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Froggy Evenings

En 1897 se construyeron los tribunales de Eastland, en Texas, Estados Unidos, y en su piedra angular encerraron un sapo, llamado “Old Rip” (este nombre seguramente le fue dado a posteriori, pensando en Rip van Winkle).imageEn 1928 se demolió el edificio, y se encontró a Old Rip vivo; luego, en 1973, alguien confesaría lo que ya era obvio, pese a que el anfibio embalsamado se encontraba hacía largos añosen un museo: que se cambió el cadáver de Old Rip por un sapo nuevo.
Esta historia inspiró a Michael Maltese y a Chuck Jones a crear un cartoon titulado “One Froggy Evening”: esta vez es una rana, esta vez se llama Michigan J. Frog, esta vez la piedra basal data del 16 de Abril de 1892, y la mayor novedad de todas: esta vez la rana canta. La escucha un hombre, piensa en llenarse de dinero exhibiéndola, la rana no canta ante otros (nunca se sabe si por maldad de la susodicha o por casualidad del destino o si sólo el hombre la escucha porque está loco), el hombre termina desvariando y en la cárcel, y la rana en otra piedra que será descubierta en el futuro por otro ambicioso.
Esta simple idea devino, para muchos, en el mejor dibujito animado de todos los tiempos, con Steven Spielberg a la cabeza, comparándolo con el Citizen Kane de Orson Welles. Otros observaron que algunas de las canciones que canta la rana (incluyendo el inolvidable “Hello, ma baby”, una de las primeras canciones que hablan del amor virtual allá por 1899) son posteriores a 1892, configurando así un anacronismo intolerable en lo que de otro modo sería una obra de arte perfecta. Chuck Jones, cuarenta años después en 1995, volvió a retomar a Michigan J. Frog, y subrayó esos anacronismos en “Another Froggy Evening”: la acción comienza con un hombre prehistórico, hace trescientos mil años, que encuentra debajo de una piedra a Michigan. Naturalmente la rana canta “Hello ma baby”; naturalmente, vestirá su galera y su bastón de principios de siglo XX. El hombre construye Stonehenge como teatro para su rana (que no cantará), poniendo así el tercer anacronismo: este monumento megalítico data de hace unos cuatro mil años atrás, no trescientos mil. Luego la escena se traslada “23264 años después”, aunque el escenario sea romano; la rana vuelve a cantar ese clásico “lovin’ rag” compuesto por Maltese y Jones especialmente para Michigan J. Frog, “The Michigan Rag”. Se llena el Coliseo con la expectativa, y ante el previsible mutismo del verde bicho, el emperador “Saladus Caesar” junto con otros críticos (incluyendo caricaturas del mismo Chuck Jones, y los críticos de cine Gene Siskel y Roger Ebert para enfatizar más aún los anacronismos) vuelven su pulgar abajo, y el civil es perseguido por leones, y un breve Pussyfoot. La siguiente escena es en 1776, como es de prever en la Estados Unidos revolucionaria. Washington (“esq.”), en un cuadro magistral donde no se lo ve, también es decepcionado por la rana que se rehúsa a cantar, esta vez, “Moonlight Bay” (1912) y “Yankee Doodle” (pero con la letra post-independencia). Finalmente, un hombre en una isla desierta la vuelve a descubrir, quiere comérsela -no hay nadie más a quién exhibirla-, pero la captura Marvin el marciano, y descubre (para el disgusto de la mayoría de los fans de la “One Froggy Evening” original) que la rana en realidad hablaba en marciano, esquivando así en un dueto final el desenlace obvio: la escena del 16 de Abril de 1892 donde alguien guarda a Michigan en la piedra basal.
He enumerado algunos anacronismos deliberados de la secuela; con todo, el mayor anacronismo es de Chuck Jones, quien en 1995 se dispuso a recrear la estética que profesaba cuarenta largos años antes, ejerciendo así la doble nostalgia de revivir a la rana que no muere, y a esa época dorada de cartoons que también es inmortal, y cuyo heredero moderno encuentre acaso su mejor encarnación en John Kricfalusi.