del difunto Khawam de 2001 (1986, vuelve a disentir El País) redescubre estas intromisones “Disney” (sic), encajadas en el siglo XIX por los traductores (sic Cantera en EFE) o en el siglo XVIII por integristas religiosos egipcios (sic Khawam en El País) y propone una purga; para los diarios españoles, esta denuncia parece ser toda una novedad, y la depuración, un perfeccionamiento. Vuelvo a decirlo: la obra, que había recibido diversas censuras de índole erótica o política a lo largo de la historia de sus traducciones, ahora, en el nombre de la restauración de lo censurado, la amputan otra vez: en esta ocasión se desunen los relatos que fueron agregados con posterioridad a una fecha arbitraria decidida por este postrero orientalista. Cinco siglos de tradición oral amalgaman cuentos provenientes de India, China, Grecia, Persia, Yemen, Afganistán, la Arabia antigua y la medieval; la tradición escrita enriquece la colección con nuevos cuentos (y nuevos estilos), que son tanto o más célebres que los antiguos. El libro, tal como había hablado Borges en sus 994 menos noches, no es tanto una compilación de cuentos como un documento de la conversación entre Oriente y Occidente; reducirlo a un monólogo estático, anacrónico, es un acto de soberbia sólo disculpable en el ámbito académico o comercial, pero de ninguna manera un hito artístico o literario. Vuelvo a pensar en esa frase, el “estado original”: como el Jataka, como la Biblia, las Mil y Una Noches es una obra colectiva, orgánica, anónima, rica y heterogénea, que debería incluso recoger a aquellos grandes escritores que dejaron sus apéndices en libros separados: la noche número mil dos de Poe (donde Sherezada es ejecutada por contar un cuento malo), los manuscritos que Potocki dice haber encontrado en Zaragoza, las nuevas noches árabes que Stevenson hace vivir a Florizel, el Red Earth and Pouring Rain de Vikram Chandra, ciertos poemas de Wordsworth o de Tennyson, algunos relatos de ambiente oriental de Borges, y por qué no manifestaciones pertenecientes a otras disciplinas, como el Opus 35 de Rimsky-Korsakov, o el Prince of Persia de Jordan Mechner.