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Mujer que Sabe Latín: Rosario Castellanos, Embajadora de México y de Chiapas

Mujer que Sabe Latín: Rosario Castellanos, Embajadora de México y de Chiapas

Mujer que Sabe Latín: Rosario Castellanos, Embajadora de México y de Chiapas

Reseña de “Balún Canán” (Novela Editada por Dora Sales Salvador: Primera Edición en el Estado Español)

Christopher Rollason, (M.A., Cantab.; Ph.D., York)

Ficha técnica: Rosario Castellanos, Balún Canán (1957). Edición de Dora Sales Salvador (Universidad Jaume I de Castellón). Madrid: Ediciones Cátedra (colección ‘Letras Hispánicas’), 2004. Rústica, 393 páginas. Introducción (págs. 9-118) y bibliografía (págs. 119-128). ISBN: 84-376-2181-X.

‘Pero el quejido del indio
¿por qué no se escuchará?’ –
Violeta Parra

‘Señora del arco iris, moradora en los dominios húmedos,
Señora de la luna, que vierte en la tierra
Las aguas que nutren, Ixchel’.
Oración maya

I

El 7 de agosto de 1974, una mujer mexicana de 49 años falleció en Tel Aviv, triste víctima de una descarga eléctrica de una lámpara doméstica. Era la embajadora de entonces de México en Israel. No obstante, era mucho más que eso: se llamaba Rosario Castellanos, era escritora – poetisa, novelista, autora de cuentos, dramaturga y ensayista – y era también otro tipo de embajadora, hija de una familia de Chiapas y portavoz de toda la gente orillada, marginada e infravalorizada de aquella tierra. Si nadie menos que José Saramago ya ha bautizado a Rosario, en un texto de 1998, como ‘embajadora de Chiapas’, aquélla que ‘supo contar las vicisitudes de los indios y las tropelías de los blancos’, no es menos verdad que la escritora, pionera reconocida del feminismo latinoamericano, también supo narrar, con delicadeza y amargura, las añoranzas y desgracias de la gente femenina de su región y su país, asumiéndose así igualmente como embajadora de la mujer mexicana. Fue, igualmente, la autora de Balún Canán (1957), la novela cuya primera edición en el mercado del Estado español reseñaremos a continuación.

Hoy día, más de tres décadas después de su trágica y tan prematura muerte, el nombre de Rosario Castellanos ya se halla más que consagrado en su país nativo. Incluso es sepultada, al lado de los ‘hombres ilustres [sic]’ de la República, en el Panteón nacional en México D.F. Figuras tan diversas como Carlos Fuentes o el Subcomandante Marcos han alabado su proeza como narradora de su estado de Chiapas, donde fue criada en la ciudad de Comitán, leyendo su obra como proporcionando la cartografía, aún hoy esencial, que puede llevar a la comprensión de la realidad de esa zona, todavía tan conflictiva y problemática, del sur de México. Sin embargo y a pesar de la merecida fama póstuma de que dispone la autora en su país, en el mercado del Estado español, hasta ahora, ninguna obra de Castellanos había sido editada, viéndose el público lector peninsular obligado a recorrer exclusivamente a ediciones importadas. Ahora y al cabo de tanto tiempo, son las Ediciones Cátedra y la estudiosa Dora Sales Salvador quienes vienen rellenar el hiato. Rosario, así, se encuentra finalmente al lado de Cervantes, Lorca o Neruda en una de las más prestigiosas colecciones peninsulares de textos clásicos de las literaturas de habla castellana. Se sabe ya que la calidad editorial de la colección ‘Letras Hispánicas’ es siempre muy alta, y dentro de esta tradición Dora Sales ha sabido proporcionar una edición critica de la novela ‘Balún Canán’ que combina rigor intelectual y valor informativo con un notable empeño empático y afectivo con el texto de Castellanos y la cosmovisión de su autora.

II

Se preguntará de inmediato el lector, ¿qué significa ‘Balún Canán’? En efecto, y como viene explicado en el propio texto de la novela, las palabras del título son toponímicas: significan en el idioma maya ‘Los Nueve Guardianes’, refiriéndose a los cerros que rodean la ciudad de Comitán: se trata, pues, del antiguo nombre maya de esa localidad, y la elección de dicho nombre como título demuestra ya por si la fuerte empatía que sentía Rosario Castellanos con la gente autóctona de su tierra. La narrativa se ubica claramente tanto en el espacio como en el tiempo. Los acontecimientos se desarrollan en Comitán y alrededores, en los primeros años de la presidencia de Lázaro Cárdenas del Río (1934-1940), figura de proa del ala más radical del PRI (Partido de la Revolución Institucional, en aquel entonces todavía más revolucionario que institucional) y protagonista de la reforma agraria, tan añorada por los indios y temida por los ‘ladinos’ o blancos, así como del gran movimiento anticlerical. La realidad de las gentes chiapanecas que narra Rosario, con ternura y compasión pero sin tópicos exotizantes, es una vida áspera, marcada por el conflicto cada vez más bullicioso entre ladinos e indios, así como por el sufrimiento de otro grupo marginado: las mujeres, sea cual sea su etnia. Rosario Castellanos, quien se autodefinió, con cierta ironía, como ‘mujer que sabe latín’, fue una de las primeras intelectuales mexicanas a asumirse abiertamente como feminista, y, si bien siempre consciente de su posición ambivalente como miembro subalterno de una clase dirigente, mantuvo en todo momento un planteamiento ideológico en el cual tanto la mujer como el indio se encaran como elementos orillados y desprotegidos de una orden social desigual y cruel. En la novela, el género femenino tiene su representante máxima en una niña cuyo nombre no llegamos a saber, hija de una familia de la burguesía ladina.

El tramo de la narrativa nos cuenta la historia de una familia residente en Comitán y propietaria de unas tierras chiapanecas: familia tradicionalista y conservadora, cuyos miembros mantienen las actitudes que habían de esperarse, en lo relativo tanto a las relaciones con indios como a los asuntos de género. César Argüello, terrateniente soberbio y rígido, y Zoraida, su pálida mujer, tienen dos hijos: Mario, el siempre privilegiado varón, y la niña sin nombre. Los acontecimientos enfrentan a la familia con una crisis externa, que se manifiesta en las amenazas de reforma agraria y la actitud cada vez más contestataria de los indios, para desembocar en otra interna, con la muerte, por una misteriosa enfermedad, del tan preciado heredero Mario. Intervienen también varios eventos paralelos relacionados con miembros de la familia extendida y otras personas de la comunidad blanca. Las vivencias de la niña, verdadera protagonista del libro, se hallan marcadas por la profunda relación afectiva que mantiene con su nana india, de la que, finalmente y de forma traumática, se tiene que separar, así como por otra relación menos igualitaria, aquélla con el hermano varón cuyo fallecimiento acaba por infundirle una contundente sensación de culpa.

En el plano narratológico, notamos en las estrategias desarrolladas por Rosario un cierto experimentalismo que, no obstante, no afecta en nada la accesibilidad o la legibilidad del texto. La novela se encuentra dividida en tres secciones: en la primera y la última, la voz que narra es la de la niña, mientras que en la parte del medio nos habla una voz narradora de tipo omnisciente. Dentro de este marco de base, hay también pasajes de otra índole narratalógica, como extractos epistolarios y monólogos interiores de diversos personajes. El resultado es una polifonía narrativa en que ninguna voz impera de forma definitiva. A lo largo de todo el tramo y a pesar de la aspereza de lo narrado, interviene como factor redentor el lenguaje, eminentemente pulcro y esmerado, que emplea en cada momento aquella Rosario que, nunca lo olvidemos, también fue poetisa. Los mexicanismos (e incluso chiapanequismos) son frecuentes, si no abundantes, pero sin atentar contra la vocación universalizante de la lengua castellana de que Castellanos siempre fue una notable exponente. A título de ejemplo y entre tantos pasajes de gran hermosura que se podrían escoger en representación de la prosa narrativa rosariana, citaremos éste (parte de una evocación paisajística atribuida a la voz narradora de tercera persona): ‘Agua donde se miró el mecido ramaje de los árboles. Agua, amansadora lenta de la piedra. Agua devoradora de soles. Todas las aguas no son más que una: ésta, con su amargo presentimiento del mar’ (293); o, como segundo ejemplo, las palabras que siguen, extraídas de una oración de la nana india: ‘Vengo a entregarme a mi criatura. Te la entrego. Te la encomiendo. Para que todos los días, como se lleva el cántaro al río para llenarlo, lleves su corazón a la presencia que de sus siervos ha recibido. Para que nunca le falte gratitud’ (183). En momentos como éstos, se nos revela una poetisa cuya expresividad bien puede compararse, en el ámbito de las letras hispanas, con la de Emilia Pardo Bazán, en la prosa poética, o, en la poesía propiamente dicha, Gabriela Mistral o incluso, en un registro más popular, Violeta Parra.

III

La comprensión por parte de la gente ajena de la realidad mexicana, tal como se refleja en el texto de Rosario, se halla enormemente facilitada por el ejemplar trabajo editorial de Dora Sales, quien ha sabido proporcionar un aparato crítico abarcando una introducción rica y pluridimensional, una amplia bibliografía, y un agregado muy generoso de apuntes, explicativos  de los abundantes mexicanismos del texto. En la preparación de dicho aparato han colaborado varios especialistas de lengua y cultura mejicana, entre ellos estudiosos del idioma maya y miembros de la plantilla de instituciones tan prestigiosas como la UNAM (Universidad Autónoma de México) o el Colegio de México, y aquí es especialmente de destacar la aportación directa de Gabriel Guerra Castellanos, hijo de Rosario. Hoy por hoy se habla mucho en los medios traductológicos de la visibilidad del traductor, haciéndose eco de la conocida posición de Lawrence Venuti, y en este orden de cosas cabe preguntar si no se debería plantear también la visibilidad del editor – máxime en un caso como éste, donde se trata, en cierto modo, de efectuar, a través de la labor editora, una ‘traducción intralingüística’, volviendo un texto mexicano plenamente accesible al lector del Estado español. Éste, si comparte con Castellanos el mismo idioma en términos generales, necesita ser orientado para comprender plenamente y sin equívocos tanto las numerosas especificidades del castellano de México como la realidad cultural que las enmarca. Desde esta asunción, nos parece relevante constatar que la editora Dora Sales es también traductora, luciendo ya un acervo de tres excelentes traducciones de novelas indias de lengua inglesa, publicadas con éxito en el mercado peninsular. Podemos concluir que quien edita tiene una gran responsabilidad ética ante la cultura de partida, y, por ende, sostener que esta misma responsabilidad justifica una mayor visibilización del editor. En este sentido, la práctica habitual de la colección ‘Letras Hispánicas’ ya es ejemplar, pues en nuestro volumen, el nombre de Dora Sales aparece muy visiblemente en la cubierta y en la página de título.

La bibliografía ocupa una decena de páginas, abarcando todas las obras de Castellanos en sus varias ediciones mexicanas, así como un generoso abanico de estudios críticos (publicaciones y tesis universitarias) de lengua castellana e inglesa. Las notas de pie que acompañan el texto son muy informativas, logrando perfectamente su finalidad de hacer accesible al lector del Estado español los detalles, lingüísticos y culturales, de una realidad que muchas veces le puede resultar más ajena de lo que cree. Flora y fauna, gastronomía, tradiciones populares, términos de las lenguas autóctonas: todos estos variados campos se hallan esclarecidos de una forma ejemplar. Así, el lector peninsular aprende que un ‘zopilotl’ es una ‘ave vulturada de cabeza pelada y pico encorvado, que se alimenta de cadáveres’ (228n), o que el ‘comiteco’ es una ‘bebida alcohólica típica de Comitán’, que se hace ‘al pasar por un alambique pulque fermentado’, siendo el misterioso ‘pulque’, a su vez, ‘una bebida que se extrae de una clase de ágave’ (163n). El detalle puede ser, a veces, tan importante como el todo para la comprensión intercultural, y, aquí, la extranjeridad del texto mexicano se halla plenamente comunicada – y, al tiempo, iluminada sin ser negada – por el esmerado esfuerzo explicativo que ha llevado a cabo Dora Sales. Al final y en aras de la intertextualidad, la novela se halla complementada por el texto de ‘Primera revelación’ (1950), cuento de Rosario que merece ser leído como esbozando ya algunos de los grandes temas de Balún Canán.

Se nos proporciona una introducción crítica y biográfica muy amplia, consiguiendo abarcar aspectos tan variados de la novela como su ubicación histórica, las estructuras sociales subyacentes (blancos/ladinos), la problemática del feminismo, la polifonía narrativa y la dimensión formal, sin olvidar los datos biográficos (se nos brinda una cronología muy detallada de la vida de Rosario). Enfocándonos en particular en la dimensión del feminismo, notaremos que en el campo teórico Dora Sales se apoya no en las ideologías norteamericanas, sino en la Virginia Woolf de A Room of One’s Own/Una habitación propia, por un lado, y en las exponentes de la escuela francesa como Hélène Cixous o Monique Wittig, por otro, haciendo hincapié en el axioma de Cixous: ‘Escríbete a ti misma. Tu cuerpo debe ser escuchado’ (43n). En este contexto y a la luz de los ensayos feministas de la propia Rosario, enmarca a la autora mexicana como formando parte del ‘colectivo de mujeres libres’ (39), empeñada en ‘la construcción de una cultura femenina posible’ (36). Sobre el aspecto intercultural de la novela, la editora llama la atención a las corrientes ‘neoindigenistas’ de la literatura latinoamericana, sugiriendo que se puede colocar a Castellanos en ese marco, acompañando a figuras tan prominentes como Miguel Ángel Asturias, el Nobel de la vecina Guatemala, o el peruano José María Arguedas. Notemos aquí que la tesis doctoral de Dora Sales, otorgada en Castellón y recién publicada (2004) en Suiza, ofrece un espléndido análisis de Los ríos profundos, obra maestra de Arguedas que ella ilumina desde un enfoque comparatista, al lado de Red Earth and Pouring Rain, novela de Vikram Chandra, nativo de la India. La analogía con Arguedas, defensor acérrimo de la cultura quechua que fue no sólo novelista sino también antropólogo de renombre, nos parece especialmente relevante si tenemos en cuenta que, como muy pertinentemente nos informa Dora Sales, la propia Rosario colaboró durante varios años en el Instituto Nacional Indigenista, de San Cristóbal de las Casas, además de emprender un viaje por Chiapas con el teatro Petul, que nos puede recordar las giras por las zonas indígenas de Chile que realizó en su tiempo otra mujer escritora y luchadora, Violeta Parra.

Esta introducción, en su globalidad, nos proporciona un retrato polifacético e iluminador de una escritora que en todo momento se empeña por el bien común, por un futuro mejor – que, como subraya con elocuencia Dora Sales, siempre se levanta contra ‘una situación injusta que le viene dada y de la que ella, sin querer, forma parte’ (55). Al tiempo, creemos que es nuestro deber realzar una característica especial de este texto introductorio, o sea, la muy hermosa simbiosis que se ha creado entre texto y comentario, novelista y editora. Dora Sales ha sabido hacer suyo el propio estilo de Rosario Castellanos, expresándose con una desenvoltura y ternura que llegan muy cerca de la pulcritud del magnífico español de la autora mexicana. Queden como ejemplo de tan loable sintonía las muy llamativas palabras con las que nuestra editora termina su exposición – palabras que impresionan no sólo por la carga afectiva sino también por la fuerza estilística, pues resuenan tan cadenciadas y armoniosas como si fueran de la misma Rosario: ‘una voz contemporánea que se actualiza de manera asombrosa, que sigue tan vigente hoy como lo estuvo en su momento, ayudando a socavar certezas instauradas por las infinitas redes de poder, manteniendo alerta la capacidad de reflexión crítica y de revisión de patrones establecidos, recordando que la libertad, que para ser auténtica tiene que mostrarse respetuosa con las libertades de los demás, es el derecho humano más precioso’ (113).

IV

Como hemos visto, la narrativa de Rosario traza el devenir de dos tipos de relaciones conflictivas y sin solución obvia: las que existen entre indígenas y blancos y entre mujeres y varones. Si tomamos en primer lugar el antagonismo étnico, tenemos que admitir que de las páginas de este libro difícilmente se vislumbra cualquier salida del atolladero. Es cierto que, desde cierta óptica de la etnoliteratura, Rosario nos proporciona algunos elementos ‘antropológicos’ acerca de las vivencias de los indígenas, como sus costumbres de noviazgo y matrimonio. Así, aprendemos que el novio tiene que trabajar un año para los padres de la novia, viéndose ella por su turno obligada a hacer otro tanto para la familia de él, sin que jamás se puedan encontrar los dos aunque fuera por un instante. No obstante, en la práctica la comunicación intercultural parece ser votada al fracaso. La abrumadora mayoría de los personajes ladinos evidencian un desprecio visceral por los indios. César, el terrateniente, recibe como una imposición irracional la exigencia gubernamental de educar a sus subalternos indígenas. Así, coloca como profesor a Ernesto, su hijo natural, quien no sabe una palabra del habla autóctono: la escena en la que éste ‘enseña’ a sus alumnos leyendo textos de un almanaque popular, en un castellano del que ellos no entienden ni jota, sirve como una terrible parodia de la educación. Por su vez, Zoraida, a pesar de su propia situación de dominada, ha interiorizado totalmente la ideología de su etnia y de la clase dominante, y, menospreciando a los indios tan hondamente como su marido, opina que sólo merecen ser fustigados. Los autóctonos, por su parte, se encuentran en una ebullición permanente sin conseguir ningún cambio real. Luchan en vano para tener una escuela digna del nombre; echan fuego a los campos sin conseguir apoderarse de la finca; y Juana, la propia mujer de su líder, el tosco Felipe, parece haber interiorizado las jerarquías sociales y étnicas tan profundamente como su opresora Zoraida. En este orden de cosas, oímos a la voz narradora declarar: ‘Los demás callaron abatiendo los ojos como para no ver la choza que los amparaba (…) Y cuando el granizo apedrea el techo de paja lo rompe. Porque esto es todo lo que el indio puede hacer cuando la voluntad del blanco no lo respalda’ (216). El único vislumbre de una posible, verdadera comunicación transcultural entre las dos etnias antagónicas lo constituye la relación afectiva, profunda pero demasiado utópica para persistir, que se urde entre la hija de Zoraida y su nana india. Por lo demás, los lectores de hoy bien podrán discernir en las relaciones interétnicas que traza Rosario los antecedentes del conflicto atormentado, sin solucionar, que cunde en el Chiapas de nuestro siglo XXI (la misma falta de comunicación la retrata también Rosario en un cuento como ‘El don rechazado’, en el cual una mujer india se niega a aceptar la aparente generosidad de un ingenuo antropólogo). Como muy acertadamente apunta Dora Sales al respecto, ”Las consecuencias de la incomunicación cultural son devastadoras’ (32).

Si las barreras étnicas parecen ser casi insuperables, poco mejor se puede decir del abismo entre los géneros. Como hemos visto arriba, tanto a Zoraida, de la etnia y clase dominante, como a Juana, de la clase y etnia dominada, mujeres casadas las dos, les resulta impensable cuestionar su condición subalterna. Ambas la viven más bien como una fatalidad: para Juana la infertilidad es un irremediable desastre, así como lo es para Zoraida la muerte del hijo varón. Mientras tanto, la visión aguda de Castellanos se detiene en otro segmento del universo femenino, aquél que constituyen las mujeres solteras. El triste destino de la soltera (o solterona) en la sociedad tradicional mexicana fue también explorado por la autora en un cuento como ‘Los convidados de agosto’ y en una serie de poemas de las que es representativa ‘Jornada de la soltera’ (‘Da vergüenza estar sola. El día entero / arde un rubor terrible en su mejilla’). En Balún Canán, son varias las mujeres solas, y la vida de cada una acaba siendo un callejón sin salida. La vecina Amalia se convierte en una devota, portavoz de un catolicismo estéril y dogmático. El destino de la tía Francisca, dueña de su propia finca, parecería más positivo, pero ella acaba en un estado demencial, mientras que su hermana Matilde, también soltera, después de una desgraciada aventura con Ernesto, el hijo natural, también padece el progresivo deterioro de su personalidad, y acaba desapareciendo, huyendo hacia un paradero ignoto. Estas mujeres solas, rebeldes pero fatalmente inestables, podrían recordar a la Sierva María del García Márquez de Del Amor y Otros Demonios, o a la revoltosa y malhadada Reinerie de otro relato de Rosario, ‘Vals capricho’. De todos modos, la rebelión femenina no parece ser redentora en sí e incluso puede llevar al anonadamiento, tanto en lo psíquico como en lo social.

Dentro de este triste capítulo de la mujer mexicana, cabe preguntar si es a la niña sin nombre, narrador de la primera y la tercera parte, a quien tocaría tal papel redentor. Si ella halla en la relación con la nana indígena casi el único calor humano que conoce, el antagonismo étnico lleva finalmente a que su madre decida prescindir de los servicios de la sirvienta. Quedan como emblema de una relación tan hermosa como frágil las piedrecitas que la niña le regala como homenaje a una nana que, cuando la expulsan de la casa, no se detiene para recogerlas. Al final de la narrativa, después de la muerte del hermano por la cual se siente irracionalmente culpable, la niña parece estar totalmente aturdida: ‘es mi culpa la que se está pudriendo en el fondo de ese cajón’ (367). Aquí podemos recordar a una situación paralela en una novela contemporánea de la India, The Dark Holds No Terrors de Shashi Deshpande, en la cual la protagonista sufre de un sentido de culpa muy parecido a raíz de la muerte de su hermano. No obstante, en la novela de Deshpande esa circunstancia interviene en el inicio de la narrativa, mientras que aquí en Balún Canán viene al final, como si no hubiera salida posible para quien tiene la desdicha, desde la óptica de una sociedad implacable, de nacer hembra.

V

A pesar de este final tan contundente, por lo que sabemos de la vida de Rosario Castellano sería difícil creer que ella no hubiese vislumbrado algún rayo de luz para la mujer mexicana. Aquí parece legítimo preguntar qué va a ser de la niña narradora: ¿será que se convertirá en una mujer luchadora, como su creadora o como algunas de las figuras femeninas que aparecen en sus poemas? Se puede pensar en la mujer escritora de un poema como ‘Autorretrato’ (‘Escribo este poema. Y otro. Y otros. Y otros. / Hablo desde una cátedra’), o incluso en la lesbiana asumida de ‘Kinsey Report’, quien logra declarar del género masculino: ‘A los indispensables (como ellos se creen) / los puede usted echar a la basura / como hicimos nosotras’. Por otro lado, podría haber modelos en el más lejano pasado mexicano, desde Sor Juana Inés de la Cruz (otra mujer que – bien literalmente – sabía latín) hasta Ixchel, la poderosa diosa maya de la preñez, el parto y el poder curativo femenino. O ¿acabará la niña por repetir el hado de su triste y sufrida madre Zoraida?

Si hay algo que crea la esperanza de que no va a ser así, es seguramente la muy fuerte capacidad de empatía que late en todo momento en la escritura de Rosario. La escritora deja hablar a sus personajes, registra sus sufrimientos – que sean del indio o de la mujer – sin sentimentalismos y sin caer en la victimología fácil. Muestra como las personas subalternas pueden interiorizar su opresión y volverse cómplices de su propia condición; entra en el pecho de gente cuyas ideas y cosmovisión no comparte. La narrativa de Castellanos es una instancia ejemplar de la literatura como diálogo, como empatía; y es también en este sentido que la muy valiosa labor editorial de Dora Sales, estudiosa de Rosario empeñada en comunicar una alteridad, la mexicana, al público lector del Estado español, logra crear una relación simbiótica entre autora y comentarista que facilita notablemente el esfuerzo de diálogo intercultural que supone la lectura de esta novela. Quien lee esta edición de Balún Canán se quedará sin duda alguna con una conciencia más nítida de la realidad mexicana, pues descubrirá, a través de esta excepcional obra, la voz de Rosario Castellanos – de aquella ‘mujer que sabía latín’ que también fue embajadora de México, de Chiapas y de la propia mujer mexicana.

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Nota 1: El texto de José Saramago citado se encuentra en el fórum de la red Usenet <misc.activism.progressive> (fecha: 17 de julio 1998) – ‘”Chiapas'”: texto de José Saramago leído por Salvador Távora en la rueda de prensa del 4 de junio 1998 en Sevilla presentando la Campaña Urgente “Refugiados de Chiapas”‘.
Nota 2: Las citas de poemas de Rosario Castellanos están extraídas de la excelente antología Meditación en el umbral (compilada por Julian Palley, con prólogo de Elena Poniatowska, México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1985).