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El arte difícil

En conversaciones recientes, no he podido dejar de notar la sorpresa e incredulidad que genera el empeño que he puesto en continuar leyendo el Finnegans Wake pese a sus dificultades (para quien no conozca el último libro de James Joyce, básteme mencionar que es una obra que, casi a setenta años de su publicación, sigue siendo incomprensible para los incautos, e ilegible para la mayoría de los avisados).
Para continuar con la temática sobre la que escribí en “Borges y el Finnegans Wake”, reflexiono sobre las dos posturas clásicas sobre la degustación de una obra de arte: la que la obra de arte debe provocarnos, sin esfuerzo ni explicaciones, un placer estético de orden visceral, y la otra, la que dice que hay que capacitarse (“iniciarse”) para poder llegar a las obras más interesantes de la humanidad. De un lado del ring están los que defienden (o proponen) el status de alto arte del folklore, las artesanías y la televisión; del otro, los que pretenden crear un panteón excluyente con los abstrusos Schoemberg, Kandinsky o Joyce. Este último decía que su lector ideal era alguien que dedicara su vida completa a leerlo, y quizás no estaba errado. Leer una sola página del mencionado Finnegans Wake puede llevar semanas, y la inteligencia completa de tan ínfima fracción del texto probablemente esté destinada al fracaso: sólo podemos conformarnos con unas pocas migas. Entonces, ¿vale la pena trabajar tanto? Yo digo: sin duda sí, en el caso de Joyce, al menos. Conozco gente que hace quince, veinte años que sigue leyendo ese laberinto, y sigue encontrando la felicidad en una palabra al azar descifrada, una palabra minúscula. ¿No vale la pena leer un libro que provoca tanta felicidad con una sola palabra?
Ahora, alabar un libro porque sea de dificilísima (acaso imposible) comprensión tampoco importa la obliteración del resto de la literatura, o postular que su método es el único posible. Reducir la literatura a ese libro es empobrecer el universo de nuestras fuentes de asombro estético, de la misma forma que quien piensa que la dificultad es un atributo de orden negativo está también empobreciendo el suyo. La expresión de una entidad estética de cierta riqueza requiere de dispositivos sinónimamente ricos, o resignémonos a las posibilidades elementales que nos pueden sugerir las impresiones más inmediatas.
En resumen, cuando se refiere a la degustación del arte, la elección de una cosa en contra de otra siempre termina dando pérdidas. Los panteones sólo son ocasión de vanidad de parte de quienes los postulan, y la negación a invertir para disfrutar de obras más complejas, una expresión de miedo. Para revertir el lector ideal de Joyce, el lector ideal, a secas, sería aquel que pudiera aspirar a todos los libros, a todas las literaturas, a todas las tradiciones, y que, sin rivalidades, siempre fuera capaz de extraer el mayor jugo estético a cada una de esas frutas.