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Multiple Joyce: Parte II, la experiencia joyceana

De los cuatro libros que escribió Joyce en su vida (dejando de lado obras menores o inconclusas), sólo los últimos dos fueron realmente importantes. Dubliners no hubiera sido conocido si no hubiese sido sucedido por el resto de los libros. Portrait cobra interés a la luz de Ulysses. Ulysses y Finnegans Wake son la fama y obra perenne de Joyce.
Borges dijo (Borges cambió muchas veces de opinión sobre Joyce) que estos libros fueron escritos para romper con la literatura, para ser los últimos libros, y no para ser leídos. Ambos libros (con diferencia de intensidad) cosecharon opiniones en ese ámbito: el tedio, la pornografía, la soberbia, el hermetismo, todos sustantivos recurrentes en la crítica.

“Como Swift y algún cierto escritor irlandés actual, el señor Joyce tiene una obsesión cloacal” (H. G. Wells, The Nation, Febrero 24, 1917)

“Yo me pregunto: ¿quién infiernos se cree que es este Joyce que tantas horas de vigilia exige para comprender sus caprichos, fantasías y genialidades, de las pocas miles que me quedan por vivir?” (H. G. Wells, carta a Joyce de Noviembre, 1928, en James Joyce, Richard Ellmann, 1983)

“Ulysses es uno de los libros más aburridos que se han escrito, y uno de los menos significativos” (Aldous Huxley, 1925)

“He leído las primeras cien páginas [de Ulysses] al menos tres veces pero luego, esperando una historia, nunca llegué más lejos” (Richard Bernstein, The New York Times)

“No podría escribir las palabras que el señor Joyce usa: mis puritanas manos se rehusarían a formar las letras” (George Bernard Shaw, Octubre 10, 1921)

“Ulysses fue una catástrofe memorable: inmensa en su atrevimiento, extraordinaria en su desastre” (Virginia Woolf, The Times Literary Supplement, Abril 5, 1923)

“[Ulysses fue escrito] por un nauseabundo estudiante que se rasca los granos. [es la obra de] un iletrado, un libro al que le falta educación, [el libro] de un obrero autodidacta” (Virgina Woolf, Diarios, Agosto 16, 1922)

Pero volviendo al español, la incomprensión es aún más grande:

“…para mí y para gente más importante, el [Ulises] de Homero tiene una poesía del [sic] que carece Joyce” (Ernesto Sábato, La Maga, Septiembre 1, 1995)

“James Joyce no ha sido traducido al castellano, y es de buen gusto llenarse la boca hablando de él. El día en que James Joyce esté al alcance de todos los bolsillos, las columnas de la sociedad se inventarán un nuevo ídolo a quien no leerán sino media docena de iniciados.” (Roberto Arlt, prólogo a Los Lanzallamas, 1931)

He dicho en la primera parte de este texto que Ulysses trata de lo que ocurre un día en particular, lo que le ocurre a Bloom (el día 16 de Junio es mundialmente conocido como “Bloomsday”, y miles acuden a Dublin para celebrarlo cada año), a Stephen Dedalus y a Molly. En cada capítulo se hace gala de estilos literarios, nuevos y viejos, de veladas referencias a diversas fuentes (desde Aristóteles a Shakespeare, pasando por Homero), y largos “monólogos interiores”, es decir, lo que pasa por la cabeza de estos personajes, sin filtro ni explicación. Aquí reside uno de los argumentos disuasivos del libro: estos monólogos muchas veces hablan de cosas que no entendemos, que no sabemos a qué se refieren, comentarios fragmentarios, inconclusas observaciones sobre muchas cosas que ignoramos. El tercer capítulo (“Proteus”) es uno de los más grandes obstáculos a superar: sus famosas palabras inaugurales (“Ineluctable modality of the visible.”) son una buena muestra de lo que viene después. Muy pocos reconocerán la cita aristotélica, y la mayoría naufragará en este introspectivo paseo a orillas del mar. Se cierra el libro.
Finnegans Wake, en cambio, hará naufragar a sus lectores mucho antes. Abrimos el libro y, como intrusos, nos vemos inmersos en un discurso críptico que ya había comenzado antes. Así, el implacable primer párrafo dice:

riverrun, past Eve and Adam’s, from swerve of shore to bend of bay, brings us by a commodius vicus of recirculation back to Howth Castle and Environs.

Para entender esto, además de saber inglés, hay que saber que hay una iglesia de Adán y Eva y una loma Howth a orillas del río Liffey en Dublín, Irlanda. Que sobre la loma hay un castillo, y que este castillo marca la entrada del Liffey al mar, en la bahía de Dublín. Que el río Liffey representa a Anna Livia en el libro. Que las siglas de Howth Castle and Environs son las siglas del marido de Anna Livia, Humphrey Chimpden Earwicker. Que Comodio fue un emperador romano de la Decadencia. Que Giambattista Vico postuló una teoría cíclica de la historia. Que “riverain” significa “que pertenece a un río”. Con todo esto, podemos entender que “riverrun” es el río que corre sinuoso como una mujer hacia el mar, pasando por la iglesia de Adán y Eva, que nos lleva al primer hombre y la primer mujer, que son representados por Anna Livia y Earwicker en el libro, que todo será un ciclo, un círculo “vicoso”, como las aguas de un río que van al mar, que se evaporan y vuelven al río, como el ciclo de la humanidad, que nace (Adán y Eva), decae (Comodio), muere y vuelve a nacer, siguiendo la teoría de los ciclos de Vico. La densidad de veintipico de palabras. El libro recién ha comenzado, y muchos cerrarán sus cubiertas pasmados aquí nomás. Algunos, más valientes, intentarán algunas páginas más, y la mayoría abandonará no más allá de la décima hoja.

Creo que, como el crítico de New York Times que cité antes, estos lectores esperan una historia lineal, contada tradicionalmente, cuyos detalles se limiten únicamente a los que importan al grueso de esta historia. Borges decía que no era necesario leer todo el libro para disfrutarlo, ni leerlo desde comienzo a fin. Que bastaba con disfrutar lo que esté a nuestro alcance. Siempre habrá más.
Paul Audy, profesor de una escuela secundaria en Estados Unidos, en 1986 hizo un curioso experimento. Les dio a sus alumnos esta línea inicial del Finnegans Wake junto con las líneas finales, sin decirles de qué se trataban, y les pidió que trabajen en su significado, grupalmente. El experimento fue un éxito. Luego de semanas de trabajo sin prácticamente ninguna ayuda del profesor, lograron aislar la mayor parte de los significados de los fragmentos. Una vez que se les dijo que era un texto del libro más oscuro de Joyce, un tercio de la clase se mostró indiferente a la experiencia, un tercio tuvo sensaciones ambivalentes, y otro tercio declaró un entusiasmo absoluto. Entre éstos, una alumna escribe: “el mundo se volvió más complejo, pero de alguna manera más fácil de entender, o más digno de ser entendido”. Otra dijo haber “ganado el conocimiento que me da la capacidad de tener una mirada más profunda en la literatura”. Durante la primer exposición al texto y sus posibilidades, un alumno admitió: “disfruté su lectura porque en verdad me hizo pensar. En este pequeño ejercicio, me dí cuenta lo estrecha que puede ser mi forma de pensar”. Creo que ésta es la verdadera experiencia joyceana. Sin prejuicios, con el espíritu de jugar e interactuar con la obra. Finalizo con una carta de una alumna a una amiga, acerca de la experiencia de Audy, que resume perfectamente este espíritu:

“¿De qué se trata este fragmento? Se trata, en algún sentido, del lenguaje. Algunas palabras están alteradas, algunas inventadas. La mayoría tiene una miríada de significados posibles o implícitos o sugeridos. Las palabras y sus significados caen unos sobre otros como el mar descripto en el fragmento. Sí, el océano es una de las cosas de las que se trata, pero hay más, mucho más. Las lecturas simultáneas chocan en la cabeza de uno (“bueno, esta palabra podría significar esto, y conectada con aquella podría ser algo religioso, pero esta palabra también puede significar esto otro, y si uno la conecta con esta otra palabra, tenemos un mar, o tal vez tenemos un ser humano, un adulto, un niño, Dios, el Diablo…”): comienzos, finales, recuerdos. De manera que uno sigue una interpretación, pero es sólo una capa superficial, las otras se muestran una a través de la otra, un mosaico de significados. De manera que cuando uno se aferra a un significado, no puede olvidarse de los otros. Recuerdos (¿este fragmento se supone que es la experiencia de lo descripto?”)… por si no es obvio a esta altura, me encantó leerlo. Quiero decir que a veces estaba con los ojos desorbitados, maniática sin descanso pensando que todo esto era una ridiculez, pero en esos momentos no podrías haber hecho nada para convencerme de que pare de pensar en el texto. Me encantó destrozarlo, pensar sobre él, el proceso de descubrimiento, cuando un posible significado, una conexión entre dos palabras o dos líneas, hacía parecer como si todo el mundo tuviera un nuevo significado, no solamente esas dos palabras. Y luego conectar las palabras para crear una imagen, entusiasmarse completamente, y luego tener una nueva conexión, mía o de alguien más, que tira todo abajo, cambia las cosas de manera que ya nada encaja: genera una increíble frustración pero también el deseo de reacomodar todo hasta que vuelva a funcionar, y luego comprobar si se mantiene en pie o se vuelve a caer. El proceso en sí es horriblemente frustrante, pero absolutamente divertido.”