A las once de una fría mañana de octubre, crucé el umbral del Café Majestic, en Porto (u Oporto, forma alternativa en castellano), la segunda ciudad de Portugal.

Las letras doradas de la fachada Art Déco y la profusión de luces brillantes en el interior invitan al transeúnte de la Rua de Santa Catarina a pasar y desafiar los elementos con el tradicional vaso caliente de café con leche que se llama galão. El lugar está a pocos pasos del Grande Hotel do Porto donde yo estaba alojado, sobre la misma calle: un todavía palaciego edificio de mediados del siglo XIX, donde Teresa Cristina, la última emperatriz de Brasil, feneció en 1889. Una placa en el exterior del hotel conmemora este evento, pero en el exterior del Majestic no hay placa que le diga al mundo que, poco más de un siglo después, esta misma calle tuvo un honroso papel que desempeñar en el génesis de nada menos que la figura de Harry Potter.

En la Fnac, la librería francesa devenida en megastore cuyo sucursal portuense está un poco más allá calle abajo, las aventuras del más famoso mago de la ficción están bien visibles, en portugués y en inglés, pero la sección infantil no se jacta de ningún material de promoción que pueda recordar a los jóvenes lectores de Porto que la creadora de Harry, Joanne Rowling, vivió en su ciudad, entre 1990 y 1993. En efecto, el taxista que me trajo la noche anterior desde el aeropuerto al hotel no sabía nada de ella (“Eu leio pouco”). Ni tampoco, como descubrí al sentarme, ninguno de los mozos del Majestic excepto uno, y aún éste, pese a que había oído hablar de los libros, no tenía idea de que su autora alguna vez había sido una cliente. No obstante, munido con lo que había leído últimamente en la reciente biografía de Sean Smith, sabía que Joanne Rowling, en aquellos lejanos días en los que era un veinteañera y desconocida profesora de inglés ganándose el pan a duras penas en la ciudad del oporto, había en efecto frecuentado el Majestic y había bosquejado notas para Harry mientras estaba sentada en una de las marmoladas mesas.

El Majestic es uno de los lugares de encuentro más populares de Porto, y casi todas las mesas estaban atestadas.
Una melodía de Chopin emergía del piano mientras yo miraba los algo descoloridos espejos dorados que cubren ambas paredes, reflejando las arañas, los pilares de mármol con sus dorados capiteles corintios, y los delicados tonos crema y rosados del techo. El café, edificio protegido, data de 1921 y ha sido anfitrión tradicional de las tertulias de la cultura literaria y filosófica de Porto. La atmósfera es relajada y calma, y pocos escenarios podrían imaginarse como mejores para el lento desarrollo de una idea en la mente de una escritora. Las largas líneas de incandescentes reflejos a ambos lados le dan al Majestic su impactante apariencia desde la calle, y crean un ambiente marginalmente irreal de calidez y abundancia que no quedaría fuera de lugar en el Gran Salón en Hogwarts: en efecto, uno podría imaginarse a Fawkes, el glorioso fénix domesticado de Albus Dumbledore, asoleándose en su fuego elemental, aquí mismo en este mundo luminoso. Me quedé en la mesa mi buena hora, bebiendo dos convenientemente calientes galões, garrapateando mis impresiones en mi libreta de apuntes y, con el amable permiso del maitre, fotografiando el inolvidable interior, con sus ahora imborrables asociaciones a una personalidad creativa quien en su momento fue aparentemente tan sólo otra persona extranjera que acudía para tomar un cafecito.

Dejé el Majestic y la Rua de Santa Catarina, y corté camino por la Rua Formosa a la izquierda, en busca de la Avenida de Fernão de Magalhães, la arteria en la que, siempre gracias a Sean Smith, sabía que Joanne había trabajado como profesora en Encounter English, escuela de idiomas del sector privado. 

Almorcé en el camino; la ruta me llevó a través de una serie de  calles más bien cotidianas, aunque animadas por esos bienvenidos toques portugueses de aceras de mosaicos, fachadas de azulejos y los siempre presentes bares y cafés. La Avenida Magalhães misma, bautizada en honor al explorador conocido en español como Fernando de Magallanes, no invocaba imágenes de descubrimientos exóticos: demostró ser una larga, opaca calle sin rasgos sobresalientes que se extendía hasta los suburbios. Ubiqué al Encounter English en el número 604: la escuela ocupaba los dos pisos superiores de un edificio de tres plantas sobre un almacén. Las paredes están pintadas de color ocre; a la izquierda hay dos buzones: uno azul, el otro rojo al estilo británico, y suficientemente cilíndrico como para haberle inducido la nostalgia de casa a Joanne; a la derecha hay una tienda de ropas. Como convenía a la tarde de un sábado, las persianas estaban bajas, pero la actividad era recordada por los carteles: “Inscrições Abertas” e “Inglês, Francês, Alemão, Italiano”. Las escuelas privadas de lenguas son muchas veces de calidad muy dudosa, y ésta se veía estrecha y deslucida. Sin embargo, sabemos que aquí en la única computadora de la escuela una desconocida profesora tecleó los borradores de lo que luego se convertiría en “Harry Potter y la Piedra Filosofal”: esta poco atractiva avenida guarda sus mágicos secretos.

Seguí adelante, regresando a la Avenida Magalhães y cruzando una plaza hasta la esquina de la Rua do Duque de Saldanha. Aquí en esta calle, según el informe del incansable biógrafo, Joanne vivió en el número 59 con el hombre con el que se había casado poco después de llegar a Portugal, Jorge Arantes, quien, a pesar de ser calificado por algunos de “periodista”, era en aquel tiempo un sencillo estudiante de periodismo. No es mi intención hurgar en las vidas privadas de los famosos, por lo que sólo recordaré aquí lo que ya es conocido: que el matrimonio duró poco más de un año, desde 1992 a 1993, y que terminó en la separación y finalmente el divorcio, dejando a Joanne madre soltera, cuyo posterior paso a la opulencia se ha vuelto un cuento de hadas moderno.

La Rua do Duque de Saldanha es una agradable alameda residencial. El número 59 está al casi al final. Resultó ser la mitad derecha de una casa de dos plantas de balcones, con azulejos en el frente, con varios patrones de flores o en verde oscuro. No había placa o nombre en la puerta, y también aquí las persianas estaban bajas. Mientras fotografiaba discretamente la casa desde el otro lado, un niño y una niña pasaron. Les conté quién había vivido allí, y al menos les significaba algo el nombre de Harry. Seguí hasta el final de la calle, para tomar la vista del río Duero que se abre a pocos pasos de la antigua casa del matrimonio Arantes. En el lado opuesto hay un portón de un cementerio, el Prado do Repouso. Las palmeras invitan a una comunión con los difuntos, y el hecho de que Joanne vivió casi enfrente puede recordarles a sus lectores el cementerio que juega un destacado rol en “Harry Potter y el Cáliz de Fuego”. A la derecha del cementerio hay un edificio angular clásicamente portugués, gris y blanco, el ‘Real Colégio de Nossa Senhora da Graça dos Meninos Órfãos da Cidade do Porto, Fundado em 23-5-1651, Património Municipal’. De manera que Joanne Rowling no sólo vivió frente a un cementerio sino también a un orfanato, y, pese a que sabemos que concibió la imagen del huérfano Harry antes de haber pisado por primera vez suelo portugués, podemos sin embargo especular, si quisiéramos, que la presencia física del orfanato tan cercano a su casa pudo haber reforzado y consolidado la imagen de un niño huérfano (‘menino órfão’) en su imaginación: ese huérfano que se llama Harry.
Con mi misión ya completada, entré en un bar próximo al cementerio para tomar una rápida bica (un expresso amargo) y cambiar el rollo de mi cámara, y comencé a deshacer mis pasos hasta la Rua do Duque de Saldanha. En la vereda, justo enfrente del número 59, un grupo de ancianas vestidas de negro se quedaban mirando a un gato blanquinegro. El gato se revolvía, orgulloso y juguetón. No pude evitar pensar en la escena inicial del primer libro de Harry Potter, y la gata parada en la esquina de Privet Drive, la calle donde vivía Harry, estudiando el mapa. ¿Es que se me había concedido una visión fugaz de la profesora McGonagall, aquélla que sabe convertirse en gata? El animal expresaba una alegría infinita, feliz de ser el centro de atención. Fotografié al felino artista, y luego volví, a pasos lentos, al centro de la ciudad que será, para mí al menos, siempre la Porto de Joanne Rowling.

Nota

El libro “J.K. Rowling: A Biography” de Sean Smith (Londres: Michael O’Mara, 2001) dedica su sexto capítulo (páginas 101-117) a los años que pasó Joanne en Portugal. No podría yo haber escrito este artículo sin la detallada información suministrada por este libro, pese a que me siento obligado a señalar que la existencia de algunos deslices en los nombres sugiere que el autor no está familiarizado con el idioma portugués, mientras que el título del capítulo, “Love in a Warm Climate” (“Amor en un clima cálido”), sugiere que tampoco conoce Portugal muy bien, ya que Porto, ciudad ubicada en la costa atlántica, es durante la mayor parte del año un lugar decididamente frío y lluvioso. Pese a todo, su narración sigue el rastro de la historia con claridad y empeño.

La época de Joanne Rowling en Portugal no parece hasta ahora haber dejado muchas huellas obvias en los libros de Harry Potter. Sin embargo, Sean Smith adelanta (páginas 109-110) la interesante hipótesis de que el título “Harry Potter y la Piedra Filosofal” pudo haber sido sugerido por el poema  “Pedra filosofal” de António Gedeão, muy conocido por los portugueses aficionados a la música popular a través de una grabación de 1970 por el cantante Manuel Freire, un exponente del movimiento neo-tradicional “Música Popular Portuguesa”: no es para nada improbable que Joanne haya conocido este poema-canción en alguna actuación nocturna de los bares del barrio orillero de la Ribeira.

Tengo otro detalle portugués que agregar. En “Harry Potter y la Cámara de los Secretos”, leemos que el fundador histórico de Slytherin, una de las cuatro “casas” (subdivisiones residenciales y administrativas) de Hogwarts, fue un mago famoso, aunque maléfico y desacreditado, que llevaba el nombre de Salazar Slytherin. Slytherin es la “casa” más cercana al Lado Oscuro, que hospeda a los alumnos más antipáticos. Es Ron, el gran amigo de Harry, quien declara que sabía desde siempre que Salazar Slytherin era un torcido viejo loco. Lo interesante aquí es la referencia evidente a António de Oliveira Salazar, el dictador fascista que gobernó Portugal (oficialmente como Primer Ministro) desde 1932 a 1968, y una de cuyas políticas más notorias fue mantener deliberadamente el índice de analfabetismo de su país a un nivel enteramente anómalo para Europa. Los años que pasó Joanne en Portugal, así, le depararon un sugestivo y adecuado nombre para otorgar a una encarnación del Mal, por cuya conexión circunstancial, por supuesto, los amigables y hospitalarios portugueses no deben ser culpados en absoluto, mientras que también podemos recordar que los libros de Harry Potter, con su reconocida capacidad de hacer que los niños abandonen la pantalla del televisor para los placeres de la palabra escrita, han tenido un efecto totalmente contrario al de las estrategias analfabetizadoras de los Salazares de la Historia.


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