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Inland Empire (David Lynch)

A Lorena

Le preguntaron a Lynch de qué trataba “Inland Empire” (aquí, misteriosamente, “Imperio”), y el director contestó “de una mujer en problemas”. La misma frase está repetida en el afiche de presentación, y creo que es lo único seguro que se puede decir de su trama. Indagar desde ese lugar es el camino equivocado; me gustaría mejor valorar algunas de las formas que pueblan la obra.
Hay un texto de Lacan que dice que en la nervadura de la hoja ya está toda la hoja, toda la planta. La misma recursión está en los dibujos fractales, o en la idea de que en cada gota microscópica de ADN está toda la información del cuerpo entero. Creo que la película está recorrida por estructuras que van tomando diversas formas, diversas incorporaciones, pero que todavía quedan identificables, en tanto componentes del todo. Una misma línea es tomada por distintos personajes, una misma situación, una misma imagen, una misma sensación viaja en ondas y aparece aquí y allá para recordarnos la identidad del total. Incluso los actores pueden ser el factor común, poniendo así el cuerpo a personajes contrapuestos. Lo importante es que una misma cosa cambia de contexto, produciendo un nuevo contraste, transmitiendo algo diferente. ¿Da lo mismo una risa cuando alguien cuenta algo gracioso que cuando responde, en off, a un hombre con cabeza de conejo que abre una puerta?
La trama no está en la narración de hechos lineales, sino en los diseños que componen el tapiz. Nadie espera encontrar una historia en el intrincado arte visual árabe, donde está justamente prohibido usar imágenes que cuenten historias, y en ese contexto su belleza es indiscutible, se juzga desde ese lugar. Es la trama, en su sentido original: la urdimbre de hilos que forman un algo que sólo se ve en conjunto: puede ser una imagen copiada de la realidad, o simplemente algo hermoso que no podemos nombrar, esos ritmos visuales que nos regalaba Klimt en los diseños precisos que decoran sus cuadros. La repetición, el eco, la simetría obvia y no, el contraste, las formas y los colores, con esas cosas el artista se juega la armonía de un todo que no presupone un soporte estructurado en lo cotidiano. ¿Qué sucede si se usan los significantes que conocemos, pero se los aleja de los significados habituales? Una frase sintácticamente correcta, pero que no dice nada que podamos asir en términos racionales, una conversación donde los interlocutores divergen, una situación compuesta de una parte sólida y otra abierta.
Pienso en algo que había escrito Borges: nosotros hemos soñado el mundo, haciéndolo sólido y creíble, pero dejamos intersticios de sinrazón para saber que es falso, para no olvidar su irrealidad. Creo que en esto pensaba Lynch al hacer su película, él la creía un modelo de esa sensación de que no todo es lineal en nuestro universo, de que no todo es como creemos, simplificándolo, que dos más dos no siempre suma cuatro. Es como si quisiera decir “cuidado, no se olviden de esto”.
En estos días se vuelve a proyectar en Buenos Aires “El año pasado en Marienbad”, la obra maestra de Resnais, que explora una estética similar. De ella Greenaway había dicho que era una película que explotaba al cine como arte, en vez de saquear la literatura y agregarle fotogramas en pos de relatar una historia. Algo de eso hay aquí: las sensaciones que nos son transmitidas en Inland Empire son sólo transferibles en términos de cine, no se pueden contar con palabras. Ahí reside su encanto, su éxito absoluto: como la música, es un lenguaje que no puede traducirse a otro.