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Finding Neverland

Nuevamente para cinequanon, la crítica a la recientemente estrenada “Descubriendo el país de Nunca Jamás” (Finding Neverland).

Que a nadie asuste que “Finding Neverland” tenga siete nominaciones para el Oscar. Pese al sentido derogatorio del que este reconocimiento suele adolecer para los amantes del cine (como el Nobel a la literatura, o el Grammy a la música), la película de Marc Foster escapa a los convencionalismos de las biografías filmadas con los que solemos ser penalizados. En este caso se trata de una semblanza del proceso creativo que llevó a James Matthew Barrie (Johnny Depp) a escribir su obra de teatro más famosa, Peter Pan; una fama tan grande que dejó al autor casi en la sombra del anonimato. El decurso de la película es harto sencillo de referir: Barrie, en busca de un nuevo tema, encuentra a una viuda con cuatro hijos, quienes le deparan inspiración para escribir Peter Pan. El dramaturgo pronto abandona casa y esposa para dedicarse por entero a ayudar a la agobiada “musa” (Kate Winslet), como la llama amargamente Marie Barrie, y especialmente para relacionarse con los chicos. Aquí habrá alguno que ya antevea un romance entre Winslet y Depp, algún otro adivinará a Marie como un ogro, y a Sylvia Llewelyn Davis como encantadora y bella. El guión con tino elude estos obligados formalismos, y así la mujer de Barrie es hermosa sin rival, y sólo puede intuir a su marido a través de su obra, muy a su pesar. Entre Sylvia y Barrie nunca se sugiere ningún tipo de atracción; la relación entre Depp y los chicos es mucho más realista que la que hubiera caracterizado un Robin Williams o un Steve Martin. El film abunda en detalles circunstanciales que enriquecen la narración. Así, una campanita colgada de un barrilete prefigura a Tinker Bell. Barrie advierte que uno de los niños quiere crecer rápidamente, creyendo que los adultos sufrían menos; inversamente, Peter Pan es “the boy who would not grow up”. Barrie y su esposa se van a dormir en sendas habitaciones separadas: la puerta de Barrie deja entrever un mundo de fantasía, y la de su esposa, uno prosaico. El mejor amigo del escritor le advierte que la gente malicia perversiones sobre su relación con los chicos; en los créditos nos enteramos que el mejor amigo es nada menos que Arthur Conan Doyle. La fotografía pinta con trazos deliberadamente gruesos la frontera entre fantasía y realidad, mientras el guión va suavemente llevando objetos de la vida a la ficción, y devolviendo el material transformado de vuelta a la vida. El film es sólido casi todo el tiempo, y brillante en algunos momentos. Las actuaciones son excelentes, desde el perfecto acento escocés de Johnny Depp hasta el horriblemente adulto Freddie Highmore. Pese a determinadas licencias tomadas para acentuar el desarrollo de la trama (Sylvia no era viuda en la vida real, por ejemplo), la emoción llega natural y sin patetismos. No es poco en estos tiempos que corren.