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Borges y el Finnegans Wake

En alguna parte del admirable El Finnegans Wake por dentro, Mario Teruggi se pregunta por qué Borges nunca se sintió atraído por la última obra de Joyce: Borges, quien probablemente hubiera sido más que nadie ese famoso lector ideal que sufre de un insomnio ideal, el políglota Borges, el cultísimo Borges (nos dice Teruggi), él sí hubiera podido disfrutar a fondo ese universo siempre cambiante que se llama Finnegans Wake.
Para contestar, rastreo los contactos de Borges con la novela más ambiciosa de Joyce. Tan pronto como en diciembre de 1936 (Enrique Banchs ha cumplido este año sus bodas de plata con el silencio, revista El Hogar) ya Borges se despacha sobre el libro, en ese entonces llamado Work in Progress, diciendo que publicar esos lánguidos retruécanos luego del Ulysses sin duda equivalía al más absoluto silencio. A la salida del Finnegans Wake, en junio de 1939, Borges escribe su primera crítica oficial (El último libro de Joyce, misma revista). El texto rezuma ironía, la palabra perplejidad aparece dos veces, enumera un par de neologismos o calembours, y deja el libro de lado por incomprensible. Da cuenta de la omnipotencia verbal de Joyce, pero se reúsa a aplaudir o vituperar abiertamente el libro como los demás imprudentes. En noviembre, en Sur, publica una segunda reseña (Joyce y los Neologismos) donde una vez más pone el énfasis sobre la idea de las palabras compuestas, y la admiración sobre el manejo extraordinario que tiene Joyce del inglés. En 1941, nuevamente en Sur, vuelve a la carga (Fragmento sobre Joyce), postulando que sólo un monstruo inconcebible de memoria y cultura infinita podría acometer la recta lectura del Ulysses, y especialmente del Finnegans Wake.
Borges siempre tuvo una actitud ambivalente hacia Joyce; creía que el irlandés era probablemente el mayor poeta de la lengua inglesa, declamaba sus líneas en voz alta, pero lo contrariaba que sus libros, como un todo, no estuvieran en su opinión a la altura de esa grandeza. Creo que la causa está en que Borges siempre consideró la literatura como una fuente de felicidad inmediata, y no un problema intelectual para resolver. Encontró en Finnegans Wake (y también en Ulysses) gotas de infinito deleite poético, perdidas en un mar acaso ilegible o inalcanzable. Sintió que esas obras estaban labradas por el más grande artesano, pero que estaban vedadas para un simple lector que quisiera degustarlas, que quisiera encontrar una buena historia bien contada en un libro. Y Borges, pese a la opinión de Teruggi, era un simple (y buen) lector: desconfiaba de la literatura, en el sentido peyorativo de la palabra, desconfiaba del estilo rebuscado, de lo barroco, de las vanguardias. Poco antes de su muerte, el gran viejo le dice a Osvaldo Ferrari: yo no creo que el Ulysses Joyce lo escribiera para que fuese gozado, y después: yo creo que escribió Finnegans Wake para acabar con la literatura. También en las conversaciones con Alifano se repite esta idea: Finnegans Wake es invenciblemente ilegible, salvo que Joyce escribiera para la polémica, para la fama, para la historia de la literatura, y no para agradar al lector, para deleitarlo.

Postscriptum (15 de Abril, 2006): Aventuro una hipótesis adicional, que tal vez sea falsa, pero nada nos impide fantasearla cierta. En 1975 Borges escribe un cuento llamado El Espejo y la Máscara, donde a un poeta se le da la tarea de escribir una obra épica. En el primer intento, el resultado es el compendio de toda literatura:

No hay en toda la loa una sola imagen que no hayan usado los clásicos () Has manejado con destreza la rima, la aliteración, la asonancia, las cantidades, los artificios de la docta retórica, la sabia alteración de los metros. Si se perdiera toda la literatura podría reconstruirse sin pérdida

Se le pide otra obra, y el poeta, luego de un tiempo de trabajo, vuelve perturbado. La siguiente obra es completamente nueva:

Esta supera todo lo anterior y también lo aniquila. Suspende, maravilla y deslumbra. No la merecerán los ignaros, pero sí los doctos, los menos.

El paralelismo puede trazarse fácilmente: Ulysses, la primera obra importante de Joyce, deliberadamente expone y agota todos los estilos conocidos, los maneja con destreza y orden. Finnegans Wake, la segunda, es una obra vasta y del todo inusual. De ese libro se dijo que no trata de contar un sueño o una noche, sino de ser un sueño en sí mismo; del poema del cuento, Borges nos dice que no era una descripción de la batalla: era la batalla. El aspecto más notorio del libro de Joyce es el lingüístico, y lo primero que uno ve es un oscuro idioma sin reglas, dislocado y aparentemente irracional. Borges escribe del segundo poema que la forma no era menos curiosa. Un sustantivo singular podía regir un verbo plural. Las preposiciones eran ajenas a las normas comunes. La aspereza alternaba con la dulzura. Las metáforas eran arbitrarias o así lo parecían. El tercer poema épico, que determina la muerte del autor, nos muestra al poeta con ojos [que] parecían mirar muy lejos o haber quedado ciegos; sobra recordar que Joyce murió ciego, dos años después de publicar Finnegans Wake, ya vislumbrando su próxima obra. Una última pista: el poeta del cuento es explícitamente irlandés.
Nuevo Postscriptum (10 de Abril, 2007): Releyendo El Jardín de los Senderos que se Bifurcan, encuentro una nueva posible referencia al Finnegans Wake. Ahí, fuera de la trama principal, se cuenta una historia lateral acerca de un tal Tsui Pên, quien construyera una novela que fuera todavía más populosa que el Hung Lu Meng y un laberinto en el que se perdieran todos los hombres. Más tarde se puede verificar que ambas obras eran la misma cosa. Se nos dice que el empeño le llevó trece años; trece es la cuenta de años aproximada que median entre que Joyce empezó a trabajar en Finnegans Wake y que Borges lee y reseña por primera vez los borradores publicados. En 1941, cuando Borges escribió el cuento, todavía el Wake, aunque ya había dejado de ser Work in Progress y ya estaba editado definitivamente, seguía siendo un laberinto que nadie había descrifrado: faltaban algunos años para que Joseph Cambpell encontrara por primera vez una clave y esbozara un esqueleto.
Según podemos leer en el cuento de Borges, el libro de Tsui Pên no era otra cosa que manuscritos caóticos, un acervo indeciso de borradores contradictorios, es decir, la imagen que tenía Borges del Finnegans Wake en ese momento (en los diarios Bioy anota a Borges diciendo que rompió una primera edición de Work in Progress porque me daba rabia que un escritor publique borradores). Luego se habla de la estructura del libro: un volumen cíclico, circular. Un volumen cuya última página fuera idéntica a la primera, con posibilidad de continuar indefinidamente. El libro de Joyce empieza en la mitad de una frase y termina en la mitad de otra; ambas frases fueron pensadas para que pudieran unirse y así simbolizar la estructura cíclica, circular del Finnegans Wake. En el cuento de Borges, quien descrifra el libro es Stephen Albert; Stephen es el nombre del héroe intelectual de la primera y segunda novela de Joyce. No deja de ser curioso -una secreta simetría en el tiempo- que en 1941, para cuando Borges escribía El Jardín de los Senderos que se Bifurcan, nacía un gran compositor que se ha dedicado a poner en términos de música clásica el Finnegans Wake. Su nombre era Stephen Albert.