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Multiple Joyce: Parte I, Joyce en español

Supongo que no seré el primero en hacer ese juego de palabras sobre el maestro de los juegos de palabras. Luego de haber estudiado a (cierta) conciencia la obra de James Joyce, quisiera arrojar los resultados parciales a esta página, como quien viene cargando un pesado bolso y quiere dejarlo sobre el andén unos minutos, antes de que venga el próximo tren.
Joyce es un escritor problemático y, probablemente, intraducible. Creo que se han escrito bosques completos de hojas sobre ambos problemas. Habiéndolo leído en inglés y en castellano, tiendo a pensar que la esencia del escritor irlandés es inalcanzable para quien no pueda al menos leer algo de su lengua; probablemente su mayor virtud sea el manejo omnipotente de ella, mientras que sus innovaciones formales en la literatura han servido como plataforma a los más variados escritores, en inglés o en cualquier otra lengua. Pero primero enumero rápidamente la obra de Joyce, y comento de paso sus virtudes, dificultades, y relaciones con el idioma español (o castellano, como lo llamamos aquí), para finalmente pasar a escribir con más detenimiento algunas percepciones sobre la obra en sí.
Escribió, para simplificar, sólo cuatro libros en su vida, a saber:

  1. Dublineses (Dubliners): un libro que elaboró entre sus 22 y sus 25 años, un libro realista, de cuentos cortos. Puede ser perfectamente traducido y no perder nada en el proceso. Sospecho que es su obra más difundida en castellano, y también la menos representativa, la más intrascendente.
  2. El retrato del artista como adolescente (A Portrait of the artist as a young man): se trata de una novela mayormente autobiográfica, escrita en paralelo con Dubliners, que introduce a Stephen Dedalus, uno de los tres protagonistas del libro mayor de Joyce, “Ulises”. Formalmente aún no dice nada extraordinario, aunque es un libro intenso en muchas partes. Sin embargo, leer Ulysses arroja insospechadas luces sobre Portrait, en términos de estilo literario. Fue traducido sin grandes pérdidas al español, aunque quien entienda el inglés puede ya entrever ahí el manejo del lenguaje del joven Joyce.
  3. Ulises (Ulysses): Este libro forjó (merecidamente) la fama de Joyce. Introduce el monólogo interior (entre otras novedades), y relata el decurso de un día en la vida de Stephen Dedalus, Leopold y Molly Bloom con escrupuloso detalle y una miríada de recursos literarios. La escrupulosidad corresponde al volumen de la obra: 732 páginas en mi edición de 1922 que acobardan o aburren a la mayoría (en la que se incluye famosamente a Borges, quien solía decir “yo, como el resto de la humanidad, nunca he terminado de leer el Ulysses”). El libro polarizó desde su publicación a todo aquel que se sintiera mínimamente atraido por la literatura, y tuvo grandes detractores y simpatizantes. Con todo, la herida y la sombra que esta obra generó en la literatura del siglo XX es indudablemente enorme. Respecto al Ulises en castellano, las diversas traducciones que he cotejado no trasladan sino la trama, y adaptan (con más o menos torpeza) la pirotecnia lingüstica del inglés de Joyce al español local del traductor de turno. Me apresuro a agregar que esto es una limitación incurable de un libro que está “pegado” a su lengua: una lengua de palabras cortas con las que Joyce construye oraciones cortas, como ráfagas; una lengua fácilmente maleable en palabras compuestas, pródiga para los yambos, preferida para las aliteraciones, parónima por naturaleza, todos atributos que el español ignora. Si el Ulysses original provoca o bien el placer de la innovación (en 2005, luego de tantos años, nuestra inocencia está condicionada, sin embargo) o bien el sopor, creo que el Ulises español está condenado sólo a la segunda opción.
  4. El velorio de Finnegan (Finnegans wake): Es un topos decir que si Ulysses es la historia de un día, Finnegans Wake es la de una noche. Si Ulysses es un libro complejo, muchos se apuran a decir que Finnegans Wake es un libro imposible, una locura, insensato, incomprensible e ilegible para siempre. El mayor impedimento al libro es su lenguaje, que es un inglés distorsionado por el sinsentido (yo prefiero pensar por la polisemia) del sueño, un inglés en el que abrevan sesenta otros lenguajes, donde cada palabra se descompone etimológica y fonéticamente, y se combinan en figuras de muchas caras. En el plano de la trama sucede lo mismo, y se puede decir que el libro trata de cosas tan disímiles como el sueño de un hombre a la vera del río Liffey, la historia de una familia dublinesa, la historia de Irlanda, la historia del mundo. Nunca me he topado un libro que exija tanto de su lector, tanta interacción. Leer la obra implica ciertamente un trabajo de descubrimiento, y no debe leérsela como un libro en el sentido clásico del término. En cuanto a su traducción al español, no conozco ninguna que haya abarcado el libro entero, sino sólo fragmentos. He cotejado traducciones a otros idiomas (algunas subvencionadas por el propio Joyce) y en todas prima la creación literaria por parte del traductor por sobre la traducción en su estricta acepción.

Como se puede ver, la obra de Joyce va in crescendo, en dificultad y en rupturas formales, en interés y en exigencia. James Joyce realizó su minucioso trabajo en su lengua natal, y no es desatinado pensar que ha de quedar relegado a ella para siempre. Para un lector del castellano, examinar y juzgar a Joyce en términos de Dublineses (aún de Retrato), y de una sombra platónica de Ulysses es, a mi entendimiento, no sólo parcial sino con toda probabilidad no representativo. Sospecho que al igual que (con más razón que) con Shakespeare, para los hispanoparlantes que conocemos algo de inglés se requieren versiones bilingües anotadas, pese al volumen de las dos obras de mayor peso. El trabajo de Francisco García Tortosa en su versión bilingüe de Anna Livia Plurabelle (un capítulo del Finnegans Wake) sirve para los lectores de España que quieran saber aproximadamente cómo luciría ese libro en español, pero ni sirve para latinoamericanos, que ignoran los localismos ibéricos, ni sirve para apreciar el Finnegans Wake de Joyce (el prólogo es harto más interesante que la traducción en sí) sino el de Tortosa, ni sirve como referencia a la versión inglesa que se encuentra en las páginas izquierdas, ya que hay un alto grado de invención en la traducción, anulando las correspondencias, cuando no oscureciéndolas. Probablemente García Tortosa, traductor asimismo del Ulysses, sea el mayor experto en Joyce de nuestra lengua; no es mi intención desmerecer su trabajo brillante y docto, pero, en esta época donde el inglés es ubicuo, concluyo que necesitamos menos recreaciones que traducciones literales que ayuden concomitantemente al entendimiento del original(1).
En el sitio he agregado fragmentos bilingües que he rescatado y traducido, casi al azar, entre los últimos tres libros de Joyce; estas traducciones son deliberadamente prosaicas, menos con la idea de hacer un texto autónomo que con la de ayudar a la comprensión del texto fuente, y alentar la lectura de Joyce. A mi criterio, el inglés original no es contingente, y la traducción debería ser un necesario bastón para los hispanoparlantes, pero en ningún caso una referencia válida como reemplazo de la obra de Joyce.