Goran Bregovic en Buenos Aires (26 de
Junio de 2003)
(publicado el 10 de Julio
de 2003)
Editó en Argentina sólo
un puñado de compactos que no se acerca a su vasta
discografía, no lo pasan en la radio, no le dan reportajes en
televisión, la propaganda de su recital fueron algunos afiches
perdidos en la capital, llenó dos Luna Park,
¿quién es Goran Bregovic?
Que Buenos Aires es una ciudad rara en Latinoamérica, creo que
ya a nadie le quedan dudas. Goran Bregovic, un tipo que nació en
Sarajevo pero que vive notoriamente aburguesado en París,
tampoco lo ignora. Vino el 12 de Septiembre de 2001, un diíta
después de la caída de las torres, quiso llenar
ambiciosamente el teatro San Martín, y no se dio cuenta que en
esta ciudad le iba a quedar chico. La gente llenaba los pasillos
bailando esa mezcla de ritmos folklóricos gitanos, esa mezcla
que los gitanos apátridas vienen juntando desde la India,
arrastrando todas las músicas sin vergüenza a su manera,
aleando en bronce de trompetas y trombones armonías que pueden
ser españolas o árabes o judías o
balcánicas o... argentinas, claro. Bregovic volvió
después de la caída del uno a uno, y esta vez a lo
grande: pidió un Luna Park. Tuvo que agregar una función
más a último momento. Que la gente coree
fonéticamente en serbio tal vez no le fue tan extraño;
que bailara frenéticamente sobre las finas butacas,
quizás tampoco. Pero hubo un momento en que Buenos Aires le
mostró su mejor cara. Luego de que sus tres coristas de cristal
(dos búlgaras, una de Macedonia) terminaran delicadamente una
canción, la audiencia estalló en ovación. Pasados
unos momentos, espontáneamente la gente se puso a cantar en
perfecta afinación y sintonía el tema que acababa de
escuchar. Bregovic abrió la boca, balbuceó y casi pierde
pie, ese Bregovic que parecía la serenidad personificada, con su
frágil cuerpo vestido de un blanco Valium que contrastaba con
los negros trajes de los broncistas y los coloridos folklorismos de las
mujeres. Nota aparte para el percusionista-cantante-acordionista, esa
especie de anti-Bregovic, una masa de músculos tatuados con una
voz sorprendentemente tenue o poderosa según los requerimientos
de la móvil mano del compositor serbio. Tal vez algún
distraído pensó en que él, en el centro del
escenario, era realmente Bregovic, y que el otro, que apenas cantaba o
tocaba su ocasional guitarra en su rincón, era solamente el
director de la orquesta. Los temas pertenecieron principalmente a su
último disco ("Tales and Songs from Weddings And Funerals"),
quizás en un esfuerzo por opacar a quien le diera la fama y con
quien hoy no cruza palabras, Emir Kusturica, el célebre director
serbio de esa obra maestra llamada "Underground" (Kusturica
también vino a tocar a Buenos Aires, y también
forzosamente tuvo que agregar algunas funciones más). Pero a su
pesar la gente pedía a gritos esos temas que le robó
impunemente a Saban Bajramovic, "Mesecina" y "Kalashnikov", y tuvieron
que ser satisfechos, luego de la presentida queja: "me tengo que ir a
dormir, muchachos". Entrenó una vez más a la gente para
que gritara "Al ataque", y cuando el Luna entero rugió,
sonó nomás la oda al fusil ruso Kalashnikov ("Caballito"
en la boca de los argentinos al corearla). La otra breve
intromisión fue para pedir disculpas por tocar un tango (y en
portugués, encima) en la misma ciudad del tango, alegando que
él no era digno, y que la iba a tocar rápidamente al
principio del recital para pasar el mal trago y ya. Tal vez ya
sabía que sí era digno de Buenos Aires, digno de obtener
la aprobación unánime de la masa fundamentalmente joven,
y su apoteosis fue tocar ese tango que dedicó a la africana
Cesaria Evora, "Ausencia". Digno, en fin, de que la gente sepa de
memoria quién es Goran Bregovic.
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