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El Ultimo Lector (Ricardo Piglia)

Hace poco discutía con alguien acerca del premio Nobel y Borges, una de esas discusiones que nunca se terminan; que si no se lo dieron por gorila, que si suscribimos a la teoría de la ceguera literaria que postuló Eloy Martínez, que nunca se lo dan a gente conocida y posan de descubridores de talentos, que sin embargo hubo otros gorilas como Alexaindre y Cela que sí lo recibieron, bueno, los argumentos de siempre, a favor de una u otra posición. Uno a veces se enreda en estas zonzeras sólo para pasar el tiempo. Cuando el tiempo pasó, quise terminar diciendo:

-Al menos Borges está en buena compañía: los otros tres grandes del siglo XX tampoco lo recibieron…
-¿Qué otros tres grandes?
-Kafka, Joyce y Proust.
-Ah, cierto que vos sos clásico.

No hubo ningún sarcasmo en esa última expresión. La repensé, y claro, Borges, Joyce y Proust supongo que ya son clásicos, supongo que ya no asustan a nadie. En esa vena, leí la reseña de “El Ultimo Lector” de Piglia en esa excelente área de internet que se llama “Cuchitril Literario”; ahí estaban los nombres de Kafka, Joyce y Borges, y bueno, salí al encuentro del libro. Luego de fatigar todas las librerías de Buenos Aires, dí con el aparentemente último ejemplar disponible (es un libro del año pasado), lo cual me convierte, me gusta pensar que me convierte, en su último lector, al menos hasta que haya reedición.
Lo primero que voy a decir es que el libro se parece a una conversación; uno tiene la sensación de que Piglia está contándonos algo, y no hay en esa charla amena esa jerga tan cara a los intelectuales, esa selva falsa en la que se ponen hojas y hojas secas para dar la sensación de vegetación que crece. Uno siente que Piglia sabe que trata con sus iguales, es decir, Piglia se pone en el lugar del lector -y es un gran lector, por cierto-, y sabe que quienes lo escuchamos somos también ante todo lectores. Describe fotos de escritores, describe a Joyce con una lupa sobre un libro, describe a Borges con la nariz pegada a la página, víctimas ambos de la ceguera, describe a un hombre que construye una detalladísima ciudad en miniatura, y estas metáforas se parecen al libro de Piglia. Piglia pone esa lupa sobre una frase, sobre una sola palabra de un libro (en el caso de Joyce, la palabra es “papa”), y empieza a tirar de ese hilo. Como en el chiste, ese hilo resulta ser la cola de un elefante, pero uno siente placer al ver llegar al elefante. Piglia no habla de escritores o libros desconocidos, habla de los escritores que a uno, al menos a este humilde lector, le son queridos. Habla de Don Quijote, de Borges, de Robinson Crusoe, de Kafka, de Hamlet, de Joyce. Mezcla personajes y escritores, y todos son, bueno, amigos del lector promedio, es como una reunión de las personas que uno aprecia. Piglia confiesa casi con pudor hacia el final que éste es su libro más íntimo, el más personal, y uno le cree.