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“Dogville”, de Lars von Trier

Anoche ví Dogville, la última película del director danés Lars von Trier. Para aquellos que no han visto la película, pero que tienen intenciones de hacerlo, no lean esta nota.
Dicen que la película fue descartada en el festival de Cannes porque era antiamericana. El Guardian publicó un artículo escrito por un neoyorkquino que sintió que todo era una fábula de los eventos del 11 de Septiembre. Veamos: una pobre y hermosa muchacha, escapando de unos mafiosos que la estaban cazando, se esconde en un pueblito. Los residentes al principio la ayudan, y terminan abusando de ella. Finalmente ella se venga, y arrasa con fuego todo el lugar, asesinando a todos los habitantes. Cualquier coincidencia con los países pobres, primero apoyados y luego traicionados por los Estados Unidos, transformándose en fábricas de terrorismo en el proceso, es pura imaginación. El hecho es que los medios masivos estadounidenses reaccionaron violentamente contra la película, como era de preveer, y se perdieron uno de los mejores films del año. El New York Times, el Washington Post, Variety, fueron todos extremadamente histéricos acerca del significado de la película. Pero el punto es que mientras uno la está mirando, uno no está pensando en que es una metáfora, “una metáfora con un mapa”, como dijo uno. Es una película fuerte, una excelente ocasión para ver cómo la gente reacciona en determinadas circunstancias, y la fábula podría ser fácilmente intemporal y ubicua. El color estadounidense está dado al final, cuando se ve una secuencia de fotografías de viejos, pobres, despojados granjeros americanos. No estoy diciendo que Von Trier es inocente de esta metáfora: digo que uno, como espectador, no percibe el mensaje como un ataque a la política exterior de Estados Unidos hasta el mismo final, y aún así, podría quedarse con la idea de una crítica general sobre el comportamiento humano. Lars Von Trier naturalmente intentó provocar. Dijo que él no es en verdad antiamericano; en efecto se siente como un estadounidense. Pero esto debe ser interpretado en el contexto de su propio punto de vista acerca de qué significa ser danés y sentirse estadounidense:

Los Estados Unidos dominan el mundo y somos todos súbditos del imperio, lo querramos o no. Los iraquíes aprendieron alguna que otra cosa sobre esto.

(sacado de un artículo de la BBC). El Washington Post completa esta afirmación con otra:

Me encantaría empezar una “campaña para liberar a Estados Unidos”, como hubo una “campaña para liberar a Irak”. Así me siento… estoy seguro de que es un hermoso país. Me encantaría ir ahí, pero tengo miedo de hacerlo. Tal vez sea porque hubo mala prensa, no lo sé. Creo que podría ser un lugar maravilloso, pero no soy capaz de ir a Estados Unidos en este momento porque no creo que Estados Unidos sea como debería ser.

El artículo donde he leído esto es una muestra de qué tan amarga fue la crítica con la película. Naturalmente, para los estadounidenses, el hecho de que Von Trier nunca estuvo en Estados Unidos invalida cualquier crítica. El director dijo haber estado inspirado por Steinbeck, uno de los brillantes escritores estadounidenses que aún hoy son subestimados en su país, por razones políticas.
Puedo entender que el público en general no le guste la película; incluso que, como yo, no se tomen el trabajo de creer en la provocación de la metáfora política, y tal vez simplemente la aborrezcan porque sea demasiado opresiva para los estándares de films estadounidenses. Lo que para mí es difícil de aceptar es que la clase intelectual de Estados Unidos (la crítica, en este caso), todavía esté ciega a todo arte que provoque reflexión, y se obstine en rehusar cada aspecto de una obra porque tiene un lado político, sin hablar de aceptar críticas válidas como ésta. En la película hay un intelectual que está analizando continuamente al resto del pueblo, y nunca acierta en sus conclusiones. Su único éxito consiste en ganarle a las damas a un vecino idiota. Como Henry Sheehan escribió,

Tom, el egocéntrico santo laico, habla equívocamente, a todas luces ocupando el espacio político que tiene hoy el moderno liberal entre una opresiva, aunque democrática mayoría, y una explotada, aunque consentidora minoría.

Con excepciones evidentes, como Noam Chomsky o Susan Sontag, los intelectuales estadounidenses están fielmente representados por ese personaje de la fábula.


Una muestra de la belleza de la fotografía de la película.