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Dos películas

Podría decir: dos películas de Hollywood que están muy presentes en los indiferentes premios Oscar de los que pocos días nos separan, y que pese a esto me generaron cosas.
Podría decir: dos películas con un nuevo Leonardo DiCaprio. Nuevo porque por primera vez lo he visto actuar, por primera vez he olvidado casi que es Leo “Titanic” DiCaprio, por primera vez la gestualidad cruzó su cara.
Podría decir: dos películas en donde la trama importa menos que lo que hay detrás, o fuera, de la trama; dos películas que fueron enormemente aplaudidas por su trama.
Voy a decir: dos películas; “The Departed” (aquí “Los Infiltrados”), y “Blood Diamond” (Diamante de Sangre).
The Departed es un título excelente, que en inglés significa literalmente “los que se han ido”, y elípticamente “los muertos”; el título en castellano adelanta la trama y borra la hermosa síntesis del original. No conviene, entonces, hablar de los meandros del guión, que todos saben es una remake de otra película; sólo diré que sentí la mano de un gran director. Uno está acostumbrado a ver películas de Hollywood casi anónimas, donde el director (y los actores y el guionista y el director de fotografía y…) están borrados, homogeneizados por la producción, por la ley del mercado. Cuando uno entra en The Departed, lo primero que siente es el carácter de un grande, como cuando uno ve un cuadro de Van Gogh uno siente eso en los gruesos trazos de pincel (Scorsese fue Van Gogh en una película de Kurosawa). Uno puede o no estar de acuerdo con las elecciones, pero siente esa fuerza inmensa, la convicción de un artista. Dije que la trama no es importante, dije que no sería bueno anticiparla; no es la trama lo que me ha llegado, que alguno comparará con Hamlet; no son sus múltiples y a veces secretas simetrías, sino el poder de esta película, que arrastra todo el resto, incluso al siempre insufrible Jack Nicholson, como un río imparable.
Blood Diamond, en cambio, es otro tipo de film. No es una película “de autor”; los clichés de Hollywood están harto presentes, no es posible ignorar esas convenciones: la del héroe indestructible, la del bueno sin mácula, la del malo sin tregua, la de la bella e inteligente que, además de como seductora, funciona como transporte de la moral estadounidense, y hay más. O sí es posible: a lo largo de dos horas y monedas, uno asiste a escenas intolerables moralmente, y uno se olvida de la trama, del lugar a donde nos lleva la trama, y ve constantemente el fondo. El fondo es un Africa increíblemente bella, donde niños mueren o son mutilados o son convertidos en soldados, donde las mujeres son violadas o fusiladas a sangre fría o reubicadas en remotos campos de refugiados, un Africa donde todo es ambición y saqueo. Eso, que la película pretende hacia el final llevar al segundo plano, queda en primer plano, para siempre: hacia el final ya no me importaron los destinos de DiCaprio y compañía, sino el resto, el destino de Angola, de Sierra Leona, de los hombres de esos países, no de un hombre, sino de todos los hombres. Casi no me importó que la película quisiera ser de una moralidad equívoca, o simplificada: lo importante es la inmensa tragedia de su escenario, y que no se logró llevar en anodinas observaciones, en inverosímiles heroicidades, en falsas redenciones.