Un viaje a Jujuy y Salta - Argentina

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Al principio era el caos. No sabíamos en ese momento que era una indicación de cómo las cosas se desarrollarían luego, pero, ¿cómo ser advertidos? En Enero sabíamos que queríamos ver el Carnaval de Humahuaca, sabíamos que estaba previsto que comience un Sábado, el primero de Marzo. Sabíamos que iba a ser difícil conseguir un lugar para dormir, por lo que lo reservamos con antelación, un lugar cómodo en la misma Quebrada. No pudimos conseguir un avión a Jujuy, el aeropuerto más cercano a Humahuaca, así que salimos muy temprano en la mañana a Salta, casi a tres horas de nuestro destino. Luego de unos 1600 kilómetros y dos horas de vuelo, llegamos a Salta La Linda. A pesar de que teníamos en mente visitar esta ciudad, preferimos ir directamente a Humahuaca, para evitar cualquier retraso y ver todas las tradiciones del carnaval. Para nosotros era sólo cuestión de ir a la terminal de Salta y tomar uno de los incontables micros que hacen el viaje. Un paisaje típicoLa respuesta repetitiva ("olvídense") bastó para entender el problema: todos tenían el mismo plan, era el carnaval, todos estaban yendo hacia el Norte. "Nada hasta el próximo Lunes", pero el próximo Lunes era demasiado tarde. Decidimos alquilar un taxi a Jujuy, para acercarnos un poco más. Imaginamos que en Jujuy las líneas de transporte iban a estar más organizadas para el evento, y que sería más sencillo llegar a Humahuaca. Una hora más tarde en Jujuy encontramos una especie de éxodo: cuadras y cuadras de gente esperando micros, autos, taxis, cualquier cosa que tenga más de una rueda podía servir. Supimos en ese momento que todo estaba perdido, que llegar a Humahuaca iba a ser algo imposible ese día. Peor aún, la policía de tráfico se estaba asegurando que ningún medio de transporte no autorizado llevara turistas fuera de la ciudad. Formamos un grupo de una docena de gente joven de Buenos Aires que estaba en la misma situación que nosotros, y nos arreglamos para contratar un pequeño bus para todos. La unión hace la fuerza, solemos decir. Pero no todos íbamos a Humahuaca... el carnaval se celebra en varios pueblos. Nos llevarían hasta un pueblito cercano a Humahuaca, pero eso para nosotros era aceptable dado el caso, todo era válido para salir de Jujuy y acercarnos un poco más. A mitad de camino el vehículo se detuvo, porque en medio de los montes el carnaval estaba naciendo. Escuchamos: "miren, ¡están desenterrando el carnaval!", ¿qué significaba semejante expresión?

El Carnaval
Una acercamiento al desentierro Algunos dicen que la palabra "carnaval" es italiana, de carne vale, una expresión para los últimos momentos de sexo y alcohol antes de la Cuaresma (del latín Dominica ad carnes levandas => carne levamen => carnevale); otros dicen que viene del latín carrus navalis, una especie de barco con ruedas usado en Grecia y otros lugares en tiempos romanos, que se usaba para llevar a un dios, frente al cual se llevaban a cabo canciones y bailes indecentes. Ambas etimologías apuntan a tradiciones licenciosas, y algo de eso hay en cada carnaval que he visto en diferentes culturas. La tradición aquí es precolombina, pero se contecta con esta cosa europea de alguna manera. Desentierro: vegetalesNos acercamos. En un lugar muy irregular estaban cavando. Mujeres, mayormente. Estaban cantando antiguas canciones, mezclando el español con palabras en quechua, el lenguaje de los incas. Escuché los nombres de viejos dioses, y también el nombre de Jesús. De tanto en tanto, paraban y tiraban comida y alcohol dentro del foso. Tiraban cigarrillos y cerveza y vino y chicha, esa especie de cerveza de trigo que beben. También todo tipo de vegetales. Cantaban "Pachamama, danos comida y bebida este año". La Pachamama es la diosa de la tierra, la deidad principal entre los incas, y algunos la llaman Diablos bajando de la montaña“la Pachita”. Esta parte de la celebración puede llevar horas. Finalmente, encuentran un muñeco de un diablito al cavar. En ese momento, desde los montes un grupo de diablos baja corriendo y gritando. Están vestidos de rojo, llevan máscaras, hablan con una voz distorsionada. Se llevan al muñeco y el carnaval comienza. Hay música tocada con bombos primitivos, las mujeres bailan y me dan una hoja de albahaca para llevar sobre la oreja. "Es para el amor", me dicen. Bajan al pueblo para continuar bailando y cantando toda la noche; nosotros volvemos al vehículo y finalizamos en Tilcara. Acabamos de ver el carnaval naciendo en Purmamarca, el lugar donde vive el Cerro de los Siete Colores. Tilcara era un lugar que planeábamos visitar también, pero los minutos corrían rápido, y tomamos el último micro hacia Humahuaca. Diez horas, poco más de 200 kilómetros, desde Salta a Humahuaca, y finalmente estábamos ahí. Encontramos nuestro hostel, dejamos el equipaje, y fuimos directamente a otro desentierro Un arco iris perfecto (bajo un perfecto arco iris), porque el carnaval se desentierra en varios lugar a lo largo de la provincia de Jujuy, durante todo el primer día. En Humahuaca la tradición es ligeramente distinta, y lo que estábamos viendo era más arcaico: sólo cantaban viejas coplas con un tambor de mano, y no había diablo, sino solamente alfarería de barro o cerámica con comida que habían enterrado el año anterior, cuando el carnaval fue enterrado al final de la última celebración. No pudimos evitar sentirnos extranjeros en nuestro propio país. A través de todo el proceso bebimos chicha, y a pesar de que era muy alcohólica no nos emborrachamos tanto como ellos. En un círculo alrededor de los fosos estaban los collas, los descendientes de los aborígenes originales que vivieron allí, con sus ropas tradicionales, pero también había europeos (claramente diferenciados), turistas y niños. Grandes explosiones en el aire marcaban el comienzo de cada etapa de la tradición. Cuando todo terminó, volvimos al pueblo, donde otros grupos ya habían comenzado la celebración principal. Humahuaca es un pueblo muy antiguo. Las casas están hechas de adobe y paja y madera de cactus. Las calles son angostas y los autos no pueden circular por ellas. Están construidas con piedra, y dado el paisaje, muy polvorientas. Carnaval en las callesA través de las calles corren varios grupos de gente. Corren como locos, como si fuera el último día, bailando y cantando al mismo tiempo. Un grupo ocupa varias cuadras, y corre a través de la ciudad, algunos con instrumentos de bronce, algunos disfrazados de diablos, la mayoría borrachos, tirando talco o harina, o nieve artificial. Es imposible describir la energía que esto irradia. Un grupo grande (llamado “comparsa”) es precedido por un grupo más reducido de niños que corren frenéticamente en círculo, como allanando el camino para la columna principal. Esto no se parece a un desfile de personas disfrazadas: el carnaval no es para mirar, es para formar parte. Es una antigua celebración, anterior a los españoles, anterior a los incas, adaptada a cada época. Ahora se supone que está relacionada de alguna manera con la Pascua cristiana, pero está todo mezclado. El diablo representa a un dios que no pudo ser sincretizado con un santo católico, como los africanos hicieron en Brasil con sus dioses. Este dios es alguien más cercano al griego Dionisio, alguien que bebe y se divierte todo el tiempo, y por lo tanto identificado con el vicio o el demonio, y cientos de diablos corren a través de la ciudad, alentando a la gente a bailar y a cantar, impidiendo que la alegría se pierda. A pesar de haber bebido muchísimo, no caen en las calles exhaustos, pueden sobrevivir toda la noche en ese estado. No se ponen violentos: las mismas caras que aprendimos a odiar en Buenos Aires, esa típica etnicidad de la gente del Noroeste argentino, de Perú, Bolivia y Paraguay, esa misma gente son pacíficos e inocentes como corderos aquí. Uno se siente seguro en el medio de esta fiesta, un sentimiento que hace muchísimo tiempo que no se siente en Buenos Aires.

La Quebrada
Una vista de la QuebradaPasamos dos días en Humahuaca; durante el día, cuando la ciudad dormía, fuimos a la Quebrada, trepamos al punto más alto y caminamos. Todo el paisaje es roca y cardón, una especie de cactus gigante que tiene madera en el interior y puede llegar a medir diez metros de altura, o incluso más. En la foto se me ve al lado de un cardón para mostrar la verdadera altura que pueden llegar a alcanzar. Lo usan para construir casas y muebles. Una vez arriba sentimos la falta de aire, algo que llaman “apunamiento”, la sensación de que se está demasiado alto. Se trata con un té de coca, hecho con la plata de la que se extrae la cocaína. Las nubes se juntaron y comenzó a llover. Volvimos, temiendo que el barro resbaloso pudiera hacer el descenso más dificultoso. A la noche, luego de carnavalear por un rato, decidimos ir a la casa de un folklorista local muy famoso. Eramos un grupo grande de personas felices y algo borrachas. Entramos, y este Ricardo Vilca comenzó a tocar una lenta y triste canción. Todo el mundo estaba urgiéndolo a tocar algo más alegre; al final habíamos ido allí a divertirnos. Contestó, lentamente, que no quería tocar algo más alegre. "Escuchen mi música, es para escuchar, no para bailar". Era una especie de celebridad, hay que entender. Nos fuimos, desilusionados, a mezclarnos con la confusión de gente otra vez. De vuelta al hotel había una pareja de ingleses, profesores los dos, que viajaban por el mundo utilizando una moto. Hacía más de una año y medio que viajaban. Impresionante.
Visitamos Tilcara al día siguiente. Es un pueblito cerca de Humahuaca, pero que además tiene ciertos atractivos arqueológicos. Algunos muros del PucaráHay un pucará ahí. Un pucará es una especie de ciudadela construida en lo alto de un monte; desde ahí se pueden vigilar los alrededores para avistar si hay enemigos cerca, y realmente se pueden ver kilómetros a la redonda en la llanura de abajo. Siempre se tiene ventaja sobre el enemigo defendiendo desde arriba, en caso de ataque. Este lugar era más bien grande, reconstruido a partir de las ruinas de una gran ciudadela inca. Era similar a algunas ruinas que habíamos visto en Perú, pero menos sofisticada. La vista era impresionante. Había una colección de cactus en la entrada. La colección de cactus en TilcaraEl pueblo de Tilcara en sí mismo era bello y antiguo, pese a que los centros de información turística eran algo caóticos. El carnaval también estaba ardiendo y ebullendo aquí. Conocimos una turista francesa, una joven de más o menos nuestra edad, que nos contó su historia: estudió para ser profesora en Francia, pero luego cuando descubrió que podía hablar español bastante bien (tenía un perfecto control del lenguaje) decidió salir a conocer el mundo. Estaba determinada a ser profesora para el Tercer Mundo. En la embajada francesa le dijeron que había una vacante para enseñar francés a niños en Paraguay. Cuando conoció el lugar donde viviría por los próximos dos años, no podía creerlo: se trataba de Ciudad del Este, un lugar fuera de toda ley, en algún lugar entre Paraguay, Argentina y Brasil, donde cualquier cosa es posible. Allí viven únicamente traficantes y contrabandistas de todo el mundo, y se podría matar a un hombre y nadie objetaría nada. Las calles inclinadas de IruyaLa corrupción es la única ley. En la escuela donde ella enseñaba sólo había niños libaneses, que hablaban el árabe. Pensaban que el francés era útil sólo en la escuela, pero sus padres los enviaban allí para aprender el lenguaje de las clases altas de los traficantes, pagando precios increíbles en una escuela de lujo. Caminamos con ella por un camino que llevaba a un lugar llamado "La Garganta del Diablo" (¿cuántas gargantas del diablo conocí ya?) pero era demasiado lejos, y la noche ya estaba cayendo. Desistimos y volvimos al pueblo, donde despedimos a nuestra nueva amiga, que ya estaba hablando con unos belgas que encontró en un café.
Alguien nos dijo que en Tilcara había gente que podía llevarnos a una jungla, una reserva llamada Calilegua, a lomo de mula o burro por tres días a través de las montañas. En los centros de turismo nos informaron que no había semejante cosa, y nos quedamos un poco desilusionados. En vez de eso fuimos a otro pueblito, en Salta, llamado Iruya. Es un lugar increíble que está casi literalmente colgado de una montaña. Las calles están inclinadas, y terminan en un abismo. Todo es antiquísimo. El cementerio es el punto más alto del pueblo, lleno de color y años. Ciertas tumbas tienen siglos. El camino a Iruya es alucinante, subiendo hasta los 4000 metros. Conocimos a una extraña pareja: él, irlandés, ella, argentina. No tenían casa, solamente vagaban de aquí para allá. Tenían un aire hippie, y me dijeron "nuestro gran problema es que tenemos demasiado dinero y nada que hacer con él". Les conté acerca de Calilegua y quedaron encantados. Dijeron "nos quedamos por acá en Iruya por algunos días y luego vamos para Calilegua, entonces". Gente rara.

El Calvario de Lavalle
Cardón al lado de Leandro Al fin volvimos a San Salvador de Jujuy (la capital de la provincia) a dormir una noche, y a visitar brevemente la ciudad. Aprendimos en el Museo Histórico que el camino que hicimos desde Humahuaca a través de Jujuy fue el mismo que hizo el General Lavalle, una vez muerto, pero en sentido inverso. Este líder de hombres fue tiroteado (prácticamente por azar) en los días en los que Argentina era aún muy joven, y todavía peleando por ser un país. Sus seguidores tomaron su cuerpo para llevarlo a Potosí, para evitar que sus enemigos se hagan de él para mostrarlo a la multitud como trofeo de guerra, humillándolo, probablemente decapitado. El cuerpo putrefacto fue transportado por los soldados por días y días bajo el sol, así de leales le eran. En algún momento, cuando el olor nauseabundo fue insoportable, uno de ellos tuvo a cargo la horrible tarea de descarnar el cuerpo podrido de su amigo más querido, para preservar los huesos y quemar o tirar al río la carne. No puedo imaginar la dolorosa operación que debe haber sido para el elegido; imagino sus lágrimas al inferir los cortes al más alto líder que supieron tener. Veinte años después, una vez que la lucha había terminado, los huesos pudieron ser inhumados en una iglesia como se debe, y luego transladados a Buenos Aires. Nos dio escalofríos ver las balas incrustadas en la puerta de la casa donde fue asesinado, y sentir que estuvimos en los mismos lugares donde esos leales soldados pasaron con los restos de un hombre tan valioso. Sentí que las atrocidades de la Ilíada no estaban tan lejos de nuestros tiempos o nuestra geografía, después de todo.


La Selva de las Yungas
La jungla No nos olvidamos de Calilegua. Esa mañana me desperté enfebrecido, pero decidimos ir la parque de todas maneras, intentando llegar desde Jujuy con un micro.  Descubrimos que solamente podíamos acceder a Libertador San Martín, el pueblo más cercano a la Reserva. Allí encontramos una pequeño hombre en una pequeña oficina quien se suponía que nos tenía que dar información sobre Calilegua. Le preguntamos si había guías; nos dijo que los guías nos iban a llevar en un auto a través de la jungla. Habíamos hecho esto en Iguazú y estaba perfecto. Le preguntamos si podíamos alquilar bicicletas o caballos; respondió afirmativamente, enfáticamente. Contratamos un auto que nos llevó hasta la entrada del parque (cerca de media hora desde el pueblo), e instruimos al chofer para que nos pase a buscar a las seis en punto de la tarde. Eran las once de la mañana. En el parque conocimos a un hombre que nos dijo que no había guías, bicicletas o caballos. El era el cuidador de una casita que había por ahí, y ya se iba. Nos mostró algunos posibles caminos en la jungla, que podían llevarnos unas cinco horas, y nos dejó solos. Comenzó a llover, lenta e incansablemente. Mi fiebre estaba alta, pero mi esposa Marina estaba bien. Entramos a la selva. El camino estaba naturalmente cerrado en muchos lugares por hojas y troncos, porque hacía mucho tiempo que nadie caminaba por ahí. La húmeda jungla es como una presencia viva, hecha de color verde, agua y sombras. Respira, y se puede percibir esa respiración. Herzog dijo que para él la jungla es la incorporación de la Muerte misma, una "muerte colectiva"; para mí es pura y terrible vida que respira. En muchos lugares el camino está cruzado por telas de araña gigantes. Las arañas son respectivamente gigantes, y uno preferiría no molestarlas. Las mariposas también son enormes. Vimos grandes pájaros, como pavos, negros y volando pesadamente de un árbol a otro, gritando muy alto. El marrón río dentro de CalileguaAl caminar nos sentimos dentro de los intestinos de un animal grande. Llegamos a un río, marrón e intricado, que corría entre dos paredes de jungla. Lo seguimos, saltando de una piedra a otra, intentando evitar el agua. Vimos en el barro las huellas de varios animales, algunas grandes y otras pequeñas. Perdimos sentido del tiempo, no sabíamos si ya eran las seis de la tarde y el auto ya no nos esperaba: no teníamos reloj. El río corría por kilómetros, y comenzamos a sentir que la selva había finalmente ganado y nosotros estábamos atrapados. Caminamos más rápido, y para mí, con la percepción distorsionada por la fiebre, fue como estar dentro de una pesadilla. Llegamos al campamento otra vez, y unos hombres pasaban en un auto. Les preguntamos la hora: apenas las 15:30. No sabíamos qué hacer con dos horas y media, cansados y enfermos, y los mosquitos comenzaron a atacarnos. Paramos un camión lleno de gente, y escapamos a Jujuy otra vez. Dormimos y huímos a Salta, la capital de la provincia del mismo nombre.

Salta la Linda
Una iglesia en Salta Telas de araña en SaltaSalta es una bella ciudad, llena de lujosas iglesias y parques exuberantes. Está rodeada por verdes montes, y la etnicidad de su pueblo es sorprendentemente distinta a la de su provincia hermana Jujuy. Hay un teleférico que lleva a la gente hasta la cima de un monte desde donde se puede ver la ciudad completa. Allí arriba hay un hermoso parque, lleno de telarañas. Alquilamos un auto por tres días, y manejamos por un camino sinuoso a través de las montañas, llamado “La cuesta del Obispo”. Durante los primeros kilómetros, el paisaje era asombroso. Luego, las nubes. Estábamos tan altos como ellas, y sólo podíamos presenciar una terca niebla que nos impedía ver más allá de unos pocos metros. Sin mencionar el paisaje, que desapareció bajo nuestros pies. Todos nos hablaron de este lugar, y ahora nos estaba prohibido por esta nube-niebla. Cuando las montañas quedaron detrás, adelante corría la así llamada “recta de Tin-Tin”, extendida sin curvas por kilómetros, y a ambos lados el Parque Nacional de los Cardones. Me sentí como un correcaminos y un coyote por unos segundos. El paisaje, una vez más impresionante. Al final del camino, un pueblo llamado Cachi, que debería haber sido una especie de milagro rodeado de montes nevados, pero una vez más las nubes nos vedaron el placer. Dormimos algunos kilómetros en las afueras de Cachi, en La Paya. Una antigua casa fue restaurada, y las habitaciones se usaban para los turistas. Las camas estaban hechas de piedra, y la anfitriona es una arqueóloga que trabajó en las ruinas de una importante ciudadela Inca: Chicoana. El patio interno de la iglesiaDiego de Almagro fue enviado por Pizarro cerca del 1530 para conquistar el oro del Sur de Perú, y encontró esta ciudad aquí. Luego traicionó a Pizarro y fue asesinado consecuentemente. Se confirmó que las ruinas de La Paya son las que corresponden a Chicoana, pero fueron descuidadas, la ruta principal construida sobre ella y sus piedras utilizadas para construir otras casas. El marido de la arqueóloga es un hombre que está en el negocio de los pimientos rojos. Los compra, los seca en el sol por quince días, y se los vende a Corea. Es increíble ver un campo entero lleno de esos pimientos o ajíes rojos. En la casa había un par de turistas argentinos, una psicóloga y un arquitecto. Discutimos a Lacan y a Freud, y hablamos acerca del carnaval.

Caminos Polvorientos
La cuesta del obispo A la mañana siguiente, la anfitriona nos recomendó el viejo camino, que corría paralelo a la ruta principal, porque era más interesante y mejor conservado, así que seguimos hasta el próximo pueblo, Seclantás. Hay una hermosa canción llamada “El Seclanteño”.  Pensé en esa canción mientras caminábamos por este encantador y viejo pueblito, lleno de polvo y silencio. Seguimos manejando por el viejo camino, que según el mapa nos iba a llevar al próximo punto, Molinos. En un momento el camino se angostó al ancho de un auto, y finalmente se detuvo frente a una pared de rocas caídas. Miré alrededor: arena y nada más. Intentamos girar hacia atrás, y nos estancamos en la arena. El pueblo de CachiInútil intentar poner piedras bajo las ruedas, el vehículo se hundía más y más. No tuvimos otra alternativa que volver caminando al pueblo. Caminamos por kilómetros bajo el sol, que ahora se mostraba inclemente sin nubes, naturalmente. La fiebre no me había abandonado aún. Llegamos a una casita donde nos dieron agua y nos indicaron que un hombre que vivía por allí tenía un tractor. La recta de Tin-TinMás kilómetros y encontramos al hombre y al tractor, quienes nos volvieron hasta el auto y nos sacaron de la arena. ¿Cómo alcanzar nuevamente la ruta principal?, estaba por preguntar, pero Marina no quiso: volvió a recorrer todos los kilómetros hasta La Paya, y retomó la ruta, no queriendo saber más nada de "aventuras". Levantamos a un hombre que estaba haciendo dedo y nos advirtió que estábamos "perdiendo tiempo y nafta". Tenía razón. Muchos kilómetros y una hora después volvimos a las puertas de Seclantás, haciendo un círculo perfecto. Seguimos manejando hasta llegar a Molinos, cansados y hambrientos, y el camino era un desastre de piedras y polvo. En Molinos hay un criadero de vicuñas, que ahora están casi extintas. Son elegantes, más elegantes que las alpacas o las llamas. Había también una hilandería, pero las ropas son demasiado caras, creo que se las venden a los europeos. VicuñasLa iglesia, siempre diferente, siempre encantadora, como en los otros pueblos. La tarde se terminaba, y teníamos que dormir en alguna parte. En el mapa, la ruta no estaba pavimentada hasta Cafayate, pero yendo a 30 kilómetros por hora por las condiciones del camino nos quedaban muchas horas todavía. Los ríos pasan sobre la ruta, así que es difícil mantenerla. Decidimos manejar hasta el próximo pueblo. Ajíes o pimientos rojosCasi de noche llegamos hasta Angastaco, y dormimos en un hotel que era más grande que todo el resto del lugar, y casi vacío. Aprovechamos la oportunidad de comprobar el estado del auto. En el hotel se alojaban también cuatro jóvenes francesas, dos de ellas perfectas hispanoparlantes nuevamente. Prefirieron elegir un alquiler más barato de auto, y ahora pagaban las consecuencias en el taller mecánico. Le sacaban fotografías a todo lo que el mecánico hacía, porque sus amigos en París "iban a estar muy curiosos por ver todo esto".
A la mañana siguiente, temprano hicimos los kilómetros restantes hasta Cafayate. El clima era bueno. Cafayate está consagrado la producción de vino, antes principalmente en manos argentinas, hoy en manos extranjeras, estadounidenses mayormente. Visitamos una bodega, y aprendimos cómo se hace el vino. No me gusta el vino particularmente, y la visita confirmó mi idea de que el vino es una de las formas de la vanidad, como los autos o los cigarros cubanos. De vuelta al pueblo comimos chivito con cerveza, mucha cerveza barata. No hay nada interesante en Cafayate fuera de los viñedos, así que nos fuimos a un lugar de otra provincia, hacia el Sur, llamado Quilmes. Allí los más valientes indios vivieron y resistieron firmemente la conquista, en un pucará que pudimos visitar. Las ruinas de QuilmesEs un lugar árido, con una amplia vista y muchos cardones, y casi pude revivir la atmósfera de esa lucha. Tres mil personas fueron sitiadas, y dos mil llevadas a Buenos Aires luego de la derrota. Viñedos en CafayateMuchos murieron en el largo camino, y los pocos sobrevivientes fueron trasladados a lo que hoy es Quilmes, al sur de mi ciudad, lugar que recibió su nombre de los indios, y que lo dio a su vez a la cerveza argentina más famosa. El peor castigo inflingido a los aborígenes en esos tiempos era el exilio. A medida que el guía nos contaba estas cosas, vimos las casas reconstruidas en parte para que las pudiésemos apreciar. La ciudadela era enorme. Nuevamente el nombre de Diego de Almagro fue invocado por el guía al describir el descubrimiento del lugar, pero esta vez la invocación fue hecha con ignorancia. Luego de la visita, volvimos a Salta usando un camino pavimentado a través del Valle de Lerma, en vez del otro que recorría los Valles Calchaquíes. Aquí el paisaje era completamente distinto, mayormente dominado por grandes formaciones de roca, algunas con nombres que eran difíciles de justificar: el sapo, el obispo, etc. En alrededor de tres horas estábamos de vuelta, comparado con el día y medio que nos llevó la otra ruta, más interesante.

Aventuras
Cardones Mi enfermedad no me abandonaba. Nos tomamos un día de descanso, Marina comenzó a sentirse enferma también. Arreglamos para hacer kayak en los próximos dos días: uno para aprender la técnica para tratar con los rápidos, y otra para divertirnos con la experiencia. A la noche abortamos la operación: nos sentíamos demasiados enfermos para intentarlo. En vez de eso, fuimos a un lago cerca de la ciudad, en un lugar llamado Campo Quijano.Leyendo en Campo Quijano Pasamos un día tranquilo ahí; yo leía las cartas intercambiadas entre Mahler y Strauss. Al día siguiente fuimos al río y yo hice rafting en los rápidos; Marina todavía estaba demasiado enferma para esto. El agua estaba más bien fría, pero me sumergí en los rápidos a nadar en cualquier caso, luego del rafting. La gente de allí (Salta Rafting) son gente amable y heterogénea, y tienen un perro que nada y viaja en las balsas con la gente, muy divertido. Otra pareja curiosa: él era noruego y ella francés, y se hablaban en inglés; parecían muy enamorados. Encontré muchos escandinavos haciendo rafting en Argentina; parecen fascinados con esto. Dicen que en Europa todo está demasiado controlado, y se sienten más libres con los deportes extremos aquí. Había también algunos estadounidenses, pero arguyeron que habían vivido cierto tiempo en el país, como si hubiera que dar una excusa a su nacionalidad. Mucha gente me dijo que los turistas estadounidenses esconden su ciudadanía al viajar, por temor al antiamericanismo.

Folklore y Sal
Las Salinas Grandes CardonesA la noche nos fuimos a una peña. Estaba por pedir “El Seclanteño” a un grupo que estaba tocando, pero en ese mismo momento comenzaron a tocar la canción. Yo estaba muy sorprendido por la coincidencia. Más tarde pedí otras canciones, y me satisficieron. Comimos un buen plato de conejo y volvimos a dormir. Al día siguiente fuimos al Norte de Salta, haciendo el camino del famoso Tren de las Nubes (que no trabaja durante el verano) con un auto por la Puna. Encontramos lugares interesantes como Tastil (una de las ciudades precolombinas más importantes. El lugar tiene una vista maravillosa) y bellos paisajes camino a San Antonio de los Cobres, un pueblo que toma su nombre de las varias minas que posee. Comimos allí y compramos hermosas ropas. Pocos kilómetros más y están las Salinas Grandes, un lugar que nos hizo sentir como si estuviéramos en la Antártida. Todo era puro blanco, e incluso el cielo y las nubes parecían hacer eco a esa sensación. En este viaje había otra joven francesa más con nosotros, y no quiso caminar sobre el campo de sal, temiendo que pudiera romperse como hielo, tan fuerte era la ilusión. Esta vez la francesa no hablaba español, pero sí suficiente inglés como para entendernos. "Contame sobre Iraq" fueron las primeras palabras que cambiamos una vez que supo que yo podía comprender el inglés. Hablamos obviamente sobre política, como con la otra francesa. Le dije las pocas cosas que sabía sobre la guerra (no estaba leyendo demasiado las noticias en esos días. En Salta, una ciudad aparentemente aislada de los grandes problemas del mundo, había una protesta contra la posibilidad de un enfrentamiento de Medio Oriente; me sorprendió lo conectado que estaba todo). Suspiró ante la perspectiva del conflicto que estaba por desatarse. PurmamarcaAmbas francesas me dijeron lo mismo: que la política en Francia era algo confuso, que la izquierda y la derecha no estaban muy diferenciadas, y que la gente había perdido interés. Ambas coincidieron en que no odiaban a los estadounidenses, pese a que sentían que los estadounidenses sí odiaban mucho a los franceses. "Comerranas", dicen que los llaman en Estados Unidos. "Creo que en cualquier momento van a cambiarle el nombre a las papas fritas (French fries, en inglés)", dijo medio en broma. La otra francesa me había dicho algo que no sabía, y que ésta me confirmó: en Francia (como en muchos otros países de Europa) la música popular se canta en inglés. Es absolutamente terrible. La otra francesa me dijo que no iría como turista a Estados Unidos; creo que ésta tampoco.
Volvimos a Salta usando otro camino, pasando nuevamente por Purmamarca. Ese fue el último día de nuestro viaje, que comenzó con el desentierro del carnaval en Purmamarca, y terminó con ese mismo pueblo como último punto. Miramos melancólicamente a este lugarcito: la plaza, la pequeña iglesia. Compramos un montón de cosas, como queriendo guardarnos todo el lugar en los bolsillos. A la noche fuimos con la francesa otra vez a una peña en Salta, y vimos a otro grupo. Pedí “El Seclanteño”, e improvisaron vocalmente la canción: impecable ejecución. Una pareja bailó algunos ritmos folklóricos, y todo fue perfecto. Al día siguiente volamos a Buenos Aires, y las fotos reveladas no eran ni la sombra de lo que habíamos visto. Ahora escribo esto con incertidumbre, para evitar que los recuerdos se pierdan en el olvido, para evitar que se vuelvan palabras vacías sobre fotos planas.

(Aquí hay un mapa detallado del viaje, si alguien está interesado)

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