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El Castillo (Das Schloß), de Michael Haneke

Siempre es interesante ver la lectura de un grande sobre otro grande; hemos leído a Victor Hugo hablando interminablemente sobre Shakespeare; imagehemos atendido a Borges disertar sobre Dante; hemos escuchado a Liszt recrear a Beethoven, a Beethoven recrear a Mozart, a Mozart recrear a Haendel; hemos visto a Van Gogh pintar obras de Rembrandt, a Rilke poetizar sobre el escultor Rodin. En 1962 Orson Welles filmó, por encargo, “The Trial” (El Proceso), basado en una de las dos grandes novelas gemelas de Kafka. Welles, inusualmente en completo control, se tomó muchas libertades: cambió el final, agregó humor donde había sólo lobreguez, filmó con extraordinaria fuerza pasajes que uno creía sólo posibles en la hoja impresa. En 1991, Steven Soderbergh creó un film kafkiano utilizando a Kafka, a personajes de Kafka, a nombres de personajes de Kafka, y lo llamó rutinariamente “Kafka”. La película, bella estéticamente, ha sido un fracaso entre el público, entre los intelectuales, entre la crítica. Es mi opinión que, sin grandes ambiciones artísticas, se trata de una gran película.
Ahora internet me permite ver finalmente, diez años después de su creación, El Castillo de Haneke, la adaptación para televisión de la otra gran novela de Kafka. imageA diferencia de Welles y de Soderbergh, Haneke, uno de los directores de cine más interesantes que quedan, no impone su lectura de Kafka, sino que prefiere transcribir el libro lo más fielmente posible. Haneke admite que esto es una limitación de la televisión: el fin de una adaptación para la pantalla chica es inducir al espectador a la lectura del libro, y no provocarlo con el lenguaje del cine. “Nunca me hubiera animado a hacer El Castillo para el cine”, dice; “la televisión nunca puede ser una forma del arte”, dice. Peter Greenaway, que adaptó para televisión la primera parte de una obra harto más compleja (La Divina Commedia de Dante, llamada “A TV Dante”), en cambio trató de sacarle la mayor cantidad de jugo al medio; Haneke se rinde de antemano. El resultado es casi literal: como recursos utiliza buenos actores, silencios, cortes bruscos entre escena y escena, voz en off que lee el libro. También casi anónimo: no se ve prácticamente a Haneke, y sí a Kafka todo el tiempo, a diferencia de El Proceso de Welles, donde la relación es inversa. En esta última, el mismo Welles, indisimulable, enorme, hace del abogado; en la de Haneke, un personaje que parece copiado de una foto de Kafka hace de maestro de escuela: así están puestos los respectivos énfasis. El castillo del título merece un aparte: en el libro de Kafka está detalladamente descripto, pese a ser una alegoría; en la película no aparece ni una sola vez (en cambio en la de Soderbergh es explícito). Tengo para mí que Haneke omitió esta significativa imagen para no contaminar de cosa visual lo que ha de ser literatura; todas las elecciones van por ese lado. La puesta es casi la de un teatro: funcional a la narración, sin otras ambiciones. No hay arte en la fotografía, no hay un uso de cámara subjetivo, no hay música, todo está sometido a la no interferencia de un texto sagrado.