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pueden agrandarse)
Este fue un viaje que no planeamos en
absoluto. No sabíamos dónde podíamos ir,
sólo sabíamos que queríamos empezar en San Luis,
un lugar donde ya habíamos estado antes. Nos sentamos en el
auto, y manejamos los 800 kilómetros hasta San Luis, la capital
de la provincia con el mismo nombre. Estuvimos ahí cuando
éramos adolescentes, prácticamente mochileros haciendo
dedo. Conocíamos algunos lugares, y queríamos volver a
otros que teníamos como "materias pendientes". La primera era un
lugar llamado "Sierra
de las Quijadas", un paisaje increíble de piedras erosionadas por el agua,
el agua de un océano desaparecido hace mucho tiempo
atrás.
El lugar es también un buen punto de
partida para buscar trazas de dinosaurios, puestas en evidencia
después de los cambios geológicos. No se puede llegar a
Sierra de las Quijadas si no es con un auto; allí nos esperaba
un guía que nos llevó al corazón mismo del lugar y
nos explicó un montón de cosas. Era un hombre joven y
apasionado; después descubrimos que él mismo se
había buscado esto: no trabajaba ni para el gobierno ni para
ninguna agencia turística.
Nos dijo que era uno de una camada muy
particular de egresados de la carrera de turismo, y que el resto estaba
disperso en distintas partes de San Luis, haciendo el mismo trabajo.
Consiguió geólogos, historiadores, expertos en dinosarios
y paleontólogos, todo fue construido con sus propias manos,
porque el gobierno no creía en Sierra de las Quijadas. Ahora que
el lugar funciona de maravillas, el gobierno quiere sacárselo,
con argucias legales y cosas así. El resiste, estoicamente.
Encontramos la misma situación en otras partes de San Luis:
todos esos jóvenes están haciendo un trabajo invaluable.
Por ejemplo, hay un viejo pueblo minero, Carolina. El lugar está
abandonado, ahora que ya nadie trabaja en las minas de oro. Cerca de
catorce años atrás, cuando fuimos por última vez,
no había nada interesante para ver. Ahora hay guías, te
llevan al interior de las minas, te explican todo. Es
fantástico. Hay una vieja caverna llamada Inti Huasi con
pinturas rupestres donde está sucediendo lo mismo. En la ciudad
de San Luis, en cambio, no hay nada particularmente atractivo.
Queríamos ir a ver en San Juan un lugar famoso llamado Ischigualasto,
también conocido como "el Valle de la Luna",
pero nos dijeron que no íbamos a encontrar nada demasiado
diferente a Sierra de las Quijadas, así que encaramos hacia el
Sur, a la provincia de Mendoza.
Aventuras
El primer lugar que encontramos fue San
Rafael, famoso por sus viñedos. No estábamos demasiado
interesados en el vino, pero había algunos lugares interesantes
fuera de la ciudad. Encontramos un lugar cómodo con lindas
cabañas a la ribera del río Atuel. Había un lago cerca, e hicimos todo
tipo de actividades: montamos a caballo por una montaña, hicimos
rafting en el río (no demasiado peligroso), remamos con un bote
por una laguna hasta un lugar bastante silvestre, caminamos por
ahí hasta que encontramos un lago interior que tuvimos que
cruzar a nado. También tuvimos que trepar una pared de roca en
nuestro camino, una nueva oportunidad de derrotar mi vértigo,
hacia arriba de ida, hacia abajo de vuelta.
Bien metidos dentro del paisaje, como me
gusta decir. Comimos un maravilloso chivito en el lugar donde
estábamos parando. Había un dique cerca, y todo era paz y
naturaleza. Un lugar, tal vez, para descansar del ruido y la ciudad,
durante años. Pero teníamos que continuar. Nos
habían dicho que hacia el Sur había un lugar llamado El
Sosneado donde se podía encontrar a un hombre que te
podía llevar al volcán del mismo nombre, en un viaje
hacia la cordillera de los Andes, caminando por tres días.
Fuimos hacia allí, pero el hombre no estaba. Había
llevado a otra gente a ver los restos del avión uruguayo que
cayó en los Andes, el accidente que inspiró la
película "¡Viven!". Mucha gente viene aquí para
hacer eso. Nos dijeron que volvería en tres días,
pero decidimos no esperar. No demasiado lejos estaba Malargüe,
también conocida como "La Capital del Deporte Aventura",
así que habíamos preguntado si había algo
interesante para ver. En San Rafael recibimos un categórico
"no". No teníamos posibilidad de volver a algún otro
pueblo para dormir, así que manejamos hasta Malargüe en
busca de un hotel. Como el sol todavía brillaba, decidimos
buscar algo interesante por los alrededores, y pedimos
información en la ciudad.
Nos sugirieron dos lugares: el lago
Llancanelo, y la Caverna de las Brujas. Habíamos visto un
montón de cuevas en Europa, así que nos inclinamos por el
lago. Se suponía que éste era el destino de las aves
migratorias que venían del Hemisferio Norte: "está lleno
de aves raras", nos habían contado. Manejamos por
kilómetros de horrible ripio, y finalmente llegamos a ver el
lago. Era enorme, mucho
más que lo que la vista podía abarcar. Pero no
había pájaros, y nadie para mostrarnos nada, para
explicarnos algo de lo que veíamos. Estábamos
terriblemente desilusionados, luego del ingrato viaje.
La Caverna de
las Brujas
Volvimos al hotel, y fuimos a una agencia de turismo. Un hombre
allí nos dijo que había que ir con un guía, no
solos. Volvimos al hotel, luego de arreglar con él una visita a
la caverna, antes de volver hacia el Norte de la provincia, como para
hacer algo y justificar el desvío.
A la mañana siguiente,
estábamos a la entrada de la caverna, de cinco kilómetros
de largo. Estábamos sorprendidos: no se parecía a nada
que habíamos visto en Europa, donde las cavernas están
iluminadas por reflectores de diversos colores estratégicamente
ubicados, y uno camina por un sendero demarcado de madera. Aquí
se entra a la caverna bajo la propia responsabilidad. El primer pasaje
era un angosto agujero donde uno tenía que reptar y arrastrarse
a través de un túnel para llegar al otro lado. No
recomendado para obesos, gente de edad o claustrofóbicos. La
mitad de la gente desertó aquí. Incluso un alemán
que había venido a Mendoza a escalar montañas no quiso
continuar. Luego, descender usando una soga a un lugar oscuro. Me
gustaba la idea de conocer el corazón de la caverna como un
hombre común, no como un turista. Sin luz, excepto la tenue
lámpara del casco. Llegamos a conocer lugares realmente bellos, que no
pueden ser capturados con una cámara de fotos.
La Payunia
Nos gustó el guía, y le
preguntamos si sabía de algún otro lugar en los
alrededores. Habló de cierta parte de los Andes donde hay
baños termales naturales. También describió un
complejo volcánico. Fuimos a los dos lugares.
El parque volcánico es
impresionante, nunca ví un lugar así. Cruzamos un
río que corría entre paredes de lava. Llegamos a una
especie de desierto, pero en vez de arena había grava
volcánica. Se podía mirar alrededor y todo era negro. En vez de dunas
había pequeños
volcanes. La Payunia es uno de los tres lugares con mayor
concentración de volcanes en el mundo. Nos sentíamos como
en Marte: sin vegetación, excepto un duro pasto amarillo, que
hacía un contraste impresionante con la arenea negra. Sin rocas,
excepto las grandes bombas de lava, como si fueran lágrimas
congeladas de rojo hierro en el suelo. El lugar en sí era
totalmente distinto a cualquier otro que yo haya visto antes.
¡Y pensar que en San Rafael nos
habían dicho que no había nada que ver aquí!
Incluso más, creo que nadie me mencionó un lugar como
éste, y Malargüe es conocido por la caverna, más que
por esto. Poca gente va allí, me dijo el guía. Y por
supuesto, pensé, ¡si nadie habla sobre esto! Hace un mes
atrás (escribo esto a principios del 2003), leí
que estaban planeando construir una especie de parque temático
sobre volcanes en Malargüe. Tal vez todo se mantenga bueno
mientras sea desconocido. Volvimos por un camino distinto que el que
nos llevó al lago Llacanelo, pero esta vez nos trepamos a un
viejo y enorme volcán para ver el lago desde arriba. Era
realmente inconmensurable, aún desde las alturas era
difícil abarcarlo con la vista. Los próximos dos
días nos internamos en los Andes para encontrar los baños
termales.
Los Andes
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El camino era encantador, lleno de verdes ríos and nevadas montañas. El clima
nos acompañaba. En vez de arena, en las orillas del río
había ceniza. Llegamos al lugar; los baños eran agujeros
cavados en la tierra, en el corazón mismo de la cordillera,
rodeados de altas montañas y un gran volcán, que
conservaba una tranquila actividad humeando constante humo.
Naturalmente quisimos ir a la cima, pero ya era demasiado tarde. Nos
conformamos con trepar a otra montaña. El guía
decidió quedarse, mientras subíamos corriendo la cuesta,
como chicos. Nos quedamos enseguida sin aire, así que nos lo
tomamos más tranquilamente. Los ríos alrededor nuestro
tomaban diferentes colores: algunos eran azules, verdes,
púrpura, lila,
amarillo, incluso blanco como leche. Los distintos minerales le prestan
colores al agua. Llegamos a la cima,
sin aliento, donde nos esperaba un glaciar. Vimos el nacimiento de un
río, el lugar justo donde el hielo se derrite y se vuelve un
poderoso torrente de agua. Vimos el sol reflejado en el hielo congelado
en burbujas. Vimos las montañas circundantes. Estábamos
en un lugar único, y agradecimos nuestra fortuna. Bajar no fue
fácil; fue más sencillo subir. Las rocas estaban sueltas,
y estuvimos por caer más de una vez. Teníamos que ser muy
cuidadosos. Cansado, fui a los baños. Elegí el más
caliente: se llamaba "El Pelambre",
45 o 50 grados, y yo estaba como en casa dentro del agua.
Me quedé por un largo tiempo,
sintiendo el agua ir y venir en tibias burbujas. Comimos un delicioso
cordero recién carneado, y nos fuimos a dormir. Al día
siguiente no pudimos subir a la cima del volcán, porque nos
dijeron que iba a tomar dos días, y no todos estaban dispuestos
a llevar a cabo una aventura semejante. Volvimos a Malargüe, y
despedimos a los buenos amigos que habíamos hecho allí.
Próximo destino: la capital de Mendoza.
Vuelta a Mendoza
Hay un lugar famoso por sus rápidos,
para hacer rafting. Naturalmente fuimos primero ahí:
Potrerillos. El río Mendoza corre rápido a esa altura, y
pronto estábamos remando y peleando
contra el agua. Los
rápidos era muy divertidos, y también la gente que
estaba con nosotros. Muchísimo mejor que la pobre experiencia en
el Atuel la semana anterior. Como siempre, había muchos
escandinavos pululando para hacer rafting, y cayeron al agua muchas
veces. Finalmente fuimos a la ciudad, y Mendoza es amigable y limpia.
Nos sentimos casi en casa: probablemente sea el único lugar
donde me mudaría, fuera de Buenos Aires, en caso que me viera
forzado. La gente es muy amable, y tienen muchos parques y y una
actividad nocturna bastante movida.
Fuimos al
parque principal, y los muchos árboles que hay allí
absorben todo lo que es sucio y viciado de la ciudad. Fue complicado
conseguir un hotel, ya que hay muchísimo turismo desde Chile,
ahora que nuestra moneda está devaluada con respecto a la de
ellos. Nuestro último viaje fue para acercarnos al Aconcagua, el
pico más alto de América.
El camino es
impresionante. Parece que uno está andando entre gigantes.
El Aconcagua puede ser visto desde un punto en particular, pero
escalarlo puede llevar varios días y una óptima
condición física. Muchos intentan. Cerca del monte hay un
cementerio donde se entierran a los andinistas que fracasaron
fatalmente, por una razón u otra, tratando de llegar a la cima.
Cerca del cementerio hay un viejo hotel que también fue
enterrado, por un terremoto. Se puede visitar, y con la
fascinación que nosotros, las diversas generaciones del siglo
veinte, tenemos por las ruinas, es hermoso. Es todo óxido y roca, pero
en un tiempo fue un hotel para ricos, muy exclusivo, con baños
termales y todo. Dentro se pueden ver las habitaciones, y el sol entra a través de las
ventanas construyendo una rara impresión. Es como un hotel
fantasma. Se llama "Puente del Inca", pero no sé la razón
del nombre. A pocos kilómetros de allí está el
límite con Chile. Volvimos a Buenos Aires al día
siguiente, llenos de sensaciones y totalmente sastisfechos.![]()
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