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Las canciones infantiles

El establecimiento definitivo hacia el último tercio del siglo XX del ruido constante de la televisión y de la música pop ha empezado a acallar ese pasaje de mano en mano, de boca a oído, de antiquísimas canciones que los chicos cantaron durante generaciones, acaso ya sin saber siquiera qué estaban cantando. Estoy pensando en las canciones infantiles de Argentina, más específicamente las de Buenos Aires; estoy pensando por ejemplo en “Mambrú”, esa que decía más o menos así (hay mil versiones):

Mambrú se fue a la guerra,
¡qué dolor, qué dolor, qué pena!
Mambrú se fue a la guerra
no sé cuando vendrá,
que do, re, mi, que fa, sol, la
no sé cuando vendrá.
Si vendrá para Pascuas
¡qué dolor, qué dolor, qué pena!
Si vendrá para Pascuas o para Navidad,
que do, re, mi, que fa, sol, la
o para Navidad.

Esta canción, que sigue con un panorama de desolación y tristeza inusual para ser cantada por alegres chicos haciendo ronda, hace referencia a un general inglés que se llamaba Marlborough; luego de sucesivas malas pronunciaciones, termina en “Mambrú”. La versión original, en francés, la cantaban los soldados, dedicada a John Churchill, el primer Duque de Marlborough, en los primeros años del 1700; la letra burlonamente invitaba al luto a la mujer del duque:

Malbrough s’en va-t-en guerre,
mironton, mironton, mirontaine,
Malbrough s’en va-t-en guerre,
on n’ sait quand il reviendra.

Il reviendra-z-à Pâques,
mironton, mironton, mirontaine,
Il reviendra-z-à Pâques,
ou à la Trinité.

La Trinité se passe,
mironton, mironton, mirontaine,
la Trinité se passe,
Malbrough ne revient pas.

María Antonieta escuchó la melodía, le gustó, y la usó como canción de cuna; los Borbones la difundieron en España a finales del siglo XVIII. Beethoven la cita en una de sus obras, “La batalla en Vittoria”, en 1813; Goethe la odió; Napoleón la tarareó. Hay incluso una versión en inglés, escrita por Longfellow en el siglo XIX, donde curiosamente el nombre británico original también está deformado, esta vez a Malbrook.
Otro ejemplo de esta magia de transmisión oral es “La Farolera”, que yo conocí de chico, en Buenos Aires, así:

La Farolera tropezó
y en la calle se cayó
y al pasar por un cuartel
se enamoró de un coronel.

Alcen la barrera
para que pase la Farolera,
de la puerta al sol.
Sube la escalera
y encendió el farol.

A la medianoche
se puso a contar
y todas las cuentas
salieron le salieron mal:

Dos y dos son cuatro,
cuatro y dos son seis,
seis y dos son ocho
y ocho dieciséis,
y ocho veinticuatro,
y ocho treinta y dos.
Anima bendita,
me arrodillo en vos.

Ahí también se pueden ver algunos rasgos arcaicos: ese “me arrodillo en vos” no usa nuestro “vos” rioplatense, sino el plural mayestático español de tiempos de la colonia (la idea de arrodillarse también es característica de otra época). La antigüedad está denunciada, además, en la imagen de una farolera, una mujer que encendía, antes de la divulgación de la luz eléctrica, faroles “analógicos”, es decir, con fuego. ¿Qué hay acerca de esa “puerta al sol”? Cotejando otras faroleras de otros lugares (incluso de otros países), esa misteriosa puerta muchas veces se omite, hasta llegar a la versión que se canta hoy en España, seguramente el origen geográfico de las americanas:

Al pasar el arroyo de Santa Clara
Se me cayó el anillo dentro del agua.
Por sacar el anillo saqué un tesoro,
Una virgen de plata y un Cristo de oro.
Yo soy la farolera de la Puerta del Sol
Cojo mi escalera y enciendo el farol.
Una vez encendido me pongo a contar
Por ver si me sale la cuenta cabal.
Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis
Seis y dos son ocho y ocho dieciséis,
Y ocho veinticuatro y ocho treinta y dos
Ánimas benditas me arrodillo yo.

Ahora tiene un poco más de sentido la parte de las cuentas: en la versión rioplantense se dice que salen mal, pero luego se ve que están bien. Aquí está la palabra “cabal”, anómala en Buenos Aires, que fue reemplazada a posteriori por otra que justificara la rima, aunque no el sentido. El “en vos”, ahora totalmente en desuso en la península, se corrige por “yo”. También “puerta al sol” se cambia por “Puerta del Sol”, con mayúsculas, y ahora ya puede verse con claridad la Puerta del Sol de Madrid, testigo de tantas aberraciones, famosa por sus faroles y por ser el punto kilómetro cero en España. Indagando más atrás en el tiempo, la Farolera parece tener dos componentes diferentes: el del farol y el de las cuentas. Por ejemplo:

Tengo una muñeca vestida de azul,
zapatitos blancos, camisón de tul.
La saqué a paseo, se me constipó,
la tengo en la cama con mucho dolor.
Esta mañanita me dijo el doctor
le diera jarabe con un tenedor.
Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis,
seis y dos son ocho y ocho, dieciséis.
Y ocho veinticuatro y ocho treinta y dos;
ánimas benditas, me arrodillo yo.

Soy el farolero de la calle Sol;
cojo mi escalera, prendo mi farol.
Después que lo prendo me pongo a cantar,
todo lo que canto me sale cabal.
Allá viene el cura con su procesión,
yo lo llevaría a la Inquisición…
Brinca la tablita que yo la brinqué,
bríncala tú ahora que yo me cansé.

Esta versión apareció en Puerto Rico; la letra sigue teniendo aroma colonial y ya se puede ver que la referencia a la Puerta del Sol (o la “Puerta’l Sol”, como requiere la métrica) molesta por su sinsentido y se cambia por una calle; la parte de las cuentas se invierte de posición, con lo cual uno sospecha que son componentes separados. Un libro que recoge canciones infantiles recordadas por jubilados de Burgos (España), tiene ésta, que no incluye las cuentas ni el arroyo de Santa Clara:

Soy el farolero de la puerta el Sol
subo la escalera y enciendo el farol,
ya que le he encendido me pongo a cantar:
Soy la reina de los mares
ustedes lo van a ver,
tiro mi pañuelo al agua
y lo vuelvo a recoger.
Pañuelito, pañuelito,
quién te pudiera tener
guardadito en mi bolsillo
como un pliego de papel.

Aquí se puede observar nuevamente que el que prendía las farolas era originalmente un hombre, comprobando que la versión de Puerto Rico parece ser la más arcaica. Nuevamente hay un fragmento de otra canción, anexado al final. Las canciones registradas por el libro datan de principios del siglo XX. La versión española moderna que copié también tiene trazas de otra canción popular, que encontré en un libro de folklore manchego:

Al pasar el arroyo de Santa Clara
ea, vaya
me se cayó el anillo dentro del agua.
ea, vaya
Por sacar el anillo saqué un tesoro,
una Virgen de plata y un Cristo de oro.
A la Virgen del Carmen le han hecho un manto
de color de los cielos, azul y blanco;
y de lo que ha quedado le han hecho al Niño
pantalón y chaqueta para el domingo.

Es claro que aquí la farolera no tiene nada que hacer, y la parte del descubrimiento afortunado en el arroyo, adosada al principio de la otra canción, es ajena.
Así, las canciones infantiles viven mezclándose y combinándose, y se transmiten casi sin cambios ni censura entre los chicos, quienes transportan sin saberlo fósiles muy viejos. Otro ejemplo, el “aserrín, aserrán”:

Aserrín, aserrán,
Los maderos de San Juan
Piden pan, no les dan
piden queso, les dan hueso
y les cortan el pescuezo.

Como la de Mambrú, la letra tiene un trasfondo poco feliz para la infancia, y sin embargo nosotros la cantábamos inocentemente. Hay muchas versiones de esta canción, yo copié la que yo recuerdo de mi niñez. Hay una, que la sospecho más antigua, que dice así:

Aserrín, aserrán,
maderitas de San Juan,
las del rey sierran bien,
las de la reina no tan bien,
las del duque…
truque, truque, truque.

Ahora tiene una tufo más “colonial español”, como las otras. Hay quien dice que la canción la escribió el famoso poeta colombiano José Asunción Silva (que vivió durante el siglo XIX), pero yo entiendo que fue al revés, que él tomó el “aserrín, aserrán” como base para hacer su poema; la versión con la reina y el rey sirve para reforzar esa idea. Una última curiosidad arqueológica, la canción del puente de Avignon:

Sobre el puente de Avignon
todos bailan, todos cantan,
Sobre el puente de Avignon
todos cantan,
y yo también.

Hacen así, así las lavanderas
hacen así, y así me gusta a mí

Las lavanderas en el río bajo un puente, y un puente francés… no es del siglo XX eso. El puente en sí data del siglo XII; la canción original es del siglo XIV y estaba también en francés, como la de Mambrú:

Sur le pont d’Avignon
On y danse, on y danse
Sur le pont d’Avignon
On y danse tous en rond.

Les belles dames font comm’ ça
Et puis encore comm’ ça.

En Argentina o en Paraguay se suele cantar “Avellón”, en vez de “Avignon”; nuevamente ciertas palabras anómalas se van “corrigiendo” al pasarse de boca en boca, como ha sucedido con “Marlborough” o “Puerta al Sol”.

Ahora me dicen que los niños están dejando de cantar estas anónimas canciones, y este legado ancestral, curioso y rico, se está perdiendo en el olvido, reemplazadas las melodías por canciones de televisión, las rondas por juegos de consola. Basta con rememorar en silencio las letras de canciones que cantamos hasta el hartazgo (“Arroz con Leche”, “La viudita del Rey”, “La Catalina”, “La Pájara Pinta”, etc.) para leer en ellas otra época, con toda probabilidad la de la colonia española, casi intocada por el tiempo, conservada en incorpóreas voces de niños, año tras año, a veces por siglos. Que ahora se corte esa cadena de fantasmas me da escalofríos: un muerto está vivo mientras alguien lo recuerde.