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Folklore del Paraguay

El título del libro de Dionisio M. Gonzalez Torres equívocamente nos lleva a pensar que tenemos entre manos un tratado de música popular; nada más alejado de la realidad: el vocablo folklore se utiliza en el sentido más amplio posible, y hojear al azar las seiscientas páginas de este trabajo siempre nos depara alguna feliz sorpresa. En esa vena podemos aprender que el diablo teme a los gatos negros (que, inversamente al sentido común, dan buena suerte en Paraguay), que estirar hacia abajo el lóbulo de la oreja es seña de caer preso, que el inglés barbecue es una guaranismo (“barbacoá”). Prolijamente Gonzalez Torres anota todo, absolutamente todo, lo que hace a un paraguayo: así, junto a la oscura mención de que el número ciento ocho es sinónimo de homosexualidad, convive la aclaración de que “dos por tres” es metáfora de “con frecuencia”; hay cantos infantiles de ronda, las reglas del juego de la bolita, la cantidad de jugadores de un partido improvisado de fútbol, las tradiciones del noviazgo, los ritos del casamiento y la muerte. La música, los juegos, las leyendas, el lenguaje, la cocina, la religión, la sociedad, nada se escapa al análisis de nuestro autor; podemos ver que no sin cierto candor están registrados hasta los modismos más pasajeros (“estar en la pomada”, “te quiero ver, escopeta”), las interjecciones, los cantos de cancha de fútbol, los apodos o los refranes; si Borges anotó las inscripciones en los carros de la calle Las Heras, Gonzalez Torres nos deleita con una irregular y larga enumeración de la fraseología de los camiones y ómnibus de Asunción.
Antes de terminar, quisiera rescatar una de las tantas joyas con las que nos abastece este libro. En la sección de onomástica, leemos que existe la creencia de que “si al niño no se le pone el nombre del Santo del día cuando se bautiza, su futuro será difícil, incierto, con tendencia al mal”. Mi madre, paraguaya, lleva orgullosa su nombre Crispina por San Crispín; Gonzalez Torres reconoce en el libro “Folklore Argentino” ese espíritu tan paraguayo de bautizar con extrema fidelidad al calendario, y recuerda en el suyo a esos niños que toleraron nombres como Fiesta Cívica, Pentecostés, Difunto (“nacido el dos de noviembre”) o Clera (femenino de “Clero”).