
Hay trescientos cincuenta y cinco historias sobre Suleiman-bin-Daoud, pero esta no es ninguna de ellas. No es la historia del Tero que encontró el Agua, ni la de la Abubilla que le hizo sombra a Suleiman-bin-Daoud para protegerlo del calor. No es la historia de la Vereda de Cristal, ni la del Rubí con el Agujero Torcido, ni la de las Barras de Oro de Balkis. Es la historia de la Mariposa que dio un Pisotón.
¡Ahora quiero que me prestes atención nuevamente!
Suleiman-bin-Daoud era sabio. Entendía lo que decían las bestias, lo que decían los pájaros, lo que decían los peces, y lo que decían los insectos. Entendía lo que las piedras decían muy profundo bajo la tierra cuando se inclinaban unas hacia otras gimiendo, y entendía lo que decían los árboles cuando murmuraban a mitad de la mañana. Entendía todo, desde el obispo en su banco hasta la hiedra en su pared, y Balkis, su Reina y Señora, la Hermosísima Reina Balkis, era casi tan sabia como él.
Suleiman-bin-Daoud era fuerte. En el tercer dedo de la mano derecha tenía un anillo. Cuando lo giraba una vez, salían Ifrits y Genios de la tierra para hacer lo que él les pidiera. Cuando lo giraba dos veces, bajaban Hadas del cielo para hacer lo que él les pidiera. Y cuando lo giraba tres veces, el grandioso ángel Azrael de la Espada venía, vestido como un aguatero, y le contaba las noticias de los tres mundos: Arriba, Abajo, y Aquí.
Y aún así Suleiman-bin-Daoud no era arrogante. Rara vez hacía alardes, y cuando lo hacía, se lamentaba por ello. Una vez intentó alimentar a todos los animales del mundo en un día, pero cuando la comida estaba lista, un Animal salió de las profundidades del mar y se la comió toda en tres bocados. Suleiman-bin-Daoud se sorprendió mucho y dijo: "Oh, Animal, ¿de dónde saliste?", y el Animal dijo: "Oh, Rey, ¡que vivas por siempre! Soy el más pequeño de treinta mil hermanos, y nuestro hogar está en el fondo del mar. Escuchamos que ibas a alimentar a todos los animales del mundo, y mis hermanos me enviaron a preguntar cuándo iba a estar lista la cena". Suleiman-bin-Daoud estaba más sorprendido que nunca, y dijo: "Oh, Animal, te comiste toda la comida que había preparado para todos los animales del mundo". Y el Animal dijo: "Oh, Rey, que vivas por siempre, pero, ¿a eso le llamás cena? En el lugar de donde provengo, engullimos el doble de esa cantidad entre comida y comida". Y Suleiman-bin-Daoud cayó de bruces al piso y dijo: "¡Oh, Animal! Hice esa comida para mostrar qué rey grande y rico era, y no porque quería ser amable con los animales. Ahora estoy avergonzado, y me sirve para aprender". Suleiman-bin-Daoud era en verdad un hombre sabio, mi más amada niña. Luego de aquello, nunca olvidó que era una tontería hacer alardes, y ahora es donde viene la parte de la historia que es verdaderamente donde comienza mi historia.
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Se casó con muchas esposas. Se casó con novecientos noventa y nueve esposas, además de la Hermosísima Balkis, y vivían todas en un gran palacio de oro en el medio de un encantador jardín con fuentes. En realidad no quería novecientos noventa nueve esposas, pero en esos días todo el mundo se casaba con muchas esposas, y por supuesto el Rey tenía que casarse con muchas más, para demostrar que él era el Rey.
Algunas de las esposas eran amables, pero otras eran sencillamente horrorosas, y las horrorosas se peleaban con las amables y hacían que se volvieran horrorosas también, y entonces todas se peleaban con Suleiman-bin-Daoud, y eso era horroroso para él. Pero Balkis la Hermosísima nunca peleó con Suleiman-bin-Daoud. Lo amaba demasiado. Se sentaba en sus aposentos en el Palacio de Oro, o caminaba en el jardín del Palacio, y sentía pena por él.
Por supuesto que si él hubiera querido, hubiera podido girar el anillo de su dedo y llamar a los Genios y las Ifrits, y ellos hubieran tejido un encantamiento a las novecientos noventa y nueve peleadoras esposas para convertirlas en mulas blancas del desierto, o en galgos o en semillas de granada, pero Suleiman-bin-Daoud pensaba que eso hubiera sido hacer alardes. Entonces, cuando peleaban demasiado, simplemente se iba caminando a alguna parte de los hermosos jardines del Palacio, y deseaba nunca haber nacido.
Un día, cuando habían peleado por tres semanas (las novecientos noventa y nueve esposas juntas), Suleiman-bin-Daoud salió a buscar paz y tranquilidad como siempre, y entre los naranjos se encontró con Balkis la Hermosísima, muy apenada porque Suleiman-bin-Daoud estaba tan preocupado. Y ella le dijo: "Oh, mi Señor, y Luz de mis Ojos, basta con que gires el anillo de tu dedo y le muestres a estas reinas de Egipto y la Mesopotamia y Persia y China que vos sos un Rey grande y terrible". Pero Suleiman-bin-Daoud sacudió su cabeza y dijo: "Oh, mi Señora, y Deleite de mi Vida, acordate de aquel Animal que salió del mar y me avergonzó frente a todos los animales del mundo porque estaba haciendo alardes. Ahora, si hiciera alardes frente a estas Reinas de Persia y Egipto y Abisinia y China, sólo porque me preocupan, podría quedar aún más avergonzado que aquella vez".
Y Balkis la Hermosísima dijo: "Oh, mi Señor, y Tesoro de mi Alma, ¿qué vas a hacer?"
Y Suleiman-bin-Daoud dijo: "Oh, mi Señora, y Alegría de mi Corazón, tengo que seguir tolerando mi destino, en las manos de estas novecientos noventa y nueve Reinas que me amargan con sus peleas constantes".
Así que siguió caminando entre las lilas y los nísperos y las rosas y las achiras y las plantas de jengibre, de denso aroma, que crecían en el jardín, hasta que llegó al gran árbol de alcanfor que se llamaba el Arbol de Alcanfor de Suleiman-bin-Daoud. Pero Balkis se escondió entre las altas flores de lis y los bambúes manchados y las lilas rojas detrás del árbol de alcanfor, para estar cerca de su verdadero amor, Suleiman-bin-Daoud.
En un momento dado, una Mariposa macho y una Mariposa hembra volaban bajo el árbol, peleando.
Suleiman-bin-Daoud escuchó al macho decirle a la hembra: "me asombra tu arrogancia al decirme estas cosas. ¿No sabés que si diera un pisotón, todo el Palacio de Suleiman-bin-Daoud y este jardín se desvanecerían en el instante con el sonido de un trueno?"
Entonces Suleiman-bin-Daoud olvidó a sus novecientas noventa y nueve molestas esposas, y se rió de la jactancia de la Mariposa, hasta que el árbol de alcanfor se sacudió. Luego estiró un dedo y le dijo: "hombrecito, posate aquí".
La Mariposa macho tenía un susto horrible, pero se las arregló para volar hasta la mano de Suleiman-bin-Daoud, y se aferró ahí, abanicándose. Suleiman-bin-Daoud inclinó su cabeza y susurró muy suavemente: "hombrecito, sabés perfectamente que tu pisotón más fuerte no movería ni una hoja de pasto. ¿Por qué le dijiste esa mentira terrible a tu esposa? Ya que sin duda es tu esposa".
La Mariposa macho miró a Suleiman-bin-Daoud y vio el ojo del Rey más sabio de todos parpadear como estrellas en una noche helada, y tomó coraje con sus dos alas, y ladeó su cabeza y dijo: "Oh, Rey, que vivas por siempre. Es mi esposa, y ya sabés cómo son las esposas".
Suleiman-bin-Daoud sonrió en su barba y dijo: "Sí, lo sé, hermanito".
"Uno debe mantener el orden, de alguna manera", dijo la Mariposa macho, "y mi esposa me estuvo peleando toda la mañana. Le dije eso para calmarla".
Y Suleiman-bin-Daoud dijo: "Ojalá eso la haya calmado. Ahora volvé con ella, hermanito, y quiero escuchar lo que vas a decir".
Y volvió volando la Mariposa macho con su esposa, quien estaba temblando detrás de una hoja y diciéndole: "¡Te escuchó! ¡Suleiman-bin-Daoud en persona te escuchó!"
"¿Que si me escuchó?", dijo la Mariposa macho, "Claro que me escuchó. Esperaba que me escuche".
"¿Y qué es lo que dijo? ¿Qué dijo?"
"Bien", dijo la Mariposa macho, abanicándose con aires de importancia, "entre nosotros, querida (y no puedo culparlo, porque su Palacio le debe haber costado muchísimo y las naranjas están madurando), me pidió que no diera ningún pisotón, y yo le prometí que no lo haría".
"¡Qué benevolente!", dijo su esposa, y se sentó toda quietita, pero Suleiman-bin-Daoud se rió hasta que le salieron lágrimas de los ojos, a causa de la desfachatez de la malvada Mariposita macho.
Balkis la Hermosísima se paró detrás de un árbol entre las lilas rojas y se sonrió, porque lo había escuchado todo. Pensó: "si yo soy sabia puedo todavía salvar a mi Señor de las persecuciones de estas reinas peleadoras", y estiró un dedo y susurró suavemente a la Mariposa hembra: "mujercita, posate aquí", y ahí voló la Mariposa hembra, muy asustada, y se aferró en la blanca mano de Balkis.
Balkis inclinó su hermosa cabeza y susurró: "Mujercita, ¿le das crédito a lo que acaba de decir tu esposo?"
La Mariposa hembra miró a Balkis, y vio los ojos de la Hermosísima Reina brillando como estanques profundos donde se reflejaban las estrellas, y tomó coraje con sus dos alas y dijo: "Oh, Reina, que seas encantadora siempre. Ya sabés cómo son los esposos".
Y la Reina Balkis, la Sabia Balkis de Saba, escondió una sonrisa con la mano sobre sus labios y dijo: "hermanita, claro que lo sé".
"Se enojan", dijo la Mariposa hembra, abanicándose rápidamente, "sobre cualquier tontería, pero hay que seguirles la corriente, oh, Reina. Nunca quieren decir ni la mitad de lo que dicen. Si a mi esposo le gusta creer que yo creo que puede hacer desaparecer el Palacio de Suleiman-bin-Daoud con un pisotón, a mí no me preocupa. Mañana se va a olvidar de todo esto".
"Hermanita", dijo Balkis, "tenés mucha razón, pero la próxima vez que se jacte, tomale la palabra. Pedile que dé un pisotón, a ver qué pasa. Ya sabemos cómo son los esposos, ¿no? Va a avergonzarse mucho".
Y así se fue la Mariposa hembra volando hasta su marido, y en cinco minutos estaban peleando más que nunca.
"¡Acordate!", dijo la Mariposa macho. "Acordate de lo que puedo hacer si doy un pisotón".
"No te creo ni un poquito", dijo la Mariposa hembra. "Me encantaría ver que lo hicieras. Quiero que des un pisotón ahora".
"Le prometí a Suleiman-bin-Daoud que no lo haría", dijo la Mariposa macho, "y no quiero romper mi promesa".
"No tendría importancia si lo hicieras", dijo su esposa, "no podrías mover ni una hoja de pasto con tu pisotón. Te desafío a que lo hagas", dijo ella, "¡vamos, dá ese pisotón de una vez!"
Suleiman-bin-Daoud, sentado bajo el árbol de alcanfor, escuchó cada palabra de esto, y se rió como nunca se rió antes en su vida. Se olvidó de todo lo que tenía que ver con sus Reinas, se olvidó del Animal que salió del mar, se olvidó todo lo que había aprendido acerca de alardear. Se reía con alegría, y Balkis, del otro lado del árbol, sonrió porque su verdadero amor estaba tan alegre.
En un momento dado, la Mariposa macho, ardiendo, volvió dando vueltas bajo el árbol de alcanfor y le dijo a Suleiman: "¡quiere que dé mi pisotón! Quiere ver qué sucedería, ¡oh, Suleiman-bin-Daoud! Nosotros sabemos que no puedo hacerlo, y ahora ya no me va a creer ni una palabra de lo que diga de aquí en más. ¡Se va a reír de mí hasta el fin de mis días!"
"No, hermanito", dijo Suleiman-bin-Daoud, "nunca se va a reír de vos otra vez", y giró al anillo de su dedo, sólo por la Mariposa, no por alardear, y -¡maravilla!- cuatro grandes Genios salieron de la tierra.
"Esclavos", dijo Suleiman-bin-Daoud, "cuando este caballero que está en mi dedo" (que es donde estaba la desfachatada Mariposa macho sentada) "dé un pisotón, quiero que hagan desaparecer mi Palacio y estos jardines, con el sonido de un trueno. Cuando dé otro pisotón, quiero que cuidadosamente traigan todo de nuevo".
"Ahora, hermanito", dijo, "volvé con ella, y date el gusto de dar ese pisotón cuando quieras".
Y volvió volando la Mariposa macho con su esposa, quien estaba gritando: "¡te desafío a que lo hagas! ¡Te desafío a que lo hagas! ¡Vamos, dá ese pisotón! ¡Dá ese pisotón de una vez!". Balkis vio a los cuatro vastos Genios encorvarse sobre las cuatro esquinas de los gardines con el Palacio en la mitad, y se puso a aplaudir suavemente diciendo: "al fin Suleiman-bin-Daoud va a hacer por una Mariposa lo que tendría que haber hecho hace mucho tiempo por él mismo, y las peleadoras Reinas se van a asustar mucho".
Entonces la Mariposa macho dio su pisotón. Los Genios levantaron de un tirón el Palacio y los jardines mil kilómetros para arriba; hubo un horrible sonido de un trueno, y todo se volvió negro como la tinta. La Mariposa hembra revoloteó retrocediendo asustada, en medio de la oscuridad, llorando: "¡Oh, voy a ser buena a partir de ahora! Lamento haber hablado. No voy a volver a contradecirte, por favor, mi queridísimo esposo, que vuelvan los jardines".
Esa cosa en la parte de abajo es un dibujo de un genio muy amigable que se llamaba Akraig. Solía alimentar a los pececitos del mar tres veces por día, y sus alas estaban hechas de cobre puro. Lo puse ahí para mostrarte cómo es un Genio amable. No ayudó a levantar el Palacio. En ese momento estaba ocupado dándoles de comer a los pececitos del Mar Arábigo. |
La Mariposa macho tenía tanto miedo como su esposa, y Suleiman-bin-Daoud se rió tanto que no fue hasta varios minutos después que encontró aliento para susurrarle a la Mariposa macho: "dá otra vez el pisotón, hermanito. Quiero que me devuelvas mi Palacio, Grandioso Mago".
"Sí, devolvele su Palacio", dijo la Mariposa hembra, todavía volando en la oscuridad como una polilla. "Devolvele su Palacio, y no quiero más de esta magia horrible".
"Bien, querida", dijo la Mariposa macho tan valientemente como pudo, "ya ves a dónde llegamos con tus fastidios. Claro que a mí me da igual -estoy acostumbrado a este tipo de cosas- pero como un favor a vos y a Suleiman-bin-Daoud, no me importa reestablecer todo como antes".
Así que volvió a dar su pisotón, y en ese instante los Genios bajaron el palacio y los jardines, sin siquiera un sobresalto. El sol brilló en las hojas verde oscuras de los naranjos, las fuentes jugaron entre las lilas egipcias, los pájaros siguieron cantando, y la Mariposa hembra estaba echada sobre un costado bajo el árbol de alcanfor, moviendo sus alas y jadeando: "oh, ¡voy a ser buena! ¡voy a ser buena!"
Suleiman-bin-Daoud apenas podía hablar de la risa. Se recostó desarmado por el hipo, sacudió su dedo apuntando a la Mariposa macho, y dijo: "Oh, Grandioso Mago, ¡qué sentido tiene devolverme mi Palacio si me estás haciendo morir de risa!"
Entonces se escuchó un ruido terrible, porque las novecientos noventa y nueve Reinas salieron corriendo del Palacio chillando y gritando y llamando a sus hijos. Corrían apuradas por los grandes escalones de mármol debajo de la fuente, en filas de a cien, y la Gran Sabia Balkis fue majestuosamente a encontrarlas y les dijo: "¿cuál es el origen de tanta tribulación, oh Reinas?"
Se pararon en los escalones de mármol, en filas de a cien, y gritaron: "¿que cuál es el origen de tanta tribulación? Vivíamos en paz en nuestro palacio dorado, como es nuestra costumbre, cuando de repente el Palacio desapareció, y nos quedamos sentadas en una oscuridad espesa y estruendosa, y hubo un trueno, ¡y Genios y Efrits se movían en la oscuridad! Ese es el origen de tanta tribulación, oh Reina y Señora, y estamos atribuladas extremadamente por esa tribulación, porque es una tribulación muy atribulada, a diferencia de otras tribulaciones que hemos conocido".
Entonces Balkis la Hermosísima -la más amada de Suleiman-bin-Daoud-, que era Reina de Saba y Sable y de los Ríos de Oro del Sur -desde el Desierto de Zinn a las Torres de Zimbabue-, Balkis, casi tan sabia como el Soberano Más Sabio Suleiman-bin-Daoud mismo, dijo: "no es nada, ¡oh, Reinas! Una Mariposa macho se quejaba de que su esposa era muy peleadora, y nuestro Señor Suleiman-bin-Daoud se complació en enseñarle a la Mariposa hembra una lección de cómo ser silenciosa y humilde, porque esas cosas son virtudes para las mariposas hembra".
Entonces se paró y habló una Reina Egipcia -la hija de un Faraón- y dijo: "nuestro Palacio no puede ser arrancado desde la raíces como un puerro sólo por un insecto. ¡No! Suleiman-bin-Daoud debe estar muerto, y lo que vimos y oímos fue la tierra tronando y oscureciéndose por la noticia".
Entonces Balkis apartó con un gesto a la atrevida Reina sin siquiera mirarla, y le dijo a ella y a las otras: "vengan a ver".
Bajaron por los escalones de mármol, en filas de a cien, y debajo de su árbol de alcanfor, todavía desarmado de risa, y vieron al Rey Más Sabio Suleiman-bin-Daoud, hamacándose a un lado y otro con una Mariposa en cada mano, y lo oyeron decir: "Oh, Esposa de mi hermano en el aire, no te olvides que hay que complacer a tu marido en todo, no sea que dé otro pisotón, porque dijo estar acostumbrado a esta magia, y es un gran y eminente mago, uno que puede robarse el Palacio mismo de Suleiman-bin-Daoud en persona. ¡Ahora vayan en paz, gente pequeña!", y besó a las Mariposas en las alas, y salieron volando.
Entonces todas las Reinas excepto Balkis -la Hermosísima y Espléndida Balkis, quien se apartó sonriendo- cayeron de bruces al suelo, diciendo: "si hace estas cosas cuando una Mariposa macho se enoja con su esposa, ¿qué nos haría a nosotras, que hemos disgustado a nuestro Rey con nuestras voces estridentes y peleando durante tantos días?"
Entonces se pusieron los velos sobre sus cabezas, y las manos sobre sus bocas, y volvieron al palacio en puntitas de pie, todas calladitas.
Y Balkis -La Hermosísima y Excelente Balkis- avanzó entre las lilas rojas hacia la sombra del árbol de alcanfor y puso su mano sobre el hombro de Suleiman-bin-Daoud, y dijo: "Oh, mi Señor y Tesoro de mi alma, alegrate, porque le hemos enseñado a las Reinas de India y Egipto y Etiopía y Abisinia y Persia y China una lección grande y memorable".
Y Suleiman-bin-Daoud, todavía mirando en la dirección en que las Mariposas jugaban a la luz del sol, dijo: "Oh, mi Dama y Joya de mi Felicidad, ¿cuándo sucedió esto? Porque estuve jugando con una Mariposa desde que llegué al jardín". Y le contó a Balkis lo que había hecho.
Balkis -la Dulce y Muy Encantadora Balkis- dijo: "Oh, mi Señor y Regente de mi Existencia, me escondí tras el árbol de alcanfor y lo vi todo. Fui yo quien le dijo a la Mariposa hembra que le pida a la Mariposa macho que dé su pisotón, porque esperaba que a causa de mi juego mi Señor urdiera alguna magia y las Reinas la verían y se asustarían". Y le contó lo que las Reinas habían dicho y visto y pensado.
Entonces Suleiman-bin-Daoud se levantó de su silla bajo el árbol de alcanfor, y estiró sus brazos y se alegró y dijo: "Oh, mi Dama y Endulzadora de mis Días, quiero que sepas que si hubiera urdido alguna magia contra mis Reinas a causa del orgullo o el enojo, como aquella vez que preparé el festín para todos los animales, ciertamente hubiera quedado avergonzado. Pero gracias a tu sabiduría he urdido la magia sólo por jugar, y por la pobre Mariposa macho, y -¡maravilla!- ¡también me ha librado a mí de los fastidios de mis fastidiosas esposas! Ahora decime, oh, mi Dama y Corazón de mi Corazón, ¿cómo es que llegaste a ser tan sabia?" Y Balkis la Reina, hermosa y esbelta, miró a los ojos a Suleiman-bin-Daoud, y ladeó un poco su cabeza, igual que la Mariposa, y dijo: "Primero, oh mi Señor, porque te amo, y segundo, oh mi Señor, porque conozco cómo son las mujeres".
Entonces volvieron al Palacio y vivieron felices de ahí en más.
¿Pero no fue muy inteligente, Balkis?
Nunca hubo una Reina como Balkis
en todo el mundo, te digo,
pero Balkis le habló a una mariposa
como uno hablaría con un amigo.
Nunca hubo un Rey como Salomón,
desde que la tierra estaba vacía
pero Salomón le habló a una mariposa
como un hombre a otro le hablaría.
Ella era Reina de Saba,
y él era de Asia el Señor,
¡pero los dos le hablaban a las mariposas,
cuando paseaban en derredor!