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Traducción al absurdo

(Dispara nuevamente este digresivo texto la llegada de Ratatouille a los cines, doblada en Argentina para el público argentino por voces de la talla de Carnaghi o Mundstock, en contraposición a Shrek, con sustitución de audio descaradamente mexicana, es decir, deliciosa seguramente para ese país de Norteamérica, pero demasiadas veces incomprensible para todo el resto del mundo hispanoparlante).

Nada nuevo puedo agregar a un tema que ya se ha discutido hasta el hartazgo. Hablo del problema de trasladar de una lengua a otra, con cierta fidelidad, un aforismo o un verso, un poema o una canción, un cuento o una novela, una película o una serie de televisión. Mi credo hoy es una traducción personalizada, ya no diría a un país, sino a una región; ya no diría a una región, sino a una persona o a un grupo reducido de personas. Naturalmente, me dirán algunos, se trata de una idealización; como se trataba desapercibida e indudablemente de una idealización mi fantasía juvenil de leer sólo originales (con esa idea en mente quise aprender el difícil griego clásico o el búlgaro, por ejemplo). Me dirán algunos: debemos resignarnos a la fe en el traductor de turno, y también a su potencial coincidencia estética o cultural con nosotros.
Pero tal vez no. Los tiempos cambian, e internet propone mucho en este sentido. Hay gente, como el gran Zaidenwerg, que traduce libremente para esa bruma que es la gente que lee en internet: traduce poemas, canciones, y lo hace sin estar ligado por tradición a ese tirano, el español neutro, es decir, el castellano que hablan en México. Desde esa bruma agradecemos quienes, como yo, compartimos su contexto lingüístico (no necesariamente ligado a un contexto geográfico); en esa bruma, mi utopía se acerca: Zaidenwerg traduce para este grupo reducido, para nosotros.
Otros benefactores de internet se aplican al subtitulado público de películas y series de televisión, fustigados por una curiosa e ingente combinación de filantropía y piratería. Estos traductores no tienen miedo de escribir groserías locales, no están atados a la obligación de una única diseminación panamericana, no evitan el voseo si son argentinos, ni la jerga que les sea cara, en caso de traducir una lengua especializada, como puede ser la policial o la médica. Actúan por gusto y no por impulsos comerciales, no tienen pruritos morales o políticos, descreen de convenciones y etiquetas. Afortunadamente, ya no dependemos de la decisión arbitraria o neutralizadora de una sola compañía distribuidora. Me arrimo todavía más a mi utopía.

Internet trae, también, el problema inverso. Es de Perogrullo decir que la gran red es un depósito inmenso de datos (no discutiré su grado de confianza); también se sabe que la mayor parte de ese repositorio está escrito en inglés. Basta cotejar la Wikipedia en inglés con la Wikipedia en español: casi dos millones de artículos contra doscientos cincuenta mil en nuestra lengua. Y ni hablar si se compara un artículo existente contra otro: usualmente la versión en inglés es varias veces más extensa. Los que no dominan el inglés (y son muchos más que lo que a primera vista aparece) se ven obligados a desestimar esa porción sustancial de la torta, o a recurrir a la traducción automática que ofrece un Google, digamos. Creo que ya nadie ignora la ineptitud de este último método, pero en aras del humor, termino con su reductio ad absurdum, que algunos llaman babelización. Existe un sitio donde se introduce una frase cualquiera en inglés, que se lleva y se trae por traductores automáticos en un puñado de lenguas; cada traducción importa una nueva distorsión, como si fuera una especie de teléfono descompuesto. Intento algunas frases de público conocimiento:

A tale told by an idiot, full of sound and fury, signifying nothing: (“un relato contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada”). Casi todos conocen las palabras famosas de Macbeth, que dieron título a un libro de Faulkner y a una metáfora de internet; después de pasear esa frase por la torre de Babel, nos queda en español “informan a historia y la disturban y el título disturbado integrado, persona débil, no visualiza, no”.

Mama, just killed a man: la línea inicial de la inolvidable melodía de la Rapsodia Bohemia de Queen, que en castellano es “Mamá, acabo de matar a un hombre”, se babeliza por “del personal, exactamente el arsenal, el que destruye”.

Otras veces queda una frase plurilingüe. Probemos con la frase inaugural del Ulysses de Joyce:

Stately, plump Buck Mulligan came from the stairhead, bearing a bowl of lather on which a mirror and a razor lay crossed.

Busco al azar una traducción humana en internet:

Majestuoso, el orondo Buck Mulligan llegó por el hueco de la escalera, portando un cuenco lleno de espuma sobre el que un espejo y una navaja de afeitar se cruzaban.

La babelización, que pierde casi todos los elementos originales, parece que pasa del Ulysses al Finnegans Wake:

La elasticidad del honor, de la estructura ã instalada, de beleibte más tarde la prueba de eso, la verificación de Mulligan de resistir y la rasatura de stairhead, el fin que está por llegar de ella, el espejo de la esfera de la burbuja, posición de scherblockes pone.

Quizás alguno esté pensando que el original era complicado. Babelizo una frase muy simple, no creo que haya frase más simple: “Hello, I love you” (inútil traducir lo que ya todos conocen). El resultado no puede ser más desconcertante: “hoy, esto interesa el amor para las minas”.